Después de unos largos días de silencio, en los que me convertí casi en un mendigo recibiendo algún gesto amistoso, algún resto de una sonrisa, una mirada de reojo, una mínima muestra de consideración y afabilidad, decidí que la incertidumbre no era lo mío: uno está junto a una persona o no está. A pesar de que hasta el final sentí que mirábamos hacia una misma dirección y no tan sólo el uno al otro, llegó el día en que el camino se partió en dos. Por mí no se hubiera dividido, pero ella ofrecía tan poca consistencia, tanta falta de conciliación, que lo lamento más por ella que por mí.
Mientras oía su discurso adolescente, comprendí que a mi lado tenía que acompañarme alguien con más fortaleza, coherencia, alguien que estuviera mejor preparado para andar de a dos, a cada lado y no uno detrás de otro. Aún con esa repentina pero tan clara convicción, estuve dispuesto a perdonar y a mirar hacia adelante. Pero me soltaron la mano o, más bien, pasé a ser el primero y único en la fila. Reuní algo de ropa, mi cuaderno de anotaciones, mi computadora, un par de libros y salí. En el umbral de la puerta sentí un frío intenso, la humedad tropezando con mis piernas, subiendo por mi cuerpo hasta inhalarla.
Miré hacia atrás, la hermosa fachada, las macetas colgando en los balcones, esperando a que las flores despertaran un día, las cortinas de tela recién compradas, las puertas de madera, la enredadera que ya estaba por llegar hasta la habitación del niño. Allí estaba, apoyado en la ventana, sus manos sostenían dos cojines tapando sus oídos, el rostro desconcertado y triste. No podía subir a consolarlo, quise alegrarlo haciéndole alguna gracia, mi cara se transfiguró en una repetición de muecas hasta degenerar en una serie de tics sin recibir ningún gesto de sorpresa, el menor asombro. Recordé que mi padre había conseguido que yo me despida de él. Imaginé su pequeño brazo alzándose, haciéndome un adiós con la mano...pero era la mía despidiéndose de mi padre.
Pasé mi infancia en una pequeña casa dentro de una quinta, mi padre había sido uno de los ganadores del sorteo de viviendas que había organizado el gobierno de turno. Había esperado el resultado casi con desesperación, no veía la hora en que dejaría de oír los reproches de mi abuela. Cuánto se arrepentía de haber recibido su ayuda...Pero en ese entonces yo sólo contaba con 9 meses de nacido y era el único motivo por quien mi padre soportaría el temporal. Sin embargo, mis recuerdos comienzan en esa encantadora quinta de la calle Colón, donde respirábamos a todas horas la brisa de mar, donde celebramos mi cuarto cumpleaños unos días después de instalarnos. Mi padre organizó una fiesta, invitó a todos los vecinos, preparó una parrillada y así fuimos conociéndonos todos. Así fue como conocimos al banquero, nuestro vecino más cercano. Vivía solo y era cajero en una de las sucursales del Banco de la Nación. Mi padre le decía que era una ironía eso de trabajar a diario con el dinero de los demás entre las manos y nunca ser tuyo. Se reunían algunos viernes a jugar a los dardos o al sapo, hacían apuestas con otros vecinos, a veces se reunían los dos a tomarse unos piscos y conversar. Empezaron a hacerse amigos. Por esos años mi padre viajaba mucho, lo enviaban a supervisar el trabajo de los mineros en Ayacucho y Huánuco. Un viernes llamó a avisar a mi madre que no podía volver a casa, los mineros se habían adueñado de las carreteras protestando por los despidos de las nuevas empresas chilenas. Habían bloqueado los caminos, los buses eran obligados a detenerse y se llenaban de asaltantes o policías, uno no podía distinguir entre ellos, era mejor esperar a que disminuya la revuelta. Mi madre se quejó de que se había terminado el gas, dijo que nos quedaríamos en casa de mi abuela hasta que mi padre volviera, si él no podía hacerse cargo de mi alimentación, entonces la abuela lo haría. Mi padre se opuso, suficientes favores había recibido ya de su suegra. Llamó al banquero y le pidió unos cuantos soles para la comida, él se lo devolvería apenas cobre su sueldo. En menos de media hora el banquero tocaba la puerta de mi casa. No dejó dinero a mi madre, en cambio nos llevó a comer a la pollería de Pardo. Entre cada bocado veía la repartición de sonrisas y agradecimiento de mi madre hacia el banquero. Yo masticaba cada vez con más fuerza, cuando él se mostraba dispuesto a servirle en todo. Ese fin de semana conocí la marisquería de Alcanfores, el chifa de San Martín, la trattoría de Porta...mis dientes parecían morder metales, tragaba pedazos de fuego y bebía sorbos de un sudor amargo.
Llegó el lunes y mi padre no había regresado. Me preparé para ir al colegio, mi madre parecía no haberse levantado pues a esas horas ya andaba en la cocina o se le oía en el patio planchando mi uniforme. Me puse la camisa del viernes y salí. Estaba tan enojado que me fui sin despedirme siquiera de ella. Al llegar a la puerta del colegio decidí cambiar de rumbo. Me dediqué a pasear por el malecón, me quedé observando a la gente haciendo parapente en el parque cerca del puente Villena. Tenía tantas ganas de lanzarme con ellos, dar un salto y en seguida estar volando sobre el mar, arrojar mi rabia en forma de piedras que se hundirían en esa inmensidad.
Volví a casa por la tarde, en la entrada de la quinta me crucé con el banquero, me dijo que en la noche conoceríamos la pastelería de Armendáriz. Seguí caminando, en una de las ventanas de mi casa vi a mi padre andando de un lado para otro, levantaba los brazos, se cogía la cabeza, se quedaba de pie unos segundos. Mis piernas dejaron de moverse cuando lo vi salir de mi casa con una maleta. Me miró fijamente, se acercó a darme un beso, su cara estaba muy cerca de la mía, veía como sus ojos se agrandaban, su boca se deformaba, sacaba la lengua una y otra vez, me sonreía. Se acercó a la entrada y se volvió a mirarme, yo me despedí de él haciéndole adiós con una mano, no sabía adónde viajaría esta vez.
Ahora me encontraba yo esperando ese adiós de mi hijo, debajo de la enredadera que plantamos juntos en la fachada de la casa.
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1 comentario:
No se como llegue acá, si eres la María Pía que yo conozco y q hace mucho tiempo nose nada de ella, si es así te mando un beso.
Abel
abelzuloeta@gmail.com
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