Habían llegado a la aldea dos días antes. Era el primer aniversario de la muerte de su madre. Su hermana le propuso volver a la casa familiar y hacer juntas una visita al cementerio. María se resistió al principio: enero, en Burgos, es un mes terriblemente frío; presagiaban mal tiempo; la casa llevaba seis meses deshabitada; tenía los bronquios delicados y tampoco veía la necesidad de cumplir con ese ritual. Ante su reticencia, Concha la convenció aduciendo que se lo debían a su madre. Ella no estaba de acuerdo, pensaba que no le debía nada, tenía la conciencia tranquila. Pero, como siempre, se plegó a los deseos de su hermana. A pesar de no ser creyente, había asistido a todas las misas pertinentes, por respeto a su memoria y por consideración a su padre: ambos eran muy religiosos. Consideraba que en vida había hecho todo lo posible por ella, la había cuidado con el máximo cariño y la había atendido hasta el último momento. Había sido una muerte lenta y dolorosa, pasó el último año prácticamente en cama. Lo peor era convencerla para que comiera: tenía que inventarse mil historias. No sabía si su negativa respondía a un deseo de tener a la familia en jaque, o simplemente había decidido dejarse morir. Llegó a pesar treinta kilos, no se sostenía en pie.
María se dividía entre su trabajo, su propia familia y el cuidado de su madre, al que su padre, ya octogenario, no podía atender. También se preocupaba de él, que sufría lo indecible viendo cómo se extinguía su compañera. Y, por supuesto, de su hermana, que siempre había sido una persona problemática. Que pasaba, sin solución de continuidad, de un estado de euforia sin límites a la depresión más absoluta. Que cuando tenía crisis de ansiedad, era capaz de encerrarse en casa durante meses. Que tenía unos cambios de humor impredecibles, y unos ataques de furia incontrolada que no obedecían a ninguna lógica. Por esta razón, a Concha siempre la habían dejado al margen de los problemas de la familia. La consigna era: la pobre Concha no debe verse afectada. Así que María cargó con todo el trabajo extra: organización del hogar paterno, visitas a médicos, contratación de enfermeras... De todas formas, cuando su madre murió y ambas pudieron descansar, la echó muchísimo de menos. No había una sola vez que no se pintara las uñas, que no se acordara de cuando le hacía la manicura mientras tenían alguna charla intrascendente, o recordaban anécdotas pasadas.
¡Qué distintas eran las dos hermanas! Nadie diría que fueran hijas de los mismos padres ni que hubieran recibido la misma educación. María era una mujer valiente, luchadora, generosa y alegre. Había tenido suerte en la vida, era consciente de ello y valoraba las cosas que tenía: Un compañero amable, inteligente, cómplice; con el que siempre había podido contar. Que había compartido con ella al cincuenta por ciento la educación de los hijos y las tareas del hogar y que, después de treinta años de matrimonio, todavía la sorprendía en aniversarios con algún plan secreto, organizado de antemano con esmero. Unos hijos que ya volaban solos y que, fundamentalmente, eran buenas personas. Unos amigos que nunca la habían defraudado, que la hacían sentirse querida y acompañada. Por último, un buen trabajo que le permitía una independencia económica, unos jefes que la valoraban y la reconocían, y unos compañeros de profesión que le demostraban aprecio y respeto.
Tenía un carácter fuerte. Había lidiado con toda clase de problemas a los que se había enfrentado con firme determinación. Nunca tenía repararos a la hora de cantar las cuarenta, cuando era necesario, tanto a su familia como a los clientes (muchos de ellos impresentables) de la multinacional en la que trabajaba. Pero, incomprensiblemente, se amilanaba de forma sorprendente ante su hermana. Evitaba todo tipo de enfrentamiento. Era consciente de la persona en que se había convertido: un ser déspota, amargado, caprichoso y egoísta. Tenía que soportar muchas veces enfados injustificados por la menor tontería. Llegaba a aguantar, incluso, insultos y humillaciones. Pero era incapaz de responderle como se merecía. Quizás porque interiormente sabía que, tanto sus padres como ella, habían favorecido, con su excesiva indulgencia, esa triste transformación.
Lo cierto era que la temía más que a nada y que a nadie. La hacía sentirse impotente, frustrada. Le provocaba sentimientos contradictorios. Sabía que la quería, pero si se preguntaba por qué, hace mucho tiempo que no encontraba otra respuesta que la de: porque era su hermana. En ocasiones querría zarandearla, gritarle que dejara de mirarse el ombligo y de culpar a todo el mundo de sus males. Que por una vez se hiciera responsable de su vida y dejara de depender de los demás. Por otro lado, a veces pensaba que era demasiado dura con ella y tenía remordimientos de conciencia. Siempre, de una forma u otra, acababa justificándola. Aunque en el fondo sabía que ella se lo había labrado, la verdad era que le daba pena lo sola que se encontraba: carecía de amigos, de pareja (había tenido un largo y complicado noviazgo con un amargo final). Sólo la tenía a ella.
Concha no finalizó sus estudios. Aprobó una oposición de administrativo y, después de una serie de bajas interminables, consiguió finalmente una pensión de invalidez. El no trabajar, opinaba su hermana, no la favorecía. Al no tener otras relaciones sociales, permanecía aislada en su pequeño y mezquino mundo, despotricando de todo y contra todos. María se preocupaba continuamente por ella. La llamaba por teléfono; la visitaba; la animaba a salir; la invitaba al cine, al teatro, a comer; le conseguía las citas con el rosario de psiquiatras y psicólogos que se fueron sucediendo; le recordaba la toma de los medicamentos....
Pero todo parecía inútil. Concha no sólo no se mostraba agradecida, sino que la trataba con un sordo rencor. En ocasiones, María llegaba a pensar que su hermana la odiaba. Y, la verdad, no lo entendía. Quizás, reflexionaba, la envidiaba o estaba resentida por algo que ella ignoraba. Puede que la genética tuviera algo que ver. Muchas veces quiso que hablaran de sus sentimientos más profundos. Pero, hasta ahora, no había sido capaz de dar el paso. A veces se sentía culpable, mas, ¿de qué? – se preguntaba - ¿de ser razonablemente feliz? ¿de intentar llevar una vida plena?. Esos pensamientos la entristecían terriblemente. No sabía qué hacer para que su hermana se sintiera más satisfecha ni cómo mejorar su relación. Por eso accedía siempre a sus deseos y evitaba con ella la más mínima confrontación.
El sábado, después de conducir durante tres horas en las que María, que llevaba el volante, no pudo desviar su atención de la carretera, pues la niebla dificultaba la visibilidad. Y en las que su hermana no cesó de contar toda serie de problemas reales o imaginarios que le ocurrían, un día sí y otro también, llegaron a la vieja casa a primera hora de la tarde. Como era de esperar, la encontraron helada. Mientras Concha permanecía en el coche con la calefacción puesta, esperando a que se templara la casa, María puso a funcionar la estufa de leña y el hogar de la cocina, con los troncos que guardaban a la entrada en una enorme cesta de mimbre. A continuación, subió a la pequeña parcela a las afueras del pueblo donde se guardaba la leña, por encima de las eras, y bajó con la carretilla cargada para aguantar durante todo el fin de semana. En eso, como en todo lo demás, no esperó la colaboración de su hermana.
Cuando dejaron todo en orden, se acercaron dando un paseo al pequeño cementerio, situado en un extremo de la aldea, junto a una coqueta iglesia muestra del románico rural de la zona. Al llegar a la tumba, que encontraron sin dificultad, permanecieron unos momentos en silencioso e íntimo recogimiento. Decidieron volver pronto, pensando en regresar con más calma al día siguiente, ya que empezaba a oscurecer y había bajado mucho la temperatura.
Después de elaborar una sopa de fideos con un caldo que ya traían preparado, y asar en el hogar unas verduras, se acostaron juntas para darse calor, no sin antes poner unas bolsas de agua caliente para calentar la cama, que estaba como un témpano.
En esa época del año la aldea quedaba desierta. Los pocos habitantes que aún vivían en ella eran ya ancianos y sus hijos, que habían emigrado en la década de los setenta a la ciudad, los recogían cuando finalizaba noviembre para pasar con ellos los meses crudos del invierno, devolviéndolos cual golondrinas, a su hábitat, en cuanto llegaba la primavera.
Empezó a nevar por la noche. Cuando despertaron, ya entrada la mañana, vieron que una cuarta de nieve cubría todo el campo. Un blanco reluciente pintaba los tejados, las encinas y los enebros. Pero a pesar de la prístina belleza del paisaje, lo único en lo que María pudo pensar era en el aislamiento en el que habían quedado. Imposible salir con el coche, no tenían cadenas. No había teléfono y el móvil no les servía de nada: no había cobertura. Al menos tenían víveres para aguantar todo el fin de semana. En la venta del pueblo, donde habían parado a comer, se habían abastecido de lo necesario.
Continuó nevando todo el día. La casa no acababa de calentarse. María no paraba de echar leña a la estufa. Como no podían salir, se sentaron juntas frente al hogar y se entretuvieron jugando a las cartas en la mesa camilla. Por la tarde, Concha se puso a bordar (hábito que había heredado de su madre). Se quejaba de que tenía las manos frías y se le resbalaba la aguja, pero parecía contenta. María leyó durante un rato, pero le costaba concentrarse: estaba preocupada. No podrían regresar esa tarde como habían pensado, y no había forma de avisar a su marido (que desde el principio le desaconsejó ese viaje), ni a su padre, al cual tenía que acompañar al médico el lunes por la tarde, después del trabajo. Recordó que el martes tenía una comida de empresa con unos clientes, y el jueves un viaje a Ciudad Real con un compañero. Esperaba que para entonces, si la situación se agravaba, su marido hubiera dado parte a la guardia civil y ya hubieran acudido a rescatarlas.
Temía también la reacción de Concha si se acabaran los víveres. De vez en cuando la observaba de reojo. Desde hacía algún tiempo parecía haber experimentado una ligera mejoría: estaba más tranquila. Por eso se aventuró a hacer el viaje. Se fijó en que se tomaba la situación con calma, incluso se diría que con una ingenua satisfacción. La vio animada durante todo el día y, cosa inusual, se mostró solícita y agradable:
- ¿No te parece maravilloso que estemos tú y yo solas como cuando éramos niñas? – comentaba risueña.
María disimulaba, asentía sin ninguna convicción. Por nada del mundo le quería transmitir en ese momento su inquietud.
- ¿Quieres que te prepare una infusión? ¿Te apetece que te traiga unas galletas? – preguntaba Concha con una sonrisa beatífica.
Daba la impresión de estar atravesando uno de esos periodos de optimismo injustificado. María confió en que durase, al menos hasta que pudieran regresar a Madrid. Pero algo le hacía dudar. No se fiaba de esas alegrías repentinas.
Al día siguiente amaneció nublado. Una brisa suave jugaba con la nieve. Al mediodía, el cielo quedó completamente encapotado. La brisa se fue acelerando y poco a poco se tornó en una ventisca gélida. María se armó de valor y, después de ponerse un chaquetón de plumas, unas botas fuertes que tenía para andar por el campo, unos guantes y un gorro de lana, salió a buscar más leña. Tenía el viento de cara y le costaba empujar la carretilla. La ventisca le azotaba el rostro. Notaba como se le iban acartonando las mejillas. A duras penas podía abrir los ojos y sentía las manos y las rodillas entumecidas. Cuando por fin llegó a la parcela tenía las manos congeladas y tuvo que hacer un esfuerzo ímprobo para recoger la leña, levantarla y dejarla caer en la carretilla. Se dio cuenta de que no podría volver con el carro lleno. Lo dejó a la mitad y emprendió el camino de regreso.
Mientras tanto, la tormenta se había recrudecido y desdibujaba sus huellas. Los torbellinos de nieve se movían de forma caprichosa. El viento soplaba ahora con furia. Cada vez le costaba más caminar, varias veces perdió el equilibrio. Temió caerse y volcar la carretilla. Los quinientos metros que la separaban de la aldea se le hacían eternos. Por un momento pensó que no conseguiría llegar. Se imaginó a sí misma sepultada por la nieve. Tardarían en encontrarla. Imaginó el dolor de los suyos y la angustia le produjo los primeros ahogos. Dejó la carretilla con cuidado en el suelo, intentó serenarse y, a tientas, buscó en el bolsillo el inhalador para el asma que llevaba siempre consigo. No lo encontró, recordó que lo había dejado en su habitación, dentro del bolso. Hasta entonces no lo había necesitado.
Volvió a sujetar la carretilla y, con un último esfuerzo, aterida de frío y respirando con penosa dificultad, logró recorrer el último trecho y llegar hasta la casa. Soltó el carro. Intentó abrir la puerta. Forcejeó con la manilla, pero sus manos ya no le respondían. Para entonces, los silbidos de su pecho sonaban como la máquina de una locomotora. Aterrada, golpeó la puerta con los brazos.
Cuando su hermana abrió, al cabo de un momento interminable, María se agarró a ella con desesperación, no era capaz de subir sola los dos escalones que daban a la entrada. Entró en la casa ya sin fuerzas. Le faltaba el aliento, se le agotaba el aire. No podía dar un paso mas. Con pavor en la mirada; balbuceando, con una voz apenas audible mezclada con unos pitidos espantosos, rogó:
- El inhalador... El bolso.... En la habitación...
Concha se separó de ella y la dejó apoyada contra la pared. Permaneció de pie unos instantes, impasible, dirigiéndole una sonrisa enigmática, indescifrable. Después se sentó en la vieja mecedora y, con tranquilidad, sin dejar de sonreír, volvió a tomar el bordado.
María supo entonces con certeza que moriría como un perro, y se dejó caer impotente en el suelo, esperando paciente que acabara pronto la agonía y exhalar el último suspiro.
Silvia Galván
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