martes, 5 de febrero de 2008

Mi motivo para quedarme (Beatriz Gallego)

Soy una rara excepción entre los míos, pues no me he terminado de acostumbrar al frío que tengo cuando paseo. Y no es un frío que sienta porque haga mal tiempo, es algo que siento dentro de mí. Tiene que ver con que no me acostumbro a que todo lo que pise sea duro y que todo lo que vea sea artificial, no esté vivo. Casi nunca veo el horizonte y su amaneceres y atardeceres. La luz sale o se esconde entre grandes bloques de algo como el suelo, como las escaleras, las paredes o las aceras. Esa cosa, casi siempre gris, que lo cubre todo.

Para mí es todo lo mismo, como una gran parque de juegos creado por el ser humano. Puedes subir, bajar, correr, comer, parar, pero no puedes escapar. Cuando salgo al exterior, lo que más me gusta es ir al parque y ver a mis amigos, y alguna amiga con la que me llevo bien. El parque es un pedacito de naturaleza en el que me siento vivo. A veces pienso que me gustaría estar siempre allí, oliendo la hierba mojada y oyendo las hojas caer. Me gusta embarrarme con la tierra al andar sobre ella, ver qué blanda es y cómo mis huellas quedan ella. No me importa si llueve o hace mucho calor, allí siempre encuentro mi lugar. Muchas veces sueño con ser libre, con no encontrarme atado –en muchos sentidos- como suelo estarlo. Tengo mis motivos para quedarme, pero siempre hay algún día que se hace difícil, algún momento de soledad mal llevado que me hace dudar.

Hoy me he despertado con una muy buena disposición a que otra gélida mañana no me hiele el ánimo. Con la valentía que otorga el calor de mi casa correteo escaleras abajo, contento y feliz. Salgo a la calle y me abro paso entre las madrugadoras personas que se precipitan a sus trabajos. Casi todos y todas me resultan impersonales, con esa actitud tan altiva me resultan casi extraterrestres. Sólo hay algunas personas que sí me tienen estima y que cuando paso a su lado me saludan y se toman su tiempo en mostrar cariño hacia mí. Esas personas son las únicas que suelen ponerse a mi altura cuando están conmigo y así podemos llevar una relación más sincera, más de tú a tú.

Por las mañanas doy un paseo corto antes de comenzar mi duro trabajo. Mi trabajo, básicamente como el de muchos, consiste en agradar a mi jefe y esperar a que mi trabajo se reconozca. Muchos amigos se quejan de su jefe, de sus pésimos horarios, de cómo siempre les hace esperar cuando necesitan verle y de cómo no tiene en cuenta su trabajo. Reconozco que en ese aspecto soy muy afortunado, creo que mi jefe me comprende perfectamente. Entiende cuál es mi naturaleza, obra lo más acorde posible a mis necesidades y veo como acepta la responsabilidad que contrajo al tenerme a su cargo. Él sabe que esperarle se hace muy largo. Realmente nos tenemos mucha estima y es por eso que le soy fiel.

Ahora, es por la tarde, he salido a dar el paseo largo del día y después de unas cuantas calles según giro la esquina, me encuentro ya hipnotizado por este verde parque. Entrando por la vieja puerta de hierro, una brisa me recorre. Aquí se respira diferente, fuera en la calle los coches, los edificios y la gente impiden que corra el aire y una mezcla rancia de olores Algunos de mis amigos vienen desde lejos y generalmente no les veo mucho. Hoy es un día especial porque hace muy bueno, muchos han salido a pasear y me los voy encontrando por el camino. Mira aquí viene este, bueno, le veo mejor, ya anda casi bien. Es un amigo de un amigo y nos conocemos poco, pero nos caemos bastante bien. Nos saludamos y me cuenta que se encuentra más recuperado del accidente que tuvo. Le digo que me alegro y que le veo muy bien, sobretodo de ánimo, pues es importante mantenerse fuerte, así los malos momentos pasan más rápido. Creo que agradece escuchar mis palabras y quedamos en vernos estos días por el parque.

Esta parte del parque me fascina. Artificialmente generaron una montaña, es pequeña pero es tranquila y tiene muy buenas vistas. En cuanto comienza la cuesta me animo sólo de pensar que puedan estar mis amigos. Arriba hay una bonita explanada de hierba con unos bancos de madera y ese es nuestro sitio favorito. La subida es leve pues el camino serpentea rodeando la montaña. Cuando llego a la cima, antes de adentrarme en la hierba, me giro y dejo que el sol me bañe; aquí su luz no la tapan los edificios, es directa y fuerte. Permanezco un rato quieto, dejándome acariciar por su calor. Después de un rato, retomo el paso muy lentamente y me acerco al grupo de mis amigos.

Somos cuatro, es casi un record, estamos animados y no paramos de contarnos cosas. Mucho cotilleo y palabrería, parece que hoy no están para temas muy profundos. Estando con los amigos pienso que a casi todos se les ha apaciguado el sentido aventurero. Es decir, ese gusto por la aventura de la vida, la aventura de aprender, de sentirnos libre incluso cuando no lo estamos. Mi madre era una gran aventurera, de campo, donde yo nací. Ella era valiente y fuerte, trabajaba muy duro porque era pastora y siempre recuerdo cómo acababa cada noche exhausta pero feliz, muy feliz, pues le gustaba mucho lo que hacía. Aquel lugar lo recuerdo como un paraíso de colores, predominaba el verde, por supuesto, pero había una gran gama de otros en plantas, flores y pequeños seres vivos. Soy consciente de cómo he perdido aquí el instinto de la aventura, pero creo que no tanto como ellos. También es cierto que muchos de ellos no han conocido otro lugar, pienso mientras vuelvo a paso ligero a casa. Creo que nuestras raíces verdaderas están en lo más profundo de nuestro ser, yo ayudo a que crezcan en mi interior sabiendo que esas raíces pueden ser el árbol que yo quiera.

Mis raíces están ahora aquí, al lado de mi jefe, la persona que me cuida desde que me separaron de mi madre hace ya unos años. Él es bastante bueno conmigo, expresa su amor por mí en cada ocasión y siento que nuestra relación va más allá de la típica entre amo y perro. Si nuestra relación fuera un árbol tendría raíces fuertes y sanas porque nos queremos, nos respetamos y nos necesitamos. Este es mi motivo para quedarme, el motivo por el que voy atado pero me siento libre de estar a su lado.

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