martes, 26 de febrero de 2008

Ejercicio de Silvia Galván

Cuando Alicia regresó a la habitación después de estirar las piernas y tomar un café, ya más repuesta del cansancio que le produjo la noche pasada en un incómodo sillón, se encontró a un hombre con las piernas y los brazos sujetos con correas a la cama contigua a la de su padre. Daba unos gritos espeluznantes. A su lado se encontraba una mujer.

Era un hombre muy moreno: piel oscura, cabello azabache y barba abundante y desarreglada. Alicia no sólo pensó que estaba loco por sus alaridos; la cara, llena de moratones, era la de un demente. Ponía los ojos en blanco mientras se debatía con furia intentando soltarse de las ataduras que le tenían inmovilizado; cuando las pupilas volvían a su lugar, su negra mirada, incapaz de fijarse en un sitio determinado, deambulaba por el techo y las paredes con una expresión de terror que helaba la sangre a cualquiera.

La mujer resultó ser la esposa del supuesto enajenado. Durante una semana, Alicia y ella tuvieron oportunidad de conocerse y de llegar a cierta camaradería. No dejaron en ningún momento solos a los enfermos. Ambos tenían puesto la vía para el antibiótico y la alimentación y la sonda para la orina. Pasaban la noche en la habitación y, cuando despuntaba el día, se turnaban para acercarse a sus respectivas casas, desayunar, tomar un baño y cambiarse de ropa. Alicia tardaba poco en volver: vivía en la ciudad más cercana al hospital. La mujer, en cambio, se entretenía bastante: residía en un pueblo del sur.

La primera vez que Alicia se quedó sola, estuvo pendiente sobre todo de las sondas. Su padre, que había ingresado por una neumonía y padecía demencia senil, ya se la había intentado quitar un par de veces. La bolsa del otro enfermo comenzó a llenarse lentamente, pero no de un líquido transparente como el de su padre, sino de un líquido bermellón que le hizo pensar en alguna herida interior que no dejaba de sangrar. Alarmada, llamó rápidamente al timbre para que viniera algún facultativo. Al rato apareció una enfermera con cara de pocos amigos. Cuando le expuso su preocupación, la enfermera la miró despectivamente y le dijo con un tono que denotaba una absoluta falta de respeto por el paciente:

- Eso no es sangre, señora, eso es puro coñac. Todo el maldito coñac que ese desgraciado llevaba en el cuerpo.

domingo, 24 de febrero de 2008

EJERCICIO DE NURIA FERRER:

Fuma desesperadamente y mira en todos los sentidos de una forma muy rápida, en cuanto percibe un leve movimiento, tiene que saber de quien se trata, cómo es… También reflexiona en repetidas veces sobre su pasado: las elecciones que tomó y qué hubiera sucedido si hubiera escogido las otras opciones, que le presentó la vida.
Está allí sentada en el mismo lugar que todas las tardes, en esa calle tan transitada y cercana de su casa, buscando con la mirada los rostros de las personas, que les responda gestualmente: haya un cruce de miradas, una sonrisa, UNA SEÑAL; para que dé el primer paso a algo más. Pero está perdiendo el tiempo y su vida; el amor verdadero no, no se busca ni tan siquiera se piensa todo el tiempo en él, porque de ese modo nunca llegaría. Hay que dejar que la diosa Fortuna haga su trabajo sin objeciones, que solamente provocarán la duración de su tardía.

Pero día tras día y siempre que el tiempo se lo permita, ella está allí, esperando a que alguien le corresponda, aunque siempre es lo mismo: personas con mucha prisa que solamente miran por mirar. Esta vez tiene todas las opciones de que sea como siempre, pero justo cuando se dispone a levantarse, de repente siente como un fuerte mareo se apodera de su cabeza, que le obliga a sentarse con la esperanza de que se pase enseguida, pero no es así, sino que cada vez va a más hasta que termina por desmayarse. Cinco segundos después, se incorpora y lo primero que ve, es un rostro angelical, inocente con sus ojos claros, que se preocupa por su salud y además se ofrece a llevarla hasta la misma puerta de su casa. Ella desconcertada por la situación acepta, donde al final, la persona desconocida traspasa el umbral de la gran puerta brindad de madera.

jueves, 21 de febrero de 2008

EJERCICIO DE NURIA FERRER

Observaba en aquel lugar pequeño pero muy luminoso a las personas de toda clase de edades: niños inquietos acompañados con sus padres, jóvenes cogidos de la mano muy enamorados, personas mayores con mucha prisa quizá muy atareados, y por último otras personas más mayores envejecidas en su rostro, en su cuerpo, en sus andares ayudados por un bastón, que aún así les costaba mucho recorrer la calle; también de toda clase de culturas y razas que si blancos, judíos, orientales, budistas, musulmanes, de raza negra…Lo único que hacía era observar, observar el modo en el que actuaban; lo que decían entre ellos (si se acercaban bastante), incluso muchos hablaban con el móvil, levantando bastante la voz, ella no conocía ese invento y pensaba que esas personas que lo hacían estaban locas; también las expresiones de los rostros cuando veían lo que llevaba puesto. Ella lo desconocía, pero desempeñaba un papel muy importante en aquel lugar, del que no podía salir, aunque a decir verdad ya había estado anteriormente en otros lugares similares y la función siempre era la misma.

Hace poco tiempo que le acompaña un apuesto joven y gracias a su presencia, le ha hecho experimentar muchas sensaciones, que jamás podrían sospechar, que ella llegaría a sentir, los seres que habitan en el otro lado, en el mundo exterior.

Todo empezó un día que resultó ser muy temprano al haber más personas en su espacio que en la calle y eso resultaba muy extraño. Todo el revuelo que montaron, fue por poner a un chico al lado suyo, le sentaron de una manera atractiva, con postura de seducción, y con la cabeza dirigida hacia ella, eso quería decir una cosa, que la observaría únicamente y espacialmente a ella día tras día, en aquel lugar, que ahora compartirían ellos dos, solo ellos dos. Podía sentir que la observaba únicamente a ella y que la sonrisa dibujada en la cara de ese hermoso chico, era dirigida para ella eternamente. Al pensar en todo eso, enrojeció rápidamente y su expresión fría y rígida que mostraba, cambio por completo y reflejaba la de una quinceañera que cree ciegamente que ha encontrado el amor verdadero, cuyo rostro desprende felicidad, ilusión, pasión…Esa expresión, que estaba cansada de ver, cuando eran épocas de rebajas y las colegialas acudían como masas muchas de ellas con sus novios. Pero en un segundo todas estas emociones y sensaciones cambiaron repentinamente al darse cuenta, que ellos no tenían la capacidad de hablar, de comunicarse lo que sentía el uno por el otro, de moverse. Ambos estaban condenados a desearse, de ansiar el hecho de tocarse el uno al otro para siempre, ni podían tan siquiera rozarse al estar lo suficientemente alejados para llegar hacerlo, ni muchos menos de expresar su amor besándose. Todas estas prohibiciones, que no podían alcanzar, les sumaba a ambos en una profunda depresión, estaban condenados a no cumplir sus satisfacciones del uno hacia el otro, de no responder a sus necesidades del amor, solo sabían que cada uno sentía lo mismo por el otro, era un amor correspondido pero no factible, y la química que desprendía ambos, era tan fuerte, que provocaba la atracción de las personas inexplicables para ellas hacia ese lugar, y fueron muy productivos los looks que llevaban puestos, para la tiendecita que se situaba en aquella esquina de una céntrica calle de Madrid. Los dependientes y el encargado de dicha tienda dejaron indefinidamente a esos maniquís en el escaparate, que se anhelaban mutuamente y envidiaban al ser humano por tener la suerte de poseer esas cualidades, que les hacían ser seres con demasiada suerte, aunque no lo sabían utilizar o porque nunca habían estado en la situación de esos jóvenes maniquís, desconocían lo que esa pareja estaba sufriendo, o bien porque las personas eran, son y serán seres insatisfactorios que cuando alcanzan la felicidad siempre quieren más y nunca se conforman con lo conseguido.

martes, 19 de febrero de 2008

Encierro

A medida que pasaban los días, Muñoz iba acostumbrándose a ese estrecho y solitario espacio reservado para los que incumplen las reglas del recinto. Poco a poco se habituaba a esa oscuridad, al aire impregnado de polvo y suciedad. Sabía que era un nuevo día cuando alguien abría la pesada puerta de hierro y le dejaba en el suelo una jarra de agua. Cuando eso sucedía, los rayos de luz que recibía le producían un dolor intenso en el rostro y al mismo tiempo le recordaba que estaba vivo. Cuando la puerta se cerraba, hacía una marca con una piedra en una de las paredes para no perder la noción del tiempo. Muy cerca de él, oía una respiración acelerada y fatigada, sabía que era probable que el profesor sufriera de un ataque de ansiedad. Cuando presentía un ataque cantaba canciones para distraerlo y calmarlo. Muchos eran valses y yaravíes de antaño que llenaban su mente de recuerdos instantáneos, animándole y entristeciéndole a la vez. En lugar de estar en esa celda, Muñoz pensaba que el profesor seguramente estaría impartiendo una de sus largas conferencias sobre los derechos de las comunidades indígenas de la ceja de selva. Los estudiantes lo escucharían sorprendidos y temerosos de un mundo tan lejano a ellos, el único vínculo en común era pertenecer a un mismo territorio geográfico. Muñoz sonreía al imaginar esos rostros ávidos de interés por compartir realidades tan diferentes. A veces, cuando el profesor terminaba de contarle algún tema de las conferencias, su semblante se tornaba pálido y el cuerpo le empezaba a temblar. Muñoz rezaba para que se le pasara rápido, sabía que en ese momento estaría recordando el terrible día en que los guardias irrumpieron en el aula, los gritos desenfrenados de los estudiantes aterrorizados contra las paredes, el profesor saliendo a golpes y empujones, acusándole de terrorista y llenándole de insultos. Cuando al fin se tranquilizaba, Muñoz bebía largos sorbos de agua para frenar su nerviosismo. Se quedaba dormido durante muchas horas o a veces hasta el día siguiente, hasta que los pocos rayos de luz penetraban su cara demacrada. En esos momentos Muñoz imaginaba a su esposa corriendo las cortinas, despertándole muy temprano para salir a dar largas caminatas por el campo. Unas manos dejaban la jarra de agua en el suelo y la oscuridad invadía nuevamente el espacio. Cuando volvía a sentir la respiración acelerada del profesor, Muñoz recitaba poesías, las mismas que el profesor pedía a sus alumnos. Las conocía perfectamente, tantas veces había oído aquellos versos en ese minúsculo y desolador espacio que habían quedado grabados en su mente. El profesor esbozaba una leve sonrisa y se tranquilizaba.
Los días iban pasando entre esas canciones, conferencias y poesías. La mitad de la pared contaba con cuarenta pequeñas marcas. Los siguientes rayos de luz estuvieron presentes por más tiempo.
Profesor Muñoz, ya puede volver a su pabellón – le dijo un guardia.

María Pía Rondón Carlín
Habían llegado a la aldea dos días antes. Era el primer aniversario de la muerte de su madre. Su hermana le propuso volver a la casa familiar y hacer juntas una visita al cementerio. María se resistió al principio: enero, en Burgos, es un mes terriblemente frío; presagiaban mal tiempo; la casa llevaba seis meses deshabitada; tenía los bronquios delicados y tampoco veía la necesidad de cumplir con ese ritual. Ante su reticencia, Concha la convenció aduciendo que se lo debían a su madre. Ella no estaba de acuerdo, pensaba que no le debía nada, tenía la conciencia tranquila. Pero, como siempre, se plegó a los deseos de su hermana. A pesar de no ser creyente, había asistido a todas las misas pertinentes, por respeto a su memoria y por consideración a su padre: ambos eran muy religiosos. Consideraba que en vida había hecho todo lo posible por ella, la había cuidado con el máximo cariño y la había atendido hasta el último momento. Había sido una muerte lenta y dolorosa, pasó el último año prácticamente en cama. Lo peor era convencerla para que comiera: tenía que inventarse mil historias. No sabía si su negativa respondía a un deseo de tener a la familia en jaque, o simplemente había decidido dejarse morir. Llegó a pesar treinta kilos, no se sostenía en pie.

María se dividía entre su trabajo, su propia familia y el cuidado de su madre, al que su padre, ya octogenario, no podía atender. También se preocupaba de él, que sufría lo indecible viendo cómo se extinguía su compañera. Y, por supuesto, de su hermana, que siempre había sido una persona problemática. Que pasaba, sin solución de continuidad, de un estado de euforia sin límites a la depresión más absoluta. Que cuando tenía crisis de ansiedad, era capaz de encerrarse en casa durante meses. Que tenía unos cambios de humor impredecibles, y unos ataques de furia incontrolada que no obedecían a ninguna lógica. Por esta razón, a Concha siempre la habían dejado al margen de los problemas de la familia. La consigna era: la pobre Concha no debe verse afectada. Así que María cargó con todo el trabajo extra: organización del hogar paterno, visitas a médicos, contratación de enfermeras... De todas formas, cuando su madre murió y ambas pudieron descansar, la echó muchísimo de menos. No había una sola vez que no se pintara las uñas, que no se acordara de cuando le hacía la manicura mientras tenían alguna charla intrascendente, o recordaban anécdotas pasadas.

¡Qué distintas eran las dos hermanas! Nadie diría que fueran hijas de los mismos padres ni que hubieran recibido la misma educación. María era una mujer valiente, luchadora, generosa y alegre. Había tenido suerte en la vida, era consciente de ello y valoraba las cosas que tenía: Un compañero amable, inteligente, cómplice; con el que siempre había podido contar. Que había compartido con ella al cincuenta por ciento la educación de los hijos y las tareas del hogar y que, después de treinta años de matrimonio, todavía la sorprendía en aniversarios con algún plan secreto, organizado de antemano con esmero. Unos hijos que ya volaban solos y que, fundamentalmente, eran buenas personas. Unos amigos que nunca la habían defraudado, que la hacían sentirse querida y acompañada. Por último, un buen trabajo que le permitía una independencia económica, unos jefes que la valoraban y la reconocían, y unos compañeros de profesión que le demostraban aprecio y respeto.

Tenía un carácter fuerte. Había lidiado con toda clase de problemas a los que se había enfrentado con firme determinación. Nunca tenía repararos a la hora de cantar las cuarenta, cuando era necesario, tanto a su familia como a los clientes (muchos de ellos impresentables) de la multinacional en la que trabajaba. Pero, incomprensiblemente, se amilanaba de forma sorprendente ante su hermana. Evitaba todo tipo de enfrentamiento. Era consciente de la persona en que se había convertido: un ser déspota, amargado, caprichoso y egoísta. Tenía que soportar muchas veces enfados injustificados por la menor tontería. Llegaba a aguantar, incluso, insultos y humillaciones. Pero era incapaz de responderle como se merecía. Quizás porque interiormente sabía que, tanto sus padres como ella, habían favorecido, con su excesiva indulgencia, esa triste transformación.

Lo cierto era que la temía más que a nada y que a nadie. La hacía sentirse impotente, frustrada. Le provocaba sentimientos contradictorios. Sabía que la quería, pero si se preguntaba por qué, hace mucho tiempo que no encontraba otra respuesta que la de: porque era su hermana. En ocasiones querría zarandearla, gritarle que dejara de mirarse el ombligo y de culpar a todo el mundo de sus males. Que por una vez se hiciera responsable de su vida y dejara de depender de los demás. Por otro lado, a veces pensaba que era demasiado dura con ella y tenía remordimientos de conciencia. Siempre, de una forma u otra, acababa justificándola. Aunque en el fondo sabía que ella se lo había labrado, la verdad era que le daba pena lo sola que se encontraba: carecía de amigos, de pareja (había tenido un largo y complicado noviazgo con un amargo final). Sólo la tenía a ella.

Concha no finalizó sus estudios. Aprobó una oposición de administrativo y, después de una serie de bajas interminables, consiguió finalmente una pensión de invalidez. El no trabajar, opinaba su hermana, no la favorecía. Al no tener otras relaciones sociales, permanecía aislada en su pequeño y mezquino mundo, despotricando de todo y contra todos. María se preocupaba continuamente por ella. La llamaba por teléfono; la visitaba; la animaba a salir; la invitaba al cine, al teatro, a comer; le conseguía las citas con el rosario de psiquiatras y psicólogos que se fueron sucediendo; le recordaba la toma de los medicamentos....

Pero todo parecía inútil. Concha no sólo no se mostraba agradecida, sino que la trataba con un sordo rencor. En ocasiones, María llegaba a pensar que su hermana la odiaba. Y, la verdad, no lo entendía. Quizás, reflexionaba, la envidiaba o estaba resentida por algo que ella ignoraba. Puede que la genética tuviera algo que ver. Muchas veces quiso que hablaran de sus sentimientos más profundos. Pero, hasta ahora, no había sido capaz de dar el paso. A veces se sentía culpable, mas, ¿de qué? – se preguntaba - ¿de ser razonablemente feliz? ¿de intentar llevar una vida plena?. Esos pensamientos la entristecían terriblemente. No sabía qué hacer para que su hermana se sintiera más satisfecha ni cómo mejorar su relación. Por eso accedía siempre a sus deseos y evitaba con ella la más mínima confrontación.

El sábado, después de conducir durante tres horas en las que María, que llevaba el volante, no pudo desviar su atención de la carretera, pues la niebla dificultaba la visibilidad. Y en las que su hermana no cesó de contar toda serie de problemas reales o imaginarios que le ocurrían, un día sí y otro también, llegaron a la vieja casa a primera hora de la tarde. Como era de esperar, la encontraron helada. Mientras Concha permanecía en el coche con la calefacción puesta, esperando a que se templara la casa, María puso a funcionar la estufa de leña y el hogar de la cocina, con los troncos que guardaban a la entrada en una enorme cesta de mimbre. A continuación, subió a la pequeña parcela a las afueras del pueblo donde se guardaba la leña, por encima de las eras, y bajó con la carretilla cargada para aguantar durante todo el fin de semana. En eso, como en todo lo demás, no esperó la colaboración de su hermana.

Cuando dejaron todo en orden, se acercaron dando un paseo al pequeño cementerio, situado en un extremo de la aldea, junto a una coqueta iglesia muestra del románico rural de la zona. Al llegar a la tumba, que encontraron sin dificultad, permanecieron unos momentos en silencioso e íntimo recogimiento. Decidieron volver pronto, pensando en regresar con más calma al día siguiente, ya que empezaba a oscurecer y había bajado mucho la temperatura.

Después de elaborar una sopa de fideos con un caldo que ya traían preparado, y asar en el hogar unas verduras, se acostaron juntas para darse calor, no sin antes poner unas bolsas de agua caliente para calentar la cama, que estaba como un témpano.

En esa época del año la aldea quedaba desierta. Los pocos habitantes que aún vivían en ella eran ya ancianos y sus hijos, que habían emigrado en la década de los setenta a la ciudad, los recogían cuando finalizaba noviembre para pasar con ellos los meses crudos del invierno, devolviéndolos cual golondrinas, a su hábitat, en cuanto llegaba la primavera.

Empezó a nevar por la noche. Cuando despertaron, ya entrada la mañana, vieron que una cuarta de nieve cubría todo el campo. Un blanco reluciente pintaba los tejados, las encinas y los enebros. Pero a pesar de la prístina belleza del paisaje, lo único en lo que María pudo pensar era en el aislamiento en el que habían quedado. Imposible salir con el coche, no tenían cadenas. No había teléfono y el móvil no les servía de nada: no había cobertura. Al menos tenían víveres para aguantar todo el fin de semana. En la venta del pueblo, donde habían parado a comer, se habían abastecido de lo necesario.

Continuó nevando todo el día. La casa no acababa de calentarse. María no paraba de echar leña a la estufa. Como no podían salir, se sentaron juntas frente al hogar y se entretuvieron jugando a las cartas en la mesa camilla. Por la tarde, Concha se puso a bordar (hábito que había heredado de su madre). Se quejaba de que tenía las manos frías y se le resbalaba la aguja, pero parecía contenta. María leyó durante un rato, pero le costaba concentrarse: estaba preocupada. No podrían regresar esa tarde como habían pensado, y no había forma de avisar a su marido (que desde el principio le desaconsejó ese viaje), ni a su padre, al cual tenía que acompañar al médico el lunes por la tarde, después del trabajo. Recordó que el martes tenía una comida de empresa con unos clientes, y el jueves un viaje a Ciudad Real con un compañero. Esperaba que para entonces, si la situación se agravaba, su marido hubiera dado parte a la guardia civil y ya hubieran acudido a rescatarlas.

Temía también la reacción de Concha si se acabaran los víveres. De vez en cuando la observaba de reojo. Desde hacía algún tiempo parecía haber experimentado una ligera mejoría: estaba más tranquila. Por eso se aventuró a hacer el viaje. Se fijó en que se tomaba la situación con calma, incluso se diría que con una ingenua satisfacción. La vio animada durante todo el día y, cosa inusual, se mostró solícita y agradable:

- ¿No te parece maravilloso que estemos tú y yo solas como cuando éramos niñas? – comentaba risueña.

María disimulaba, asentía sin ninguna convicción. Por nada del mundo le quería transmitir en ese momento su inquietud.

- ¿Quieres que te prepare una infusión? ¿Te apetece que te traiga unas galletas? – preguntaba Concha con una sonrisa beatífica.

Daba la impresión de estar atravesando uno de esos periodos de optimismo injustificado. María confió en que durase, al menos hasta que pudieran regresar a Madrid. Pero algo le hacía dudar. No se fiaba de esas alegrías repentinas.

Al día siguiente amaneció nublado. Una brisa suave jugaba con la nieve. Al mediodía, el cielo quedó completamente encapotado. La brisa se fue acelerando y poco a poco se tornó en una ventisca gélida. María se armó de valor y, después de ponerse un chaquetón de plumas, unas botas fuertes que tenía para andar por el campo, unos guantes y un gorro de lana, salió a buscar más leña. Tenía el viento de cara y le costaba empujar la carretilla. La ventisca le azotaba el rostro. Notaba como se le iban acartonando las mejillas. A duras penas podía abrir los ojos y sentía las manos y las rodillas entumecidas. Cuando por fin llegó a la parcela tenía las manos congeladas y tuvo que hacer un esfuerzo ímprobo para recoger la leña, levantarla y dejarla caer en la carretilla. Se dio cuenta de que no podría volver con el carro lleno. Lo dejó a la mitad y emprendió el camino de regreso.

Mientras tanto, la tormenta se había recrudecido y desdibujaba sus huellas. Los torbellinos de nieve se movían de forma caprichosa. El viento soplaba ahora con furia. Cada vez le costaba más caminar, varias veces perdió el equilibrio. Temió caerse y volcar la carretilla. Los quinientos metros que la separaban de la aldea se le hacían eternos. Por un momento pensó que no conseguiría llegar. Se imaginó a sí misma sepultada por la nieve. Tardarían en encontrarla. Imaginó el dolor de los suyos y la angustia le produjo los primeros ahogos. Dejó la carretilla con cuidado en el suelo, intentó serenarse y, a tientas, buscó en el bolsillo el inhalador para el asma que llevaba siempre consigo. No lo encontró, recordó que lo había dejado en su habitación, dentro del bolso. Hasta entonces no lo había necesitado.

Volvió a sujetar la carretilla y, con un último esfuerzo, aterida de frío y respirando con penosa dificultad, logró recorrer el último trecho y llegar hasta la casa. Soltó el carro. Intentó abrir la puerta. Forcejeó con la manilla, pero sus manos ya no le respondían. Para entonces, los silbidos de su pecho sonaban como la máquina de una locomotora. Aterrada, golpeó la puerta con los brazos.

Cuando su hermana abrió, al cabo de un momento interminable, María se agarró a ella con desesperación, no era capaz de subir sola los dos escalones que daban a la entrada. Entró en la casa ya sin fuerzas. Le faltaba el aliento, se le agotaba el aire. No podía dar un paso mas. Con pavor en la mirada; balbuceando, con una voz apenas audible mezclada con unos pitidos espantosos, rogó:

- El inhalador... El bolso.... En la habitación...

Concha se separó de ella y la dejó apoyada contra la pared. Permaneció de pie unos instantes, impasible, dirigiéndole una sonrisa enigmática, indescifrable. Después se sentó en la vieja mecedora y, con tranquilidad, sin dejar de sonreír, volvió a tomar el bordado.

María supo entonces con certeza que moriría como un perro, y se dejó caer impotente en el suelo, esperando paciente que acabara pronto la agonía y exhalar el último suspiro.



Silvia Galván

Williamswalk

(Segundo Ejercicio Beatriz Gallego)

La oscuridad las sorprendió en aquella incómoda escalera. Detuvieron todos sus movimientos mientras pensaban por qué se habían apagado las luces. Paralizadas, prestaron atención a ver si oían a alguien, no imaginaban que hubiera pasado tanto tiempo como para que no quedara nadie en la casa. Sintieron que un profundo silencio las envolvía y todo tipo de conjeturas les cruzaban por la mente. Sus voces interiores gritaban mudas en su cabeza: ¿Qué ha pasado? ¿Se han ido? ¿Quién nos sacará de aquí?

Ayer, sábado, por la mañana, después de dos amenas horas de coche atravesando el countryside, habían llegado Bette y Jodie a Williamswalk Gardens, con un sol espléndido y la perspectiva de disfrutar de unos maravillosos día de tertulias, ejercicios y contacto con la naturaleza. Las actividades del fin de semana, tras las introducciones y presentaciones, comenzaron con una sesión del seminario de filosofía; después de la opípara y vegetariana comida de bienvenida celebrada en el hall principal, las charlas se sucederían con actividades artísticas, paseos y grupos de meditación hasta la tarde del domingo. En el centro de este paraje asomaba la blanca mansión, realizada en 1713, la cual según les explicaron correspondía con la arquitectura del denominado periodo de la elegancia que derivaría en el estilo victoriano. El programa incluía dos paseos al día, uno al amanecer y otro al atardecer, por los bellos jardines y la cuidada extensión de manzanos en flor; más allá de esta propiedad las praderas verdes continuaban hasta el horizonte, donde chocaban con estilizados cúmulos de nubes bajas.

A Bette, además del ambiente y las interesantes charlas filosóficas, lo que más la sorprendió de la casa fueron los alegóricos frescos, presentes en todas las salas y que cubrían paredes, techos e incluso puertas. En conjunto son un ciclo de obras de arte sobre las enseñanzas Advaita Vedanta, de la filosofía hindú. Las pinturas eran realistas y muy simbólicas, tan cargadas de mensaje que cuando Bette escuchó la explicación de “El árbol de Samsara” se quedó totalmente fascinada por las diferentes lecturas de esa obra. Calculó que debía tener unos 8 metros de altura, el árbol estaba pintado en oro y variados tonos verdes. Curiosamente tenía las raíces hacia arriba, justo debajo de la luz de la bóveda, y las frondosas ramas estaban hacia abajo, quedando a sus pies. Mientras sus ojos recorrían su altura, el guía comenzó a contarles la historia del árbol del revés.

- Este es el árbol eterno, de cuyas ramas brotan frutas deliciosas y bellas flores, todas ellas son perfectas y conviven en armonía con los animales- dijo, haciendo una pequeña pausa - cómo podéis ver, en aquella rama descansa un exótico pájaro de muchos colores, pero ¿veis algún pájaro más en este árbol?

Y quedó en silencio, para que el grupo pudiera observar el árbol al detalle. Ninguna de nuestras amigas veía otro pájaro, un señor dijo que allí no había nada más y todos asintieron o murmuraron lo mismo.

- Fijaros bien, ¿seguro que no veis su ojo?

Les pareció increíble cómo ahora, como si siempre hubiera estado ahí, veían -con tal claridad- a través de las entrelazadas ramas doradas un gran ojo que les miraba directamente. Con el grupo asombrado, el guía terminó contando que el pájaro pequeño es nuestro cuerpo y mente, y que el gran ojo escondido es nuestra alma, el observador que todo lo ve.

Acabada la visita de los frescos, última actividad de la tarde antes de volver a casa; Jodie propuso a Bette separarse del grupo para volver a ver las vistas desde la torre, sólo sería un momento y las pareció buena idea. Así que se miraron reafirmándose y corrieron por las escaleras principales subiendo dos plantas hasta encontrar la escalera de caracol. Una vez fuera, en la terraza, observaron cómo había caído la noche y una luna enorme brillaba perfectamente redonda, iluminando lo justo para intuir el paisaje. Estuvieron fuera unos diez minutos porque las entretuvo una animada charla.

Ahora, que estaban las dos amigas paralizadas en la escalera de la mansión, la oscuridad era total. Una sensación de peligro las invadió. A Bette la imagen del árbol con el ojo, la vino a la cabeza y la infundió seguridad; desconocía lo que significaba ese aislamiento repentino pero una tranquilidad la decía que todo iba a ir bien.

La primera que rompió a hablar fue Bette.
- Me parece que nos hemos quedado encerradas. Nos hemos debido de despistar con el tiempo. Creo que han apagado las luces generales, crees que se habrán ido todos?
- Cómo? Que nos han dejado tiradas aquí? Cómo se han ido tan rápido y nosotras qué? – dijo Jodie muy angustiada.
- Como todos iban en el mismo autobús, y nosotras vinimos en coche, seguramente nadie nos ha echado de menos y se han ido. Pero no te preocupes, vamos a bajar poco a poco y buscamos a quien apagó las luces, que seguro todavía anda por aquí –y cogiendo su mano, Bette bajó el primer escalón.

Se les hacía complicado descender por unos pequeños escalones triangulares, en cada paso tocaban con la punta del pie la parte externa del escalón; sólo identificando el espacio podían apoyar todo su peso, con seguridad, y continuar con el siguiente. Así a tientas, se les hizo eterna la bajada pues eran muchos escalones. Al llegar a la segunda planta pudieron moverse sin tanta torpeza, en la sala las luces de emergencia y la luz de la luna iluminaban lo suficiente como para se sintieran más seguras. Apuraron el paso y bajaron veloces- esperando encontrar a alguien- las últimas escaleras hasta el gran portón de madera. Como si de una carrera se tratara, tocaron la puerta y la aporrearon rítmicamente, acompañando los golpes con frases como: ¡Hola! ¿Hay alguien ahí? ¡Nos hemos quedado encerradas! ¿Hola? !!!Estamos aquí!!!

Ninguna de las dos podía creer que nadie las oyera, que todos se hubieran marchado. Qué significaba esto?- pensó Bette- seguramente tendremos que pasar toda la noche aquí dentro, pero vendrá alguien a buscarnos mañana?

No las encontraron al día siguiente, ni al otro, sino que estuvieron encerradas solas en aquella mansión durante 6 días, hasta el siguiente sábado. Las dos amigas, cuando fueron liberadas felices y en perfecto estado, contaron a sus familiares y amigos que aquellos días habían sido los más felices de sus vidas. Las historias que contaban eran tan increíbles como que noche tras noche el árbol eterno se iluminaba y tomaba vida, de sus ramas brotaban las más sabrosas frutas de las que se alimentaron esos días; también relataron que interactuaban con los animales de otros frescos y cómo una cabra llegó a darlas leche que bebieron gustosamente. El hecho más inconcebible de todo lo acontecido era cómo describían Bette y Jodie la sorprendente paz que sintieron esos días, nada las turbaba y no sentían ningún miedo porque sabían que el observador, el gran ojo, estaba protegiéndolas en todo momento.

Unos amigos me contaron que los psicólogos que las trataron consideraron sus casos como un trastorno neurológico transitorio, otro amigo –psicoanalista- contempló la posibilidad de que lo vivido fueran deseos inconscientes de las dos mujeres- por mi parte- creo que Bette y Jodie vivieron un verdadero suceso mágico, en el que sus almas y sus cuerpos fueron alimentados esos días por la energía del árbol eterno y sus deliciosos frutos. Y por qué no?, así me lo contó Bette y yo me lo creo, de hecho a veces incluso sueño que me sucede.

martes, 12 de febrero de 2008

EJERCICIO DE NURIA FERRER:

Oigo muchos ruidos. No sabo muy bien que está pasando. Estoy tumbado en algo blandito, con mi osito y alrededor hay muchos palos, aunque me pueda escapar por arriba, ahora no puedo porque tengo mucho sueño. Será muy tarde, cuando los niños están muy dormidos. Voy a quejarme, para que venga alguien y se acaben esas voces, que no me han dejado terminar ese sueño, donde estaba encima de una montaña de muchos y ricos dulces. Mis chillidos y lloros, aunque son muy ruidosos, no los escuchan mis papás. Mi mamá es una chica muy joven, es lo que siempre oigo decir a mi yaya y también que no terminó de estudiar por mí y que ahora trabaja mucho. Mi yaya siempre se queja de que mi papá está en casa y no trabaja. Recordando todo esto me he tranquilizado y ahora estoy sentado en silencio, escuchando y me parecen que son mis papás los que discuten, dicen algo así:

- ¡Estoy harta de ti! (...) siempre soy la que me estoy sacrificando en todo (...). He dejado una carrera, era mi única oportunidad de ser alguien en la vida y de hacer lo que me gustaba (…).
- Yo no tengo la culpa que viviéramos una noche sin límites, también fue tu responsabilidad, tu culpa (…).

Muchas palabras no sabo lo que quieren decir, son muy raras y tampoco me acuerdo de todo lo que hablan. También dicen:

- Durante estos tres años he perdido mi beca, no me hablo con mi padre, he perdido mi vida social con la que tanto soñé y tanto me costó conseguir (…)
- No te das cuenta que solo estás hablando de ti, como si fueras lo único que te importará en la vida.
- ¡Qué! Sabes muy bien que no es así. Eres tú al que encuentro tumbado, cuando llego del trabajo cansada, sin haber limpiado la casa, sin haber hecho la cama o incluso sin haber recogido la mesa después de comer (…). Por si no te has dado cuenta la cuestión es que pienses más en mí, ya que no trabajas, ayúdame que yo no puedo con todo.
- Mira lo he estado reflexionando y me cuesta mucho llegar a esta conclusión, pero será mejor que te vayas de mi casa y que nos tomemos un buen tiempo por el bien del niño, hasta que tú encuentres un trabajo estable y que tu comportamiento corresponda al de una persona madura (…).
- ¡Qué! Y ¿quién se queda con el niño durante toda la tarde?
- Mi madre perfectamente y seguro que le aportará más cariño, más amor al niño que tú.
- (…).

Creo que están hablando de mí, lo sabo porque usan esa palabra “niño”. Enseguida la he aprendido porque es muy cortita. En el parque, cuando me lleva mi papá, las mamás de mis amiguitos no les llaman a sus hijos “niño”, sino cielín, cariño, o bien por su nombre, pero a mí siempre “niño”, no me gusta, no me divierte. Tampoco me hacen tonterías de cogerme la nariz, de hacer palmas ni se esconden su cara detrás de sus manos, diciendo cu-cu como si me lo hace mi yaya. Ella si es muy cariñosa conmigo y me da muchos besos, eso me gusta, aunque mira muy raro a mi papá. Él siempre está callado, cuando está la yaya.

Todavía siguen discutiendo:
- Te crees qué no me doy cuenta, que en cuanto me “duermo” sales con tus amigos de copas, gastándote la mitad de mi sueldo, ¿eh?
- Está bien, entonces ya no pinto nada en TU casa, será mejor que me vaya, ya que todo lo que me rodea es fruto de un error (…).

Han entrado en la habitación, mi papá está muy nervioso y está recogiendo toda su ropa, mi mamá se ha quedado en la puerta con agua en los ojos, me da mucha pena y enseguida me pongo a llorar. Mi mamá corre a cogerme y mi papá se ha parado, me mira muy fijamente, se dirige hacia mí y me dice:

- Nos volveremos a ver muy pronto, no te preocupes CARIÑO, te quiero.

Nunca me lo había dicho, aunque mi mamá tampoco me lo dice. Me abraza, pero cuando abro de nuevo los ojos no está.

domingo, 10 de febrero de 2008

Después de esa noche, sólo volví a ver a mi padre vivo dos veces, y en ambas, apenas tuvimos algo que decirnos. La primera fue cuando cumplí quince años. Recibí una llamada suya el día anterior diciéndome que había vuelto y que quería verme. Quedé con él a la salida del colegio, a mi madre le dije que iría a comer a casa de una compañera. El saludo resultó artificial, forzado. El hizo amago de abrazarme, pero yo se lo impedí con un: ¿Hola, cómo estás?, tan frío, que le disuadí de cualquier manifestación de cariño Me llevó a almorzar a un restaurante que quedaba a las afueras de la ciudad. La situación era tensa. Yo le miraba con desconfianza, me mantenía altiva, como si no me importara gran cosa el reencuentro. Creo que quería trasmitirle todo el despecho que sentía por tantos años de abandono. Recibí sus regalos con una estudiada indiferencia y contestaba a sus preguntas casi con monosílabos. Por mi parte, no me interesé por su vida. Sabía que vivía en el extranjero, que se había vuelto a casar y que tenía otros hijos, pero no le pregunté nada. El tampoco me contó. Creo que pensó que yo le recibiría de otra forma, que le daría facilidades, y ante mi actitud retadora, le resultó difícil congraciarse conmigo, explicar su partida siete años atrás, e intentar justificarse.

La imagen que había tenido de mi padre en mis primeros años de infancia, era por entonces muy borrosa. A fuerza de querer olvidarlo, llegué a olvidar incluso hasta su rostro. En cambio, en los primeros tiempos, cuando su marcha era aún reciente, y su ausencia me dolía de una manera insufrible, no pensaba en otra cosa que en los momentos que había pasado con él. Recordaba su olor cuando me abrazaba, cuando me sentaba al atardecer en su rodillas y me cantaba canciones antiguas, siempre las mismas, que hablaban de amigos, de parrandas, de desamor. Su voz, cuando me recitaba aquel poema inacabable, del que sólo me quedó una estrofa, y que en vano intenté recuperar mucho tiempo después. Recordaba nuestros paseos por la playa, nuestros baños en el mar, cómo me sujetaba con cuidado hasta que aprendí a desenvolverme sola en ese medio. Recordaba sus saludos vespertinos: ¿Qué tal estás princesa? ¿Cómo te fue el día?. Recordaba su risa, su desbordante alegría. Nunca le había visto enojado. Hasta aquella noche.

Esa noche aceleró el fin de mi infancia.

Debía llevar ya varias horas durmiendo cuando me despertaron unas voces; intenté volver a dormir, pero un pude, las voces no cesaban. Asustada, con un miedo nuevo y desconocido, me levanté y atravesé el pasillo descalza, aún medio dormida, hacia la habitación de mis padres. La puerta estaba entreabierta, podía verles desde afuera; estaban levantados, discutían de forma acalorada; no me atreví a entrar, tal era mi desazón y mi sorpresa; permanecí quieta, en la penumbra, mientras un estremecimiento de espanto comenzaba a recorrerme el cuerpo. Nunca había visto a mis padres enfadados, no entendía lo que estaba pasando. Era la primera vez que presenciaba una escena semejante; hasta entonces, sin ser yo consciente de ello, había vivido en un ambiente de armonía, como tal vez pocos niños habían tenido el privilegio de disfrutar. Es cierto que en los últimos días les había encontrado distantes; mi padre llegaba tarde, cuando ya habíamos cenado, y mi madre estaba más seria de lo habitual, apenas le saludaba; a mí me mandaban antes a mi habitación y no hacíamos sobremesa. Pero yo sabía que mi padre subiría a verme cuando ya estuviera acostada. Yo le esperaba como siempre, sin dormirme, y sólo cuando él entraba en el cuarto, se sentaba en mi cama y, después de contarme alguna pequeña historia, me daba un beso de buenas noches, yo entraba en un sueño feliz.

Me quedé, pues, escuchando desconcertada en el vano de la puerta, incapaz de reaccionar, de moverme, de llamar su atención; quería hablar, pero no me salían las palabras. Ellos no parecían darse cuenta de mi presencia.

Mi madre estaba en camisón, con el rostro transfigurado, nunca antes la había visto en ese estado. Le reprochaba a mi padre algo sobre otra mujer, le mostraba una camisa, se la agitaba delante de la cara.
Mi padre, que aún estaba vestido a pesar de ser ya noche cerrada, intentaba calmarla: le decía que bajara la voz, trataba de acercarse a ella, pero mi madre le rechazaba con los brazos y con todo el cuerpo.

- ¡No me toques! – le decía – ¡Nunca volverás a tocarme!.

Yo pensaba que se había vuelto loca. Recordé algunas historias que me contaban las amigas, sobre personas que de repente perdían la razón, y tenían que encerrarlas para el resto de su vida. Ese pensamiento me aterrorizó. Empecé a tener mucho frío, temblaba de una forma incontenible, y sentí que un reguero tibio resbalaba entre mis piernas. La pelea, entre tanto, se había hecho más violenta.

- ¡No volverás a ver a tu hija! – gritaba mi madre - ¿Lo has oído? ¡No volverás a verla jamás!.
- Cállate, no sabes lo que dices, cállate – le gritaba a su vez mi padre, al que se le veía muy alterado.

Y en un momento dado, le vi levantar la mano como si fuera a golpearla. Mi madre se cubrió la cara y empezó a sollozar. Era un llanto desgarrador que a mí me helaba la sangre. Mi padre congeló el brazo en el aire.

Entonces fue cuando le llamé.

- Papá – mi voz salió casi inaudible - Papá – repetí más fuerte.

Mis padres se volvieron, y al verme, mi madre corrió desconsolada a abrazarme, mientras seguía llorando de manera incontrolada. Mi padre mi miró con una tristeza infinita, tenía los ojos húmedos y brillantes.

- Princesa – musitó con un hilo de voz, impotente – mi princesa.

Luego miró a mi madre; quiso decir algo, pero debió pensarlo mejor y se quedó callado. Salió de la habitación. Empezó a bajar la escalera. Yo quise soltarme y correr detrás de él, pero mi madre me sujetaba con fuerza. Al fin, conseguí librarme de sus brazos y alcancé a mi padre cuando éste abría la puerta de la calle.

- ¡Papá! – ahora era yo la que lloraba desesperadamente - ¿Dónde vas papá? ¿Dónde vas? ¡No te vayas! ¡Llévame contigo!.

El me estrechó entre sus brazos, me besó con una ternura indecible y, después de una última mirada, se marchó.

La segunda vez que nos vimos, yo estaba finalizando mis estudios de literatura francesa en La Sorbona. El se había trasladado a París desde Viena, donde residía, para dar una serie de conferencias sobre el resurgimiento de los grupos neonazis en Europa. Asistí a una de ellas en la Universidad; sentía un vivo interés por oírle hablar y ver, cómo se desenvolvía, fuera del ambiente que habíamos compartido juntos.

A esas alturas, yo ya no conocía a mi padre; por aquel entonces se había convertido para mí en un perfecto extraño. Salvo aquel almuerzo en la adolescencia, no habíamos vuelto a tener contacto, nunca mantuvimos correspondencia. Ignoro si él siguió mis pasos; yo, por mi parte, sabía que era un sociólogo reconocido, leía sus artículos y lo que de él decía la prensa; pero eso no me acercaba más a su persona.

El aula donde dictaba mi padre la conferencia estaba llena; yo me senté al final, donde no pudiera verme. Le esperé a la salida y, en esta ocasión, fue él el que me recibió con frialdad. Parecía azorado, daba la impresión de querer desembarazarse de mí lo antes posible. Quedamos para tomar un café al día siguiente, pero no apareció. Me envió una nota, explicándome que un compromiso ineludible de última hora, le había impedido asistir a nuestra cita; que por desgracia, tenía que regresar a Viena antes de lo previsto; y me pedía que le llamara por teléfono, si viajaba a esa ciudad en alguna ocasión.

Yo no hice nunca ninguna de las dos cosas. Hasta ayer.

Mientras desayunaba, leí en el diario que había muerto, y quise asistir a su entierro.

Llegué a tiempo al velatorio. Me presenté ante su familia, sin importarme si había oído o no hablar de mí. Entré a la sala donde estaba expuesto el féretro; me acerqué, y contemplé su cadáver.

Hoy le acompañé en su último viaje al cementerio, y me despedí, a la vez que de él, de una infancia que, definitivamente, no había dejado de ser un sueño.


Silvia Galván






- No voy a quedarme aquí ni un día mas. No voy a ser cómplice de esta barbarie. ¿Quieres que pierda mi dignidad? ¿Que no me respete a mí mismo?

- Es mi padre, sabes que no puedo dejarle, no puedo.

- Tendrás que elegir, o vienes conmigo o te quedas con él. Pero no me pidas que me quede y que permanezca impasible. Yo no puedo comulgar con sus ideas. No puedo traicionar mis creencias, mis principios.

- Qué creencias, qué principios. No tuviste tantos escrúpulos a la hora de casarte conmigo, y hasta ahora, que yo sepa, has vivido muy bien mirando para otro lado, ¿por qué no puedes seguir haciéndolo?. ¿Tanto te cuesta?. Dime, ¿tanto te cuesta?

- Y tú me lo preguntas? Cómo quieres que mire a la cara a nuestra hija después de ésto si me quedo aquí como si no pasara nada. Tienes que decidirte. El ya no te necesita, de hecho, no necesita a nadie, se basta él solito.

Paralelo - María Pía Rondón Carlín

Después de unos largos días de silencio, en los que me convertí casi en un mendigo recibiendo algún gesto amistoso, algún resto de una sonrisa, una mirada de reojo, una mínima muestra de consideración y afabilidad, decidí que la incertidumbre no era lo mío: uno está junto a una persona o no está. A pesar de que hasta el final sentí que mirábamos hacia una misma dirección y no tan sólo el uno al otro, llegó el día en que el camino se partió en dos. Por mí no se hubiera dividido, pero ella ofrecía tan poca consistencia, tanta falta de conciliación, que lo lamento más por ella que por mí.
Mientras oía su discurso adolescente, comprendí que a mi lado tenía que acompañarme alguien con más fortaleza, coherencia, alguien que estuviera mejor preparado para andar de a dos, a cada lado y no uno detrás de otro. Aún con esa repentina pero tan clara convicción, estuve dispuesto a perdonar y a mirar hacia adelante. Pero me soltaron la mano o, más bien, pasé a ser el primero y único en la fila. Reuní algo de ropa, mi cuaderno de anotaciones, mi computadora, un par de libros y salí. En el umbral de la puerta sentí un frío intenso, la humedad tropezando con mis piernas, subiendo por mi cuerpo hasta inhalarla.
Miré hacia atrás, la hermosa fachada, las macetas colgando en los balcones, esperando a que las flores despertaran un día, las cortinas de tela recién compradas, las puertas de madera, la enredadera que ya estaba por llegar hasta la habitación del niño. Allí estaba, apoyado en la ventana, sus manos sostenían dos cojines tapando sus oídos, el rostro desconcertado y triste. No podía subir a consolarlo, quise alegrarlo haciéndole alguna gracia, mi cara se transfiguró en una repetición de muecas hasta degenerar en una serie de tics sin recibir ningún gesto de sorpresa, el menor asombro. Recordé que mi padre había conseguido que yo me despida de él. Imaginé su pequeño brazo alzándose, haciéndome un adiós con la mano...pero era la mía despidiéndose de mi padre.
Pasé mi infancia en una pequeña casa dentro de una quinta, mi padre había sido uno de los ganadores del sorteo de viviendas que había organizado el gobierno de turno. Había esperado el resultado casi con desesperación, no veía la hora en que dejaría de oír los reproches de mi abuela. Cuánto se arrepentía de haber recibido su ayuda...Pero en ese entonces yo sólo contaba con 9 meses de nacido y era el único motivo por quien mi padre soportaría el temporal. Sin embargo, mis recuerdos comienzan en esa encantadora quinta de la calle Colón, donde respirábamos a todas horas la brisa de mar, donde celebramos mi cuarto cumpleaños unos días después de instalarnos. Mi padre organizó una fiesta, invitó a todos los vecinos, preparó una parrillada y así fuimos conociéndonos todos. Así fue como conocimos al banquero, nuestro vecino más cercano. Vivía solo y era cajero en una de las sucursales del Banco de la Nación. Mi padre le decía que era una ironía eso de trabajar a diario con el dinero de los demás entre las manos y nunca ser tuyo. Se reunían algunos viernes a jugar a los dardos o al sapo, hacían apuestas con otros vecinos, a veces se reunían los dos a tomarse unos piscos y conversar. Empezaron a hacerse amigos. Por esos años mi padre viajaba mucho, lo enviaban a supervisar el trabajo de los mineros en Ayacucho y Huánuco. Un viernes llamó a avisar a mi madre que no podía volver a casa, los mineros se habían adueñado de las carreteras protestando por los despidos de las nuevas empresas chilenas. Habían bloqueado los caminos, los buses eran obligados a detenerse y se llenaban de asaltantes o policías, uno no podía distinguir entre ellos, era mejor esperar a que disminuya la revuelta. Mi madre se quejó de que se había terminado el gas, dijo que nos quedaríamos en casa de mi abuela hasta que mi padre volviera, si él no podía hacerse cargo de mi alimentación, entonces la abuela lo haría. Mi padre se opuso, suficientes favores había recibido ya de su suegra. Llamó al banquero y le pidió unos cuantos soles para la comida, él se lo devolvería apenas cobre su sueldo. En menos de media hora el banquero tocaba la puerta de mi casa. No dejó dinero a mi madre, en cambio nos llevó a comer a la pollería de Pardo. Entre cada bocado veía la repartición de sonrisas y agradecimiento de mi madre hacia el banquero. Yo masticaba cada vez con más fuerza, cuando él se mostraba dispuesto a servirle en todo. Ese fin de semana conocí la marisquería de Alcanfores, el chifa de San Martín, la trattoría de Porta...mis dientes parecían morder metales, tragaba pedazos de fuego y bebía sorbos de un sudor amargo.
Llegó el lunes y mi padre no había regresado. Me preparé para ir al colegio, mi madre parecía no haberse levantado pues a esas horas ya andaba en la cocina o se le oía en el patio planchando mi uniforme. Me puse la camisa del viernes y salí. Estaba tan enojado que me fui sin despedirme siquiera de ella. Al llegar a la puerta del colegio decidí cambiar de rumbo. Me dediqué a pasear por el malecón, me quedé observando a la gente haciendo parapente en el parque cerca del puente Villena. Tenía tantas ganas de lanzarme con ellos, dar un salto y en seguida estar volando sobre el mar, arrojar mi rabia en forma de piedras que se hundirían en esa inmensidad.
Volví a casa por la tarde, en la entrada de la quinta me crucé con el banquero, me dijo que en la noche conoceríamos la pastelería de Armendáriz. Seguí caminando, en una de las ventanas de mi casa vi a mi padre andando de un lado para otro, levantaba los brazos, se cogía la cabeza, se quedaba de pie unos segundos. Mis piernas dejaron de moverse cuando lo vi salir de mi casa con una maleta. Me miró fijamente, se acercó a darme un beso, su cara estaba muy cerca de la mía, veía como sus ojos se agrandaban, su boca se deformaba, sacaba la lengua una y otra vez, me sonreía. Se acercó a la entrada y se volvió a mirarme, yo me despedí de él haciéndole adiós con una mano, no sabía adónde viajaría esta vez.
Ahora me encontraba yo esperando ese adiós de mi hijo, debajo de la enredadera que plantamos juntos en la fachada de la casa.

martes, 5 de febrero de 2008

Mi motivo para quedarme (Beatriz Gallego)

Soy una rara excepción entre los míos, pues no me he terminado de acostumbrar al frío que tengo cuando paseo. Y no es un frío que sienta porque haga mal tiempo, es algo que siento dentro de mí. Tiene que ver con que no me acostumbro a que todo lo que pise sea duro y que todo lo que vea sea artificial, no esté vivo. Casi nunca veo el horizonte y su amaneceres y atardeceres. La luz sale o se esconde entre grandes bloques de algo como el suelo, como las escaleras, las paredes o las aceras. Esa cosa, casi siempre gris, que lo cubre todo.

Para mí es todo lo mismo, como una gran parque de juegos creado por el ser humano. Puedes subir, bajar, correr, comer, parar, pero no puedes escapar. Cuando salgo al exterior, lo que más me gusta es ir al parque y ver a mis amigos, y alguna amiga con la que me llevo bien. El parque es un pedacito de naturaleza en el que me siento vivo. A veces pienso que me gustaría estar siempre allí, oliendo la hierba mojada y oyendo las hojas caer. Me gusta embarrarme con la tierra al andar sobre ella, ver qué blanda es y cómo mis huellas quedan ella. No me importa si llueve o hace mucho calor, allí siempre encuentro mi lugar. Muchas veces sueño con ser libre, con no encontrarme atado –en muchos sentidos- como suelo estarlo. Tengo mis motivos para quedarme, pero siempre hay algún día que se hace difícil, algún momento de soledad mal llevado que me hace dudar.

Hoy me he despertado con una muy buena disposición a que otra gélida mañana no me hiele el ánimo. Con la valentía que otorga el calor de mi casa correteo escaleras abajo, contento y feliz. Salgo a la calle y me abro paso entre las madrugadoras personas que se precipitan a sus trabajos. Casi todos y todas me resultan impersonales, con esa actitud tan altiva me resultan casi extraterrestres. Sólo hay algunas personas que sí me tienen estima y que cuando paso a su lado me saludan y se toman su tiempo en mostrar cariño hacia mí. Esas personas son las únicas que suelen ponerse a mi altura cuando están conmigo y así podemos llevar una relación más sincera, más de tú a tú.

Por las mañanas doy un paseo corto antes de comenzar mi duro trabajo. Mi trabajo, básicamente como el de muchos, consiste en agradar a mi jefe y esperar a que mi trabajo se reconozca. Muchos amigos se quejan de su jefe, de sus pésimos horarios, de cómo siempre les hace esperar cuando necesitan verle y de cómo no tiene en cuenta su trabajo. Reconozco que en ese aspecto soy muy afortunado, creo que mi jefe me comprende perfectamente. Entiende cuál es mi naturaleza, obra lo más acorde posible a mis necesidades y veo como acepta la responsabilidad que contrajo al tenerme a su cargo. Él sabe que esperarle se hace muy largo. Realmente nos tenemos mucha estima y es por eso que le soy fiel.

Ahora, es por la tarde, he salido a dar el paseo largo del día y después de unas cuantas calles según giro la esquina, me encuentro ya hipnotizado por este verde parque. Entrando por la vieja puerta de hierro, una brisa me recorre. Aquí se respira diferente, fuera en la calle los coches, los edificios y la gente impiden que corra el aire y una mezcla rancia de olores Algunos de mis amigos vienen desde lejos y generalmente no les veo mucho. Hoy es un día especial porque hace muy bueno, muchos han salido a pasear y me los voy encontrando por el camino. Mira aquí viene este, bueno, le veo mejor, ya anda casi bien. Es un amigo de un amigo y nos conocemos poco, pero nos caemos bastante bien. Nos saludamos y me cuenta que se encuentra más recuperado del accidente que tuvo. Le digo que me alegro y que le veo muy bien, sobretodo de ánimo, pues es importante mantenerse fuerte, así los malos momentos pasan más rápido. Creo que agradece escuchar mis palabras y quedamos en vernos estos días por el parque.

Esta parte del parque me fascina. Artificialmente generaron una montaña, es pequeña pero es tranquila y tiene muy buenas vistas. En cuanto comienza la cuesta me animo sólo de pensar que puedan estar mis amigos. Arriba hay una bonita explanada de hierba con unos bancos de madera y ese es nuestro sitio favorito. La subida es leve pues el camino serpentea rodeando la montaña. Cuando llego a la cima, antes de adentrarme en la hierba, me giro y dejo que el sol me bañe; aquí su luz no la tapan los edificios, es directa y fuerte. Permanezco un rato quieto, dejándome acariciar por su calor. Después de un rato, retomo el paso muy lentamente y me acerco al grupo de mis amigos.

Somos cuatro, es casi un record, estamos animados y no paramos de contarnos cosas. Mucho cotilleo y palabrería, parece que hoy no están para temas muy profundos. Estando con los amigos pienso que a casi todos se les ha apaciguado el sentido aventurero. Es decir, ese gusto por la aventura de la vida, la aventura de aprender, de sentirnos libre incluso cuando no lo estamos. Mi madre era una gran aventurera, de campo, donde yo nací. Ella era valiente y fuerte, trabajaba muy duro porque era pastora y siempre recuerdo cómo acababa cada noche exhausta pero feliz, muy feliz, pues le gustaba mucho lo que hacía. Aquel lugar lo recuerdo como un paraíso de colores, predominaba el verde, por supuesto, pero había una gran gama de otros en plantas, flores y pequeños seres vivos. Soy consciente de cómo he perdido aquí el instinto de la aventura, pero creo que no tanto como ellos. También es cierto que muchos de ellos no han conocido otro lugar, pienso mientras vuelvo a paso ligero a casa. Creo que nuestras raíces verdaderas están en lo más profundo de nuestro ser, yo ayudo a que crezcan en mi interior sabiendo que esas raíces pueden ser el árbol que yo quiera.

Mis raíces están ahora aquí, al lado de mi jefe, la persona que me cuida desde que me separaron de mi madre hace ya unos años. Él es bastante bueno conmigo, expresa su amor por mí en cada ocasión y siento que nuestra relación va más allá de la típica entre amo y perro. Si nuestra relación fuera un árbol tendría raíces fuertes y sanas porque nos queremos, nos respetamos y nos necesitamos. Este es mi motivo para quedarme, el motivo por el que voy atado pero me siento libre de estar a su lado.

lunes, 4 de febrero de 2008

UN DÍA DE EXÁMENES: (Nuria Ferrer)

Levanto la cabeza, todo sigue igual, la profesora cincuentona observa con mucha atención a los alumnos, para que no copien ni realicen ningún tipo de trampas. Sigo mirando y ella me observa con esas gafas de pasta, que tapan todo su rostro y que hacen un bien a la humanidad o por lo menos a la vista, añadiendo que su cara es de amargada y que dichas gafas aumentan sus asquerosos y temibles ojos, que me atemorizan. Decido mirar las diez preguntas y no me acuerdo de ninguna. Estoy muy nerviosa, no dejo de morderme continuamente las uñas, chupetearlas, de descargar mis nervios en mis pobres e indefensas uñas, ¡no me lo puedo creer, me he arrancado un padrastro! Y ahora sangro, pero poco, que pena, porque si no podría decirla que necesito ir al baño para lavarme, si sangrará más, me atrevería a preguntárselo. Vamos a ver tengo que dejar de decir tonterías y centrarme en el examen, además ella es de las estrictas, que no incumple una norma, aunque la amenaces con un cuchillo carnicero, bueno con todo esto no consigo escribir una mísera frase y ya han pasado quince minutos. Aquí el tiempo vuela; en casa, cuando estudio, se me hace eterno: los segundos me parecen minutos y los dichosos minutos horas… Me estoy empezando agobiar y unir este sentimiento con mis incontrolables nervios, puede resultar una combinación explosiva difícil de sobrellevar. Ahora empiezo a jugar con mi boli entre los dedos y a la vez no paro de mover mi pierna derecha en un movimiento de vaivén, pero qué demonios me sucede, quiero por todas mis fuerzas aprobar este examen, como sea y no dejo de evadirme, haciendo una detrás de otra estupideces. Solo oigo el continuo sonido de la punta del bolígrafo al entrar en contacto con la hoja, el que hacen todos mis compañeros al escribir sin excepción alguna, bueno si yo, la única. Parece que tengo buen oído, pero en realidad el silencio es abrumador y esos sonidos, que carecen de importancia en el día rutinario, ahora se repiten en mi cabeza sin cesar, como si se tratará de un cráneo hueco, pero un momento mis compañeros antes de entrar a clase no paraban de jurarme qué estaban muy nerviosos y no se acordaban de nada, ¿cómo han vuelto acordarse tan deprisa?, ¿por qué no me dicen el método? Tendrías que mirarlos parecen máquinas pensantes, algunos hasta sonríen y parece que van a empezar a escribir por los bordes de las hojas como sigan así, tampoco tengo que exagerar, a lo mejor se están inventando la mayoría de las preguntas y están escribiendo, como entre los adolescentes decimos, “paja”, que después, durante la corrección de la profesora, se limitará a tachar con mucho gusto, pensando sin ningún esfuerzo: “pardillos, no sabéis hacer otra cosa que hablar durante la clase y ahora os inventáis el examen como si de una película se tratase, así no vais a llegar a ninguna parte”, o al menos esa es la expresión de la cara, el modo que se le arruga su ancha frente y levanta una de sus cejas a la hora de corregirlo con su taza de café caliente sobre la mesa del despacho de mi querido padre.
De repente noto como si alguien estuviera respirando en mi nuca y rápidamente un escalofrío me recorre todo el cuerpo, salto de la silla sin ninguna discreción y miro hacia atrás para saber quién era, ¡oh no! la profesora, mi cara se me enrojece en cuestión de segundos y sin dudarlo me pregunta gritándome: “¿Cuándo piensas empezar el examen? , pareces que quieres verme otra vez en septiembre”, la iba a contestar, me estaba dejando en evidencia delante de toda la clase y eso no lo consiento, lo sabe perfectamente, por desgracia me conoce demasiado bien, pero de qué va, que se cree diciéndome eso, es que no se ha dado cuenta que todos lo saben desde hace mucho, venga por favor, que intenta demostrar. No sé si para bien o para mal, pero no la conteste, es más sentía los latidos del corazón en la misma garganta parecía que mi apreciado corazón quería estallar o salir de mi cuerpo, así que me tragué mi orgullo. Como sabe mis puntos débiles, como la odio, como… que revés da la vida, cuando menos te lo esperas, tuvo que venir ella a ocupar un sitio que nadie lo podrá sustituir ni con el tiempo. Volvamos a la situación:
La tensión se palpita en el ambiente, ella volvió a dirigirse a mí ahora muy impertinente: “Sé que te esfuerzas mucho y que tu inteligencia no da a más, pero de qué sirve si a la hora de la verdad, no te concentras, eh cielín, eso te pasa porque no dejas que te ayude, tú ya me entiendes, ¿verdad cariño?, será mejor que ya no hagas nada y que te relajes, te faltan diez minutos y lo que ya no has hecho, no lo vas hacer en lo poco que te queda.” Y marchándose a su sitio añade suspirando, ¡que tiene mucha paciencia conmigo!
Aparto la vista de ella, aunque me cuesta mucho, ya que me estoy acordando de toda su familia, que por desgracia es la mía, y además me doy cuenta que todos mis compañeros se están riendo de mí, algo insólito, siempre he sido la divertida de la clase, la que cae bien a todo el mundo y por desgracia tuvo que venir esta mujer, que se coló en mi vida por arte de magia.
Sudo exageradamente, además están corriendo sobre mi frente unas tres gotitas de un sudor frío y un segundo escalofrío me está recorriendo todo el cuerpo, creo que esto ya empieza a ser algo preocupante, además me tengo que olvidar de las vacaciones de verano, con esto quiero decir que este año no podré estar tumbada en la hamaca, tostándome al sol y notando en todos los poros de mi piel la brisa constante del mar ¡ay!, ni saldré por las noches hasta altas horas de la madrugada, ni si quiera me atiborraré de helados cada día, si no que me quedaré en Madrid, estudiando, sudando encerrada y muriéndome del asco, aguantando a este mujer día sí y día también. Al imaginarme todo este panorama empiezo incontroladamente a resoplar muchas veces, no dejo de observar las preguntas y…De repente me acuerdo de una respuesta, pero ya es imposible justo en ese momento suena el timbre, eso sólo significa una cosa que el tiempo ha terminado, así que el Dios Cronos ha cumplido su función ferozmente y yo debo entregar mi examen a la misma señora, que mi padre paga para darme clases particulares y que antes mi querida madre cumplía con satisfacción hasta que pasé a Bachiller, donde la materia ya es más difícil.

domingo, 3 de febrero de 2008

El día amaneció con calima, ese polvo del desierto que siempre me afecta a la garganta. Permanecí mucho rato en la cama hasta que por fin me levanté, subí las persianas y me quedé mirando el mar: estaba en calma; anunciaban viento sur, pero todavía no había llegado.
Vivo en una casa que construyó mi abuelo en unas tierras heredadas; se encuentra en lo alto de una colina, desde donde se divisa toda la ciudad y una gran parte de este lado de la isla. En la finca que la rodea, se plantaron al fondo plataneras delimitadas con canteros geométricos y, más cerca de la vivienda, abundantes árboles frutales: limoneros, naranjos, aguacates, mangos, papayas.... En el jardín crecieron dos araucarias que hoy parecen alcanzar el cielo, varios tipos de palmeras y árboles ornamentales cargados de flores exóticas que, en otro tiempo, rivalizaban con los jacintos, las calas, los hibiscos y las hortensias que, primero mi abuela, y después mi madre, cuidaban con tanto mimo. A unos dos kilómetros hacia la costa, se encuentran dos calas solitarias en una zona agreste, perdidas entre acantilados. En los domingos estivales, los lugareños van a bañarse y a pasar el día; en invierno, todo el paraje queda desierto.
La casa se ha ido deteriorando en los últimos años, el salitre y la humedad lo carcomen todo; la madera de los bosques isleños no agradece la cercanía del mar. Las gavetas, las ventanas y las puertas hinchadas, parecen lamentarse con sus chirridos, del paso del tiempo y del abandono. Una pátina tenaz de polvo cubre hoy todos los rincones; mi lucha contra la suciedad acabó a la vez que finalizó mi batalla por la vida. Las habitaciones permanecen cerradas y, los grandes ventanales de la planta baja, no se abren la mayoría de los días, quedando así ,en sombra permanente, las arcas antiguas, los sillones y los muebles de madera oscura, que adquieren un aspecto fantasmal.
Llevaba unos días con una tristeza tal, que me impedía pensar siquiera en salir a la calle; no quería ver ni hablar con nadie; por suerte, no lo necesitaba, podía quedarme en casa tranquilamente, no me iban a echar de menos. Bajé a tomar un desayuno ligero y a continuación salí al jardín; hacía calor, no había brisa y los árboles permanecían estáticos. Después de deambular un poco, arrancar de forma mecánica algunas hojas secas de los geranios y mirar indiferente las montañas, volví a entrar en la casa. Pensé que era una suerte vivir tan aislada; sólo tenía que acercarme a la ciudad para comprar comida y, por el momento, la despensa estaba abastecida. Me acerqué al salón, abrí el piano y, después de unos instantes, lo volví a cerrar. Ni siquiera me apetecía la música; sólo quería silencio, no pensar, no sentir ......Decidí volver a acostarme, tomé la novela que estaba leyendo y leí, leí, hasta quedarme dormida de nuevo. Cuando desperté habían pasado ya varias horas y estaba entrada la tarde. El último sueño había sido una pesadilla horrorosa, como hacía mucho tiempo que no había tenido, quizás desde que era una niña; me quedé pensando en lo que podría significar ..... ¿Alguien cercano estaba sufriendo? ¿Algún ser querido estaba enfermo? ¿Tenía que ver esta tristeza de los últimos días con algún mal presentimiento?.
Pero, reflexioné, ¿tenía realmente algún ser cercano?, ¿me quedaba todavía algún ser querido?. Había querido a mis hermanos, sí, y también a mis sobrinos; pero lo que sentía ahora por ellos era una especie de desencanto, una desilusión sin nombre y un vago pesar. Hace muchos años, cuando todavía eran jóvenes, mis hermanos se fueron marchando uno a uno de la isla, se instalaron en Venezuela, allí se casaron y construyeron su vida. Mientras vivieron nuestros padres, solían regresar cada cinco años, en las fiestas lustrales. Les había ido bien, volvían como indianos ricos, cargados de regalos, de historias jugosas, de esposas caribeñas de cinturas cimbreantes y de niños risueños que alegraban nuestros días con sus juegos infantiles.
Sólo yo me quedé. Cuidando, primero, a los mayores: la abuela, que sobrevivió a su marido; las tías solteras; las viudas, que se instalaron en el hogar familiar para morir arropadas, como era la tradición; los padres; las criadas y los perros, que se iban sustituyendo. Durante años, vivía con la esperanza de viajar un día al otro lado del atlántico, de reunirme con los hermanos y los sobrinos, de comenzar una nueva vida. En cada reencuentro, recibía promesas que yo guardaba celosamente y me mantenían la ilusión. Finalmente, después del entierro de mamá, que fue la última en marcharse, parecieron olvidarse de mí; comenzaron a darme largas: aquí la situación no es buena, se acabaron los dólares del petróleo, hay que esperar tiempos mejores, el pasaje es muy caro, no debes perder tu jubilación... Y yo me quedé: cuidando la casa, al último perro de la estirpe, y a la última criada, que era casi tan vieja como ella. Hasta que, por último, también ellos murieron, y ya no quise más perros, ni más criadas. Y me quedé sola.
Mis hermanos no quisieron vender la casa. ¿Quién sabe – decían – si algún día tendremos que volver?. Tampoco resultaba fácil encontrar comprador, era demasiado terreno y no dejaban parcelar ni construir en esa zona. Al principio mandaban algún dinero, después dejaron de hacerlo. De la finca se ocupa ahora un medianero, que me da el 50% de la producción de plátanos y demás frutales. Yo voy subsistiendo con eso y con mi pensión de maestra. Las alhajas y la plata se la fueron llevando las sobrinas en los últimos viajes. Se las cedí gustosa; total, yo no iba a necesitarlas y para ellas, que estaban tan lejos, decían, eran sus únicos recuerdos de familia. En la actualidad me llaman dos veces al año: en Navidad y en mi cumpleaños, y aprovechan para contarme las novedades: Se casó Rosita, Miguel se echó novia y acabó la universidad, Pablito se fue para los Estados Unidos. Pero de volver no dicen nada, ni tampoco recibo una invitación para visitarles.
Me acerqué a la ventana, la abrí y miré al exterior; estaba anocheciendo. El sonido de los grillos tapaba el rumor del mar, o tal vez yo no podía oírlo. No me gustan esos insectos tan negros, no me fío de ellos, nunca sé que están diciendo: si se quejan con su canto o simplemente se divierten haciendo ruido. De repente me entró un miedo absurdo a la oscuridad; cerré la ventana y encendí todas las luces de la habitación. Pero fue peor, la negrura de la planta baja parecía subir para atraparme; no sé por qué, pero no me sentía con fuerzas para bajar la escalera. Tenía la espantosa sensación de que algo o alguien me esperaba abajo. Intenté calmarme, ser razonable, pero cuánto más lo intentaba, más angustiada me sentía. Me pareció oír ruidos en el jardín; me quedé escuchando..., ahora se oían en la casa..., sentí que alguien subía la escalera. Me armé de valor, salí al descansillo y allí estaban.
- No se asuste Doña, necesitamos que nos dé todo lo que tenga de valor, no queremos hacerle daño.
Eran dos chavales jóvenes, de unos veinte años, reconocí al de la izquierda.
- Tú eres el hijo de Tomás, el de la recova. Fuiste alumno mío en la escuela. ¿Cómo entraron? ¿Qué pretenden?
- Entramos por la puerta que da a la cocina, la tenía abierta, debería tener más cuidado. No es nada personal Doñita, usted siempre fue buena con nosotros, pero necesitamos su ayuda. Tenemos que dejar la isla; están detrás de nosotros; embarcamos esta noche, el barco sale a las doce, no tenemos dinero.
Se le veía alterado, hablaba a trompicones. El otro permanecía callado, y miraba nervioso, con temor, hacia los lados.
- En la casa no queda casi nada, pero de lo que hay, tomen lo que gusten. Entren, el dinero está en mi habitación, en el escritorio; debe haber dos mil pesetas. Y ahora, salgan y déjenme tranquila y acuérdense de cerrar bien la puerta del jardín cuando se vayan.
- Gracias, Doñita, nos acordaremos de usted. Disculpe, y que descanse.
Mientras les oía entrar y salir de las habitaciones, abriendo y cerrando cómodas y armarios, recordé una noche como aquella, cincuenta años atrás: Esa tarde habíamos celebrado mi cumpleaños, cumplía diecisiete; era la mayor de cuatro hermanos y la única mujer. Mi madre y mi abuela llevaban una semana preparando, junto con las tías, toda clase de dulces para la ocasión: mantecados, merengues, almendrados, compota de guayaba,,,,, Habían venido familiares y amigos. Las criadas habían encerado los suelos; la plata relucía y los jarrones estaban adornados con las mejores flores del jardín. Acabada la fiesta y habiéndose retirado los invitados, mis hermanos y yo subimos a nuestras habitaciones, el abuelo estaba en la biblioteca, que se encontraba en la parte alta. Mi padre se hallaba en su despacho, al otro lado del salón. Las mujeres terminaban de recoger los restos de la velada. De pronto, se oyeron carreras por el jardín, gritos, alboroto ...Los niños corrimos escaleras abajo, mi abuela lloraba, mi madre se llevaba las manos a la cabeza, se abrazaban las muchachas, rezaban las tías, mi padre, guardando serenidad, nos ordenaba: ¡No salgan, quédense dentro!. Se oyeron dos disparos. Todos enmudecimos y nos miramos consternados. Al poco, entraron tres guardias, preguntaron por mi abuelo; mi padre, con calma, subió a avisarle. Bajaron los dos; mi abuelo, solemne, se presentó ante los guardias y les dijo: Cuando gusten.
El abuelo de Tomás, el de la recova, padre de mi joven ladrón, era entonces el medianero de la finca. Los dos tiros fueron para él. Murió entre las plataneras que cuidaba. Llevaba allí escondido tres días con sus tres noches. Mi padre le llevaba comida. El y mi abuelo fueron arrestados y llevados a la cárcel, por masones y encubridores. Mi abuelo murió en ella; mi padre salió tres años después. Corría entonces el verano del 36 y empezaba el declive de mi familia, la emigración forzosa de los hermanos y el olvido.
Me quedé escuchando: los jóvenes bajaron la escalera, revolvieron en la planta baja y, finalmente, salieron por la puerta trasera. Cerré con llave la habitación, bajé las persianas y me metí en la cama temblando. Dejé sólo encendida la luz de la mesilla de noche, retomé la novela, y leí, leí, no sé durante cuánto tiempo, hasta que conseguí volver a quedarme dormida.