martes, 19 de febrero de 2008

Williamswalk

(Segundo Ejercicio Beatriz Gallego)

La oscuridad las sorprendió en aquella incómoda escalera. Detuvieron todos sus movimientos mientras pensaban por qué se habían apagado las luces. Paralizadas, prestaron atención a ver si oían a alguien, no imaginaban que hubiera pasado tanto tiempo como para que no quedara nadie en la casa. Sintieron que un profundo silencio las envolvía y todo tipo de conjeturas les cruzaban por la mente. Sus voces interiores gritaban mudas en su cabeza: ¿Qué ha pasado? ¿Se han ido? ¿Quién nos sacará de aquí?

Ayer, sábado, por la mañana, después de dos amenas horas de coche atravesando el countryside, habían llegado Bette y Jodie a Williamswalk Gardens, con un sol espléndido y la perspectiva de disfrutar de unos maravillosos día de tertulias, ejercicios y contacto con la naturaleza. Las actividades del fin de semana, tras las introducciones y presentaciones, comenzaron con una sesión del seminario de filosofía; después de la opípara y vegetariana comida de bienvenida celebrada en el hall principal, las charlas se sucederían con actividades artísticas, paseos y grupos de meditación hasta la tarde del domingo. En el centro de este paraje asomaba la blanca mansión, realizada en 1713, la cual según les explicaron correspondía con la arquitectura del denominado periodo de la elegancia que derivaría en el estilo victoriano. El programa incluía dos paseos al día, uno al amanecer y otro al atardecer, por los bellos jardines y la cuidada extensión de manzanos en flor; más allá de esta propiedad las praderas verdes continuaban hasta el horizonte, donde chocaban con estilizados cúmulos de nubes bajas.

A Bette, además del ambiente y las interesantes charlas filosóficas, lo que más la sorprendió de la casa fueron los alegóricos frescos, presentes en todas las salas y que cubrían paredes, techos e incluso puertas. En conjunto son un ciclo de obras de arte sobre las enseñanzas Advaita Vedanta, de la filosofía hindú. Las pinturas eran realistas y muy simbólicas, tan cargadas de mensaje que cuando Bette escuchó la explicación de “El árbol de Samsara” se quedó totalmente fascinada por las diferentes lecturas de esa obra. Calculó que debía tener unos 8 metros de altura, el árbol estaba pintado en oro y variados tonos verdes. Curiosamente tenía las raíces hacia arriba, justo debajo de la luz de la bóveda, y las frondosas ramas estaban hacia abajo, quedando a sus pies. Mientras sus ojos recorrían su altura, el guía comenzó a contarles la historia del árbol del revés.

- Este es el árbol eterno, de cuyas ramas brotan frutas deliciosas y bellas flores, todas ellas son perfectas y conviven en armonía con los animales- dijo, haciendo una pequeña pausa - cómo podéis ver, en aquella rama descansa un exótico pájaro de muchos colores, pero ¿veis algún pájaro más en este árbol?

Y quedó en silencio, para que el grupo pudiera observar el árbol al detalle. Ninguna de nuestras amigas veía otro pájaro, un señor dijo que allí no había nada más y todos asintieron o murmuraron lo mismo.

- Fijaros bien, ¿seguro que no veis su ojo?

Les pareció increíble cómo ahora, como si siempre hubiera estado ahí, veían -con tal claridad- a través de las entrelazadas ramas doradas un gran ojo que les miraba directamente. Con el grupo asombrado, el guía terminó contando que el pájaro pequeño es nuestro cuerpo y mente, y que el gran ojo escondido es nuestra alma, el observador que todo lo ve.

Acabada la visita de los frescos, última actividad de la tarde antes de volver a casa; Jodie propuso a Bette separarse del grupo para volver a ver las vistas desde la torre, sólo sería un momento y las pareció buena idea. Así que se miraron reafirmándose y corrieron por las escaleras principales subiendo dos plantas hasta encontrar la escalera de caracol. Una vez fuera, en la terraza, observaron cómo había caído la noche y una luna enorme brillaba perfectamente redonda, iluminando lo justo para intuir el paisaje. Estuvieron fuera unos diez minutos porque las entretuvo una animada charla.

Ahora, que estaban las dos amigas paralizadas en la escalera de la mansión, la oscuridad era total. Una sensación de peligro las invadió. A Bette la imagen del árbol con el ojo, la vino a la cabeza y la infundió seguridad; desconocía lo que significaba ese aislamiento repentino pero una tranquilidad la decía que todo iba a ir bien.

La primera que rompió a hablar fue Bette.
- Me parece que nos hemos quedado encerradas. Nos hemos debido de despistar con el tiempo. Creo que han apagado las luces generales, crees que se habrán ido todos?
- Cómo? Que nos han dejado tiradas aquí? Cómo se han ido tan rápido y nosotras qué? – dijo Jodie muy angustiada.
- Como todos iban en el mismo autobús, y nosotras vinimos en coche, seguramente nadie nos ha echado de menos y se han ido. Pero no te preocupes, vamos a bajar poco a poco y buscamos a quien apagó las luces, que seguro todavía anda por aquí –y cogiendo su mano, Bette bajó el primer escalón.

Se les hacía complicado descender por unos pequeños escalones triangulares, en cada paso tocaban con la punta del pie la parte externa del escalón; sólo identificando el espacio podían apoyar todo su peso, con seguridad, y continuar con el siguiente. Así a tientas, se les hizo eterna la bajada pues eran muchos escalones. Al llegar a la segunda planta pudieron moverse sin tanta torpeza, en la sala las luces de emergencia y la luz de la luna iluminaban lo suficiente como para se sintieran más seguras. Apuraron el paso y bajaron veloces- esperando encontrar a alguien- las últimas escaleras hasta el gran portón de madera. Como si de una carrera se tratara, tocaron la puerta y la aporrearon rítmicamente, acompañando los golpes con frases como: ¡Hola! ¿Hay alguien ahí? ¡Nos hemos quedado encerradas! ¿Hola? !!!Estamos aquí!!!

Ninguna de las dos podía creer que nadie las oyera, que todos se hubieran marchado. Qué significaba esto?- pensó Bette- seguramente tendremos que pasar toda la noche aquí dentro, pero vendrá alguien a buscarnos mañana?

No las encontraron al día siguiente, ni al otro, sino que estuvieron encerradas solas en aquella mansión durante 6 días, hasta el siguiente sábado. Las dos amigas, cuando fueron liberadas felices y en perfecto estado, contaron a sus familiares y amigos que aquellos días habían sido los más felices de sus vidas. Las historias que contaban eran tan increíbles como que noche tras noche el árbol eterno se iluminaba y tomaba vida, de sus ramas brotaban las más sabrosas frutas de las que se alimentaron esos días; también relataron que interactuaban con los animales de otros frescos y cómo una cabra llegó a darlas leche que bebieron gustosamente. El hecho más inconcebible de todo lo acontecido era cómo describían Bette y Jodie la sorprendente paz que sintieron esos días, nada las turbaba y no sentían ningún miedo porque sabían que el observador, el gran ojo, estaba protegiéndolas en todo momento.

Unos amigos me contaron que los psicólogos que las trataron consideraron sus casos como un trastorno neurológico transitorio, otro amigo –psicoanalista- contempló la posibilidad de que lo vivido fueran deseos inconscientes de las dos mujeres- por mi parte- creo que Bette y Jodie vivieron un verdadero suceso mágico, en el que sus almas y sus cuerpos fueron alimentados esos días por la energía del árbol eterno y sus deliciosos frutos. Y por qué no?, así me lo contó Bette y yo me lo creo, de hecho a veces incluso sueño que me sucede.

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