A las siete de la mañana ya estaba listo para buscar el periódico de los lunes, la búsqueda de trabajo incansable. Manuel ya tenía el diario en una mano y en la otra esperaba el dinero. A ver si este es nuestro día de suerte, me dijo , con una media sonrisa que desaparecía con el siguiente comprador. En el bar de la esquina pedí un café, empecé a realizar el descarte por zonas y a ordenar las posibilidades que puede esperar alguien joven pero sin título en mano. Anoté unos seis avisos posibles. Nada me entusiasmaba demasiado, pero había que aplicar la mentalidad práctica y convencerse de que todo esto se trataba sólo de un medio para lo demás. Cogí unas monedas y marqué. Ya está cogido, lo siento. Aquí no se acaba, pensé, para no abandonar este lunes igual que muchos otros anteriores. Intenté con el segundo número, pero colgué al segundo timbre.
En la calle las veredas estaban llenas de gente que iban camino al trabajo, pasos rápidos sin ver a nadie. Me inmiscuí para intentar sentir el mismo agobio de tiempo, pero, a quién engañaba...
Mientras me entretenía observando las calles y pasaban las horas, recibí una llamada de un número desconocido. Contesté ansioso de pensar que al día siguiente empezaría una nueva rutina. Puede pasarse esta tarde por nuestra tienda, a eso de las 4 estaría bien.
Volví a casa y al entrar en el portal oí a alguien que pedía ayuda. ¡Aquí, aquí! No puedo salir, mi hija se fue y me dejó encerrada. La puerta sólo se abre desde afuera. Por favor suba y le tiro las llaves para que la abra. Era en el segundo piso. Un brazo salía con dificultad por la pequeña ventana que daba al patio, un mal lanzamiento y las llaves habrían caído en el patio del vecino de los bajos, un hombre huraño que no respondía al saludo de nadie. Felizmente la distancia no era muy larga entre la ventana y la puerta y pude recibirlas. Es la más larga, gritó desde el otro lado. Conseguí abrir la puerta y me encontré con una pequeña mujer. Había oído una voz muy grave, pensé que se trataba de una mujer joven, fuerte, nerviosa y enfadada en ese momento. Pero detrás de esa puerta me encontré más bien con una mujer de semblante pacífico, bastante pequeña y de aproximadamente unos cincuenta años. Me pareció que su voz no podía corresponder a ese cuerpo, algo extraño. Quedé sorprendido de la cantidad de luz que entraba en el piso y su contraste en el amarillo intenso de las paredes. Mi piso, en cambio, era oscuro a cualquier hora del día. Muchas gracias, creía que me quedaría aquí quién sabe hasta cuándo, mi hija se va y no la vuelvo a ver en días. Tengo que correr a la tienda, debería haber abierto hace más de una hora. Muchas gracias.
Entré a mi casa y preparé algo de comer rápidamente. Quedaba poco tiempo para la entrevista de trabajo de la tarde. Me cambié de ropa y me puse algo que no llamara demasiado la atención, para no crear prejuicios a la vista de quien me entreviste. Salí y cogí el bus que llevaba directo al centro. Número 10, 12...14, aquí es. Estaba cerrado. Me desanimé una vez más, como muchos otros lunes, y me quejé de la falta de consideración que se tenía con la gente desempleada. Esperé unos 10 minutos, la paciencia no es una de mis virtudes. Me estaba dando la vuelta cuando ví a la señora del segundo piso corriendo en la siguiente calle.
miércoles, 30 de enero de 2008
lunes, 28 de enero de 2008
Un día de exámenes
Levanto la cabeza, todo sigue igual, la profesora con mucha atención observa a los alumnos, para que no copien ni realicen ningún tipo de trampas. Sigo mirando y ella me observa con esas gafas de pasta, que tapan todo su rostro y que hacen un bien a la humanidad o por lo menos a la vista. Decido por lo tanto mirar las diez preguntas de las cuales no me acuerdo de ninguna. Estoy muy nerviosa, no consigo escribir una mísera frase y ya han pasado diez minutos, aquí el tiempo vuela, mientras que en casa, cuando estudio, se me hace eterno: los segundos me parecen minutos y los dichosos minutos horas… Me estoy empezando agobiar y unir este sentimiento con mis incontrolables nervios pueden resultar una combinación explosiva difícil de sobrellevar. Solo oigo el continuo sonido, el que hacen todos mis compañeros al escribir sin excepción alguna, bueno si yo, la única, pero ¿no eran ellos los que cinco minutos antes de entrar a clase estaban muy nerviosos y no se acordaban de nada?, ¿cómo han vuelto acordarse tan deprisa?, ¿por qué no me dicen el método? Tendrías que mirarlos parecen máquinas pensantes algunos hasta sonríen.
¡No me lo puedo creer ya han pasado 45minutos!, empiezo a sudar exageradamente, además están corriendo sobre mi frente unas tres gotitas de un sudor frío y un escalofrío me está recorriendo todo el cuerpo, creo que esto ya empieza a ser algo preocupante si no me concentro ahora e intento poner lo básico en cada pregunta tendré que volver en septiembre y eso supondrá olvidarme de una serie de privilegios que solo se me presenta la oportunidad en verano donde el tiempo es infinito.
Resoplo muchas veces y de forma continua, no dejo de observar las preguntas y…De repente me acuerdo de una respuesta, intento ponerla lo mejor posible sin tender a que vuele mi imaginación y no escribir cosas que no son y no sucedieron. Bien la terminé de manera magistral, bien, bien, bien, se me ha subido la moral y ahora cuando respondo una pregunta me acuerdo de la otra como si fuera una cadena. Pero que sucede por qué hay tanto revuelo, por qué se levantan casi todos, no parad, dejad de hacer ruido con las sillas, no os levantéis a entregar el examen, así no me concentro y en seguida suena el timbre, eso sólo significa una cosa que el tiempo ha terminado, así que el Dios Cronos ha cumplido su función ferozmente y yo debo entregar mi examen.
¡No me lo puedo creer ya han pasado 45minutos!, empiezo a sudar exageradamente, además están corriendo sobre mi frente unas tres gotitas de un sudor frío y un escalofrío me está recorriendo todo el cuerpo, creo que esto ya empieza a ser algo preocupante si no me concentro ahora e intento poner lo básico en cada pregunta tendré que volver en septiembre y eso supondrá olvidarme de una serie de privilegios que solo se me presenta la oportunidad en verano donde el tiempo es infinito.
Resoplo muchas veces y de forma continua, no dejo de observar las preguntas y…De repente me acuerdo de una respuesta, intento ponerla lo mejor posible sin tender a que vuele mi imaginación y no escribir cosas que no son y no sucedieron. Bien la terminé de manera magistral, bien, bien, bien, se me ha subido la moral y ahora cuando respondo una pregunta me acuerdo de la otra como si fuera una cadena. Pero que sucede por qué hay tanto revuelo, por qué se levantan casi todos, no parad, dejad de hacer ruido con las sillas, no os levantéis a entregar el examen, así no me concentro y en seguida suena el timbre, eso sólo significa una cosa que el tiempo ha terminado, así que el Dios Cronos ha cumplido su función ferozmente y yo debo entregar mi examen.
Ejercicio de Beatriz Gallego
Soy una rara excepción entre los míos, pues no me he terminado de acostumbrar a esta gran ciudad. A su desnaturalización y a su asfalto. A su ruido, a los coches que, como una manada de animales en estampida, la recorren y la acaban de cubrir por completo. Muchas veces sueño con ser libre, con no encontrarme atado –en muchos sentidos- como suelo estarlo. Tengo mis motivos para quedarme, pero siempre hay algún día que se hace difícil, algún momento de soledad mal llevado que me hace dudar.
Hoy me he despertado con una muy buena disposición a que otra gélida mañana no me hiele el ánimo. Con la valentía que otorga el calor de mi casa correteo escaleras abajo, contento y feliz. Salgo a la calle y me abro paso entre las madrugadoras personas que se precipitan a sus trabajos. Casi todos y todas me resultan impersonales, con esa actitud tan altiva me resultan casi extraterrestres. Sólo hay algunas personas que sí me tienen estima y que cuando paso a su lado me saludan y se toman su tiempo en mostrar cariño hacia mí. Esas personas son las únicas que suelen ponerse a mi altura cuando están conmigo y así podemos llevar una relación más sincera, más de tú a tú.
Después de un paseo corto, comienza mi duro trabajo. Mi trabajo, básicamente como el de muchos, consiste en agradar a mi jefe y esperar a que mi trabajo se reconozca. Muchos amigos que se quejan de su jefe, de sus pésimos horarios, de cómo siempre les hace esperar cuando necesitan verle y de cómo no tiene en cuenta su trabajo.
Ahora, como en otros ratos, me recuerdo a mí mismo que soy muy afortunado, creo que mi jefe me comprende perfectamente. Entiende cuál es mi naturaleza, obra lo más acorde posible a mis necesidades y veo como acepta la responsabilidad que contrajo al tenerme a su cargo. Realmente nos tenemos mucha estima y es por eso que le soy fiel. Él sabe que esperar se hace muy largo, por eso hoy ha venido a verme pronto. Me ha abrazado y me ha sacado a pasear por el parque. Expresa su amor por mí en cada ocasión, siento que nuestra relación va más allá de la típica entre amo y perro. Este es mi motivo para quedarme, el motivo por el que voy atado pero me siento libre de estar a su lado.
Hoy me he despertado con una muy buena disposición a que otra gélida mañana no me hiele el ánimo. Con la valentía que otorga el calor de mi casa correteo escaleras abajo, contento y feliz. Salgo a la calle y me abro paso entre las madrugadoras personas que se precipitan a sus trabajos. Casi todos y todas me resultan impersonales, con esa actitud tan altiva me resultan casi extraterrestres. Sólo hay algunas personas que sí me tienen estima y que cuando paso a su lado me saludan y se toman su tiempo en mostrar cariño hacia mí. Esas personas son las únicas que suelen ponerse a mi altura cuando están conmigo y así podemos llevar una relación más sincera, más de tú a tú.
Después de un paseo corto, comienza mi duro trabajo. Mi trabajo, básicamente como el de muchos, consiste en agradar a mi jefe y esperar a que mi trabajo se reconozca. Muchos amigos que se quejan de su jefe, de sus pésimos horarios, de cómo siempre les hace esperar cuando necesitan verle y de cómo no tiene en cuenta su trabajo.
Ahora, como en otros ratos, me recuerdo a mí mismo que soy muy afortunado, creo que mi jefe me comprende perfectamente. Entiende cuál es mi naturaleza, obra lo más acorde posible a mis necesidades y veo como acepta la responsabilidad que contrajo al tenerme a su cargo. Realmente nos tenemos mucha estima y es por eso que le soy fiel. Él sabe que esperar se hace muy largo, por eso hoy ha venido a verme pronto. Me ha abrazado y me ha sacado a pasear por el parque. Expresa su amor por mí en cada ocasión, siento que nuestra relación va más allá de la típica entre amo y perro. Este es mi motivo para quedarme, el motivo por el que voy atado pero me siento libre de estar a su lado.
domingo, 27 de enero de 2008
El día amaneció con calima, ese polvo del desierto que siempre me afecta a la garganta. Permanecí mucho rato en la cama hasta que por fin me levanté, subí las persianas y me quedé mirando el mar unos momentos: estaba en calma; anunciaban viento sur, pero todavía no había llegado.
Llevaba unos días con un estado de tristeza tal, que me impedía pensar siquiera en tener algún contacto con el exterior; no quería ver ni hablar con nadie; por suerte, no lo necesitaba, podía quedarme en casa tranquilamente, no me iban a echar de menos. Bajé a tomar un desayuno ligero y a continuación salí al jardín; hacía calor, no había brisa y los árboles permanecían estáticos. Después de deambular un poco, arrancar algunas hojas secas de los geranios y mirar indiferente las montañas, decidí volver a entrar en la casa. Pensé que era una suerte vivir tan aislada; sólo tenía que acercarme a la ciudad para comprar comida y, por el momento, la despensa estaba abastecida. Me acerqué al salón, abrí el piano y , después de unos instantes, lo volví a cerrar. Ni siquiera me apetecía la música; sólo quería silencio, no pensar, no sentir ....
Decidí volver a acostarme, tomé la novela que estaba leyendo y leí, leí, hasta quedarme dormida de nuevo. Cuando desperté habían pasado ya varias horas, estaba entrada la tarde. El último sueño había sido una pesadilla horrorosa, como hacía mucho tiempo que no había tenido, quizás desde que era una niña; pensé en qué podría significar ..... ¿Alguien cercano estaba sufriendo? ¿algún ser querido estaba enfermo? ¿tenía que ver esta tristeza de los últimos días con algún mal presentimiento?.
Me acerqué a la ventana, la abrí y miré al exterior: estaba anocheciendo. El canto de los grillos tapaba el rumor del mar, o tal vez yo no podía oírlo ...... En cambio, no podía dejar de oír a los grillos, nunca me han gustado esos insectos tan negros, no me fío de ellos, nunca sé que están diciendo, si se quejan con su canto o simplemente se divierten haciendo ruido.
De repente me entró un miedo absurdo a la oscuridad; cerré la ventana y encendí todas las luces de la habitación. Pero fue peor, la negrura de la planta baja parecía subir para atraparme; no sé por qué, pero no me sentía con fuerzas para bajar la escalera. Tenía la espantosa sensación de que algo o alguien me esperaba abajo. Intenté calmarme, ser razonable, pero cuánto más lo intentaba, más angustiada me sentía.
Finalmente, cerré con llave la habitación, bajé las persianas y me metí en la cama temblando. Dejé sólo encendida la luz de la mesilla de noche, volví a tomar el libro, y leí, leí, no sé durante cuanto tiempo, hasta que conseguí volver a quedarme dormida
Llevaba unos días con un estado de tristeza tal, que me impedía pensar siquiera en tener algún contacto con el exterior; no quería ver ni hablar con nadie; por suerte, no lo necesitaba, podía quedarme en casa tranquilamente, no me iban a echar de menos. Bajé a tomar un desayuno ligero y a continuación salí al jardín; hacía calor, no había brisa y los árboles permanecían estáticos. Después de deambular un poco, arrancar algunas hojas secas de los geranios y mirar indiferente las montañas, decidí volver a entrar en la casa. Pensé que era una suerte vivir tan aislada; sólo tenía que acercarme a la ciudad para comprar comida y, por el momento, la despensa estaba abastecida. Me acerqué al salón, abrí el piano y , después de unos instantes, lo volví a cerrar. Ni siquiera me apetecía la música; sólo quería silencio, no pensar, no sentir ....
Decidí volver a acostarme, tomé la novela que estaba leyendo y leí, leí, hasta quedarme dormida de nuevo. Cuando desperté habían pasado ya varias horas, estaba entrada la tarde. El último sueño había sido una pesadilla horrorosa, como hacía mucho tiempo que no había tenido, quizás desde que era una niña; pensé en qué podría significar ..... ¿Alguien cercano estaba sufriendo? ¿algún ser querido estaba enfermo? ¿tenía que ver esta tristeza de los últimos días con algún mal presentimiento?.
Me acerqué a la ventana, la abrí y miré al exterior: estaba anocheciendo. El canto de los grillos tapaba el rumor del mar, o tal vez yo no podía oírlo ...... En cambio, no podía dejar de oír a los grillos, nunca me han gustado esos insectos tan negros, no me fío de ellos, nunca sé que están diciendo, si se quejan con su canto o simplemente se divierten haciendo ruido.
De repente me entró un miedo absurdo a la oscuridad; cerré la ventana y encendí todas las luces de la habitación. Pero fue peor, la negrura de la planta baja parecía subir para atraparme; no sé por qué, pero no me sentía con fuerzas para bajar la escalera. Tenía la espantosa sensación de que algo o alguien me esperaba abajo. Intenté calmarme, ser razonable, pero cuánto más lo intentaba, más angustiada me sentía.
Finalmente, cerré con llave la habitación, bajé las persianas y me metí en la cama temblando. Dejé sólo encendida la luz de la mesilla de noche, volví a tomar el libro, y leí, leí, no sé durante cuanto tiempo, hasta que conseguí volver a quedarme dormida
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