Relato Breve: “Veranos de Oscuridad”
Todos los veranos iba al pueblo de sus abuelos, esta vez no tenía por qué ser distinto, así que sobre las diez de la mañana del primer sábado de julio, ya estaban en la autopista con dirección a Guadalajara. A ella no le gustaba nada pasar todo el verano en esa inmensa, oscura y temida casa. Esa sensación que siente desde que tiene conciencia no se lo manifestó a nadie, ni tan si quiera a su madre. La casa se construyó mucho antes de la Guerra Civil y se ha visto notablemente deteriorada a lo largo de los años. La niña siente como alguien la vigila, la observa en cada rincón de esa casa.
Este año, ya cumplidos los diez años, había llegado el momento en que durmiera en una habitación independiente a la de sus abuelos. Cuando entró, sintió una fuerte asfixia que se fijó en sus pulmones y la dificultó la respiración tanto que solamente dio dos pasos y retrocedió para abandonarla. Ya pasadas las seis de la tarde antes de que se marcharan sus padres de vuelta a la civilización y la dejarán solamente con sus abuelos que cada vez se sentía más distantes a ellos, quiso intentar cambiar su suerte ya que sabía perfectamente que vendría un insomnio de tres meses. Pero la intentona, aunque fue convincente en un principio por parte de su madre, su padre la rechazó tangentemente, sin importarle lo más mínimo a cerca de sus sentimientos, sus miedos…, pero era normal en él.
La primera noche antes de meterse en la cama estaba muy nerviosa, el corazón parecía que le iba a estallar, sabía que era el blanco perfecto para el ser que siempre lo estaba espiando. Ya metida en la cama, sus abuelos la dieron dos besos y la desearon las buenas noches, su abuela la recordó que si sucedía algo o se encontraba mal nada más tenía que dar dos golpes a la pared y vendrían enseguida. Siempre le daba la impresión que su abuela hablaba con segundas, ya que hizo mucho énfasis en lo de si le sucedería algo. Cuando sus abuelos se durmieron, empezó a escuchar unos pasos continuos y pesados en el primer piso (donde nadie dormía) y se le sumó ruidos chirriantes que sin ninguna duda eran del cerrojo que cerraba la puerta que comunicaba con el piso de arriba, como si alguien quisiese salir desde dentro. Tembló en todas las partes de su cuerpo y rezaba sin parar. Era la habitación más cercana a esa puerta. Ya pasaban las cinco de la madrugada cuando sus hinchados ojos de no poder dormir cayeron por su espesor.
A la mañana siguiente con un gran sueño, sentía su cuerpo pesado al igual que sus ojeras y sus ojos. Sus abuelos la avisaron que se iban sobre las cuatro de la tarde a comprar a la ciudad, que volverían sobre las ocho y que no saliera bajo ningún concepto de la casa. Como se marcharían cuando había luz, no sentiría tanto miedo, aún así colocó todas las cosas que iba a utilizar para entretenerse en la sala de estar y no saldría a buscar nada. Además allí tendría la televisión que la pondría con un volumen bien alto. Justo cuando se fueron corrió a la sala de estar, cerró la puerta por dentro y encendió la televisión. No funcionaba. Comprobó si el enchufe estaba desconectado, para su sorpresa estaba cortado. ¡ZAS! escuchó un ruido del piso de arriba y después de forma continua pisadas y portazos. Se armó de valor y se dirigió delante de la puerta que abría las escaleras del piso de arriba, la abrió y encendió la luz temerosa con lo que se iba a encontrar, pero no había nadie. Ese piso era la parte más oscura de la casa, la más fría, la más tenebrosa (no conocía otro lugar que no le daba más miedo que ese). Aunque subía las escaleras con gran dificultad, se estaba sorprendiendo del valor que estaba mostrando. Al llegar al piso, se encontró en el suelo un cuadro de la Guerra Civil, que siempre había permanecido colgado en una habitación y que ahora estaba ahí roto. Le dio la vuelta para ver la foto. Algo raro notó al ser la fotografía muy antigua, estaba deteriorada. Enseguida se dio cuenta que había más personas que nunca antes había visto y sus cabezas no se encontraban sobre sus cuellos, sino que las sujetaban sus manos. Ante lo que veía, empezó a gritar desesperadamente, el pánico se apoderaba de ella:
- ¡No! ¡Dejarme en paz! ¡No, esto es una pesadilla!
- No tengas miedo de nosotros de los vivos sí, ellos te pueden hacer daño, nosotros no.- era una voz aguda con una respiración muy fuerte.
Fue la primera vez que la hablaron porque también fue la primera vez que ella se decidió a preguntar. Nunca había estado tan nerviosa. No controlaba ninguna parte de su cuerpo. Se cayó por las escaleras. Enseguida se levantó y corrió hacia la puerta de la calle. Se encontró que estaba cerrada con llave. Las voces agudas e irritantes eran más potentes y notaba como se acercaban a ella, en ese momento de desesperación escapó por la ventana y huyó, huyó, huyó y huyó. Nunca más se supo de ella, mi bisnieta, nunca más. Nadie sabe si está viva o si está muerta. Llegará el día que vague perdida y sola sin ningún rumbo fijo, sin ningún fin ni causa. Será un espíritu y cuando eso suceda y se dé cuenta por sí misma, vendrá para ser uno de nosotros, de su familia.
domingo, 13 de abril de 2008
lunes, 7 de abril de 2008
Retrato de un robo
Sí. Ese soy yo. Alto, con una postura desgarbada. Flaco, casi escuálido. Sonriente, dientes blancos y completos. Mirada alerta, atenta a cualquier movimiento. Pelo alborotado. Manos en los bolsillos (nunca supe qué hacer con ellas cuando me encuentro frente a una cámara). No sé muy bien en qué momento se tomó la foto, lo más probable es que mi mente estuviera en blanco.
Manolo nos entregó a Tomás y a mí su respectiva imagen. Luego tomó una foto de los tres y guardó la cámara.
- Qué pena, saliste cortado – me dijo - y ya no puedo tomar más, se acabó el rollo.
Empezamos a caminar lentamente. Cada paso parecía arrastrar bolas de hierro y cadenas. Era una tarde insoportable, no podía distinguir si las gotas de sudor que caían de mi frente eran producto de ese calor espantoso o eran gotas de mi estado incontenible de angustia, vergüenza, nerviosismo...Caminamos sin hablar, quién sabe cuánto tiempo, como temiendo que una sola palabra revelara un ligero temblor en los labios, evitando el desmoronamiento de esos sacos de arena atravesados en la garganta. Si es uno o varios sacos de arena, no lo sé, pero no quise sentirme solo en esta angustia y prefiero pensar que todos sentimos lo mismo. Dimos unas cuantas vueltas a la manzana antes de entrar en la casa. Se soltaron las cadenas, nuestros pasos fueron más ligeros, más decididos, rápidos, impacientes. Empezó a oscurecer. Nos detuvimos.
- ¿Estás seguro que no volverán esta noche?
- Ya te he dicho que no. ¿Cuántas veces tengo que repetirlo?
- Nunca te dejaré las llaves de mi casa. Con lo bien que se han portado contigo...
- Ahí viene el gordo con la camioneta.
Una camioneta azul se estacionó frente a la casa. A través de las ventanas negras sólo veía la figura de una gorra, unos lentes, una nariz alargada.
Miradas a todos lados. Vueltas a la llave. Tú primero, tú conoces la casa. Espera a que te avise y entran. Se abre otra puerta. Chasquidos de dedos. ¡No se queden ahí! Pasos largos, temblorosos.
- Sólo lo que tenga valor, no hace falta que se llenen las manos con porquerías – dijo Manolo mirando a Tomás, quien bajó la cabeza, asintiendo.
Era como estar en una cueva de diamantes, me veía reflejado en cada pared, mi figura iba variando a medida que avanzaba. Los cuadros empezaban a marearme, no me decidía por ninguno. Empecé sin más a quitarlos uno a uno, dando prioridad a los que tuviesen mejor marco, no soy un entendido en pintura así que empezaba a hartarme de esa mezcla de colores tan dispares.
- Esta casa es muy grande, no acabaremos de revisarlo todo. ¿Cómo hace tu jefe para vivir con todo esto alrededor?
- El viejo se ha dedicado a coleccionar toda su vida. Yo llegaba a trabajar muy temprano y él ya estaba encerrado en su estudio. Ahí pasaba horas y horas, entre estos objetos, todo de diferentes años, ¡hasta de siglos! Y pobre del que lo molestara...hasta su hija Laura esperaba calladita hasta que bajaba a comer. Yo no sé por qué tanto valor a tanto cachibache, lo único que sé es que esto mañana se vende como pan caliente. Y deja de preguntar tanto, que lo que necesito son brazos.
Miré cómo Tomás bajaba la mirada y seguía revolviendo cajones, armarios, guardándolo todo en el bolso grande que traía. Me entristecía ver cómo se dejaba maltratar por Manolo. Pero Tomás lo admiraba tanto, desde la enfermedad de su padre Manolo siempre se había encargado de él. Era incapaz de mirar fuera de su órbita. Mientras pensaba en todo esto, tropecé con una mesa que estaba detrás. El ruido que se oyó se multiplicó en mi cabeza. Dejé de parpadear un instante, alerta a cualquier movimiento como era mi costumbre. Me di vuelta y empecé a levantar uno a uno los retratos que se habían caído. Una mujer con un bebe en brazos. Una niña soplando las velas de una torta. La misma niña en la playa, echada sobre una toalla. Un hombre y una mujer bailando. Una ceremonia de graduación. Una chica vestida de fiesta, con un vestido rojo que me dejó quieto unos instantes.
Laura bajaba del árbol cogiéndose de la escalerita de madera que le había construido. Me esperaba con una sonrisa, se iba poniendo más colorada a medida que me acercaba. Yo le apretaba la mano fuerte, siempre estaría contigo Laurita, vamos a caminar y me lo cuentas todo. Mirada tras mirada, yo iba escuchando todo lo que me decías, tus risas, tus suspiros, tu llanto. Querías otra vida, y yo quería la tuya Laurita. Espera unos años más, me decías temblando, ya sabes como es mi viejo, no lo puedo dejar así. Y me dejaste a mí, en unos minutos, esperando años por ti. Un día volviste, te habías graduado no sé de qué, habías conocido medio mundo y yo sólo había dado la vuelta a la esquina, me abrazaste muy fuerte, te quedarías conmigo, y yo me decía desde el fondo que me quedaría contigo, pero te solté y te dejé esperando con lágrimas .Dejé que tomaras el primer avión y quise ver en el cielo cómo se desvanecía tu recuerdo, pero te cogiste a mí apretándome fuerte, y ni siquiera en el momento que supe del accidente, te solté definitivamente.
Saqué la foto que me acababan de tomar, la puse junto a la de Laurita y su vestido, un día hubiésemos podido estar bailando toda la noche, en cualquier lugar. Me vi tan bien al lado de tu retrato Laurita...
- Anda a avisar al gordo que esté listo, creo que con esto es suficiente. – dijo Manolo, atando varios sacos llenos de reliquias.
Tomás salió corriendo a la ventana, le hizo una señal al gordo para que abriera la camioneta. Volvió sonriente, satisfecho de haber cumplido su labor.
Ellos salieron cargando los sacos, volvieron por los demás. Había empezado a llover. Las calles estaban empapadas y las gotas dolían en la espalda. Tomás resbaló, tropezó con Manolo, los sacos salieron por la ventana, el ruido de los cristales levantó a los vecinos de la casa de al lado. Apenas tuvieron tiempo para levantarse y escapar. Vi cómo un par de hombres los cogían bruscamente. Alguien llamó a la policía. Un hombre me pegó y me empujó contra la pared. Oí una voz de mujer que le decía que me dejase. Unos brazos me separaron y me protegieron de los golpes. Alguien dijo que yo era de la familia, o que viví en esa casa, no estoy seguro. Vi mi foto al lado de tu retrato Laurita.
María Pía Rondón Carlín
Manolo nos entregó a Tomás y a mí su respectiva imagen. Luego tomó una foto de los tres y guardó la cámara.
- Qué pena, saliste cortado – me dijo - y ya no puedo tomar más, se acabó el rollo.
Empezamos a caminar lentamente. Cada paso parecía arrastrar bolas de hierro y cadenas. Era una tarde insoportable, no podía distinguir si las gotas de sudor que caían de mi frente eran producto de ese calor espantoso o eran gotas de mi estado incontenible de angustia, vergüenza, nerviosismo...Caminamos sin hablar, quién sabe cuánto tiempo, como temiendo que una sola palabra revelara un ligero temblor en los labios, evitando el desmoronamiento de esos sacos de arena atravesados en la garganta. Si es uno o varios sacos de arena, no lo sé, pero no quise sentirme solo en esta angustia y prefiero pensar que todos sentimos lo mismo. Dimos unas cuantas vueltas a la manzana antes de entrar en la casa. Se soltaron las cadenas, nuestros pasos fueron más ligeros, más decididos, rápidos, impacientes. Empezó a oscurecer. Nos detuvimos.
- ¿Estás seguro que no volverán esta noche?
- Ya te he dicho que no. ¿Cuántas veces tengo que repetirlo?
- Nunca te dejaré las llaves de mi casa. Con lo bien que se han portado contigo...
- Ahí viene el gordo con la camioneta.
Una camioneta azul se estacionó frente a la casa. A través de las ventanas negras sólo veía la figura de una gorra, unos lentes, una nariz alargada.
Miradas a todos lados. Vueltas a la llave. Tú primero, tú conoces la casa. Espera a que te avise y entran. Se abre otra puerta. Chasquidos de dedos. ¡No se queden ahí! Pasos largos, temblorosos.
- Sólo lo que tenga valor, no hace falta que se llenen las manos con porquerías – dijo Manolo mirando a Tomás, quien bajó la cabeza, asintiendo.
Era como estar en una cueva de diamantes, me veía reflejado en cada pared, mi figura iba variando a medida que avanzaba. Los cuadros empezaban a marearme, no me decidía por ninguno. Empecé sin más a quitarlos uno a uno, dando prioridad a los que tuviesen mejor marco, no soy un entendido en pintura así que empezaba a hartarme de esa mezcla de colores tan dispares.
- Esta casa es muy grande, no acabaremos de revisarlo todo. ¿Cómo hace tu jefe para vivir con todo esto alrededor?
- El viejo se ha dedicado a coleccionar toda su vida. Yo llegaba a trabajar muy temprano y él ya estaba encerrado en su estudio. Ahí pasaba horas y horas, entre estos objetos, todo de diferentes años, ¡hasta de siglos! Y pobre del que lo molestara...hasta su hija Laura esperaba calladita hasta que bajaba a comer. Yo no sé por qué tanto valor a tanto cachibache, lo único que sé es que esto mañana se vende como pan caliente. Y deja de preguntar tanto, que lo que necesito son brazos.
Miré cómo Tomás bajaba la mirada y seguía revolviendo cajones, armarios, guardándolo todo en el bolso grande que traía. Me entristecía ver cómo se dejaba maltratar por Manolo. Pero Tomás lo admiraba tanto, desde la enfermedad de su padre Manolo siempre se había encargado de él. Era incapaz de mirar fuera de su órbita. Mientras pensaba en todo esto, tropecé con una mesa que estaba detrás. El ruido que se oyó se multiplicó en mi cabeza. Dejé de parpadear un instante, alerta a cualquier movimiento como era mi costumbre. Me di vuelta y empecé a levantar uno a uno los retratos que se habían caído. Una mujer con un bebe en brazos. Una niña soplando las velas de una torta. La misma niña en la playa, echada sobre una toalla. Un hombre y una mujer bailando. Una ceremonia de graduación. Una chica vestida de fiesta, con un vestido rojo que me dejó quieto unos instantes.
Laura bajaba del árbol cogiéndose de la escalerita de madera que le había construido. Me esperaba con una sonrisa, se iba poniendo más colorada a medida que me acercaba. Yo le apretaba la mano fuerte, siempre estaría contigo Laurita, vamos a caminar y me lo cuentas todo. Mirada tras mirada, yo iba escuchando todo lo que me decías, tus risas, tus suspiros, tu llanto. Querías otra vida, y yo quería la tuya Laurita. Espera unos años más, me decías temblando, ya sabes como es mi viejo, no lo puedo dejar así. Y me dejaste a mí, en unos minutos, esperando años por ti. Un día volviste, te habías graduado no sé de qué, habías conocido medio mundo y yo sólo había dado la vuelta a la esquina, me abrazaste muy fuerte, te quedarías conmigo, y yo me decía desde el fondo que me quedaría contigo, pero te solté y te dejé esperando con lágrimas .Dejé que tomaras el primer avión y quise ver en el cielo cómo se desvanecía tu recuerdo, pero te cogiste a mí apretándome fuerte, y ni siquiera en el momento que supe del accidente, te solté definitivamente.
Saqué la foto que me acababan de tomar, la puse junto a la de Laurita y su vestido, un día hubiésemos podido estar bailando toda la noche, en cualquier lugar. Me vi tan bien al lado de tu retrato Laurita...
- Anda a avisar al gordo que esté listo, creo que con esto es suficiente. – dijo Manolo, atando varios sacos llenos de reliquias.
Tomás salió corriendo a la ventana, le hizo una señal al gordo para que abriera la camioneta. Volvió sonriente, satisfecho de haber cumplido su labor.
Ellos salieron cargando los sacos, volvieron por los demás. Había empezado a llover. Las calles estaban empapadas y las gotas dolían en la espalda. Tomás resbaló, tropezó con Manolo, los sacos salieron por la ventana, el ruido de los cristales levantó a los vecinos de la casa de al lado. Apenas tuvieron tiempo para levantarse y escapar. Vi cómo un par de hombres los cogían bruscamente. Alguien llamó a la policía. Un hombre me pegó y me empujó contra la pared. Oí una voz de mujer que le decía que me dejase. Unos brazos me separaron y me protegieron de los golpes. Alguien dijo que yo era de la familia, o que viví en esa casa, no estoy seguro. Vi mi foto al lado de tu retrato Laurita.
María Pía Rondón Carlín
viernes, 28 de marzo de 2008
En el límite - Silvia Galván
Dicen que es el viento. Es probable. ¿Qué otra explicación puede haber?. Sí, seguro que es este viento constante, infatigable, lo que los vuelve locos. Siempre tuvieron las islas el índice más alto de suicidios del país. Lo supe en la mili, me lo dijo aquel sargento con dientes de caballo.
- ¿Qué, no harás tú como los otros isleños que he tenido? ¿pegarte un tiro en la primera noche de guardia? ¿te-lo-di-go-por-que (y aquí exageraba el acento de chulo capitalino) si lo estás pensando, te lo voy dando yo desde ya y así nos ahorramos los preliminares?
Pero ¿por qué se matan también cuándo salen de la isla?. Debe ser a causa del frío. Claro, es muy difícil acostumbrarse a este clima.
¿No crees que sea ésta la razón?. ¿De verdad piensas que es la genética?. Bueno, es cierto que también tenemos la más alta estadística de depresiones. Pero, ¿a quién no le deprime verse encerrado de por vida?. ¿Quién puede, no ya ser feliz, sino, simplemente estar tranquilo, sabiendo que está rodeado de mar por todos lados, que no verá otra cosa más que agua, mire hacia donde mire, y que será así un día y otro, y otro, hasta el final de los días, sin escapatoria posible?
¿Que por qué regresan entonces los que se van?. No lo sé. No creo que todos lo hagan. Yo, por ejemplo, nunca hubiera regresado. Y desde luego, no pienso volver a hacerlo después de lo que pasó este verano. Fueron cuatro meses terribles. Llegué a pensar que no sobreviviría. Que esta vez sí que me quedaría allí para siempre, y que se cumpliría lo que más temo: que me entierren bajo tierra. Esa es una de las razones por las que no quiero volver ni de visita. Lo hemos hablado muchas veces. ¿Recuerdas?. Tú siempre me dices que una incineradora no es negocio porque en la isla todo el mundo es muy tradicional y quieren que los entierren como dios manda. Pero ya sabes que a mí me da pavor solamente el hecho de pensarlo. No me pidas que te dé una razón lógica. No la tengo. Sólo sé que prefiero cualquier otra cosa: que me quemen, que me devoren los peces, que me caiga dentro de La Caldera y no encuentren nunca mi cadáver como le pasó a aquel francés ¿te acuerdas?. Sí, ya sé, a él lo encontraron, pero después de nueve años. No creo que después de nueve años se tomaran la molestia de enterrarlo. Lo pienso y se me eriza el cabello: kilos de tierra encima de uno. No, no, cualquier otra cosa, lo que sea, todo menos eso. Por eso quiero morir en cualquier otro sitio, en cualquier lugar donde pueda elegir donde voy a estar después de muerto.
¿Que qué pasó este verano?. No sé, fue pisar la isla y sentir lo de siempre, que algo me chupaba la energía. Me costaba caminar, hablar, respirar incluso. Pensé que me acostumbraría, como las otras veces, tras un periodo de más o menos dos semanas. Pero no fue así. Y esta vez, además, me ocurrió algo nuevo. Comencé a tener pesadillas. Sí, pesadillas. Ya sabes que yo nunca recuerdo los sueños. Y que los escasos sueños de los que he sido consciente siempre han sido divertidos; por eso me acuerdo, porque hasta me he despertado riéndome a carcajadas. En cambio, pesadillas, no he tenido ni en mi más tierna infancia. Y ahora me despertaba aterrado y tenía que salir corriendo de la habitación para vencer el miedo. Iba hacia la cocina. Bebía un vaso de agua y me encendía un cigarro para calmarme. Pero ya no podía conciliar el sueño. Me sentaba en el salón (no quería volver al dormitorio) e intentaba leer algo. Imposible, seguía demasiado alterado. Al final me tomaba un tranquilizante y al cabo de una hora parecía que iba a vencerme el sueño y volvía a la cama. Pero era cerrar los ojos y volver a tener otro sueño espantoso. Y me despertaba peor que la primera vez. Y ya ni siquiera intentaba volver a dormir. Luego pasaba el día agotado, sin ganas de nada, ni siquiera de acercarme hasta la playa para nadar un poco.
Y después de unos días, simplemente me asustaba la idea de que llegara la noche y tener que acostarme. Entonces intenté dilatar el día lo más posible. Como no era capaz de concentrarme con la lectura, comencé a quedarme despierto viendo la televisión hasta las tantas. Sí, ya sé que siempre he odiado la televisión. Y la sigo odiando, ahora más, si cabe. Pero ¿qué podía hacer? ¿pasear?. Sabes que las calles se llenan de cucarachas por la noche y que no las soporto. No, no pienso ir al psiquiatra porque le tenga fobia a las cucarachas. Me da lo mismo que sea cosa de mujeres. Nuestro amigo Javier grita cuando ve una araña y no te he oído nunca meterte con él de la forma en que lo haces conmigo.
Esta bien, no me enfado, pero no seas reiterativo. Yo te nombro las cucarachas y en el acto tu me mencionas al psiquiatra. No, no estoy en contra de los psiquiatras. No, tampoco de los psicólogos. Pero creo que tiene que haber una razón más importante que el miedo a las cucarachas para acudir a su consulta. Mi abuela, por ejemplo, le tenía pánico a las salamandras: cuando entraba una en su habitación le gritaba a mi tío – ¡La escopeta, date prisa, trae la escopeta! - dime tú si habrá animal más simpático que las salamandras y más beneficioso, sobre todo viviendo en el campo. Pero murió (mi abuela, quiero decir) con más de noventa años y te aseguro que nunca visitó ningún psiquiatra, entre otras cosas porque no lo había. De hecho, en la actualidad, por lo visto sólo cuentan con uno que viene cada quince días desde la isla de al lado, y que, dicen, está como una regadera.
¿Que siga con lo de los sueños?. Bueno, no hay casi nada más que contar, sólo que no cesaron hasta que no volé rumbo a tu lado. Empecé a tomar un tranquilizante antes de acostarme, pero ni por esas. Despertaba sobresaltado a las dos horas en punto después de la primera pesadilla, entonces tomaba otro para intentar dormir un poco más, pero volvía a despertarme al poco con la segunda que solía ser peor que la primera. Luego me quedaba despierto hasta la amanecida. Y pasaba el resto del día completamente atontado.
Después empezó lo de los suicidios en cadena. ¿Que soy un exagerado? ¿Que en todos los sitios se suicida gente? Puede ser, pero yo no me entero. En cambio, este verano, allí, caía uno cada quince días exactos. Sí, exactos, tengo apuntadas las fechas. ¿Quiéres verlas?. Primero se ahorcó en el patio de su casa un chico de mi pueblo. Veinte años. Me dio la noticia mi primo por teléfono. Ya sabes como se propagan aquí estas cosas. Era guapo, varonil, del tipo que a ti te gustan. Cuando fui a visitar a la familia vi su foto pegada en los árboles, en las farolas, en los muros... No sé, parecía que le estaban haciendo un homenaje.
Después fue una chica muy conocida de aquí, de la ciudad. Cuarenta años, dos niños. También se ahorcó. ¡Pero fíjate qué macabra!: esta vez fue en el cementerio. Me lo contó mi tía a primera hora de la mañana. Me explicó que fue la tarde anterior, que se subió a una escalera y colocó la cuerda en un árbol. No sé si la escalera la llevó en el coche (ya sabes que el cementerio queda bastante apartado) o ya estaba allí. La noticia me dejó un par de días con muy mal cuerpo.
Al tercero no lo conocía. Parece ser que subió al risco de la Concepción y saltó desde allí (emulando la forma de suicidio de los antiguos pobladores de la isla). El cuarto fue el que más me afectó. Eramos vecinos. Tenía mi edad. Estaba casado y tenía un hijo en plena adolescencia. Llegó a primera hora a su lugar de trabajo en la emisora local. Está en ese edificio alto colindante con Correos. Sí, son ocho plantas, y la radio está en la última. Pues, como te estaba diciendo, llegó, dio los buenos días, abrió el balcón, y se tiró de cabeza.
¿Que qué tiene que ver todo eso conmigo?. Pues que me dio por pensar que yo sería el próximo. Sí, ya sé que yo sería incapaz de ahorcarme y que ni siquiera soy capaz de saltar de un trampolín a la piscina. Pero, empecé a pensar, ¿y si me da una de estas noches por tomarme un frasco entero de pastillas?. ¿Que esas cosas no suceden así como así? ¿Que tiene que haber razones de peso?
No sé, sólo te cuento lo que sentí. Me empecé a obsesionar con que los suicidios eran una consecuencia lógica de vivir en la isla, y que si me quedaba mucho tiempo más ¿quién sabe si yo no podría convertirme en otra víctima del siroco isleño?.
Entonces empecé a fijarme en cuántos locos veía cuando salía a la calle. Y, no lo creerás, pero ví más locos que nunca en mi vida. Parecía que se habían reunido todos juntos en el mismo sitio. ¿Qué por ser un sitio pequeño se ven más?. ¿Qué aquí, al haber tanta gente, pasan desapercibidos?. Bueno, puede ser, pero, caramba, ¡qué cantidad de locos, retrasados y subnormales!.
¿Y qué me dices de los gordos?. No, no te hablo de gente rellenita. Te hablo de gorduras deformes, de gordos como los que veíamos en Estados Unidos. No, no estoy exagerando. Tú hace mucho que no has ido por la isla. Fíjate cómo será que incluso pregunté la razón de su existencia a varios amigos médicos. Oye, no te irás a poner ahora celoso ¿no?. Sí, hombre, estaba yo como para ligoteos. Compañeros de instituto, ya te lo he dicho. A varios les dio por estudiar medicina coincidiendo con aquella serie americana que emitieron cuando había escasez de médicos, ¿no te acuerdas?. En fín, que les pregunté y me dieron varias respuestas. La primera fue sobre la orografía. Ya sabes lo montañosa que es la isla y que las calles de la ciudad y de todos los pueblos están en unas cuestas espantosas. Antes, al no haber coches, la gente caminaba o iba a caballo (la menos). Ahora conducen para recorrer un kilómetro. Esta es la razón más importante, la falta de actividad física.
La otra es la alimentación. Ya sabes como han cambiado las costumbres alimenticias desde que yo era pequeño. ¿Te he contado que yo incluso llegué a conocer el trueque en mi pueblo?. Y si lo piensas, no hace tanto... No es que me conserve muy bien, es que tampoco tengo tantos años, tú eres bastante más viejo. De acuerdo, el gimnasio a diario hace mucho. No, sabes que la piel no la tengo estirada. Eso tú que lo necesitas. Los rubios ya se sabe que envejecen mal. Algo bueno tenemos que tener los morenos ¿no te parece?. Está bien, no empecemos, que siempre acabamos mal.... No te pongas mohín, que ya sabes cómo me excitan a mí esos pectorales que te gastas y esos pelitos rubios del pubis... ¿o son canas?.... Vale, vale, ya lo dejo.
Estábamos con lo de la alimentación. Pues eso, que antes se comía lo que daba la tierra, todo natural. Y ahora, con esa proliferación de supermercados (por cierto, todos extranjeros) y de productos basura que vienen de fuera, a los niños en vez de gofio para desayunar les dan esas porquerías que los ponen redondos. Si hasta en la playa los ves desde los dos años zampándose una bolsa entera de patatas en vez de comerse un plátano de tentempié como hacíamos antes. Yo, si me dejaran, mataría a esas madres creadoras de futuros monstruos. Y eso hablando de los niños. Ya no te digo de los adolescentes: ellas son peores. ¿Recuerdas la primera vez que viniste cómo te sorprendió no ver a una chica con mal tipo? Todas eran delgadas, esbeltas. Ahora no puedes mirarlas sin sentir repugnancia. Si por lo menos fueran tapaditas, pero no, llevan todos los michelines al aire, sin ningún pudor. Por suerte para nosotros, los muchachos tardan más en estropearse. Sí, ves algún gordo monstruoso de vez en cuando, pero la mayoría no empieza a echar esa tripa desorbitante y a desarrollar esas piernas elefantiásicas hasta cumplir por lo menos los dieciocho. Son menos gandules: los ves correr por la avenida marítima a primera hora de la mañana y a última de la tarde. Hombre, sí, de vez en cuando me sentaba a tomar una cerveza mientras leía tranquilamente el periódico. Casi es la única salida que hacía. Y no me iba a tapar los ojos. No creo que eso tenga que molestarte. Por cierto ¿sabes como llaman a la playa más cercana de la ciudad? “la playa de las focas”. Porque ahí van a pasear las gordas para intentar bajar de peso. Pero, ya me dirás tú, por mucho que paseen, si no dejan de comer.....
Bueno. No sé cómo hemos llegado hasta aquí. ¿Que he llegado yo solito?. ¡Qué quieres!. Llevo cuatro meses encerrado. Sin apenas hablar con nadie. Pues para eso vivimos juntos ¿no?. Para que me escuches de vez en cuando.
¿Que por qué no te llevé conmigo? Ya sabes que no fue por falta de ganas. Es verdad, no me atrevo a enfrentarme a mi familia. Soy un cobarde. No he conseguido que te acepten. Pero ¿recuerdas la última vez que te deshinché? No volviste a ser el mismo. Créeme, la humedad no te hubiera sentado bien. Has estado mejor aquí, el clima seco es más sano. Ya sabes que yo sólo quiero para ti lo mejor. Y, ahora, dejémonos de charlas y vamos a acostarnos, que me muero de sueño. ¿Sabes?: desde que duermo contigo no he vuelto a tener pesadillas.
- ¿Qué, no harás tú como los otros isleños que he tenido? ¿pegarte un tiro en la primera noche de guardia? ¿te-lo-di-go-por-que (y aquí exageraba el acento de chulo capitalino) si lo estás pensando, te lo voy dando yo desde ya y así nos ahorramos los preliminares?
Pero ¿por qué se matan también cuándo salen de la isla?. Debe ser a causa del frío. Claro, es muy difícil acostumbrarse a este clima.
¿No crees que sea ésta la razón?. ¿De verdad piensas que es la genética?. Bueno, es cierto que también tenemos la más alta estadística de depresiones. Pero, ¿a quién no le deprime verse encerrado de por vida?. ¿Quién puede, no ya ser feliz, sino, simplemente estar tranquilo, sabiendo que está rodeado de mar por todos lados, que no verá otra cosa más que agua, mire hacia donde mire, y que será así un día y otro, y otro, hasta el final de los días, sin escapatoria posible?
¿Que por qué regresan entonces los que se van?. No lo sé. No creo que todos lo hagan. Yo, por ejemplo, nunca hubiera regresado. Y desde luego, no pienso volver a hacerlo después de lo que pasó este verano. Fueron cuatro meses terribles. Llegué a pensar que no sobreviviría. Que esta vez sí que me quedaría allí para siempre, y que se cumpliría lo que más temo: que me entierren bajo tierra. Esa es una de las razones por las que no quiero volver ni de visita. Lo hemos hablado muchas veces. ¿Recuerdas?. Tú siempre me dices que una incineradora no es negocio porque en la isla todo el mundo es muy tradicional y quieren que los entierren como dios manda. Pero ya sabes que a mí me da pavor solamente el hecho de pensarlo. No me pidas que te dé una razón lógica. No la tengo. Sólo sé que prefiero cualquier otra cosa: que me quemen, que me devoren los peces, que me caiga dentro de La Caldera y no encuentren nunca mi cadáver como le pasó a aquel francés ¿te acuerdas?. Sí, ya sé, a él lo encontraron, pero después de nueve años. No creo que después de nueve años se tomaran la molestia de enterrarlo. Lo pienso y se me eriza el cabello: kilos de tierra encima de uno. No, no, cualquier otra cosa, lo que sea, todo menos eso. Por eso quiero morir en cualquier otro sitio, en cualquier lugar donde pueda elegir donde voy a estar después de muerto.
¿Que qué pasó este verano?. No sé, fue pisar la isla y sentir lo de siempre, que algo me chupaba la energía. Me costaba caminar, hablar, respirar incluso. Pensé que me acostumbraría, como las otras veces, tras un periodo de más o menos dos semanas. Pero no fue así. Y esta vez, además, me ocurrió algo nuevo. Comencé a tener pesadillas. Sí, pesadillas. Ya sabes que yo nunca recuerdo los sueños. Y que los escasos sueños de los que he sido consciente siempre han sido divertidos; por eso me acuerdo, porque hasta me he despertado riéndome a carcajadas. En cambio, pesadillas, no he tenido ni en mi más tierna infancia. Y ahora me despertaba aterrado y tenía que salir corriendo de la habitación para vencer el miedo. Iba hacia la cocina. Bebía un vaso de agua y me encendía un cigarro para calmarme. Pero ya no podía conciliar el sueño. Me sentaba en el salón (no quería volver al dormitorio) e intentaba leer algo. Imposible, seguía demasiado alterado. Al final me tomaba un tranquilizante y al cabo de una hora parecía que iba a vencerme el sueño y volvía a la cama. Pero era cerrar los ojos y volver a tener otro sueño espantoso. Y me despertaba peor que la primera vez. Y ya ni siquiera intentaba volver a dormir. Luego pasaba el día agotado, sin ganas de nada, ni siquiera de acercarme hasta la playa para nadar un poco.
Y después de unos días, simplemente me asustaba la idea de que llegara la noche y tener que acostarme. Entonces intenté dilatar el día lo más posible. Como no era capaz de concentrarme con la lectura, comencé a quedarme despierto viendo la televisión hasta las tantas. Sí, ya sé que siempre he odiado la televisión. Y la sigo odiando, ahora más, si cabe. Pero ¿qué podía hacer? ¿pasear?. Sabes que las calles se llenan de cucarachas por la noche y que no las soporto. No, no pienso ir al psiquiatra porque le tenga fobia a las cucarachas. Me da lo mismo que sea cosa de mujeres. Nuestro amigo Javier grita cuando ve una araña y no te he oído nunca meterte con él de la forma en que lo haces conmigo.
Esta bien, no me enfado, pero no seas reiterativo. Yo te nombro las cucarachas y en el acto tu me mencionas al psiquiatra. No, no estoy en contra de los psiquiatras. No, tampoco de los psicólogos. Pero creo que tiene que haber una razón más importante que el miedo a las cucarachas para acudir a su consulta. Mi abuela, por ejemplo, le tenía pánico a las salamandras: cuando entraba una en su habitación le gritaba a mi tío – ¡La escopeta, date prisa, trae la escopeta! - dime tú si habrá animal más simpático que las salamandras y más beneficioso, sobre todo viviendo en el campo. Pero murió (mi abuela, quiero decir) con más de noventa años y te aseguro que nunca visitó ningún psiquiatra, entre otras cosas porque no lo había. De hecho, en la actualidad, por lo visto sólo cuentan con uno que viene cada quince días desde la isla de al lado, y que, dicen, está como una regadera.
¿Que siga con lo de los sueños?. Bueno, no hay casi nada más que contar, sólo que no cesaron hasta que no volé rumbo a tu lado. Empecé a tomar un tranquilizante antes de acostarme, pero ni por esas. Despertaba sobresaltado a las dos horas en punto después de la primera pesadilla, entonces tomaba otro para intentar dormir un poco más, pero volvía a despertarme al poco con la segunda que solía ser peor que la primera. Luego me quedaba despierto hasta la amanecida. Y pasaba el resto del día completamente atontado.
Después empezó lo de los suicidios en cadena. ¿Que soy un exagerado? ¿Que en todos los sitios se suicida gente? Puede ser, pero yo no me entero. En cambio, este verano, allí, caía uno cada quince días exactos. Sí, exactos, tengo apuntadas las fechas. ¿Quiéres verlas?. Primero se ahorcó en el patio de su casa un chico de mi pueblo. Veinte años. Me dio la noticia mi primo por teléfono. Ya sabes como se propagan aquí estas cosas. Era guapo, varonil, del tipo que a ti te gustan. Cuando fui a visitar a la familia vi su foto pegada en los árboles, en las farolas, en los muros... No sé, parecía que le estaban haciendo un homenaje.
Después fue una chica muy conocida de aquí, de la ciudad. Cuarenta años, dos niños. También se ahorcó. ¡Pero fíjate qué macabra!: esta vez fue en el cementerio. Me lo contó mi tía a primera hora de la mañana. Me explicó que fue la tarde anterior, que se subió a una escalera y colocó la cuerda en un árbol. No sé si la escalera la llevó en el coche (ya sabes que el cementerio queda bastante apartado) o ya estaba allí. La noticia me dejó un par de días con muy mal cuerpo.
Al tercero no lo conocía. Parece ser que subió al risco de la Concepción y saltó desde allí (emulando la forma de suicidio de los antiguos pobladores de la isla). El cuarto fue el que más me afectó. Eramos vecinos. Tenía mi edad. Estaba casado y tenía un hijo en plena adolescencia. Llegó a primera hora a su lugar de trabajo en la emisora local. Está en ese edificio alto colindante con Correos. Sí, son ocho plantas, y la radio está en la última. Pues, como te estaba diciendo, llegó, dio los buenos días, abrió el balcón, y se tiró de cabeza.
¿Que qué tiene que ver todo eso conmigo?. Pues que me dio por pensar que yo sería el próximo. Sí, ya sé que yo sería incapaz de ahorcarme y que ni siquiera soy capaz de saltar de un trampolín a la piscina. Pero, empecé a pensar, ¿y si me da una de estas noches por tomarme un frasco entero de pastillas?. ¿Que esas cosas no suceden así como así? ¿Que tiene que haber razones de peso?
No sé, sólo te cuento lo que sentí. Me empecé a obsesionar con que los suicidios eran una consecuencia lógica de vivir en la isla, y que si me quedaba mucho tiempo más ¿quién sabe si yo no podría convertirme en otra víctima del siroco isleño?.
Entonces empecé a fijarme en cuántos locos veía cuando salía a la calle. Y, no lo creerás, pero ví más locos que nunca en mi vida. Parecía que se habían reunido todos juntos en el mismo sitio. ¿Qué por ser un sitio pequeño se ven más?. ¿Qué aquí, al haber tanta gente, pasan desapercibidos?. Bueno, puede ser, pero, caramba, ¡qué cantidad de locos, retrasados y subnormales!.
¿Y qué me dices de los gordos?. No, no te hablo de gente rellenita. Te hablo de gorduras deformes, de gordos como los que veíamos en Estados Unidos. No, no estoy exagerando. Tú hace mucho que no has ido por la isla. Fíjate cómo será que incluso pregunté la razón de su existencia a varios amigos médicos. Oye, no te irás a poner ahora celoso ¿no?. Sí, hombre, estaba yo como para ligoteos. Compañeros de instituto, ya te lo he dicho. A varios les dio por estudiar medicina coincidiendo con aquella serie americana que emitieron cuando había escasez de médicos, ¿no te acuerdas?. En fín, que les pregunté y me dieron varias respuestas. La primera fue sobre la orografía. Ya sabes lo montañosa que es la isla y que las calles de la ciudad y de todos los pueblos están en unas cuestas espantosas. Antes, al no haber coches, la gente caminaba o iba a caballo (la menos). Ahora conducen para recorrer un kilómetro. Esta es la razón más importante, la falta de actividad física.
La otra es la alimentación. Ya sabes como han cambiado las costumbres alimenticias desde que yo era pequeño. ¿Te he contado que yo incluso llegué a conocer el trueque en mi pueblo?. Y si lo piensas, no hace tanto... No es que me conserve muy bien, es que tampoco tengo tantos años, tú eres bastante más viejo. De acuerdo, el gimnasio a diario hace mucho. No, sabes que la piel no la tengo estirada. Eso tú que lo necesitas. Los rubios ya se sabe que envejecen mal. Algo bueno tenemos que tener los morenos ¿no te parece?. Está bien, no empecemos, que siempre acabamos mal.... No te pongas mohín, que ya sabes cómo me excitan a mí esos pectorales que te gastas y esos pelitos rubios del pubis... ¿o son canas?.... Vale, vale, ya lo dejo.
Estábamos con lo de la alimentación. Pues eso, que antes se comía lo que daba la tierra, todo natural. Y ahora, con esa proliferación de supermercados (por cierto, todos extranjeros) y de productos basura que vienen de fuera, a los niños en vez de gofio para desayunar les dan esas porquerías que los ponen redondos. Si hasta en la playa los ves desde los dos años zampándose una bolsa entera de patatas en vez de comerse un plátano de tentempié como hacíamos antes. Yo, si me dejaran, mataría a esas madres creadoras de futuros monstruos. Y eso hablando de los niños. Ya no te digo de los adolescentes: ellas son peores. ¿Recuerdas la primera vez que viniste cómo te sorprendió no ver a una chica con mal tipo? Todas eran delgadas, esbeltas. Ahora no puedes mirarlas sin sentir repugnancia. Si por lo menos fueran tapaditas, pero no, llevan todos los michelines al aire, sin ningún pudor. Por suerte para nosotros, los muchachos tardan más en estropearse. Sí, ves algún gordo monstruoso de vez en cuando, pero la mayoría no empieza a echar esa tripa desorbitante y a desarrollar esas piernas elefantiásicas hasta cumplir por lo menos los dieciocho. Son menos gandules: los ves correr por la avenida marítima a primera hora de la mañana y a última de la tarde. Hombre, sí, de vez en cuando me sentaba a tomar una cerveza mientras leía tranquilamente el periódico. Casi es la única salida que hacía. Y no me iba a tapar los ojos. No creo que eso tenga que molestarte. Por cierto ¿sabes como llaman a la playa más cercana de la ciudad? “la playa de las focas”. Porque ahí van a pasear las gordas para intentar bajar de peso. Pero, ya me dirás tú, por mucho que paseen, si no dejan de comer.....
Bueno. No sé cómo hemos llegado hasta aquí. ¿Que he llegado yo solito?. ¡Qué quieres!. Llevo cuatro meses encerrado. Sin apenas hablar con nadie. Pues para eso vivimos juntos ¿no?. Para que me escuches de vez en cuando.
¿Que por qué no te llevé conmigo? Ya sabes que no fue por falta de ganas. Es verdad, no me atrevo a enfrentarme a mi familia. Soy un cobarde. No he conseguido que te acepten. Pero ¿recuerdas la última vez que te deshinché? No volviste a ser el mismo. Créeme, la humedad no te hubiera sentado bien. Has estado mejor aquí, el clima seco es más sano. Ya sabes que yo sólo quiero para ti lo mejor. Y, ahora, dejémonos de charlas y vamos a acostarnos, que me muero de sueño. ¿Sabes?: desde que duermo contigo no he vuelto a tener pesadillas.
martes, 18 de marzo de 2008
Dos definiciones para el profesor de creatividad
PARIHUELA.- Dícese de una sombrilla de mano hecha de paja y con forro ocasional de hule. Se utilizaba en la Guinea Ecuatorial en la época de la colonia. Parece ser que la denominación se debe a una familia sevillana que residía en el antiguo Fernando Póo, actual Malabo. Dice la leyenda popular que venían de pasar las vacaciones en Andalucía. Salieron del puerto de Cádiz, hicieron escala en Las Palmas de Gran Canaria y cuando arribaron al puerto africano, la madre le dijo a su hija: “niña, este parasol es pa tu abuela”, dándole una sombrilla al tiempo que señalaba a una anciana que esperaba, sentada en una silla portátil, a que subieran sus boys (nombre asignado por los blancos a los mucamos negros en la colonia) para transportarla a tierra. Como la niña era pequeña y aún no hablaba bien, pronunció parihuela en vez de pa tu abuela, y a los que la escucharon les hizo tanta gracia que a esa sombrilla típica que allí se usaba y que tanto valía para el sol como para la lluvia se la conoció desde entonces con ese nombre.
TABU.- Dícese de aquel que no lleva calzones. En el siglo XVII, en una aldea de un cantón suizo, los hombres, para protestar por la llegada masiva de italianos y franceses, decidieron unánimemente hacer una manifestación en la plaza a donde daba el ayuntamiento. Se vistieron con camisetas rojas ajustadas, dejando al aire las partes pudendas y llevando en los pies calcetines también rojos con el calzado típico de la zona (botas adecuadas para andar por esos lares montañosos). Parece ser que el párroco y sus piadosas feligresas montaron en cólera, y mientras ellos desfilaban pacíficos alrededor de la plaza, los persiguieron blandiendo escobas y lo que tuvieran a mano, a la vez que les gritaban tabú, tabú. Se cree que esta palabra era un insulto en un dialecto de la zona ya olvidado. Pero a partir de entonces se empleó para denominar el hecho de llevar el trasero al aire, aplicado a las personas de género masculino. A estas personas se las llama también tabulenses en algunos lugares.
TABU.- Dícese de aquel que no lleva calzones. En el siglo XVII, en una aldea de un cantón suizo, los hombres, para protestar por la llegada masiva de italianos y franceses, decidieron unánimemente hacer una manifestación en la plaza a donde daba el ayuntamiento. Se vistieron con camisetas rojas ajustadas, dejando al aire las partes pudendas y llevando en los pies calcetines también rojos con el calzado típico de la zona (botas adecuadas para andar por esos lares montañosos). Parece ser que el párroco y sus piadosas feligresas montaron en cólera, y mientras ellos desfilaban pacíficos alrededor de la plaza, los persiguieron blandiendo escobas y lo que tuvieran a mano, a la vez que les gritaban tabú, tabú. Se cree que esta palabra era un insulto en un dialecto de la zona ya olvidado. Pero a partir de entonces se empleó para denominar el hecho de llevar el trasero al aire, aplicado a las personas de género masculino. A estas personas se las llama también tabulenses en algunos lugares.
lunes, 17 de marzo de 2008
Nuria Ferrer
EVELINE:
Estuvo sentada al lado de la ventana, mirando a través del cristal la calle transitada de coches, autobuses, taxis… y en la acera demasiada gente desconocida entre ellos pero con un factor común que todos vivían el estrés de llegar a sus casas y descansar, pues tras un día agotador necesitaban conseguir la calma. Les parecía máquinas robotizadas que realizaban lo mismo día tras día. Al tener la ventana entreabierta olía la gasolina y el humo de los coches que pasaban sin cesar. Estaba cansada.
Entre tanta marea pudo distinguir a un hombre que vivía en el último edificio de la larga calle, se dirigía --como los demás-- a su casa donde hace ya tiempo, era una explanada donde jugaban con los demás niños del barrio y también con todos sus hermanos; fueron momentos muy felices que recuerda perfectamente, además su padre no era desagradable y su madre aún vivía. Había pasado mucho tiempo, ya su madre murió a causa de un cáncer que los médicos no detectaron a tiempo, y todos sus hermanos y ella habían crecido muchísimo, pero la gran diferencia que tenía con sus hermanos era que abandonaron el hogar para viajar a la capital y ahí buscar oportunidades donde aquí era imposible hallar, aunque estaba dispuesta hacerlo. Solo ella de toda su familia había visto desde muy de cerca el crecimiento progresivo de la pequeña ciudad. Donde solamente había casas familiares, se ha levantado enormes bloques de hormigón que la gran mayoría raspan el cielo (la suya es una de las supervivientes); en las afueras de lo que era su pueblo se han edificado amplios polígonos industriales, sustituyendo a la única fábrica que había, y las zonas donde jugaban los niños han sufrido dos modificaciones o se han hechos preciosos parques, o bien, se ha optado por la construcción de pisos o urbanizaciones, donde casi siempre se elige la segunda opción. Su pueblo tranquilo y bello se había convertido en una ruidosa, contaminante y estresante ciudad Tras tanto reflexionar ella también se iba a marchar: debía dar ese paso tan decisivo que habían realizado todos.
Miró la habitación y empezó a revisar con mucho detenimiento todos sus objetos personales y después los familiares, estos últimos eran muchos más antiguos, incluso algunos ya ni se fabrican. Lo más seguro que no volvería a ver esos objetos a los que va a añorar, a los que tantas veces les ha quitado el polvo y se conoce sin ninguna duda la posición de todos ellos. Sin embargo, no había sido capaz de averiguar el nombre del cura cuya antigua fotografía colgaba en su pared y que no se le ocurrió escanear para así averiguarlo en internet, estaba junto con la estampa coloreada de la bendita Margarita María Alacoque.
Estuvo sentada al lado de la ventana, mirando a través del cristal la calle transitada de coches, autobuses, taxis… y en la acera demasiada gente desconocida entre ellos pero con un factor común que todos vivían el estrés de llegar a sus casas y descansar, pues tras un día agotador necesitaban conseguir la calma. Les parecía máquinas robotizadas que realizaban lo mismo día tras día. Al tener la ventana entreabierta olía la gasolina y el humo de los coches que pasaban sin cesar. Estaba cansada.
Entre tanta marea pudo distinguir a un hombre que vivía en el último edificio de la larga calle, se dirigía --como los demás-- a su casa donde hace ya tiempo, era una explanada donde jugaban con los demás niños del barrio y también con todos sus hermanos; fueron momentos muy felices que recuerda perfectamente, además su padre no era desagradable y su madre aún vivía. Había pasado mucho tiempo, ya su madre murió a causa de un cáncer que los médicos no detectaron a tiempo, y todos sus hermanos y ella habían crecido muchísimo, pero la gran diferencia que tenía con sus hermanos era que abandonaron el hogar para viajar a la capital y ahí buscar oportunidades donde aquí era imposible hallar, aunque estaba dispuesta hacerlo. Solo ella de toda su familia había visto desde muy de cerca el crecimiento progresivo de la pequeña ciudad. Donde solamente había casas familiares, se ha levantado enormes bloques de hormigón que la gran mayoría raspan el cielo (la suya es una de las supervivientes); en las afueras de lo que era su pueblo se han edificado amplios polígonos industriales, sustituyendo a la única fábrica que había, y las zonas donde jugaban los niños han sufrido dos modificaciones o se han hechos preciosos parques, o bien, se ha optado por la construcción de pisos o urbanizaciones, donde casi siempre se elige la segunda opción. Su pueblo tranquilo y bello se había convertido en una ruidosa, contaminante y estresante ciudad Tras tanto reflexionar ella también se iba a marchar: debía dar ese paso tan decisivo que habían realizado todos.
Miró la habitación y empezó a revisar con mucho detenimiento todos sus objetos personales y después los familiares, estos últimos eran muchos más antiguos, incluso algunos ya ni se fabrican. Lo más seguro que no volvería a ver esos objetos a los que va a añorar, a los que tantas veces les ha quitado el polvo y se conoce sin ninguna duda la posición de todos ellos. Sin embargo, no había sido capaz de averiguar el nombre del cura cuya antigua fotografía colgaba en su pared y que no se le ocurrió escanear para así averiguarlo en internet, estaba junto con la estampa coloreada de la bendita Margarita María Alacoque.
miércoles, 12 de marzo de 2008
Andrea se despidió desde la puerta como todas las tardes a las cuatro en punto. Su madre veía la televisión y sin levantar la mirada, le recordó: “No olvides los chocolates”. Vivían en un edificio situado en la calle Luchana del castizo barrio de Chamberí. El inmueble, construido a principios de siglo, necesitaba a todas luces una rehabilitación integral: los balcones de hierro de la desconchada fachada parecían a punto de descolgarse; las escaleras de madera, corvadas y resbaladizas, que subían a los cinco pisos del inmueble, resultaban impracticables; el minúsculo ascensor, del tiempo de maría castaña, parecía dar sus últimos estertores cada vez que era utilizado. Por dentro, las viviendas no estaban mejor. Habían ido envejeciendo a la vez que sus inquilinos. Ni éstos ni aquellas se habían renovado. Permanecían anclados en un tiempo pretérito.
Salió de su casa, cruzó hacia la calle Carranza y subió caminando hasta llegar a Princesa. Era un día seco y soleado de invierno, sin viento; con un buen abrigo, daba gusto pasear por Madrid. En apariencia, nada distinguía a esa tarde del resto de las cientos de tardes laborables del año. Los mismos horarios, el mismo trabajo, la misma sensación de monotonía que la abrumaba desde hacía tanto tiempo. Pero algo en el rostro poco agraciado de Andrea denotaba un cambio. Las minúsculas aletas de su afilada nariz, terminada en una punta colorada dirigida a las alturas, se abrían y se cerraban hoy como aspirando un aire nuevo, renovador. Sus ojos miopes, pequeños y normalmente opacos, irradiaban detrás de las gafas una luz desconocida, traviesa. Se diría que incluso sonreían. En cambio, su boca, demasiado fina, sin apenas labios, no llegaba a curvarse: había perdido la costumbre.
Cuando llegó a la altura del Corte Inglés de Argüelles, entró, como todos los días, a comprar la caja de bombones de la Trapa que su madre devoraba de forma sistemática delante del televisor, mañana, tarde y parte de la noche. Esta vez no realizó la compra de forma rutinaria: como se lavaba los dientes después de cada comida, sin pensar, con la mente en blanco. Era una ocasión especial. Compró no una sino tres cajas distintas de chocolates. Mientras las escogía y esperaba su turno para pagar tuvo un pensamiento para su madre. La recordó no como era ahora: una enorme masa de carne amorfa y estática, con las rodillas hinchadas por la artrosis y unas piernas deformes y varicosas que ya no podían sostener su peso; sentada siempre en esa butaca moderna que desentonaba tanto con el resto de los muebles obsoletos de la casa; jugando con el mando a distancia del televisor y con los botones del sillón: uno le levantaba las piernas, otro la espalda, éste le masajeaba la parte superior del tronco, aquél la parte inferior y con el rojo, maravilla de las maravillas, vibraba el cuerpo entero: espectáculo bochornoso para el ojo ajeno, que veía como las fofas carnes desparramadas temblaban de una forma incontenible y espantosa; un buda feliz, con esa sonrisa de bobalicona satisfecha que ha cumplido ya sus objetivos en esta vida: enterró a un marido, según ella mediocre y aburrido, que no le dio penas ni alegrías, que se ganaba la vida como pianista acompañante y con el que se había casado, ya madurita, por la única razón de que la alternativa era quedarse soltera; educó a una hija, en su opinión demasiado dócil, con falta de espíritu, sosa y sin carisma como su padre, que gracias a la carrera de piano que terminó a trancas y barrancas, ahora la mantenía y se ocupaba de ella en su vejez.
No, la recordó como era antes: esbelta, elegante hasta con el salto de cama con el que se levantaba por las mañanas, ya con esa energía desbordante que le duraba todo el día. La recordó cuando cantaba mientras cocinaba o arreglaba la casa, con una voz de soprano a la que le faltaba quizás potencia, pero educada y con un timbre agradable, alternando arias de ópera, números de zarzuela y las sempiternas coplas de España. También cuando daba las clases de canto a sus alumnos en aquel enorme piano negro de pared, con las teclas amarillentas y los candelabros de bronce adheridos en los extremos. Esa misma reliquia que antes tocaban los padres y que ahora tocaba la hija.
Y por primera vez en los últimos años, Andrea se permitió ser benevolente. Pensó que se atenuaba ese desprecio que sentía por su madre y que, tal vez, no era sino un reflejo del que había empezado a sentir por ella misma.
Cuando salió del centro comercial, con un estado de incipiente animación inusual en ella, continuó caminando hasta llegar al Conservatorio de la calle Ferraz en donde impartía clases de Lenguaje Musical. No había una asignatura más desagradecida que esa, los niños la odiaban indefectiblemente. El aprendizaje del instrumento, aunque al principio entrañaba más dificultad, resultaba más agradecido. Andrea no tenía vocación para la enseñanza, se había sentido abocada a ella como única salida. Detestaba a sus alumnos, cada año más consentidos y malcriados. Aguantaba paciente las cinco horas diarias de clase y, cada noche, al terminar, mientras regresaba a su casa en el metro, un sentimiento de frustración que crecía de día en día se iba apoderando de ella y notaba cómo la amargura la iba carcomiendo por dentro.
Lo que le esperaba en el hogar tampoco era demasiado atractivo. Llegaba puntualmente a las diez y media. Su madre, que continuaba embobada delante del televisor, la saludaba distraída. Sacaba la basura; regaba las escasas plantas que tenían repartidas en macetas, en un estado comatoso permanente, y que no se decidía a tirar o a renovar; cenaba un sándwich y un vaso de leche, y a continuación, después de dar las buenas noches, siempre desde la puerta, se encerraba en su habitación, leía un rato y se quedaba dormida.
Pero ahora era distinto. Había conocido a Pedro. Le contrataron para sustituir al profesor de Historia de la Música. Era un gran concertista de piano, se había presentado varias veces a las oposiciones para profesor de instrumento y a pesar de hacer unos exámenes brillantes, nunca las había aprobado; no tenía contactos y además tenía un hándicap: era ciego, lo cual, si bien era un rasgo que objetivamente no tenía por que ir en su contra, sí era una excusa para que el tribunal beneficiara al recomendado de turno.
Un día, cuando se dirigía a dirección para hablar con el jefe de estudios, Andrea oyó en el aula donde se impartían las asignaturas teóricas interpretar a Brahms, su preferido entre los románticos, quizá por ese clasicismo que le iba tanto a su carácter. La puerta estaba abierta, en ese momento no había alumnos, entró y se sentó escuchar. Pedro tocaba los preludios. Aunque ya se habían presentado en el claustro de profesores y a ella le produjo una agradable impresión por su educación exquisita, su cara aniñada de suaves facciones, su olor a limpio y su ropa perfectamente planchada; éste fue realmente su primer encuentro.
Y el comienzo de una pasión que Andrea no creyó nunca experimentar. Por primera vez no le molestaba ser fea, Pedro no podía verla. Tampoco a él le importó, aparentemente, que ella fuera todavía virgen a sus treinta y dos años. Ni que fuera bastante mayor que él. Sus manos la recorrieron con la misma fuerza y con la misma dulzura con las que interpretaba los fortes y los pianos de las partituras. Conseguió transformar a la modosita profesora (sin sangre en las venas, como decía su madre) en la mujer más sensual del universo. Atacó su cuerpo con todos los matices aprendidos en tantos años de estudio, convirtiendo su piel en un instrumento del que sacó timbres insospechados, nunca antes descubiertos.
Se reunían por las mañanas en un apartamento que los padres de Pedro le habían regalo en el céntrico barrio de La Latina. Allí vivía, independiente, rodeado de un orden y de una limpieza que armonizaba con su persona.
Después de hacer el amor, él siempre, a petición de Andrea, interpretaba a Bach. Se sentaba desnudo en el piano mientras ella, tendida lánguidamente, escuchaba desde la cama. Andrea nunca pudo aprender las fugas a cuatro voces de memoria. Y tal vez era precisamente esa memoria prodigiosa de ciego, lo que le permitía a Pedro distinguir perfectamente las diferentes voces y resaltar los temas: cantándolos como si en vez de un piano, su instrumento fuera un violín o un violonchelo, según la tesitura. Esa era la gran dificultad que representaban las fugas, y fue precisamente por su interpretación, por lo que le concedieron una beca de cuatro años para hacer un doctorado en Holanda.
Le propuso a Andrea que le acompañara y ella aceptó. El problema era cómo decírselo a su madre, la absoluta falta de comunicación entre ellas no se lo ponía fácil. Sabía que la abandonaba, se sentía culpable. Pasaba las noches en vela pensando cómo dejarla lo mejor atendida posible. Visitó distintas residencias, pero no se decidió por ninguna. Sus abuelos maternos habían muerto en la misma casa donde ahora vivían, su madre les cuidó hasta el final. Ese recuerdo le hacía pensar que era una egoísta, que se estaba portando como una traidora. Al final, contrató a través de una agencia, a una emigrante colombiana recién llegada de su país, para que viviera con ella, le hiciera compañía y se ocupara de todo en su ausencia. Pero todos estos trámites los había hecho con total ignorancia por parte de su madre.
En ocasiones se planteaba si llegado el día, sería realmente capaz de dejarla, o si, por el contrario, actuaría como la Eveline de Joyce y daría marcha atrás. Andrea sabía que era cualquier cosa menos una aventurera; de hecho, le daban pánico los cambios. Pero no podía perder esta oportunidad. No tendría otra.
Calibraba los pros y los contras de su decisión. Aunque no conocía el idioma, el lenguaje de la música era universal. No tenía amigas a las que extrañar, hasta ahora había llevado una vida tan solitaria que, de no haber sido por Pedro, se hubiera convertido con el tiempo en una solterona maniática y amargada. También sabía que la pasión se acaba, pero entre ellos se estaba forjando algo más, algo espiritual que podía perdurar.
Esa noche, cuando llegó a casa, se acercó directamente a darle un beso a su madre. Le entregó una caja de bombones y guardó las otras dos en el aparador. Después de su cena habitual, se sentó enfrente del televisor y se interesó por el programa que estaba viendo. Esperó estoicamente media hora, en la que se afirmó su profundo odio por ese aparato al que culpabilizaba de la decadencia de su progenitora. Por eso siempre prefirió los libros. A continuación, después de un segundo beso que dejó extrañadísima a su madre, se fue a dormir. Tardó mucho en conciliar el sueño. Al día siguiente se presentaría la muchacha a primera hora de la mañana, al mediodía recogería las maletas, se reuniría con Pedro y juntos tomarían un taxi camino del aeropuerto.
Cuando se levantó, le extrañó no ver a su madre ya levantada, porque aunque se acostaba tarde solía madrugar, apenas dormía. Entró en su habitación y se acercó a la cama. Reposaba de lado, mirando a la pared. Cuando la volteó, se dio cuenta de que no respiraba. Había muerto durante la noche, plácidamente. Andrea volvió a sentir por su madre esa admiración ciega que le tenía cuando era pequeña. Le quedó profundamente agradecida, era el mejor regalo que le podía hacer. Para corresponderle, le cantó por primera la copla que, sin saberlo, estaba guardada en algún sitio de su memoria; la había aprendido sin darse cuenta, de tanto oírsela cuando era niña: “Mira mi brazo tatuado....” y ya se animó, fue a la sala, se sentó en el piano y acompañándose entonó “Ojos ve-e-er-des...” y, cada vez más excitada, siguió con “Francisco alegre y olé... Y ya no pudo parar: “La bien pagá”, “Mi jaca”, “Carmen la cigarrera”....., y continuó cantando en el funeral, y en el entierro, y en la clínica de reposo donde Pedro, antes de partir, la dejó internada por recomendación facultativa.
Salió de su casa, cruzó hacia la calle Carranza y subió caminando hasta llegar a Princesa. Era un día seco y soleado de invierno, sin viento; con un buen abrigo, daba gusto pasear por Madrid. En apariencia, nada distinguía a esa tarde del resto de las cientos de tardes laborables del año. Los mismos horarios, el mismo trabajo, la misma sensación de monotonía que la abrumaba desde hacía tanto tiempo. Pero algo en el rostro poco agraciado de Andrea denotaba un cambio. Las minúsculas aletas de su afilada nariz, terminada en una punta colorada dirigida a las alturas, se abrían y se cerraban hoy como aspirando un aire nuevo, renovador. Sus ojos miopes, pequeños y normalmente opacos, irradiaban detrás de las gafas una luz desconocida, traviesa. Se diría que incluso sonreían. En cambio, su boca, demasiado fina, sin apenas labios, no llegaba a curvarse: había perdido la costumbre.
Cuando llegó a la altura del Corte Inglés de Argüelles, entró, como todos los días, a comprar la caja de bombones de la Trapa que su madre devoraba de forma sistemática delante del televisor, mañana, tarde y parte de la noche. Esta vez no realizó la compra de forma rutinaria: como se lavaba los dientes después de cada comida, sin pensar, con la mente en blanco. Era una ocasión especial. Compró no una sino tres cajas distintas de chocolates. Mientras las escogía y esperaba su turno para pagar tuvo un pensamiento para su madre. La recordó no como era ahora: una enorme masa de carne amorfa y estática, con las rodillas hinchadas por la artrosis y unas piernas deformes y varicosas que ya no podían sostener su peso; sentada siempre en esa butaca moderna que desentonaba tanto con el resto de los muebles obsoletos de la casa; jugando con el mando a distancia del televisor y con los botones del sillón: uno le levantaba las piernas, otro la espalda, éste le masajeaba la parte superior del tronco, aquél la parte inferior y con el rojo, maravilla de las maravillas, vibraba el cuerpo entero: espectáculo bochornoso para el ojo ajeno, que veía como las fofas carnes desparramadas temblaban de una forma incontenible y espantosa; un buda feliz, con esa sonrisa de bobalicona satisfecha que ha cumplido ya sus objetivos en esta vida: enterró a un marido, según ella mediocre y aburrido, que no le dio penas ni alegrías, que se ganaba la vida como pianista acompañante y con el que se había casado, ya madurita, por la única razón de que la alternativa era quedarse soltera; educó a una hija, en su opinión demasiado dócil, con falta de espíritu, sosa y sin carisma como su padre, que gracias a la carrera de piano que terminó a trancas y barrancas, ahora la mantenía y se ocupaba de ella en su vejez.
No, la recordó como era antes: esbelta, elegante hasta con el salto de cama con el que se levantaba por las mañanas, ya con esa energía desbordante que le duraba todo el día. La recordó cuando cantaba mientras cocinaba o arreglaba la casa, con una voz de soprano a la que le faltaba quizás potencia, pero educada y con un timbre agradable, alternando arias de ópera, números de zarzuela y las sempiternas coplas de España. También cuando daba las clases de canto a sus alumnos en aquel enorme piano negro de pared, con las teclas amarillentas y los candelabros de bronce adheridos en los extremos. Esa misma reliquia que antes tocaban los padres y que ahora tocaba la hija.
Y por primera vez en los últimos años, Andrea se permitió ser benevolente. Pensó que se atenuaba ese desprecio que sentía por su madre y que, tal vez, no era sino un reflejo del que había empezado a sentir por ella misma.
Cuando salió del centro comercial, con un estado de incipiente animación inusual en ella, continuó caminando hasta llegar al Conservatorio de la calle Ferraz en donde impartía clases de Lenguaje Musical. No había una asignatura más desagradecida que esa, los niños la odiaban indefectiblemente. El aprendizaje del instrumento, aunque al principio entrañaba más dificultad, resultaba más agradecido. Andrea no tenía vocación para la enseñanza, se había sentido abocada a ella como única salida. Detestaba a sus alumnos, cada año más consentidos y malcriados. Aguantaba paciente las cinco horas diarias de clase y, cada noche, al terminar, mientras regresaba a su casa en el metro, un sentimiento de frustración que crecía de día en día se iba apoderando de ella y notaba cómo la amargura la iba carcomiendo por dentro.
Lo que le esperaba en el hogar tampoco era demasiado atractivo. Llegaba puntualmente a las diez y media. Su madre, que continuaba embobada delante del televisor, la saludaba distraída. Sacaba la basura; regaba las escasas plantas que tenían repartidas en macetas, en un estado comatoso permanente, y que no se decidía a tirar o a renovar; cenaba un sándwich y un vaso de leche, y a continuación, después de dar las buenas noches, siempre desde la puerta, se encerraba en su habitación, leía un rato y se quedaba dormida.
Pero ahora era distinto. Había conocido a Pedro. Le contrataron para sustituir al profesor de Historia de la Música. Era un gran concertista de piano, se había presentado varias veces a las oposiciones para profesor de instrumento y a pesar de hacer unos exámenes brillantes, nunca las había aprobado; no tenía contactos y además tenía un hándicap: era ciego, lo cual, si bien era un rasgo que objetivamente no tenía por que ir en su contra, sí era una excusa para que el tribunal beneficiara al recomendado de turno.
Un día, cuando se dirigía a dirección para hablar con el jefe de estudios, Andrea oyó en el aula donde se impartían las asignaturas teóricas interpretar a Brahms, su preferido entre los románticos, quizá por ese clasicismo que le iba tanto a su carácter. La puerta estaba abierta, en ese momento no había alumnos, entró y se sentó escuchar. Pedro tocaba los preludios. Aunque ya se habían presentado en el claustro de profesores y a ella le produjo una agradable impresión por su educación exquisita, su cara aniñada de suaves facciones, su olor a limpio y su ropa perfectamente planchada; éste fue realmente su primer encuentro.
Y el comienzo de una pasión que Andrea no creyó nunca experimentar. Por primera vez no le molestaba ser fea, Pedro no podía verla. Tampoco a él le importó, aparentemente, que ella fuera todavía virgen a sus treinta y dos años. Ni que fuera bastante mayor que él. Sus manos la recorrieron con la misma fuerza y con la misma dulzura con las que interpretaba los fortes y los pianos de las partituras. Conseguió transformar a la modosita profesora (sin sangre en las venas, como decía su madre) en la mujer más sensual del universo. Atacó su cuerpo con todos los matices aprendidos en tantos años de estudio, convirtiendo su piel en un instrumento del que sacó timbres insospechados, nunca antes descubiertos.
Se reunían por las mañanas en un apartamento que los padres de Pedro le habían regalo en el céntrico barrio de La Latina. Allí vivía, independiente, rodeado de un orden y de una limpieza que armonizaba con su persona.
Después de hacer el amor, él siempre, a petición de Andrea, interpretaba a Bach. Se sentaba desnudo en el piano mientras ella, tendida lánguidamente, escuchaba desde la cama. Andrea nunca pudo aprender las fugas a cuatro voces de memoria. Y tal vez era precisamente esa memoria prodigiosa de ciego, lo que le permitía a Pedro distinguir perfectamente las diferentes voces y resaltar los temas: cantándolos como si en vez de un piano, su instrumento fuera un violín o un violonchelo, según la tesitura. Esa era la gran dificultad que representaban las fugas, y fue precisamente por su interpretación, por lo que le concedieron una beca de cuatro años para hacer un doctorado en Holanda.
Le propuso a Andrea que le acompañara y ella aceptó. El problema era cómo decírselo a su madre, la absoluta falta de comunicación entre ellas no se lo ponía fácil. Sabía que la abandonaba, se sentía culpable. Pasaba las noches en vela pensando cómo dejarla lo mejor atendida posible. Visitó distintas residencias, pero no se decidió por ninguna. Sus abuelos maternos habían muerto en la misma casa donde ahora vivían, su madre les cuidó hasta el final. Ese recuerdo le hacía pensar que era una egoísta, que se estaba portando como una traidora. Al final, contrató a través de una agencia, a una emigrante colombiana recién llegada de su país, para que viviera con ella, le hiciera compañía y se ocupara de todo en su ausencia. Pero todos estos trámites los había hecho con total ignorancia por parte de su madre.
En ocasiones se planteaba si llegado el día, sería realmente capaz de dejarla, o si, por el contrario, actuaría como la Eveline de Joyce y daría marcha atrás. Andrea sabía que era cualquier cosa menos una aventurera; de hecho, le daban pánico los cambios. Pero no podía perder esta oportunidad. No tendría otra.
Calibraba los pros y los contras de su decisión. Aunque no conocía el idioma, el lenguaje de la música era universal. No tenía amigas a las que extrañar, hasta ahora había llevado una vida tan solitaria que, de no haber sido por Pedro, se hubiera convertido con el tiempo en una solterona maniática y amargada. También sabía que la pasión se acaba, pero entre ellos se estaba forjando algo más, algo espiritual que podía perdurar.
Esa noche, cuando llegó a casa, se acercó directamente a darle un beso a su madre. Le entregó una caja de bombones y guardó las otras dos en el aparador. Después de su cena habitual, se sentó enfrente del televisor y se interesó por el programa que estaba viendo. Esperó estoicamente media hora, en la que se afirmó su profundo odio por ese aparato al que culpabilizaba de la decadencia de su progenitora. Por eso siempre prefirió los libros. A continuación, después de un segundo beso que dejó extrañadísima a su madre, se fue a dormir. Tardó mucho en conciliar el sueño. Al día siguiente se presentaría la muchacha a primera hora de la mañana, al mediodía recogería las maletas, se reuniría con Pedro y juntos tomarían un taxi camino del aeropuerto.
Cuando se levantó, le extrañó no ver a su madre ya levantada, porque aunque se acostaba tarde solía madrugar, apenas dormía. Entró en su habitación y se acercó a la cama. Reposaba de lado, mirando a la pared. Cuando la volteó, se dio cuenta de que no respiraba. Había muerto durante la noche, plácidamente. Andrea volvió a sentir por su madre esa admiración ciega que le tenía cuando era pequeña. Le quedó profundamente agradecida, era el mejor regalo que le podía hacer. Para corresponderle, le cantó por primera la copla que, sin saberlo, estaba guardada en algún sitio de su memoria; la había aprendido sin darse cuenta, de tanto oírsela cuando era niña: “Mira mi brazo tatuado....” y ya se animó, fue a la sala, se sentó en el piano y acompañándose entonó “Ojos ve-e-er-des...” y, cada vez más excitada, siguió con “Francisco alegre y olé... Y ya no pudo parar: “La bien pagá”, “Mi jaca”, “Carmen la cigarrera”....., y continuó cantando en el funeral, y en el entierro, y en la clínica de reposo donde Pedro, antes de partir, la dejó internada por recomendación facultativa.
lunes, 3 de marzo de 2008
Había llegado con dos horas de adelanto. Desde una de las grandes ventanas observaba el despegue y el aterrizaje de los aviones. A su lado una familia despedía con gestos a una muchacha que subía a uno de los aviones. Juan en cambio estaba solo, nadie en su familia sabía que dentro de unas horas pasaría a otro continente. Fue a dar una vuelta para matar el tiempo. Entró en una de las tiendas del aeropuerto. Se entretuvo en la sección de ropa, cogió unas camisas y unas corbatas y las combinó. Le gustaba mirarse al espejo con cada modelo distinto. Fue a coger unos zapatos, se los probó y sonrió al espejo. Se preguntó si en aquel lugar le alcanzaría el dinero para comprarse la ropa que quisiera. Sus ahorros probablemente se acabarían a los tres meses y no sabía si conseguiría un trabajo fácilmente; a pesar de las múltiples clases que había recibido no manejaba el idioma, y sólo conocía a Paula. Se conocieron en la universidad hace un año y medio, ella hacía una maestría que había obtenido por mérito propio, después de unos duros años en los que estudiaba y trabajaba simultáneamente. Había comenzado a trabajar desde los dieciséis años. Le contaba anécdotas de fábricas, restaurantes, tiendas...se había relacionado con gente de distintas clases sociales, edades, lugares. Paula era más fuerte que él, le enseñaría cómo vivir por sí mismo.
Desde hace algunos años él y sus padres discutían con más frecuencia. Deseaba irse de casa apenas acabara la carrera. No soportaba su dependencia hacia ellos y se debía a sí mismo dar ese salto.
Juan dejó la ropa en su lugar y se acercó a la sección de bebidas. Frente a él aparecieron unos jóvenes que promocionaban diferentes marcas de vino. Probó unas ocho copas diferentes. Se quedó un poco mareado y revivió en un momento todas las veces que se emborrachó con sus amigos. Llegaba a su casa al amanecer o a veces despertaba en una casa distinta con una mujer distinta. Vio su sonrisa reflejada en una de las botellas de vino de la estantería. Tambaleándose un poco se acercó a los comestibles. El vino le había abierto el apetito. Se acercó a una mesa que ofrecía diversos fiambres, quesos y panes. Probó uno de cada bandeja y se sintió satisfecho. ¿Le gustaría la comida de aquel lugar? Tal vez tendría que aprender a cocinar. Recordó las innumerables fiestas que organizaban sus padres, donde todos los invitados quedaban encantados con los deliciosos platos. Junto con sus amigos llenaban sus provisiones de alimento y alcohol y salían enloquecidos a las discotecas. Eructó y dejó escapar una risa nerviosa. En aquel lugar tendría que trabajar, llegaría cansado los viernes y no tendría ganas de ir a ningún sitio. Además, ¿con quién? Y cuando no tuviera dinero no podría pedírselo a ella, y sus padres no estarían cerca.
Cuántos fines de semana tendría que pasarse encerrado en la casa...
Se oyó la primera llamada de su vuelo. Se acercó a la sección de discos. Se puso unos audífonos y escuchó unas canciones. La segunda llamada. Tal vez no era tan malo vivir con ellos. La tercera llamada. Juan llamó a su madre y le preguntó que había de comer.
María Pía Rondón Carlín
Desde hace algunos años él y sus padres discutían con más frecuencia. Deseaba irse de casa apenas acabara la carrera. No soportaba su dependencia hacia ellos y se debía a sí mismo dar ese salto.
Juan dejó la ropa en su lugar y se acercó a la sección de bebidas. Frente a él aparecieron unos jóvenes que promocionaban diferentes marcas de vino. Probó unas ocho copas diferentes. Se quedó un poco mareado y revivió en un momento todas las veces que se emborrachó con sus amigos. Llegaba a su casa al amanecer o a veces despertaba en una casa distinta con una mujer distinta. Vio su sonrisa reflejada en una de las botellas de vino de la estantería. Tambaleándose un poco se acercó a los comestibles. El vino le había abierto el apetito. Se acercó a una mesa que ofrecía diversos fiambres, quesos y panes. Probó uno de cada bandeja y se sintió satisfecho. ¿Le gustaría la comida de aquel lugar? Tal vez tendría que aprender a cocinar. Recordó las innumerables fiestas que organizaban sus padres, donde todos los invitados quedaban encantados con los deliciosos platos. Junto con sus amigos llenaban sus provisiones de alimento y alcohol y salían enloquecidos a las discotecas. Eructó y dejó escapar una risa nerviosa. En aquel lugar tendría que trabajar, llegaría cansado los viernes y no tendría ganas de ir a ningún sitio. Además, ¿con quién? Y cuando no tuviera dinero no podría pedírselo a ella, y sus padres no estarían cerca.
Cuántos fines de semana tendría que pasarse encerrado en la casa...
Se oyó la primera llamada de su vuelo. Se acercó a la sección de discos. Se puso unos audífonos y escuchó unas canciones. La segunda llamada. Tal vez no era tan malo vivir con ellos. La tercera llamada. Juan llamó a su madre y le preguntó que había de comer.
María Pía Rondón Carlín
sábado, 1 de marzo de 2008
Gente así
Unos gritos la evaden de sus pensamientos. En la acera de enfrente, una mujer es empujada fuera de un bar por un hombre que escapa corriendo, cruza por delante de María y sube por la calle. La mujer agredida se pone a perseguirle a buen ritmo. Inmóvil, presenciando el asalto e huida, ve como el hombre gira por la paralela por arriba. Decide correr recto para seguirles el rastro, gira la siguiente calle y a lo lejos ve al hombre viniendo hacia ella; la mujer, unos metros detrás, la grita que lo pare. Se lanza sobre él y lo inmoviliza. La resulta fácil, apesta a alcohol y no se resiste, casi no puede respirar. La mujer lo cachea, busca su móvil por sus bolsillos, no lo encuentra. Le pregunta que por qué corre si no ha robado su móvil. Él no contesta, permanece tranquilo. La mujer, confusa y acelerada, le deja marchar. Nunca estuvo segura de que fuera el ladrón, pero ¿por qué esa violenta reacción cuando se lo preguntó?. Estuvieron largo rato charlando, alternando cómplices risas y anécdotas insólitas, con hipótesis sociales y profundas reflexiones. Desmontando lo acontecido las dos se sentían orgullosas de su solidaridad ciudadana y además, en este caso, femenina. Después se despidieron para siempre. María observaba como Yolanda se alejaba, cuando ésta se giró y la gritó: gracias por ayudarme, ya no queda gente así.
- - - - - Microrelato Beatriz Gallego
- - - - - Microrelato Beatriz Gallego
martes, 26 de febrero de 2008
Ejercicio de Silvia Galván
Cuando Alicia regresó a la habitación después de estirar las piernas y tomar un café, ya más repuesta del cansancio que le produjo la noche pasada en un incómodo sillón, se encontró a un hombre con las piernas y los brazos sujetos con correas a la cama contigua a la de su padre. Daba unos gritos espeluznantes. A su lado se encontraba una mujer.
Era un hombre muy moreno: piel oscura, cabello azabache y barba abundante y desarreglada. Alicia no sólo pensó que estaba loco por sus alaridos; la cara, llena de moratones, era la de un demente. Ponía los ojos en blanco mientras se debatía con furia intentando soltarse de las ataduras que le tenían inmovilizado; cuando las pupilas volvían a su lugar, su negra mirada, incapaz de fijarse en un sitio determinado, deambulaba por el techo y las paredes con una expresión de terror que helaba la sangre a cualquiera.
La mujer resultó ser la esposa del supuesto enajenado. Durante una semana, Alicia y ella tuvieron oportunidad de conocerse y de llegar a cierta camaradería. No dejaron en ningún momento solos a los enfermos. Ambos tenían puesto la vía para el antibiótico y la alimentación y la sonda para la orina. Pasaban la noche en la habitación y, cuando despuntaba el día, se turnaban para acercarse a sus respectivas casas, desayunar, tomar un baño y cambiarse de ropa. Alicia tardaba poco en volver: vivía en la ciudad más cercana al hospital. La mujer, en cambio, se entretenía bastante: residía en un pueblo del sur.
La primera vez que Alicia se quedó sola, estuvo pendiente sobre todo de las sondas. Su padre, que había ingresado por una neumonía y padecía demencia senil, ya se la había intentado quitar un par de veces. La bolsa del otro enfermo comenzó a llenarse lentamente, pero no de un líquido transparente como el de su padre, sino de un líquido bermellón que le hizo pensar en alguna herida interior que no dejaba de sangrar. Alarmada, llamó rápidamente al timbre para que viniera algún facultativo. Al rato apareció una enfermera con cara de pocos amigos. Cuando le expuso su preocupación, la enfermera la miró despectivamente y le dijo con un tono que denotaba una absoluta falta de respeto por el paciente:
- Eso no es sangre, señora, eso es puro coñac. Todo el maldito coñac que ese desgraciado llevaba en el cuerpo.
Era un hombre muy moreno: piel oscura, cabello azabache y barba abundante y desarreglada. Alicia no sólo pensó que estaba loco por sus alaridos; la cara, llena de moratones, era la de un demente. Ponía los ojos en blanco mientras se debatía con furia intentando soltarse de las ataduras que le tenían inmovilizado; cuando las pupilas volvían a su lugar, su negra mirada, incapaz de fijarse en un sitio determinado, deambulaba por el techo y las paredes con una expresión de terror que helaba la sangre a cualquiera.
La mujer resultó ser la esposa del supuesto enajenado. Durante una semana, Alicia y ella tuvieron oportunidad de conocerse y de llegar a cierta camaradería. No dejaron en ningún momento solos a los enfermos. Ambos tenían puesto la vía para el antibiótico y la alimentación y la sonda para la orina. Pasaban la noche en la habitación y, cuando despuntaba el día, se turnaban para acercarse a sus respectivas casas, desayunar, tomar un baño y cambiarse de ropa. Alicia tardaba poco en volver: vivía en la ciudad más cercana al hospital. La mujer, en cambio, se entretenía bastante: residía en un pueblo del sur.
La primera vez que Alicia se quedó sola, estuvo pendiente sobre todo de las sondas. Su padre, que había ingresado por una neumonía y padecía demencia senil, ya se la había intentado quitar un par de veces. La bolsa del otro enfermo comenzó a llenarse lentamente, pero no de un líquido transparente como el de su padre, sino de un líquido bermellón que le hizo pensar en alguna herida interior que no dejaba de sangrar. Alarmada, llamó rápidamente al timbre para que viniera algún facultativo. Al rato apareció una enfermera con cara de pocos amigos. Cuando le expuso su preocupación, la enfermera la miró despectivamente y le dijo con un tono que denotaba una absoluta falta de respeto por el paciente:
- Eso no es sangre, señora, eso es puro coñac. Todo el maldito coñac que ese desgraciado llevaba en el cuerpo.
domingo, 24 de febrero de 2008
EJERCICIO DE NURIA FERRER:
Fuma desesperadamente y mira en todos los sentidos de una forma muy rápida, en cuanto percibe un leve movimiento, tiene que saber de quien se trata, cómo es… También reflexiona en repetidas veces sobre su pasado: las elecciones que tomó y qué hubiera sucedido si hubiera escogido las otras opciones, que le presentó la vida.
Está allí sentada en el mismo lugar que todas las tardes, en esa calle tan transitada y cercana de su casa, buscando con la mirada los rostros de las personas, que les responda gestualmente: haya un cruce de miradas, una sonrisa, UNA SEÑAL; para que dé el primer paso a algo más. Pero está perdiendo el tiempo y su vida; el amor verdadero no, no se busca ni tan siquiera se piensa todo el tiempo en él, porque de ese modo nunca llegaría. Hay que dejar que la diosa Fortuna haga su trabajo sin objeciones, que solamente provocarán la duración de su tardía.
Pero día tras día y siempre que el tiempo se lo permita, ella está allí, esperando a que alguien le corresponda, aunque siempre es lo mismo: personas con mucha prisa que solamente miran por mirar. Esta vez tiene todas las opciones de que sea como siempre, pero justo cuando se dispone a levantarse, de repente siente como un fuerte mareo se apodera de su cabeza, que le obliga a sentarse con la esperanza de que se pase enseguida, pero no es así, sino que cada vez va a más hasta que termina por desmayarse. Cinco segundos después, se incorpora y lo primero que ve, es un rostro angelical, inocente con sus ojos claros, que se preocupa por su salud y además se ofrece a llevarla hasta la misma puerta de su casa. Ella desconcertada por la situación acepta, donde al final, la persona desconocida traspasa el umbral de la gran puerta brindad de madera.
Está allí sentada en el mismo lugar que todas las tardes, en esa calle tan transitada y cercana de su casa, buscando con la mirada los rostros de las personas, que les responda gestualmente: haya un cruce de miradas, una sonrisa, UNA SEÑAL; para que dé el primer paso a algo más. Pero está perdiendo el tiempo y su vida; el amor verdadero no, no se busca ni tan siquiera se piensa todo el tiempo en él, porque de ese modo nunca llegaría. Hay que dejar que la diosa Fortuna haga su trabajo sin objeciones, que solamente provocarán la duración de su tardía.
Pero día tras día y siempre que el tiempo se lo permita, ella está allí, esperando a que alguien le corresponda, aunque siempre es lo mismo: personas con mucha prisa que solamente miran por mirar. Esta vez tiene todas las opciones de que sea como siempre, pero justo cuando se dispone a levantarse, de repente siente como un fuerte mareo se apodera de su cabeza, que le obliga a sentarse con la esperanza de que se pase enseguida, pero no es así, sino que cada vez va a más hasta que termina por desmayarse. Cinco segundos después, se incorpora y lo primero que ve, es un rostro angelical, inocente con sus ojos claros, que se preocupa por su salud y además se ofrece a llevarla hasta la misma puerta de su casa. Ella desconcertada por la situación acepta, donde al final, la persona desconocida traspasa el umbral de la gran puerta brindad de madera.
jueves, 21 de febrero de 2008
EJERCICIO DE NURIA FERRER
Observaba en aquel lugar pequeño pero muy luminoso a las personas de toda clase de edades: niños inquietos acompañados con sus padres, jóvenes cogidos de la mano muy enamorados, personas mayores con mucha prisa quizá muy atareados, y por último otras personas más mayores envejecidas en su rostro, en su cuerpo, en sus andares ayudados por un bastón, que aún así les costaba mucho recorrer la calle; también de toda clase de culturas y razas que si blancos, judíos, orientales, budistas, musulmanes, de raza negra…Lo único que hacía era observar, observar el modo en el que actuaban; lo que decían entre ellos (si se acercaban bastante), incluso muchos hablaban con el móvil, levantando bastante la voz, ella no conocía ese invento y pensaba que esas personas que lo hacían estaban locas; también las expresiones de los rostros cuando veían lo que llevaba puesto. Ella lo desconocía, pero desempeñaba un papel muy importante en aquel lugar, del que no podía salir, aunque a decir verdad ya había estado anteriormente en otros lugares similares y la función siempre era la misma.
Hace poco tiempo que le acompaña un apuesto joven y gracias a su presencia, le ha hecho experimentar muchas sensaciones, que jamás podrían sospechar, que ella llegaría a sentir, los seres que habitan en el otro lado, en el mundo exterior.
Todo empezó un día que resultó ser muy temprano al haber más personas en su espacio que en la calle y eso resultaba muy extraño. Todo el revuelo que montaron, fue por poner a un chico al lado suyo, le sentaron de una manera atractiva, con postura de seducción, y con la cabeza dirigida hacia ella, eso quería decir una cosa, que la observaría únicamente y espacialmente a ella día tras día, en aquel lugar, que ahora compartirían ellos dos, solo ellos dos. Podía sentir que la observaba únicamente a ella y que la sonrisa dibujada en la cara de ese hermoso chico, era dirigida para ella eternamente. Al pensar en todo eso, enrojeció rápidamente y su expresión fría y rígida que mostraba, cambio por completo y reflejaba la de una quinceañera que cree ciegamente que ha encontrado el amor verdadero, cuyo rostro desprende felicidad, ilusión, pasión…Esa expresión, que estaba cansada de ver, cuando eran épocas de rebajas y las colegialas acudían como masas muchas de ellas con sus novios. Pero en un segundo todas estas emociones y sensaciones cambiaron repentinamente al darse cuenta, que ellos no tenían la capacidad de hablar, de comunicarse lo que sentía el uno por el otro, de moverse. Ambos estaban condenados a desearse, de ansiar el hecho de tocarse el uno al otro para siempre, ni podían tan siquiera rozarse al estar lo suficientemente alejados para llegar hacerlo, ni muchos menos de expresar su amor besándose. Todas estas prohibiciones, que no podían alcanzar, les sumaba a ambos en una profunda depresión, estaban condenados a no cumplir sus satisfacciones del uno hacia el otro, de no responder a sus necesidades del amor, solo sabían que cada uno sentía lo mismo por el otro, era un amor correspondido pero no factible, y la química que desprendía ambos, era tan fuerte, que provocaba la atracción de las personas inexplicables para ellas hacia ese lugar, y fueron muy productivos los looks que llevaban puestos, para la tiendecita que se situaba en aquella esquina de una céntrica calle de Madrid. Los dependientes y el encargado de dicha tienda dejaron indefinidamente a esos maniquís en el escaparate, que se anhelaban mutuamente y envidiaban al ser humano por tener la suerte de poseer esas cualidades, que les hacían ser seres con demasiada suerte, aunque no lo sabían utilizar o porque nunca habían estado en la situación de esos jóvenes maniquís, desconocían lo que esa pareja estaba sufriendo, o bien porque las personas eran, son y serán seres insatisfactorios que cuando alcanzan la felicidad siempre quieren más y nunca se conforman con lo conseguido.
Hace poco tiempo que le acompaña un apuesto joven y gracias a su presencia, le ha hecho experimentar muchas sensaciones, que jamás podrían sospechar, que ella llegaría a sentir, los seres que habitan en el otro lado, en el mundo exterior.
Todo empezó un día que resultó ser muy temprano al haber más personas en su espacio que en la calle y eso resultaba muy extraño. Todo el revuelo que montaron, fue por poner a un chico al lado suyo, le sentaron de una manera atractiva, con postura de seducción, y con la cabeza dirigida hacia ella, eso quería decir una cosa, que la observaría únicamente y espacialmente a ella día tras día, en aquel lugar, que ahora compartirían ellos dos, solo ellos dos. Podía sentir que la observaba únicamente a ella y que la sonrisa dibujada en la cara de ese hermoso chico, era dirigida para ella eternamente. Al pensar en todo eso, enrojeció rápidamente y su expresión fría y rígida que mostraba, cambio por completo y reflejaba la de una quinceañera que cree ciegamente que ha encontrado el amor verdadero, cuyo rostro desprende felicidad, ilusión, pasión…Esa expresión, que estaba cansada de ver, cuando eran épocas de rebajas y las colegialas acudían como masas muchas de ellas con sus novios. Pero en un segundo todas estas emociones y sensaciones cambiaron repentinamente al darse cuenta, que ellos no tenían la capacidad de hablar, de comunicarse lo que sentía el uno por el otro, de moverse. Ambos estaban condenados a desearse, de ansiar el hecho de tocarse el uno al otro para siempre, ni podían tan siquiera rozarse al estar lo suficientemente alejados para llegar hacerlo, ni muchos menos de expresar su amor besándose. Todas estas prohibiciones, que no podían alcanzar, les sumaba a ambos en una profunda depresión, estaban condenados a no cumplir sus satisfacciones del uno hacia el otro, de no responder a sus necesidades del amor, solo sabían que cada uno sentía lo mismo por el otro, era un amor correspondido pero no factible, y la química que desprendía ambos, era tan fuerte, que provocaba la atracción de las personas inexplicables para ellas hacia ese lugar, y fueron muy productivos los looks que llevaban puestos, para la tiendecita que se situaba en aquella esquina de una céntrica calle de Madrid. Los dependientes y el encargado de dicha tienda dejaron indefinidamente a esos maniquís en el escaparate, que se anhelaban mutuamente y envidiaban al ser humano por tener la suerte de poseer esas cualidades, que les hacían ser seres con demasiada suerte, aunque no lo sabían utilizar o porque nunca habían estado en la situación de esos jóvenes maniquís, desconocían lo que esa pareja estaba sufriendo, o bien porque las personas eran, son y serán seres insatisfactorios que cuando alcanzan la felicidad siempre quieren más y nunca se conforman con lo conseguido.
martes, 19 de febrero de 2008
Encierro
A medida que pasaban los días, Muñoz iba acostumbrándose a ese estrecho y solitario espacio reservado para los que incumplen las reglas del recinto. Poco a poco se habituaba a esa oscuridad, al aire impregnado de polvo y suciedad. Sabía que era un nuevo día cuando alguien abría la pesada puerta de hierro y le dejaba en el suelo una jarra de agua. Cuando eso sucedía, los rayos de luz que recibía le producían un dolor intenso en el rostro y al mismo tiempo le recordaba que estaba vivo. Cuando la puerta se cerraba, hacía una marca con una piedra en una de las paredes para no perder la noción del tiempo. Muy cerca de él, oía una respiración acelerada y fatigada, sabía que era probable que el profesor sufriera de un ataque de ansiedad. Cuando presentía un ataque cantaba canciones para distraerlo y calmarlo. Muchos eran valses y yaravíes de antaño que llenaban su mente de recuerdos instantáneos, animándole y entristeciéndole a la vez. En lugar de estar en esa celda, Muñoz pensaba que el profesor seguramente estaría impartiendo una de sus largas conferencias sobre los derechos de las comunidades indígenas de la ceja de selva. Los estudiantes lo escucharían sorprendidos y temerosos de un mundo tan lejano a ellos, el único vínculo en común era pertenecer a un mismo territorio geográfico. Muñoz sonreía al imaginar esos rostros ávidos de interés por compartir realidades tan diferentes. A veces, cuando el profesor terminaba de contarle algún tema de las conferencias, su semblante se tornaba pálido y el cuerpo le empezaba a temblar. Muñoz rezaba para que se le pasara rápido, sabía que en ese momento estaría recordando el terrible día en que los guardias irrumpieron en el aula, los gritos desenfrenados de los estudiantes aterrorizados contra las paredes, el profesor saliendo a golpes y empujones, acusándole de terrorista y llenándole de insultos. Cuando al fin se tranquilizaba, Muñoz bebía largos sorbos de agua para frenar su nerviosismo. Se quedaba dormido durante muchas horas o a veces hasta el día siguiente, hasta que los pocos rayos de luz penetraban su cara demacrada. En esos momentos Muñoz imaginaba a su esposa corriendo las cortinas, despertándole muy temprano para salir a dar largas caminatas por el campo. Unas manos dejaban la jarra de agua en el suelo y la oscuridad invadía nuevamente el espacio. Cuando volvía a sentir la respiración acelerada del profesor, Muñoz recitaba poesías, las mismas que el profesor pedía a sus alumnos. Las conocía perfectamente, tantas veces había oído aquellos versos en ese minúsculo y desolador espacio que habían quedado grabados en su mente. El profesor esbozaba una leve sonrisa y se tranquilizaba.
Los días iban pasando entre esas canciones, conferencias y poesías. La mitad de la pared contaba con cuarenta pequeñas marcas. Los siguientes rayos de luz estuvieron presentes por más tiempo.
Profesor Muñoz, ya puede volver a su pabellón – le dijo un guardia.
María Pía Rondón Carlín
Los días iban pasando entre esas canciones, conferencias y poesías. La mitad de la pared contaba con cuarenta pequeñas marcas. Los siguientes rayos de luz estuvieron presentes por más tiempo.
Profesor Muñoz, ya puede volver a su pabellón – le dijo un guardia.
María Pía Rondón Carlín
Habían llegado a la aldea dos días antes. Era el primer aniversario de la muerte de su madre. Su hermana le propuso volver a la casa familiar y hacer juntas una visita al cementerio. María se resistió al principio: enero, en Burgos, es un mes terriblemente frío; presagiaban mal tiempo; la casa llevaba seis meses deshabitada; tenía los bronquios delicados y tampoco veía la necesidad de cumplir con ese ritual. Ante su reticencia, Concha la convenció aduciendo que se lo debían a su madre. Ella no estaba de acuerdo, pensaba que no le debía nada, tenía la conciencia tranquila. Pero, como siempre, se plegó a los deseos de su hermana. A pesar de no ser creyente, había asistido a todas las misas pertinentes, por respeto a su memoria y por consideración a su padre: ambos eran muy religiosos. Consideraba que en vida había hecho todo lo posible por ella, la había cuidado con el máximo cariño y la había atendido hasta el último momento. Había sido una muerte lenta y dolorosa, pasó el último año prácticamente en cama. Lo peor era convencerla para que comiera: tenía que inventarse mil historias. No sabía si su negativa respondía a un deseo de tener a la familia en jaque, o simplemente había decidido dejarse morir. Llegó a pesar treinta kilos, no se sostenía en pie.
María se dividía entre su trabajo, su propia familia y el cuidado de su madre, al que su padre, ya octogenario, no podía atender. También se preocupaba de él, que sufría lo indecible viendo cómo se extinguía su compañera. Y, por supuesto, de su hermana, que siempre había sido una persona problemática. Que pasaba, sin solución de continuidad, de un estado de euforia sin límites a la depresión más absoluta. Que cuando tenía crisis de ansiedad, era capaz de encerrarse en casa durante meses. Que tenía unos cambios de humor impredecibles, y unos ataques de furia incontrolada que no obedecían a ninguna lógica. Por esta razón, a Concha siempre la habían dejado al margen de los problemas de la familia. La consigna era: la pobre Concha no debe verse afectada. Así que María cargó con todo el trabajo extra: organización del hogar paterno, visitas a médicos, contratación de enfermeras... De todas formas, cuando su madre murió y ambas pudieron descansar, la echó muchísimo de menos. No había una sola vez que no se pintara las uñas, que no se acordara de cuando le hacía la manicura mientras tenían alguna charla intrascendente, o recordaban anécdotas pasadas.
¡Qué distintas eran las dos hermanas! Nadie diría que fueran hijas de los mismos padres ni que hubieran recibido la misma educación. María era una mujer valiente, luchadora, generosa y alegre. Había tenido suerte en la vida, era consciente de ello y valoraba las cosas que tenía: Un compañero amable, inteligente, cómplice; con el que siempre había podido contar. Que había compartido con ella al cincuenta por ciento la educación de los hijos y las tareas del hogar y que, después de treinta años de matrimonio, todavía la sorprendía en aniversarios con algún plan secreto, organizado de antemano con esmero. Unos hijos que ya volaban solos y que, fundamentalmente, eran buenas personas. Unos amigos que nunca la habían defraudado, que la hacían sentirse querida y acompañada. Por último, un buen trabajo que le permitía una independencia económica, unos jefes que la valoraban y la reconocían, y unos compañeros de profesión que le demostraban aprecio y respeto.
Tenía un carácter fuerte. Había lidiado con toda clase de problemas a los que se había enfrentado con firme determinación. Nunca tenía repararos a la hora de cantar las cuarenta, cuando era necesario, tanto a su familia como a los clientes (muchos de ellos impresentables) de la multinacional en la que trabajaba. Pero, incomprensiblemente, se amilanaba de forma sorprendente ante su hermana. Evitaba todo tipo de enfrentamiento. Era consciente de la persona en que se había convertido: un ser déspota, amargado, caprichoso y egoísta. Tenía que soportar muchas veces enfados injustificados por la menor tontería. Llegaba a aguantar, incluso, insultos y humillaciones. Pero era incapaz de responderle como se merecía. Quizás porque interiormente sabía que, tanto sus padres como ella, habían favorecido, con su excesiva indulgencia, esa triste transformación.
Lo cierto era que la temía más que a nada y que a nadie. La hacía sentirse impotente, frustrada. Le provocaba sentimientos contradictorios. Sabía que la quería, pero si se preguntaba por qué, hace mucho tiempo que no encontraba otra respuesta que la de: porque era su hermana. En ocasiones querría zarandearla, gritarle que dejara de mirarse el ombligo y de culpar a todo el mundo de sus males. Que por una vez se hiciera responsable de su vida y dejara de depender de los demás. Por otro lado, a veces pensaba que era demasiado dura con ella y tenía remordimientos de conciencia. Siempre, de una forma u otra, acababa justificándola. Aunque en el fondo sabía que ella se lo había labrado, la verdad era que le daba pena lo sola que se encontraba: carecía de amigos, de pareja (había tenido un largo y complicado noviazgo con un amargo final). Sólo la tenía a ella.
Concha no finalizó sus estudios. Aprobó una oposición de administrativo y, después de una serie de bajas interminables, consiguió finalmente una pensión de invalidez. El no trabajar, opinaba su hermana, no la favorecía. Al no tener otras relaciones sociales, permanecía aislada en su pequeño y mezquino mundo, despotricando de todo y contra todos. María se preocupaba continuamente por ella. La llamaba por teléfono; la visitaba; la animaba a salir; la invitaba al cine, al teatro, a comer; le conseguía las citas con el rosario de psiquiatras y psicólogos que se fueron sucediendo; le recordaba la toma de los medicamentos....
Pero todo parecía inútil. Concha no sólo no se mostraba agradecida, sino que la trataba con un sordo rencor. En ocasiones, María llegaba a pensar que su hermana la odiaba. Y, la verdad, no lo entendía. Quizás, reflexionaba, la envidiaba o estaba resentida por algo que ella ignoraba. Puede que la genética tuviera algo que ver. Muchas veces quiso que hablaran de sus sentimientos más profundos. Pero, hasta ahora, no había sido capaz de dar el paso. A veces se sentía culpable, mas, ¿de qué? – se preguntaba - ¿de ser razonablemente feliz? ¿de intentar llevar una vida plena?. Esos pensamientos la entristecían terriblemente. No sabía qué hacer para que su hermana se sintiera más satisfecha ni cómo mejorar su relación. Por eso accedía siempre a sus deseos y evitaba con ella la más mínima confrontación.
El sábado, después de conducir durante tres horas en las que María, que llevaba el volante, no pudo desviar su atención de la carretera, pues la niebla dificultaba la visibilidad. Y en las que su hermana no cesó de contar toda serie de problemas reales o imaginarios que le ocurrían, un día sí y otro también, llegaron a la vieja casa a primera hora de la tarde. Como era de esperar, la encontraron helada. Mientras Concha permanecía en el coche con la calefacción puesta, esperando a que se templara la casa, María puso a funcionar la estufa de leña y el hogar de la cocina, con los troncos que guardaban a la entrada en una enorme cesta de mimbre. A continuación, subió a la pequeña parcela a las afueras del pueblo donde se guardaba la leña, por encima de las eras, y bajó con la carretilla cargada para aguantar durante todo el fin de semana. En eso, como en todo lo demás, no esperó la colaboración de su hermana.
Cuando dejaron todo en orden, se acercaron dando un paseo al pequeño cementerio, situado en un extremo de la aldea, junto a una coqueta iglesia muestra del románico rural de la zona. Al llegar a la tumba, que encontraron sin dificultad, permanecieron unos momentos en silencioso e íntimo recogimiento. Decidieron volver pronto, pensando en regresar con más calma al día siguiente, ya que empezaba a oscurecer y había bajado mucho la temperatura.
Después de elaborar una sopa de fideos con un caldo que ya traían preparado, y asar en el hogar unas verduras, se acostaron juntas para darse calor, no sin antes poner unas bolsas de agua caliente para calentar la cama, que estaba como un témpano.
En esa época del año la aldea quedaba desierta. Los pocos habitantes que aún vivían en ella eran ya ancianos y sus hijos, que habían emigrado en la década de los setenta a la ciudad, los recogían cuando finalizaba noviembre para pasar con ellos los meses crudos del invierno, devolviéndolos cual golondrinas, a su hábitat, en cuanto llegaba la primavera.
Empezó a nevar por la noche. Cuando despertaron, ya entrada la mañana, vieron que una cuarta de nieve cubría todo el campo. Un blanco reluciente pintaba los tejados, las encinas y los enebros. Pero a pesar de la prístina belleza del paisaje, lo único en lo que María pudo pensar era en el aislamiento en el que habían quedado. Imposible salir con el coche, no tenían cadenas. No había teléfono y el móvil no les servía de nada: no había cobertura. Al menos tenían víveres para aguantar todo el fin de semana. En la venta del pueblo, donde habían parado a comer, se habían abastecido de lo necesario.
Continuó nevando todo el día. La casa no acababa de calentarse. María no paraba de echar leña a la estufa. Como no podían salir, se sentaron juntas frente al hogar y se entretuvieron jugando a las cartas en la mesa camilla. Por la tarde, Concha se puso a bordar (hábito que había heredado de su madre). Se quejaba de que tenía las manos frías y se le resbalaba la aguja, pero parecía contenta. María leyó durante un rato, pero le costaba concentrarse: estaba preocupada. No podrían regresar esa tarde como habían pensado, y no había forma de avisar a su marido (que desde el principio le desaconsejó ese viaje), ni a su padre, al cual tenía que acompañar al médico el lunes por la tarde, después del trabajo. Recordó que el martes tenía una comida de empresa con unos clientes, y el jueves un viaje a Ciudad Real con un compañero. Esperaba que para entonces, si la situación se agravaba, su marido hubiera dado parte a la guardia civil y ya hubieran acudido a rescatarlas.
Temía también la reacción de Concha si se acabaran los víveres. De vez en cuando la observaba de reojo. Desde hacía algún tiempo parecía haber experimentado una ligera mejoría: estaba más tranquila. Por eso se aventuró a hacer el viaje. Se fijó en que se tomaba la situación con calma, incluso se diría que con una ingenua satisfacción. La vio animada durante todo el día y, cosa inusual, se mostró solícita y agradable:
- ¿No te parece maravilloso que estemos tú y yo solas como cuando éramos niñas? – comentaba risueña.
María disimulaba, asentía sin ninguna convicción. Por nada del mundo le quería transmitir en ese momento su inquietud.
- ¿Quieres que te prepare una infusión? ¿Te apetece que te traiga unas galletas? – preguntaba Concha con una sonrisa beatífica.
Daba la impresión de estar atravesando uno de esos periodos de optimismo injustificado. María confió en que durase, al menos hasta que pudieran regresar a Madrid. Pero algo le hacía dudar. No se fiaba de esas alegrías repentinas.
Al día siguiente amaneció nublado. Una brisa suave jugaba con la nieve. Al mediodía, el cielo quedó completamente encapotado. La brisa se fue acelerando y poco a poco se tornó en una ventisca gélida. María se armó de valor y, después de ponerse un chaquetón de plumas, unas botas fuertes que tenía para andar por el campo, unos guantes y un gorro de lana, salió a buscar más leña. Tenía el viento de cara y le costaba empujar la carretilla. La ventisca le azotaba el rostro. Notaba como se le iban acartonando las mejillas. A duras penas podía abrir los ojos y sentía las manos y las rodillas entumecidas. Cuando por fin llegó a la parcela tenía las manos congeladas y tuvo que hacer un esfuerzo ímprobo para recoger la leña, levantarla y dejarla caer en la carretilla. Se dio cuenta de que no podría volver con el carro lleno. Lo dejó a la mitad y emprendió el camino de regreso.
Mientras tanto, la tormenta se había recrudecido y desdibujaba sus huellas. Los torbellinos de nieve se movían de forma caprichosa. El viento soplaba ahora con furia. Cada vez le costaba más caminar, varias veces perdió el equilibrio. Temió caerse y volcar la carretilla. Los quinientos metros que la separaban de la aldea se le hacían eternos. Por un momento pensó que no conseguiría llegar. Se imaginó a sí misma sepultada por la nieve. Tardarían en encontrarla. Imaginó el dolor de los suyos y la angustia le produjo los primeros ahogos. Dejó la carretilla con cuidado en el suelo, intentó serenarse y, a tientas, buscó en el bolsillo el inhalador para el asma que llevaba siempre consigo. No lo encontró, recordó que lo había dejado en su habitación, dentro del bolso. Hasta entonces no lo había necesitado.
Volvió a sujetar la carretilla y, con un último esfuerzo, aterida de frío y respirando con penosa dificultad, logró recorrer el último trecho y llegar hasta la casa. Soltó el carro. Intentó abrir la puerta. Forcejeó con la manilla, pero sus manos ya no le respondían. Para entonces, los silbidos de su pecho sonaban como la máquina de una locomotora. Aterrada, golpeó la puerta con los brazos.
Cuando su hermana abrió, al cabo de un momento interminable, María se agarró a ella con desesperación, no era capaz de subir sola los dos escalones que daban a la entrada. Entró en la casa ya sin fuerzas. Le faltaba el aliento, se le agotaba el aire. No podía dar un paso mas. Con pavor en la mirada; balbuceando, con una voz apenas audible mezclada con unos pitidos espantosos, rogó:
- El inhalador... El bolso.... En la habitación...
Concha se separó de ella y la dejó apoyada contra la pared. Permaneció de pie unos instantes, impasible, dirigiéndole una sonrisa enigmática, indescifrable. Después se sentó en la vieja mecedora y, con tranquilidad, sin dejar de sonreír, volvió a tomar el bordado.
María supo entonces con certeza que moriría como un perro, y se dejó caer impotente en el suelo, esperando paciente que acabara pronto la agonía y exhalar el último suspiro.
Silvia Galván
María se dividía entre su trabajo, su propia familia y el cuidado de su madre, al que su padre, ya octogenario, no podía atender. También se preocupaba de él, que sufría lo indecible viendo cómo se extinguía su compañera. Y, por supuesto, de su hermana, que siempre había sido una persona problemática. Que pasaba, sin solución de continuidad, de un estado de euforia sin límites a la depresión más absoluta. Que cuando tenía crisis de ansiedad, era capaz de encerrarse en casa durante meses. Que tenía unos cambios de humor impredecibles, y unos ataques de furia incontrolada que no obedecían a ninguna lógica. Por esta razón, a Concha siempre la habían dejado al margen de los problemas de la familia. La consigna era: la pobre Concha no debe verse afectada. Así que María cargó con todo el trabajo extra: organización del hogar paterno, visitas a médicos, contratación de enfermeras... De todas formas, cuando su madre murió y ambas pudieron descansar, la echó muchísimo de menos. No había una sola vez que no se pintara las uñas, que no se acordara de cuando le hacía la manicura mientras tenían alguna charla intrascendente, o recordaban anécdotas pasadas.
¡Qué distintas eran las dos hermanas! Nadie diría que fueran hijas de los mismos padres ni que hubieran recibido la misma educación. María era una mujer valiente, luchadora, generosa y alegre. Había tenido suerte en la vida, era consciente de ello y valoraba las cosas que tenía: Un compañero amable, inteligente, cómplice; con el que siempre había podido contar. Que había compartido con ella al cincuenta por ciento la educación de los hijos y las tareas del hogar y que, después de treinta años de matrimonio, todavía la sorprendía en aniversarios con algún plan secreto, organizado de antemano con esmero. Unos hijos que ya volaban solos y que, fundamentalmente, eran buenas personas. Unos amigos que nunca la habían defraudado, que la hacían sentirse querida y acompañada. Por último, un buen trabajo que le permitía una independencia económica, unos jefes que la valoraban y la reconocían, y unos compañeros de profesión que le demostraban aprecio y respeto.
Tenía un carácter fuerte. Había lidiado con toda clase de problemas a los que se había enfrentado con firme determinación. Nunca tenía repararos a la hora de cantar las cuarenta, cuando era necesario, tanto a su familia como a los clientes (muchos de ellos impresentables) de la multinacional en la que trabajaba. Pero, incomprensiblemente, se amilanaba de forma sorprendente ante su hermana. Evitaba todo tipo de enfrentamiento. Era consciente de la persona en que se había convertido: un ser déspota, amargado, caprichoso y egoísta. Tenía que soportar muchas veces enfados injustificados por la menor tontería. Llegaba a aguantar, incluso, insultos y humillaciones. Pero era incapaz de responderle como se merecía. Quizás porque interiormente sabía que, tanto sus padres como ella, habían favorecido, con su excesiva indulgencia, esa triste transformación.
Lo cierto era que la temía más que a nada y que a nadie. La hacía sentirse impotente, frustrada. Le provocaba sentimientos contradictorios. Sabía que la quería, pero si se preguntaba por qué, hace mucho tiempo que no encontraba otra respuesta que la de: porque era su hermana. En ocasiones querría zarandearla, gritarle que dejara de mirarse el ombligo y de culpar a todo el mundo de sus males. Que por una vez se hiciera responsable de su vida y dejara de depender de los demás. Por otro lado, a veces pensaba que era demasiado dura con ella y tenía remordimientos de conciencia. Siempre, de una forma u otra, acababa justificándola. Aunque en el fondo sabía que ella se lo había labrado, la verdad era que le daba pena lo sola que se encontraba: carecía de amigos, de pareja (había tenido un largo y complicado noviazgo con un amargo final). Sólo la tenía a ella.
Concha no finalizó sus estudios. Aprobó una oposición de administrativo y, después de una serie de bajas interminables, consiguió finalmente una pensión de invalidez. El no trabajar, opinaba su hermana, no la favorecía. Al no tener otras relaciones sociales, permanecía aislada en su pequeño y mezquino mundo, despotricando de todo y contra todos. María se preocupaba continuamente por ella. La llamaba por teléfono; la visitaba; la animaba a salir; la invitaba al cine, al teatro, a comer; le conseguía las citas con el rosario de psiquiatras y psicólogos que se fueron sucediendo; le recordaba la toma de los medicamentos....
Pero todo parecía inútil. Concha no sólo no se mostraba agradecida, sino que la trataba con un sordo rencor. En ocasiones, María llegaba a pensar que su hermana la odiaba. Y, la verdad, no lo entendía. Quizás, reflexionaba, la envidiaba o estaba resentida por algo que ella ignoraba. Puede que la genética tuviera algo que ver. Muchas veces quiso que hablaran de sus sentimientos más profundos. Pero, hasta ahora, no había sido capaz de dar el paso. A veces se sentía culpable, mas, ¿de qué? – se preguntaba - ¿de ser razonablemente feliz? ¿de intentar llevar una vida plena?. Esos pensamientos la entristecían terriblemente. No sabía qué hacer para que su hermana se sintiera más satisfecha ni cómo mejorar su relación. Por eso accedía siempre a sus deseos y evitaba con ella la más mínima confrontación.
El sábado, después de conducir durante tres horas en las que María, que llevaba el volante, no pudo desviar su atención de la carretera, pues la niebla dificultaba la visibilidad. Y en las que su hermana no cesó de contar toda serie de problemas reales o imaginarios que le ocurrían, un día sí y otro también, llegaron a la vieja casa a primera hora de la tarde. Como era de esperar, la encontraron helada. Mientras Concha permanecía en el coche con la calefacción puesta, esperando a que se templara la casa, María puso a funcionar la estufa de leña y el hogar de la cocina, con los troncos que guardaban a la entrada en una enorme cesta de mimbre. A continuación, subió a la pequeña parcela a las afueras del pueblo donde se guardaba la leña, por encima de las eras, y bajó con la carretilla cargada para aguantar durante todo el fin de semana. En eso, como en todo lo demás, no esperó la colaboración de su hermana.
Cuando dejaron todo en orden, se acercaron dando un paseo al pequeño cementerio, situado en un extremo de la aldea, junto a una coqueta iglesia muestra del románico rural de la zona. Al llegar a la tumba, que encontraron sin dificultad, permanecieron unos momentos en silencioso e íntimo recogimiento. Decidieron volver pronto, pensando en regresar con más calma al día siguiente, ya que empezaba a oscurecer y había bajado mucho la temperatura.
Después de elaborar una sopa de fideos con un caldo que ya traían preparado, y asar en el hogar unas verduras, se acostaron juntas para darse calor, no sin antes poner unas bolsas de agua caliente para calentar la cama, que estaba como un témpano.
En esa época del año la aldea quedaba desierta. Los pocos habitantes que aún vivían en ella eran ya ancianos y sus hijos, que habían emigrado en la década de los setenta a la ciudad, los recogían cuando finalizaba noviembre para pasar con ellos los meses crudos del invierno, devolviéndolos cual golondrinas, a su hábitat, en cuanto llegaba la primavera.
Empezó a nevar por la noche. Cuando despertaron, ya entrada la mañana, vieron que una cuarta de nieve cubría todo el campo. Un blanco reluciente pintaba los tejados, las encinas y los enebros. Pero a pesar de la prístina belleza del paisaje, lo único en lo que María pudo pensar era en el aislamiento en el que habían quedado. Imposible salir con el coche, no tenían cadenas. No había teléfono y el móvil no les servía de nada: no había cobertura. Al menos tenían víveres para aguantar todo el fin de semana. En la venta del pueblo, donde habían parado a comer, se habían abastecido de lo necesario.
Continuó nevando todo el día. La casa no acababa de calentarse. María no paraba de echar leña a la estufa. Como no podían salir, se sentaron juntas frente al hogar y se entretuvieron jugando a las cartas en la mesa camilla. Por la tarde, Concha se puso a bordar (hábito que había heredado de su madre). Se quejaba de que tenía las manos frías y se le resbalaba la aguja, pero parecía contenta. María leyó durante un rato, pero le costaba concentrarse: estaba preocupada. No podrían regresar esa tarde como habían pensado, y no había forma de avisar a su marido (que desde el principio le desaconsejó ese viaje), ni a su padre, al cual tenía que acompañar al médico el lunes por la tarde, después del trabajo. Recordó que el martes tenía una comida de empresa con unos clientes, y el jueves un viaje a Ciudad Real con un compañero. Esperaba que para entonces, si la situación se agravaba, su marido hubiera dado parte a la guardia civil y ya hubieran acudido a rescatarlas.
Temía también la reacción de Concha si se acabaran los víveres. De vez en cuando la observaba de reojo. Desde hacía algún tiempo parecía haber experimentado una ligera mejoría: estaba más tranquila. Por eso se aventuró a hacer el viaje. Se fijó en que se tomaba la situación con calma, incluso se diría que con una ingenua satisfacción. La vio animada durante todo el día y, cosa inusual, se mostró solícita y agradable:
- ¿No te parece maravilloso que estemos tú y yo solas como cuando éramos niñas? – comentaba risueña.
María disimulaba, asentía sin ninguna convicción. Por nada del mundo le quería transmitir en ese momento su inquietud.
- ¿Quieres que te prepare una infusión? ¿Te apetece que te traiga unas galletas? – preguntaba Concha con una sonrisa beatífica.
Daba la impresión de estar atravesando uno de esos periodos de optimismo injustificado. María confió en que durase, al menos hasta que pudieran regresar a Madrid. Pero algo le hacía dudar. No se fiaba de esas alegrías repentinas.
Al día siguiente amaneció nublado. Una brisa suave jugaba con la nieve. Al mediodía, el cielo quedó completamente encapotado. La brisa se fue acelerando y poco a poco se tornó en una ventisca gélida. María se armó de valor y, después de ponerse un chaquetón de plumas, unas botas fuertes que tenía para andar por el campo, unos guantes y un gorro de lana, salió a buscar más leña. Tenía el viento de cara y le costaba empujar la carretilla. La ventisca le azotaba el rostro. Notaba como se le iban acartonando las mejillas. A duras penas podía abrir los ojos y sentía las manos y las rodillas entumecidas. Cuando por fin llegó a la parcela tenía las manos congeladas y tuvo que hacer un esfuerzo ímprobo para recoger la leña, levantarla y dejarla caer en la carretilla. Se dio cuenta de que no podría volver con el carro lleno. Lo dejó a la mitad y emprendió el camino de regreso.
Mientras tanto, la tormenta se había recrudecido y desdibujaba sus huellas. Los torbellinos de nieve se movían de forma caprichosa. El viento soplaba ahora con furia. Cada vez le costaba más caminar, varias veces perdió el equilibrio. Temió caerse y volcar la carretilla. Los quinientos metros que la separaban de la aldea se le hacían eternos. Por un momento pensó que no conseguiría llegar. Se imaginó a sí misma sepultada por la nieve. Tardarían en encontrarla. Imaginó el dolor de los suyos y la angustia le produjo los primeros ahogos. Dejó la carretilla con cuidado en el suelo, intentó serenarse y, a tientas, buscó en el bolsillo el inhalador para el asma que llevaba siempre consigo. No lo encontró, recordó que lo había dejado en su habitación, dentro del bolso. Hasta entonces no lo había necesitado.
Volvió a sujetar la carretilla y, con un último esfuerzo, aterida de frío y respirando con penosa dificultad, logró recorrer el último trecho y llegar hasta la casa. Soltó el carro. Intentó abrir la puerta. Forcejeó con la manilla, pero sus manos ya no le respondían. Para entonces, los silbidos de su pecho sonaban como la máquina de una locomotora. Aterrada, golpeó la puerta con los brazos.
Cuando su hermana abrió, al cabo de un momento interminable, María se agarró a ella con desesperación, no era capaz de subir sola los dos escalones que daban a la entrada. Entró en la casa ya sin fuerzas. Le faltaba el aliento, se le agotaba el aire. No podía dar un paso mas. Con pavor en la mirada; balbuceando, con una voz apenas audible mezclada con unos pitidos espantosos, rogó:
- El inhalador... El bolso.... En la habitación...
Concha se separó de ella y la dejó apoyada contra la pared. Permaneció de pie unos instantes, impasible, dirigiéndole una sonrisa enigmática, indescifrable. Después se sentó en la vieja mecedora y, con tranquilidad, sin dejar de sonreír, volvió a tomar el bordado.
María supo entonces con certeza que moriría como un perro, y se dejó caer impotente en el suelo, esperando paciente que acabara pronto la agonía y exhalar el último suspiro.
Silvia Galván
Williamswalk
(Segundo Ejercicio Beatriz Gallego)
La oscuridad las sorprendió en aquella incómoda escalera. Detuvieron todos sus movimientos mientras pensaban por qué se habían apagado las luces. Paralizadas, prestaron atención a ver si oían a alguien, no imaginaban que hubiera pasado tanto tiempo como para que no quedara nadie en la casa. Sintieron que un profundo silencio las envolvía y todo tipo de conjeturas les cruzaban por la mente. Sus voces interiores gritaban mudas en su cabeza: ¿Qué ha pasado? ¿Se han ido? ¿Quién nos sacará de aquí?
Ayer, sábado, por la mañana, después de dos amenas horas de coche atravesando el countryside, habían llegado Bette y Jodie a Williamswalk Gardens, con un sol espléndido y la perspectiva de disfrutar de unos maravillosos día de tertulias, ejercicios y contacto con la naturaleza. Las actividades del fin de semana, tras las introducciones y presentaciones, comenzaron con una sesión del seminario de filosofía; después de la opípara y vegetariana comida de bienvenida celebrada en el hall principal, las charlas se sucederían con actividades artísticas, paseos y grupos de meditación hasta la tarde del domingo. En el centro de este paraje asomaba la blanca mansión, realizada en 1713, la cual según les explicaron correspondía con la arquitectura del denominado periodo de la elegancia que derivaría en el estilo victoriano. El programa incluía dos paseos al día, uno al amanecer y otro al atardecer, por los bellos jardines y la cuidada extensión de manzanos en flor; más allá de esta propiedad las praderas verdes continuaban hasta el horizonte, donde chocaban con estilizados cúmulos de nubes bajas.
A Bette, además del ambiente y las interesantes charlas filosóficas, lo que más la sorprendió de la casa fueron los alegóricos frescos, presentes en todas las salas y que cubrían paredes, techos e incluso puertas. En conjunto son un ciclo de obras de arte sobre las enseñanzas Advaita Vedanta, de la filosofía hindú. Las pinturas eran realistas y muy simbólicas, tan cargadas de mensaje que cuando Bette escuchó la explicación de “El árbol de Samsara” se quedó totalmente fascinada por las diferentes lecturas de esa obra. Calculó que debía tener unos 8 metros de altura, el árbol estaba pintado en oro y variados tonos verdes. Curiosamente tenía las raíces hacia arriba, justo debajo de la luz de la bóveda, y las frondosas ramas estaban hacia abajo, quedando a sus pies. Mientras sus ojos recorrían su altura, el guía comenzó a contarles la historia del árbol del revés.
- Este es el árbol eterno, de cuyas ramas brotan frutas deliciosas y bellas flores, todas ellas son perfectas y conviven en armonía con los animales- dijo, haciendo una pequeña pausa - cómo podéis ver, en aquella rama descansa un exótico pájaro de muchos colores, pero ¿veis algún pájaro más en este árbol?
Y quedó en silencio, para que el grupo pudiera observar el árbol al detalle. Ninguna de nuestras amigas veía otro pájaro, un señor dijo que allí no había nada más y todos asintieron o murmuraron lo mismo.
- Fijaros bien, ¿seguro que no veis su ojo?
Les pareció increíble cómo ahora, como si siempre hubiera estado ahí, veían -con tal claridad- a través de las entrelazadas ramas doradas un gran ojo que les miraba directamente. Con el grupo asombrado, el guía terminó contando que el pájaro pequeño es nuestro cuerpo y mente, y que el gran ojo escondido es nuestra alma, el observador que todo lo ve.
Acabada la visita de los frescos, última actividad de la tarde antes de volver a casa; Jodie propuso a Bette separarse del grupo para volver a ver las vistas desde la torre, sólo sería un momento y las pareció buena idea. Así que se miraron reafirmándose y corrieron por las escaleras principales subiendo dos plantas hasta encontrar la escalera de caracol. Una vez fuera, en la terraza, observaron cómo había caído la noche y una luna enorme brillaba perfectamente redonda, iluminando lo justo para intuir el paisaje. Estuvieron fuera unos diez minutos porque las entretuvo una animada charla.
Ahora, que estaban las dos amigas paralizadas en la escalera de la mansión, la oscuridad era total. Una sensación de peligro las invadió. A Bette la imagen del árbol con el ojo, la vino a la cabeza y la infundió seguridad; desconocía lo que significaba ese aislamiento repentino pero una tranquilidad la decía que todo iba a ir bien.
La primera que rompió a hablar fue Bette.
- Me parece que nos hemos quedado encerradas. Nos hemos debido de despistar con el tiempo. Creo que han apagado las luces generales, crees que se habrán ido todos?
- Cómo? Que nos han dejado tiradas aquí? Cómo se han ido tan rápido y nosotras qué? – dijo Jodie muy angustiada.
- Como todos iban en el mismo autobús, y nosotras vinimos en coche, seguramente nadie nos ha echado de menos y se han ido. Pero no te preocupes, vamos a bajar poco a poco y buscamos a quien apagó las luces, que seguro todavía anda por aquí –y cogiendo su mano, Bette bajó el primer escalón.
Se les hacía complicado descender por unos pequeños escalones triangulares, en cada paso tocaban con la punta del pie la parte externa del escalón; sólo identificando el espacio podían apoyar todo su peso, con seguridad, y continuar con el siguiente. Así a tientas, se les hizo eterna la bajada pues eran muchos escalones. Al llegar a la segunda planta pudieron moverse sin tanta torpeza, en la sala las luces de emergencia y la luz de la luna iluminaban lo suficiente como para se sintieran más seguras. Apuraron el paso y bajaron veloces- esperando encontrar a alguien- las últimas escaleras hasta el gran portón de madera. Como si de una carrera se tratara, tocaron la puerta y la aporrearon rítmicamente, acompañando los golpes con frases como: ¡Hola! ¿Hay alguien ahí? ¡Nos hemos quedado encerradas! ¿Hola? !!!Estamos aquí!!!
Ninguna de las dos podía creer que nadie las oyera, que todos se hubieran marchado. Qué significaba esto?- pensó Bette- seguramente tendremos que pasar toda la noche aquí dentro, pero vendrá alguien a buscarnos mañana?
No las encontraron al día siguiente, ni al otro, sino que estuvieron encerradas solas en aquella mansión durante 6 días, hasta el siguiente sábado. Las dos amigas, cuando fueron liberadas felices y en perfecto estado, contaron a sus familiares y amigos que aquellos días habían sido los más felices de sus vidas. Las historias que contaban eran tan increíbles como que noche tras noche el árbol eterno se iluminaba y tomaba vida, de sus ramas brotaban las más sabrosas frutas de las que se alimentaron esos días; también relataron que interactuaban con los animales de otros frescos y cómo una cabra llegó a darlas leche que bebieron gustosamente. El hecho más inconcebible de todo lo acontecido era cómo describían Bette y Jodie la sorprendente paz que sintieron esos días, nada las turbaba y no sentían ningún miedo porque sabían que el observador, el gran ojo, estaba protegiéndolas en todo momento.
Unos amigos me contaron que los psicólogos que las trataron consideraron sus casos como un trastorno neurológico transitorio, otro amigo –psicoanalista- contempló la posibilidad de que lo vivido fueran deseos inconscientes de las dos mujeres- por mi parte- creo que Bette y Jodie vivieron un verdadero suceso mágico, en el que sus almas y sus cuerpos fueron alimentados esos días por la energía del árbol eterno y sus deliciosos frutos. Y por qué no?, así me lo contó Bette y yo me lo creo, de hecho a veces incluso sueño que me sucede.
La oscuridad las sorprendió en aquella incómoda escalera. Detuvieron todos sus movimientos mientras pensaban por qué se habían apagado las luces. Paralizadas, prestaron atención a ver si oían a alguien, no imaginaban que hubiera pasado tanto tiempo como para que no quedara nadie en la casa. Sintieron que un profundo silencio las envolvía y todo tipo de conjeturas les cruzaban por la mente. Sus voces interiores gritaban mudas en su cabeza: ¿Qué ha pasado? ¿Se han ido? ¿Quién nos sacará de aquí?
Ayer, sábado, por la mañana, después de dos amenas horas de coche atravesando el countryside, habían llegado Bette y Jodie a Williamswalk Gardens, con un sol espléndido y la perspectiva de disfrutar de unos maravillosos día de tertulias, ejercicios y contacto con la naturaleza. Las actividades del fin de semana, tras las introducciones y presentaciones, comenzaron con una sesión del seminario de filosofía; después de la opípara y vegetariana comida de bienvenida celebrada en el hall principal, las charlas se sucederían con actividades artísticas, paseos y grupos de meditación hasta la tarde del domingo. En el centro de este paraje asomaba la blanca mansión, realizada en 1713, la cual según les explicaron correspondía con la arquitectura del denominado periodo de la elegancia que derivaría en el estilo victoriano. El programa incluía dos paseos al día, uno al amanecer y otro al atardecer, por los bellos jardines y la cuidada extensión de manzanos en flor; más allá de esta propiedad las praderas verdes continuaban hasta el horizonte, donde chocaban con estilizados cúmulos de nubes bajas.
A Bette, además del ambiente y las interesantes charlas filosóficas, lo que más la sorprendió de la casa fueron los alegóricos frescos, presentes en todas las salas y que cubrían paredes, techos e incluso puertas. En conjunto son un ciclo de obras de arte sobre las enseñanzas Advaita Vedanta, de la filosofía hindú. Las pinturas eran realistas y muy simbólicas, tan cargadas de mensaje que cuando Bette escuchó la explicación de “El árbol de Samsara” se quedó totalmente fascinada por las diferentes lecturas de esa obra. Calculó que debía tener unos 8 metros de altura, el árbol estaba pintado en oro y variados tonos verdes. Curiosamente tenía las raíces hacia arriba, justo debajo de la luz de la bóveda, y las frondosas ramas estaban hacia abajo, quedando a sus pies. Mientras sus ojos recorrían su altura, el guía comenzó a contarles la historia del árbol del revés.
- Este es el árbol eterno, de cuyas ramas brotan frutas deliciosas y bellas flores, todas ellas son perfectas y conviven en armonía con los animales- dijo, haciendo una pequeña pausa - cómo podéis ver, en aquella rama descansa un exótico pájaro de muchos colores, pero ¿veis algún pájaro más en este árbol?
Y quedó en silencio, para que el grupo pudiera observar el árbol al detalle. Ninguna de nuestras amigas veía otro pájaro, un señor dijo que allí no había nada más y todos asintieron o murmuraron lo mismo.
- Fijaros bien, ¿seguro que no veis su ojo?
Les pareció increíble cómo ahora, como si siempre hubiera estado ahí, veían -con tal claridad- a través de las entrelazadas ramas doradas un gran ojo que les miraba directamente. Con el grupo asombrado, el guía terminó contando que el pájaro pequeño es nuestro cuerpo y mente, y que el gran ojo escondido es nuestra alma, el observador que todo lo ve.
Acabada la visita de los frescos, última actividad de la tarde antes de volver a casa; Jodie propuso a Bette separarse del grupo para volver a ver las vistas desde la torre, sólo sería un momento y las pareció buena idea. Así que se miraron reafirmándose y corrieron por las escaleras principales subiendo dos plantas hasta encontrar la escalera de caracol. Una vez fuera, en la terraza, observaron cómo había caído la noche y una luna enorme brillaba perfectamente redonda, iluminando lo justo para intuir el paisaje. Estuvieron fuera unos diez minutos porque las entretuvo una animada charla.
Ahora, que estaban las dos amigas paralizadas en la escalera de la mansión, la oscuridad era total. Una sensación de peligro las invadió. A Bette la imagen del árbol con el ojo, la vino a la cabeza y la infundió seguridad; desconocía lo que significaba ese aislamiento repentino pero una tranquilidad la decía que todo iba a ir bien.
La primera que rompió a hablar fue Bette.
- Me parece que nos hemos quedado encerradas. Nos hemos debido de despistar con el tiempo. Creo que han apagado las luces generales, crees que se habrán ido todos?
- Cómo? Que nos han dejado tiradas aquí? Cómo se han ido tan rápido y nosotras qué? – dijo Jodie muy angustiada.
- Como todos iban en el mismo autobús, y nosotras vinimos en coche, seguramente nadie nos ha echado de menos y se han ido. Pero no te preocupes, vamos a bajar poco a poco y buscamos a quien apagó las luces, que seguro todavía anda por aquí –y cogiendo su mano, Bette bajó el primer escalón.
Se les hacía complicado descender por unos pequeños escalones triangulares, en cada paso tocaban con la punta del pie la parte externa del escalón; sólo identificando el espacio podían apoyar todo su peso, con seguridad, y continuar con el siguiente. Así a tientas, se les hizo eterna la bajada pues eran muchos escalones. Al llegar a la segunda planta pudieron moverse sin tanta torpeza, en la sala las luces de emergencia y la luz de la luna iluminaban lo suficiente como para se sintieran más seguras. Apuraron el paso y bajaron veloces- esperando encontrar a alguien- las últimas escaleras hasta el gran portón de madera. Como si de una carrera se tratara, tocaron la puerta y la aporrearon rítmicamente, acompañando los golpes con frases como: ¡Hola! ¿Hay alguien ahí? ¡Nos hemos quedado encerradas! ¿Hola? !!!Estamos aquí!!!
Ninguna de las dos podía creer que nadie las oyera, que todos se hubieran marchado. Qué significaba esto?- pensó Bette- seguramente tendremos que pasar toda la noche aquí dentro, pero vendrá alguien a buscarnos mañana?
No las encontraron al día siguiente, ni al otro, sino que estuvieron encerradas solas en aquella mansión durante 6 días, hasta el siguiente sábado. Las dos amigas, cuando fueron liberadas felices y en perfecto estado, contaron a sus familiares y amigos que aquellos días habían sido los más felices de sus vidas. Las historias que contaban eran tan increíbles como que noche tras noche el árbol eterno se iluminaba y tomaba vida, de sus ramas brotaban las más sabrosas frutas de las que se alimentaron esos días; también relataron que interactuaban con los animales de otros frescos y cómo una cabra llegó a darlas leche que bebieron gustosamente. El hecho más inconcebible de todo lo acontecido era cómo describían Bette y Jodie la sorprendente paz que sintieron esos días, nada las turbaba y no sentían ningún miedo porque sabían que el observador, el gran ojo, estaba protegiéndolas en todo momento.
Unos amigos me contaron que los psicólogos que las trataron consideraron sus casos como un trastorno neurológico transitorio, otro amigo –psicoanalista- contempló la posibilidad de que lo vivido fueran deseos inconscientes de las dos mujeres- por mi parte- creo que Bette y Jodie vivieron un verdadero suceso mágico, en el que sus almas y sus cuerpos fueron alimentados esos días por la energía del árbol eterno y sus deliciosos frutos. Y por qué no?, así me lo contó Bette y yo me lo creo, de hecho a veces incluso sueño que me sucede.
martes, 12 de febrero de 2008
EJERCICIO DE NURIA FERRER:
Oigo muchos ruidos. No sabo muy bien que está pasando. Estoy tumbado en algo blandito, con mi osito y alrededor hay muchos palos, aunque me pueda escapar por arriba, ahora no puedo porque tengo mucho sueño. Será muy tarde, cuando los niños están muy dormidos. Voy a quejarme, para que venga alguien y se acaben esas voces, que no me han dejado terminar ese sueño, donde estaba encima de una montaña de muchos y ricos dulces. Mis chillidos y lloros, aunque son muy ruidosos, no los escuchan mis papás. Mi mamá es una chica muy joven, es lo que siempre oigo decir a mi yaya y también que no terminó de estudiar por mí y que ahora trabaja mucho. Mi yaya siempre se queja de que mi papá está en casa y no trabaja. Recordando todo esto me he tranquilizado y ahora estoy sentado en silencio, escuchando y me parecen que son mis papás los que discuten, dicen algo así:
- ¡Estoy harta de ti! (...) siempre soy la que me estoy sacrificando en todo (...). He dejado una carrera, era mi única oportunidad de ser alguien en la vida y de hacer lo que me gustaba (…).
- Yo no tengo la culpa que viviéramos una noche sin límites, también fue tu responsabilidad, tu culpa (…).
Muchas palabras no sabo lo que quieren decir, son muy raras y tampoco me acuerdo de todo lo que hablan. También dicen:
- Durante estos tres años he perdido mi beca, no me hablo con mi padre, he perdido mi vida social con la que tanto soñé y tanto me costó conseguir (…)
- No te das cuenta que solo estás hablando de ti, como si fueras lo único que te importará en la vida.
- ¡Qué! Sabes muy bien que no es así. Eres tú al que encuentro tumbado, cuando llego del trabajo cansada, sin haber limpiado la casa, sin haber hecho la cama o incluso sin haber recogido la mesa después de comer (…). Por si no te has dado cuenta la cuestión es que pienses más en mí, ya que no trabajas, ayúdame que yo no puedo con todo.
- Mira lo he estado reflexionando y me cuesta mucho llegar a esta conclusión, pero será mejor que te vayas de mi casa y que nos tomemos un buen tiempo por el bien del niño, hasta que tú encuentres un trabajo estable y que tu comportamiento corresponda al de una persona madura (…).
- ¡Qué! Y ¿quién se queda con el niño durante toda la tarde?
- Mi madre perfectamente y seguro que le aportará más cariño, más amor al niño que tú.
- (…).
Creo que están hablando de mí, lo sabo porque usan esa palabra “niño”. Enseguida la he aprendido porque es muy cortita. En el parque, cuando me lleva mi papá, las mamás de mis amiguitos no les llaman a sus hijos “niño”, sino cielín, cariño, o bien por su nombre, pero a mí siempre “niño”, no me gusta, no me divierte. Tampoco me hacen tonterías de cogerme la nariz, de hacer palmas ni se esconden su cara detrás de sus manos, diciendo cu-cu como si me lo hace mi yaya. Ella si es muy cariñosa conmigo y me da muchos besos, eso me gusta, aunque mira muy raro a mi papá. Él siempre está callado, cuando está la yaya.
Todavía siguen discutiendo:
- Te crees qué no me doy cuenta, que en cuanto me “duermo” sales con tus amigos de copas, gastándote la mitad de mi sueldo, ¿eh?
- Está bien, entonces ya no pinto nada en TU casa, será mejor que me vaya, ya que todo lo que me rodea es fruto de un error (…).
Han entrado en la habitación, mi papá está muy nervioso y está recogiendo toda su ropa, mi mamá se ha quedado en la puerta con agua en los ojos, me da mucha pena y enseguida me pongo a llorar. Mi mamá corre a cogerme y mi papá se ha parado, me mira muy fijamente, se dirige hacia mí y me dice:
- Nos volveremos a ver muy pronto, no te preocupes CARIÑO, te quiero.
Nunca me lo había dicho, aunque mi mamá tampoco me lo dice. Me abraza, pero cuando abro de nuevo los ojos no está.
- ¡Estoy harta de ti! (...) siempre soy la que me estoy sacrificando en todo (...). He dejado una carrera, era mi única oportunidad de ser alguien en la vida y de hacer lo que me gustaba (…).
- Yo no tengo la culpa que viviéramos una noche sin límites, también fue tu responsabilidad, tu culpa (…).
Muchas palabras no sabo lo que quieren decir, son muy raras y tampoco me acuerdo de todo lo que hablan. También dicen:
- Durante estos tres años he perdido mi beca, no me hablo con mi padre, he perdido mi vida social con la que tanto soñé y tanto me costó conseguir (…)
- No te das cuenta que solo estás hablando de ti, como si fueras lo único que te importará en la vida.
- ¡Qué! Sabes muy bien que no es así. Eres tú al que encuentro tumbado, cuando llego del trabajo cansada, sin haber limpiado la casa, sin haber hecho la cama o incluso sin haber recogido la mesa después de comer (…). Por si no te has dado cuenta la cuestión es que pienses más en mí, ya que no trabajas, ayúdame que yo no puedo con todo.
- Mira lo he estado reflexionando y me cuesta mucho llegar a esta conclusión, pero será mejor que te vayas de mi casa y que nos tomemos un buen tiempo por el bien del niño, hasta que tú encuentres un trabajo estable y que tu comportamiento corresponda al de una persona madura (…).
- ¡Qué! Y ¿quién se queda con el niño durante toda la tarde?
- Mi madre perfectamente y seguro que le aportará más cariño, más amor al niño que tú.
- (…).
Creo que están hablando de mí, lo sabo porque usan esa palabra “niño”. Enseguida la he aprendido porque es muy cortita. En el parque, cuando me lleva mi papá, las mamás de mis amiguitos no les llaman a sus hijos “niño”, sino cielín, cariño, o bien por su nombre, pero a mí siempre “niño”, no me gusta, no me divierte. Tampoco me hacen tonterías de cogerme la nariz, de hacer palmas ni se esconden su cara detrás de sus manos, diciendo cu-cu como si me lo hace mi yaya. Ella si es muy cariñosa conmigo y me da muchos besos, eso me gusta, aunque mira muy raro a mi papá. Él siempre está callado, cuando está la yaya.
Todavía siguen discutiendo:
- Te crees qué no me doy cuenta, que en cuanto me “duermo” sales con tus amigos de copas, gastándote la mitad de mi sueldo, ¿eh?
- Está bien, entonces ya no pinto nada en TU casa, será mejor que me vaya, ya que todo lo que me rodea es fruto de un error (…).
Han entrado en la habitación, mi papá está muy nervioso y está recogiendo toda su ropa, mi mamá se ha quedado en la puerta con agua en los ojos, me da mucha pena y enseguida me pongo a llorar. Mi mamá corre a cogerme y mi papá se ha parado, me mira muy fijamente, se dirige hacia mí y me dice:
- Nos volveremos a ver muy pronto, no te preocupes CARIÑO, te quiero.
Nunca me lo había dicho, aunque mi mamá tampoco me lo dice. Me abraza, pero cuando abro de nuevo los ojos no está.
domingo, 10 de febrero de 2008
Después de esa noche, sólo volví a ver a mi padre vivo dos veces, y en ambas, apenas tuvimos algo que decirnos. La primera fue cuando cumplí quince años. Recibí una llamada suya el día anterior diciéndome que había vuelto y que quería verme. Quedé con él a la salida del colegio, a mi madre le dije que iría a comer a casa de una compañera. El saludo resultó artificial, forzado. El hizo amago de abrazarme, pero yo se lo impedí con un: ¿Hola, cómo estás?, tan frío, que le disuadí de cualquier manifestación de cariño Me llevó a almorzar a un restaurante que quedaba a las afueras de la ciudad. La situación era tensa. Yo le miraba con desconfianza, me mantenía altiva, como si no me importara gran cosa el reencuentro. Creo que quería trasmitirle todo el despecho que sentía por tantos años de abandono. Recibí sus regalos con una estudiada indiferencia y contestaba a sus preguntas casi con monosílabos. Por mi parte, no me interesé por su vida. Sabía que vivía en el extranjero, que se había vuelto a casar y que tenía otros hijos, pero no le pregunté nada. El tampoco me contó. Creo que pensó que yo le recibiría de otra forma, que le daría facilidades, y ante mi actitud retadora, le resultó difícil congraciarse conmigo, explicar su partida siete años atrás, e intentar justificarse.
La imagen que había tenido de mi padre en mis primeros años de infancia, era por entonces muy borrosa. A fuerza de querer olvidarlo, llegué a olvidar incluso hasta su rostro. En cambio, en los primeros tiempos, cuando su marcha era aún reciente, y su ausencia me dolía de una manera insufrible, no pensaba en otra cosa que en los momentos que había pasado con él. Recordaba su olor cuando me abrazaba, cuando me sentaba al atardecer en su rodillas y me cantaba canciones antiguas, siempre las mismas, que hablaban de amigos, de parrandas, de desamor. Su voz, cuando me recitaba aquel poema inacabable, del que sólo me quedó una estrofa, y que en vano intenté recuperar mucho tiempo después. Recordaba nuestros paseos por la playa, nuestros baños en el mar, cómo me sujetaba con cuidado hasta que aprendí a desenvolverme sola en ese medio. Recordaba sus saludos vespertinos: ¿Qué tal estás princesa? ¿Cómo te fue el día?. Recordaba su risa, su desbordante alegría. Nunca le había visto enojado. Hasta aquella noche.
Esa noche aceleró el fin de mi infancia.
Debía llevar ya varias horas durmiendo cuando me despertaron unas voces; intenté volver a dormir, pero un pude, las voces no cesaban. Asustada, con un miedo nuevo y desconocido, me levanté y atravesé el pasillo descalza, aún medio dormida, hacia la habitación de mis padres. La puerta estaba entreabierta, podía verles desde afuera; estaban levantados, discutían de forma acalorada; no me atreví a entrar, tal era mi desazón y mi sorpresa; permanecí quieta, en la penumbra, mientras un estremecimiento de espanto comenzaba a recorrerme el cuerpo. Nunca había visto a mis padres enfadados, no entendía lo que estaba pasando. Era la primera vez que presenciaba una escena semejante; hasta entonces, sin ser yo consciente de ello, había vivido en un ambiente de armonía, como tal vez pocos niños habían tenido el privilegio de disfrutar. Es cierto que en los últimos días les había encontrado distantes; mi padre llegaba tarde, cuando ya habíamos cenado, y mi madre estaba más seria de lo habitual, apenas le saludaba; a mí me mandaban antes a mi habitación y no hacíamos sobremesa. Pero yo sabía que mi padre subiría a verme cuando ya estuviera acostada. Yo le esperaba como siempre, sin dormirme, y sólo cuando él entraba en el cuarto, se sentaba en mi cama y, después de contarme alguna pequeña historia, me daba un beso de buenas noches, yo entraba en un sueño feliz.
Me quedé, pues, escuchando desconcertada en el vano de la puerta, incapaz de reaccionar, de moverme, de llamar su atención; quería hablar, pero no me salían las palabras. Ellos no parecían darse cuenta de mi presencia.
Mi madre estaba en camisón, con el rostro transfigurado, nunca antes la había visto en ese estado. Le reprochaba a mi padre algo sobre otra mujer, le mostraba una camisa, se la agitaba delante de la cara.
Mi padre, que aún estaba vestido a pesar de ser ya noche cerrada, intentaba calmarla: le decía que bajara la voz, trataba de acercarse a ella, pero mi madre le rechazaba con los brazos y con todo el cuerpo.
- ¡No me toques! – le decía – ¡Nunca volverás a tocarme!.
Yo pensaba que se había vuelto loca. Recordé algunas historias que me contaban las amigas, sobre personas que de repente perdían la razón, y tenían que encerrarlas para el resto de su vida. Ese pensamiento me aterrorizó. Empecé a tener mucho frío, temblaba de una forma incontenible, y sentí que un reguero tibio resbalaba entre mis piernas. La pelea, entre tanto, se había hecho más violenta.
- ¡No volverás a ver a tu hija! – gritaba mi madre - ¿Lo has oído? ¡No volverás a verla jamás!.
- Cállate, no sabes lo que dices, cállate – le gritaba a su vez mi padre, al que se le veía muy alterado.
Y en un momento dado, le vi levantar la mano como si fuera a golpearla. Mi madre se cubrió la cara y empezó a sollozar. Era un llanto desgarrador que a mí me helaba la sangre. Mi padre congeló el brazo en el aire.
Entonces fue cuando le llamé.
- Papá – mi voz salió casi inaudible - Papá – repetí más fuerte.
Mis padres se volvieron, y al verme, mi madre corrió desconsolada a abrazarme, mientras seguía llorando de manera incontrolada. Mi padre mi miró con una tristeza infinita, tenía los ojos húmedos y brillantes.
- Princesa – musitó con un hilo de voz, impotente – mi princesa.
Luego miró a mi madre; quiso decir algo, pero debió pensarlo mejor y se quedó callado. Salió de la habitación. Empezó a bajar la escalera. Yo quise soltarme y correr detrás de él, pero mi madre me sujetaba con fuerza. Al fin, conseguí librarme de sus brazos y alcancé a mi padre cuando éste abría la puerta de la calle.
- ¡Papá! – ahora era yo la que lloraba desesperadamente - ¿Dónde vas papá? ¿Dónde vas? ¡No te vayas! ¡Llévame contigo!.
El me estrechó entre sus brazos, me besó con una ternura indecible y, después de una última mirada, se marchó.
La segunda vez que nos vimos, yo estaba finalizando mis estudios de literatura francesa en La Sorbona. El se había trasladado a París desde Viena, donde residía, para dar una serie de conferencias sobre el resurgimiento de los grupos neonazis en Europa. Asistí a una de ellas en la Universidad; sentía un vivo interés por oírle hablar y ver, cómo se desenvolvía, fuera del ambiente que habíamos compartido juntos.
A esas alturas, yo ya no conocía a mi padre; por aquel entonces se había convertido para mí en un perfecto extraño. Salvo aquel almuerzo en la adolescencia, no habíamos vuelto a tener contacto, nunca mantuvimos correspondencia. Ignoro si él siguió mis pasos; yo, por mi parte, sabía que era un sociólogo reconocido, leía sus artículos y lo que de él decía la prensa; pero eso no me acercaba más a su persona.
El aula donde dictaba mi padre la conferencia estaba llena; yo me senté al final, donde no pudiera verme. Le esperé a la salida y, en esta ocasión, fue él el que me recibió con frialdad. Parecía azorado, daba la impresión de querer desembarazarse de mí lo antes posible. Quedamos para tomar un café al día siguiente, pero no apareció. Me envió una nota, explicándome que un compromiso ineludible de última hora, le había impedido asistir a nuestra cita; que por desgracia, tenía que regresar a Viena antes de lo previsto; y me pedía que le llamara por teléfono, si viajaba a esa ciudad en alguna ocasión.
Yo no hice nunca ninguna de las dos cosas. Hasta ayer.
Mientras desayunaba, leí en el diario que había muerto, y quise asistir a su entierro.
Llegué a tiempo al velatorio. Me presenté ante su familia, sin importarme si había oído o no hablar de mí. Entré a la sala donde estaba expuesto el féretro; me acerqué, y contemplé su cadáver.
Hoy le acompañé en su último viaje al cementerio, y me despedí, a la vez que de él, de una infancia que, definitivamente, no había dejado de ser un sueño.
Silvia Galván
- No voy a quedarme aquí ni un día mas. No voy a ser cómplice de esta barbarie. ¿Quieres que pierda mi dignidad? ¿Que no me respete a mí mismo?
- Es mi padre, sabes que no puedo dejarle, no puedo.
- Tendrás que elegir, o vienes conmigo o te quedas con él. Pero no me pidas que me quede y que permanezca impasible. Yo no puedo comulgar con sus ideas. No puedo traicionar mis creencias, mis principios.
- Qué creencias, qué principios. No tuviste tantos escrúpulos a la hora de casarte conmigo, y hasta ahora, que yo sepa, has vivido muy bien mirando para otro lado, ¿por qué no puedes seguir haciéndolo?. ¿Tanto te cuesta?. Dime, ¿tanto te cuesta?
- Y tú me lo preguntas? Cómo quieres que mire a la cara a nuestra hija después de ésto si me quedo aquí como si no pasara nada. Tienes que decidirte. El ya no te necesita, de hecho, no necesita a nadie, se basta él solito.
La imagen que había tenido de mi padre en mis primeros años de infancia, era por entonces muy borrosa. A fuerza de querer olvidarlo, llegué a olvidar incluso hasta su rostro. En cambio, en los primeros tiempos, cuando su marcha era aún reciente, y su ausencia me dolía de una manera insufrible, no pensaba en otra cosa que en los momentos que había pasado con él. Recordaba su olor cuando me abrazaba, cuando me sentaba al atardecer en su rodillas y me cantaba canciones antiguas, siempre las mismas, que hablaban de amigos, de parrandas, de desamor. Su voz, cuando me recitaba aquel poema inacabable, del que sólo me quedó una estrofa, y que en vano intenté recuperar mucho tiempo después. Recordaba nuestros paseos por la playa, nuestros baños en el mar, cómo me sujetaba con cuidado hasta que aprendí a desenvolverme sola en ese medio. Recordaba sus saludos vespertinos: ¿Qué tal estás princesa? ¿Cómo te fue el día?. Recordaba su risa, su desbordante alegría. Nunca le había visto enojado. Hasta aquella noche.
Esa noche aceleró el fin de mi infancia.
Debía llevar ya varias horas durmiendo cuando me despertaron unas voces; intenté volver a dormir, pero un pude, las voces no cesaban. Asustada, con un miedo nuevo y desconocido, me levanté y atravesé el pasillo descalza, aún medio dormida, hacia la habitación de mis padres. La puerta estaba entreabierta, podía verles desde afuera; estaban levantados, discutían de forma acalorada; no me atreví a entrar, tal era mi desazón y mi sorpresa; permanecí quieta, en la penumbra, mientras un estremecimiento de espanto comenzaba a recorrerme el cuerpo. Nunca había visto a mis padres enfadados, no entendía lo que estaba pasando. Era la primera vez que presenciaba una escena semejante; hasta entonces, sin ser yo consciente de ello, había vivido en un ambiente de armonía, como tal vez pocos niños habían tenido el privilegio de disfrutar. Es cierto que en los últimos días les había encontrado distantes; mi padre llegaba tarde, cuando ya habíamos cenado, y mi madre estaba más seria de lo habitual, apenas le saludaba; a mí me mandaban antes a mi habitación y no hacíamos sobremesa. Pero yo sabía que mi padre subiría a verme cuando ya estuviera acostada. Yo le esperaba como siempre, sin dormirme, y sólo cuando él entraba en el cuarto, se sentaba en mi cama y, después de contarme alguna pequeña historia, me daba un beso de buenas noches, yo entraba en un sueño feliz.
Me quedé, pues, escuchando desconcertada en el vano de la puerta, incapaz de reaccionar, de moverme, de llamar su atención; quería hablar, pero no me salían las palabras. Ellos no parecían darse cuenta de mi presencia.
Mi madre estaba en camisón, con el rostro transfigurado, nunca antes la había visto en ese estado. Le reprochaba a mi padre algo sobre otra mujer, le mostraba una camisa, se la agitaba delante de la cara.
Mi padre, que aún estaba vestido a pesar de ser ya noche cerrada, intentaba calmarla: le decía que bajara la voz, trataba de acercarse a ella, pero mi madre le rechazaba con los brazos y con todo el cuerpo.
- ¡No me toques! – le decía – ¡Nunca volverás a tocarme!.
Yo pensaba que se había vuelto loca. Recordé algunas historias que me contaban las amigas, sobre personas que de repente perdían la razón, y tenían que encerrarlas para el resto de su vida. Ese pensamiento me aterrorizó. Empecé a tener mucho frío, temblaba de una forma incontenible, y sentí que un reguero tibio resbalaba entre mis piernas. La pelea, entre tanto, se había hecho más violenta.
- ¡No volverás a ver a tu hija! – gritaba mi madre - ¿Lo has oído? ¡No volverás a verla jamás!.
- Cállate, no sabes lo que dices, cállate – le gritaba a su vez mi padre, al que se le veía muy alterado.
Y en un momento dado, le vi levantar la mano como si fuera a golpearla. Mi madre se cubrió la cara y empezó a sollozar. Era un llanto desgarrador que a mí me helaba la sangre. Mi padre congeló el brazo en el aire.
Entonces fue cuando le llamé.
- Papá – mi voz salió casi inaudible - Papá – repetí más fuerte.
Mis padres se volvieron, y al verme, mi madre corrió desconsolada a abrazarme, mientras seguía llorando de manera incontrolada. Mi padre mi miró con una tristeza infinita, tenía los ojos húmedos y brillantes.
- Princesa – musitó con un hilo de voz, impotente – mi princesa.
Luego miró a mi madre; quiso decir algo, pero debió pensarlo mejor y se quedó callado. Salió de la habitación. Empezó a bajar la escalera. Yo quise soltarme y correr detrás de él, pero mi madre me sujetaba con fuerza. Al fin, conseguí librarme de sus brazos y alcancé a mi padre cuando éste abría la puerta de la calle.
- ¡Papá! – ahora era yo la que lloraba desesperadamente - ¿Dónde vas papá? ¿Dónde vas? ¡No te vayas! ¡Llévame contigo!.
El me estrechó entre sus brazos, me besó con una ternura indecible y, después de una última mirada, se marchó.
La segunda vez que nos vimos, yo estaba finalizando mis estudios de literatura francesa en La Sorbona. El se había trasladado a París desde Viena, donde residía, para dar una serie de conferencias sobre el resurgimiento de los grupos neonazis en Europa. Asistí a una de ellas en la Universidad; sentía un vivo interés por oírle hablar y ver, cómo se desenvolvía, fuera del ambiente que habíamos compartido juntos.
A esas alturas, yo ya no conocía a mi padre; por aquel entonces se había convertido para mí en un perfecto extraño. Salvo aquel almuerzo en la adolescencia, no habíamos vuelto a tener contacto, nunca mantuvimos correspondencia. Ignoro si él siguió mis pasos; yo, por mi parte, sabía que era un sociólogo reconocido, leía sus artículos y lo que de él decía la prensa; pero eso no me acercaba más a su persona.
El aula donde dictaba mi padre la conferencia estaba llena; yo me senté al final, donde no pudiera verme. Le esperé a la salida y, en esta ocasión, fue él el que me recibió con frialdad. Parecía azorado, daba la impresión de querer desembarazarse de mí lo antes posible. Quedamos para tomar un café al día siguiente, pero no apareció. Me envió una nota, explicándome que un compromiso ineludible de última hora, le había impedido asistir a nuestra cita; que por desgracia, tenía que regresar a Viena antes de lo previsto; y me pedía que le llamara por teléfono, si viajaba a esa ciudad en alguna ocasión.
Yo no hice nunca ninguna de las dos cosas. Hasta ayer.
Mientras desayunaba, leí en el diario que había muerto, y quise asistir a su entierro.
Llegué a tiempo al velatorio. Me presenté ante su familia, sin importarme si había oído o no hablar de mí. Entré a la sala donde estaba expuesto el féretro; me acerqué, y contemplé su cadáver.
Hoy le acompañé en su último viaje al cementerio, y me despedí, a la vez que de él, de una infancia que, definitivamente, no había dejado de ser un sueño.
Silvia Galván
- No voy a quedarme aquí ni un día mas. No voy a ser cómplice de esta barbarie. ¿Quieres que pierda mi dignidad? ¿Que no me respete a mí mismo?
- Es mi padre, sabes que no puedo dejarle, no puedo.
- Tendrás que elegir, o vienes conmigo o te quedas con él. Pero no me pidas que me quede y que permanezca impasible. Yo no puedo comulgar con sus ideas. No puedo traicionar mis creencias, mis principios.
- Qué creencias, qué principios. No tuviste tantos escrúpulos a la hora de casarte conmigo, y hasta ahora, que yo sepa, has vivido muy bien mirando para otro lado, ¿por qué no puedes seguir haciéndolo?. ¿Tanto te cuesta?. Dime, ¿tanto te cuesta?
- Y tú me lo preguntas? Cómo quieres que mire a la cara a nuestra hija después de ésto si me quedo aquí como si no pasara nada. Tienes que decidirte. El ya no te necesita, de hecho, no necesita a nadie, se basta él solito.
Paralelo - María Pía Rondón Carlín
Después de unos largos días de silencio, en los que me convertí casi en un mendigo recibiendo algún gesto amistoso, algún resto de una sonrisa, una mirada de reojo, una mínima muestra de consideración y afabilidad, decidí que la incertidumbre no era lo mío: uno está junto a una persona o no está. A pesar de que hasta el final sentí que mirábamos hacia una misma dirección y no tan sólo el uno al otro, llegó el día en que el camino se partió en dos. Por mí no se hubiera dividido, pero ella ofrecía tan poca consistencia, tanta falta de conciliación, que lo lamento más por ella que por mí.
Mientras oía su discurso adolescente, comprendí que a mi lado tenía que acompañarme alguien con más fortaleza, coherencia, alguien que estuviera mejor preparado para andar de a dos, a cada lado y no uno detrás de otro. Aún con esa repentina pero tan clara convicción, estuve dispuesto a perdonar y a mirar hacia adelante. Pero me soltaron la mano o, más bien, pasé a ser el primero y único en la fila. Reuní algo de ropa, mi cuaderno de anotaciones, mi computadora, un par de libros y salí. En el umbral de la puerta sentí un frío intenso, la humedad tropezando con mis piernas, subiendo por mi cuerpo hasta inhalarla.
Miré hacia atrás, la hermosa fachada, las macetas colgando en los balcones, esperando a que las flores despertaran un día, las cortinas de tela recién compradas, las puertas de madera, la enredadera que ya estaba por llegar hasta la habitación del niño. Allí estaba, apoyado en la ventana, sus manos sostenían dos cojines tapando sus oídos, el rostro desconcertado y triste. No podía subir a consolarlo, quise alegrarlo haciéndole alguna gracia, mi cara se transfiguró en una repetición de muecas hasta degenerar en una serie de tics sin recibir ningún gesto de sorpresa, el menor asombro. Recordé que mi padre había conseguido que yo me despida de él. Imaginé su pequeño brazo alzándose, haciéndome un adiós con la mano...pero era la mía despidiéndose de mi padre.
Pasé mi infancia en una pequeña casa dentro de una quinta, mi padre había sido uno de los ganadores del sorteo de viviendas que había organizado el gobierno de turno. Había esperado el resultado casi con desesperación, no veía la hora en que dejaría de oír los reproches de mi abuela. Cuánto se arrepentía de haber recibido su ayuda...Pero en ese entonces yo sólo contaba con 9 meses de nacido y era el único motivo por quien mi padre soportaría el temporal. Sin embargo, mis recuerdos comienzan en esa encantadora quinta de la calle Colón, donde respirábamos a todas horas la brisa de mar, donde celebramos mi cuarto cumpleaños unos días después de instalarnos. Mi padre organizó una fiesta, invitó a todos los vecinos, preparó una parrillada y así fuimos conociéndonos todos. Así fue como conocimos al banquero, nuestro vecino más cercano. Vivía solo y era cajero en una de las sucursales del Banco de la Nación. Mi padre le decía que era una ironía eso de trabajar a diario con el dinero de los demás entre las manos y nunca ser tuyo. Se reunían algunos viernes a jugar a los dardos o al sapo, hacían apuestas con otros vecinos, a veces se reunían los dos a tomarse unos piscos y conversar. Empezaron a hacerse amigos. Por esos años mi padre viajaba mucho, lo enviaban a supervisar el trabajo de los mineros en Ayacucho y Huánuco. Un viernes llamó a avisar a mi madre que no podía volver a casa, los mineros se habían adueñado de las carreteras protestando por los despidos de las nuevas empresas chilenas. Habían bloqueado los caminos, los buses eran obligados a detenerse y se llenaban de asaltantes o policías, uno no podía distinguir entre ellos, era mejor esperar a que disminuya la revuelta. Mi madre se quejó de que se había terminado el gas, dijo que nos quedaríamos en casa de mi abuela hasta que mi padre volviera, si él no podía hacerse cargo de mi alimentación, entonces la abuela lo haría. Mi padre se opuso, suficientes favores había recibido ya de su suegra. Llamó al banquero y le pidió unos cuantos soles para la comida, él se lo devolvería apenas cobre su sueldo. En menos de media hora el banquero tocaba la puerta de mi casa. No dejó dinero a mi madre, en cambio nos llevó a comer a la pollería de Pardo. Entre cada bocado veía la repartición de sonrisas y agradecimiento de mi madre hacia el banquero. Yo masticaba cada vez con más fuerza, cuando él se mostraba dispuesto a servirle en todo. Ese fin de semana conocí la marisquería de Alcanfores, el chifa de San Martín, la trattoría de Porta...mis dientes parecían morder metales, tragaba pedazos de fuego y bebía sorbos de un sudor amargo.
Llegó el lunes y mi padre no había regresado. Me preparé para ir al colegio, mi madre parecía no haberse levantado pues a esas horas ya andaba en la cocina o se le oía en el patio planchando mi uniforme. Me puse la camisa del viernes y salí. Estaba tan enojado que me fui sin despedirme siquiera de ella. Al llegar a la puerta del colegio decidí cambiar de rumbo. Me dediqué a pasear por el malecón, me quedé observando a la gente haciendo parapente en el parque cerca del puente Villena. Tenía tantas ganas de lanzarme con ellos, dar un salto y en seguida estar volando sobre el mar, arrojar mi rabia en forma de piedras que se hundirían en esa inmensidad.
Volví a casa por la tarde, en la entrada de la quinta me crucé con el banquero, me dijo que en la noche conoceríamos la pastelería de Armendáriz. Seguí caminando, en una de las ventanas de mi casa vi a mi padre andando de un lado para otro, levantaba los brazos, se cogía la cabeza, se quedaba de pie unos segundos. Mis piernas dejaron de moverse cuando lo vi salir de mi casa con una maleta. Me miró fijamente, se acercó a darme un beso, su cara estaba muy cerca de la mía, veía como sus ojos se agrandaban, su boca se deformaba, sacaba la lengua una y otra vez, me sonreía. Se acercó a la entrada y se volvió a mirarme, yo me despedí de él haciéndole adiós con una mano, no sabía adónde viajaría esta vez.
Ahora me encontraba yo esperando ese adiós de mi hijo, debajo de la enredadera que plantamos juntos en la fachada de la casa.
Mientras oía su discurso adolescente, comprendí que a mi lado tenía que acompañarme alguien con más fortaleza, coherencia, alguien que estuviera mejor preparado para andar de a dos, a cada lado y no uno detrás de otro. Aún con esa repentina pero tan clara convicción, estuve dispuesto a perdonar y a mirar hacia adelante. Pero me soltaron la mano o, más bien, pasé a ser el primero y único en la fila. Reuní algo de ropa, mi cuaderno de anotaciones, mi computadora, un par de libros y salí. En el umbral de la puerta sentí un frío intenso, la humedad tropezando con mis piernas, subiendo por mi cuerpo hasta inhalarla.
Miré hacia atrás, la hermosa fachada, las macetas colgando en los balcones, esperando a que las flores despertaran un día, las cortinas de tela recién compradas, las puertas de madera, la enredadera que ya estaba por llegar hasta la habitación del niño. Allí estaba, apoyado en la ventana, sus manos sostenían dos cojines tapando sus oídos, el rostro desconcertado y triste. No podía subir a consolarlo, quise alegrarlo haciéndole alguna gracia, mi cara se transfiguró en una repetición de muecas hasta degenerar en una serie de tics sin recibir ningún gesto de sorpresa, el menor asombro. Recordé que mi padre había conseguido que yo me despida de él. Imaginé su pequeño brazo alzándose, haciéndome un adiós con la mano...pero era la mía despidiéndose de mi padre.
Pasé mi infancia en una pequeña casa dentro de una quinta, mi padre había sido uno de los ganadores del sorteo de viviendas que había organizado el gobierno de turno. Había esperado el resultado casi con desesperación, no veía la hora en que dejaría de oír los reproches de mi abuela. Cuánto se arrepentía de haber recibido su ayuda...Pero en ese entonces yo sólo contaba con 9 meses de nacido y era el único motivo por quien mi padre soportaría el temporal. Sin embargo, mis recuerdos comienzan en esa encantadora quinta de la calle Colón, donde respirábamos a todas horas la brisa de mar, donde celebramos mi cuarto cumpleaños unos días después de instalarnos. Mi padre organizó una fiesta, invitó a todos los vecinos, preparó una parrillada y así fuimos conociéndonos todos. Así fue como conocimos al banquero, nuestro vecino más cercano. Vivía solo y era cajero en una de las sucursales del Banco de la Nación. Mi padre le decía que era una ironía eso de trabajar a diario con el dinero de los demás entre las manos y nunca ser tuyo. Se reunían algunos viernes a jugar a los dardos o al sapo, hacían apuestas con otros vecinos, a veces se reunían los dos a tomarse unos piscos y conversar. Empezaron a hacerse amigos. Por esos años mi padre viajaba mucho, lo enviaban a supervisar el trabajo de los mineros en Ayacucho y Huánuco. Un viernes llamó a avisar a mi madre que no podía volver a casa, los mineros se habían adueñado de las carreteras protestando por los despidos de las nuevas empresas chilenas. Habían bloqueado los caminos, los buses eran obligados a detenerse y se llenaban de asaltantes o policías, uno no podía distinguir entre ellos, era mejor esperar a que disminuya la revuelta. Mi madre se quejó de que se había terminado el gas, dijo que nos quedaríamos en casa de mi abuela hasta que mi padre volviera, si él no podía hacerse cargo de mi alimentación, entonces la abuela lo haría. Mi padre se opuso, suficientes favores había recibido ya de su suegra. Llamó al banquero y le pidió unos cuantos soles para la comida, él se lo devolvería apenas cobre su sueldo. En menos de media hora el banquero tocaba la puerta de mi casa. No dejó dinero a mi madre, en cambio nos llevó a comer a la pollería de Pardo. Entre cada bocado veía la repartición de sonrisas y agradecimiento de mi madre hacia el banquero. Yo masticaba cada vez con más fuerza, cuando él se mostraba dispuesto a servirle en todo. Ese fin de semana conocí la marisquería de Alcanfores, el chifa de San Martín, la trattoría de Porta...mis dientes parecían morder metales, tragaba pedazos de fuego y bebía sorbos de un sudor amargo.
Llegó el lunes y mi padre no había regresado. Me preparé para ir al colegio, mi madre parecía no haberse levantado pues a esas horas ya andaba en la cocina o se le oía en el patio planchando mi uniforme. Me puse la camisa del viernes y salí. Estaba tan enojado que me fui sin despedirme siquiera de ella. Al llegar a la puerta del colegio decidí cambiar de rumbo. Me dediqué a pasear por el malecón, me quedé observando a la gente haciendo parapente en el parque cerca del puente Villena. Tenía tantas ganas de lanzarme con ellos, dar un salto y en seguida estar volando sobre el mar, arrojar mi rabia en forma de piedras que se hundirían en esa inmensidad.
Volví a casa por la tarde, en la entrada de la quinta me crucé con el banquero, me dijo que en la noche conoceríamos la pastelería de Armendáriz. Seguí caminando, en una de las ventanas de mi casa vi a mi padre andando de un lado para otro, levantaba los brazos, se cogía la cabeza, se quedaba de pie unos segundos. Mis piernas dejaron de moverse cuando lo vi salir de mi casa con una maleta. Me miró fijamente, se acercó a darme un beso, su cara estaba muy cerca de la mía, veía como sus ojos se agrandaban, su boca se deformaba, sacaba la lengua una y otra vez, me sonreía. Se acercó a la entrada y se volvió a mirarme, yo me despedí de él haciéndole adiós con una mano, no sabía adónde viajaría esta vez.
Ahora me encontraba yo esperando ese adiós de mi hijo, debajo de la enredadera que plantamos juntos en la fachada de la casa.
martes, 5 de febrero de 2008
Mi motivo para quedarme (Beatriz Gallego)
Soy una rara excepción entre los míos, pues no me he terminado de acostumbrar al frío que tengo cuando paseo. Y no es un frío que sienta porque haga mal tiempo, es algo que siento dentro de mí. Tiene que ver con que no me acostumbro a que todo lo que pise sea duro y que todo lo que vea sea artificial, no esté vivo. Casi nunca veo el horizonte y su amaneceres y atardeceres. La luz sale o se esconde entre grandes bloques de algo como el suelo, como las escaleras, las paredes o las aceras. Esa cosa, casi siempre gris, que lo cubre todo.
Para mí es todo lo mismo, como una gran parque de juegos creado por el ser humano. Puedes subir, bajar, correr, comer, parar, pero no puedes escapar. Cuando salgo al exterior, lo que más me gusta es ir al parque y ver a mis amigos, y alguna amiga con la que me llevo bien. El parque es un pedacito de naturaleza en el que me siento vivo. A veces pienso que me gustaría estar siempre allí, oliendo la hierba mojada y oyendo las hojas caer. Me gusta embarrarme con la tierra al andar sobre ella, ver qué blanda es y cómo mis huellas quedan ella. No me importa si llueve o hace mucho calor, allí siempre encuentro mi lugar. Muchas veces sueño con ser libre, con no encontrarme atado –en muchos sentidos- como suelo estarlo. Tengo mis motivos para quedarme, pero siempre hay algún día que se hace difícil, algún momento de soledad mal llevado que me hace dudar.
Hoy me he despertado con una muy buena disposición a que otra gélida mañana no me hiele el ánimo. Con la valentía que otorga el calor de mi casa correteo escaleras abajo, contento y feliz. Salgo a la calle y me abro paso entre las madrugadoras personas que se precipitan a sus trabajos. Casi todos y todas me resultan impersonales, con esa actitud tan altiva me resultan casi extraterrestres. Sólo hay algunas personas que sí me tienen estima y que cuando paso a su lado me saludan y se toman su tiempo en mostrar cariño hacia mí. Esas personas son las únicas que suelen ponerse a mi altura cuando están conmigo y así podemos llevar una relación más sincera, más de tú a tú.
Por las mañanas doy un paseo corto antes de comenzar mi duro trabajo. Mi trabajo, básicamente como el de muchos, consiste en agradar a mi jefe y esperar a que mi trabajo se reconozca. Muchos amigos se quejan de su jefe, de sus pésimos horarios, de cómo siempre les hace esperar cuando necesitan verle y de cómo no tiene en cuenta su trabajo. Reconozco que en ese aspecto soy muy afortunado, creo que mi jefe me comprende perfectamente. Entiende cuál es mi naturaleza, obra lo más acorde posible a mis necesidades y veo como acepta la responsabilidad que contrajo al tenerme a su cargo. Él sabe que esperarle se hace muy largo. Realmente nos tenemos mucha estima y es por eso que le soy fiel.
Ahora, es por la tarde, he salido a dar el paseo largo del día y después de unas cuantas calles según giro la esquina, me encuentro ya hipnotizado por este verde parque. Entrando por la vieja puerta de hierro, una brisa me recorre. Aquí se respira diferente, fuera en la calle los coches, los edificios y la gente impiden que corra el aire y una mezcla rancia de olores Algunos de mis amigos vienen desde lejos y generalmente no les veo mucho. Hoy es un día especial porque hace muy bueno, muchos han salido a pasear y me los voy encontrando por el camino. Mira aquí viene este, bueno, le veo mejor, ya anda casi bien. Es un amigo de un amigo y nos conocemos poco, pero nos caemos bastante bien. Nos saludamos y me cuenta que se encuentra más recuperado del accidente que tuvo. Le digo que me alegro y que le veo muy bien, sobretodo de ánimo, pues es importante mantenerse fuerte, así los malos momentos pasan más rápido. Creo que agradece escuchar mis palabras y quedamos en vernos estos días por el parque.
Esta parte del parque me fascina. Artificialmente generaron una montaña, es pequeña pero es tranquila y tiene muy buenas vistas. En cuanto comienza la cuesta me animo sólo de pensar que puedan estar mis amigos. Arriba hay una bonita explanada de hierba con unos bancos de madera y ese es nuestro sitio favorito. La subida es leve pues el camino serpentea rodeando la montaña. Cuando llego a la cima, antes de adentrarme en la hierba, me giro y dejo que el sol me bañe; aquí su luz no la tapan los edificios, es directa y fuerte. Permanezco un rato quieto, dejándome acariciar por su calor. Después de un rato, retomo el paso muy lentamente y me acerco al grupo de mis amigos.
Somos cuatro, es casi un record, estamos animados y no paramos de contarnos cosas. Mucho cotilleo y palabrería, parece que hoy no están para temas muy profundos. Estando con los amigos pienso que a casi todos se les ha apaciguado el sentido aventurero. Es decir, ese gusto por la aventura de la vida, la aventura de aprender, de sentirnos libre incluso cuando no lo estamos. Mi madre era una gran aventurera, de campo, donde yo nací. Ella era valiente y fuerte, trabajaba muy duro porque era pastora y siempre recuerdo cómo acababa cada noche exhausta pero feliz, muy feliz, pues le gustaba mucho lo que hacía. Aquel lugar lo recuerdo como un paraíso de colores, predominaba el verde, por supuesto, pero había una gran gama de otros en plantas, flores y pequeños seres vivos. Soy consciente de cómo he perdido aquí el instinto de la aventura, pero creo que no tanto como ellos. También es cierto que muchos de ellos no han conocido otro lugar, pienso mientras vuelvo a paso ligero a casa. Creo que nuestras raíces verdaderas están en lo más profundo de nuestro ser, yo ayudo a que crezcan en mi interior sabiendo que esas raíces pueden ser el árbol que yo quiera.
Mis raíces están ahora aquí, al lado de mi jefe, la persona que me cuida desde que me separaron de mi madre hace ya unos años. Él es bastante bueno conmigo, expresa su amor por mí en cada ocasión y siento que nuestra relación va más allá de la típica entre amo y perro. Si nuestra relación fuera un árbol tendría raíces fuertes y sanas porque nos queremos, nos respetamos y nos necesitamos. Este es mi motivo para quedarme, el motivo por el que voy atado pero me siento libre de estar a su lado.
Para mí es todo lo mismo, como una gran parque de juegos creado por el ser humano. Puedes subir, bajar, correr, comer, parar, pero no puedes escapar. Cuando salgo al exterior, lo que más me gusta es ir al parque y ver a mis amigos, y alguna amiga con la que me llevo bien. El parque es un pedacito de naturaleza en el que me siento vivo. A veces pienso que me gustaría estar siempre allí, oliendo la hierba mojada y oyendo las hojas caer. Me gusta embarrarme con la tierra al andar sobre ella, ver qué blanda es y cómo mis huellas quedan ella. No me importa si llueve o hace mucho calor, allí siempre encuentro mi lugar. Muchas veces sueño con ser libre, con no encontrarme atado –en muchos sentidos- como suelo estarlo. Tengo mis motivos para quedarme, pero siempre hay algún día que se hace difícil, algún momento de soledad mal llevado que me hace dudar.
Hoy me he despertado con una muy buena disposición a que otra gélida mañana no me hiele el ánimo. Con la valentía que otorga el calor de mi casa correteo escaleras abajo, contento y feliz. Salgo a la calle y me abro paso entre las madrugadoras personas que se precipitan a sus trabajos. Casi todos y todas me resultan impersonales, con esa actitud tan altiva me resultan casi extraterrestres. Sólo hay algunas personas que sí me tienen estima y que cuando paso a su lado me saludan y se toman su tiempo en mostrar cariño hacia mí. Esas personas son las únicas que suelen ponerse a mi altura cuando están conmigo y así podemos llevar una relación más sincera, más de tú a tú.
Por las mañanas doy un paseo corto antes de comenzar mi duro trabajo. Mi trabajo, básicamente como el de muchos, consiste en agradar a mi jefe y esperar a que mi trabajo se reconozca. Muchos amigos se quejan de su jefe, de sus pésimos horarios, de cómo siempre les hace esperar cuando necesitan verle y de cómo no tiene en cuenta su trabajo. Reconozco que en ese aspecto soy muy afortunado, creo que mi jefe me comprende perfectamente. Entiende cuál es mi naturaleza, obra lo más acorde posible a mis necesidades y veo como acepta la responsabilidad que contrajo al tenerme a su cargo. Él sabe que esperarle se hace muy largo. Realmente nos tenemos mucha estima y es por eso que le soy fiel.
Ahora, es por la tarde, he salido a dar el paseo largo del día y después de unas cuantas calles según giro la esquina, me encuentro ya hipnotizado por este verde parque. Entrando por la vieja puerta de hierro, una brisa me recorre. Aquí se respira diferente, fuera en la calle los coches, los edificios y la gente impiden que corra el aire y una mezcla rancia de olores Algunos de mis amigos vienen desde lejos y generalmente no les veo mucho. Hoy es un día especial porque hace muy bueno, muchos han salido a pasear y me los voy encontrando por el camino. Mira aquí viene este, bueno, le veo mejor, ya anda casi bien. Es un amigo de un amigo y nos conocemos poco, pero nos caemos bastante bien. Nos saludamos y me cuenta que se encuentra más recuperado del accidente que tuvo. Le digo que me alegro y que le veo muy bien, sobretodo de ánimo, pues es importante mantenerse fuerte, así los malos momentos pasan más rápido. Creo que agradece escuchar mis palabras y quedamos en vernos estos días por el parque.
Esta parte del parque me fascina. Artificialmente generaron una montaña, es pequeña pero es tranquila y tiene muy buenas vistas. En cuanto comienza la cuesta me animo sólo de pensar que puedan estar mis amigos. Arriba hay una bonita explanada de hierba con unos bancos de madera y ese es nuestro sitio favorito. La subida es leve pues el camino serpentea rodeando la montaña. Cuando llego a la cima, antes de adentrarme en la hierba, me giro y dejo que el sol me bañe; aquí su luz no la tapan los edificios, es directa y fuerte. Permanezco un rato quieto, dejándome acariciar por su calor. Después de un rato, retomo el paso muy lentamente y me acerco al grupo de mis amigos.
Somos cuatro, es casi un record, estamos animados y no paramos de contarnos cosas. Mucho cotilleo y palabrería, parece que hoy no están para temas muy profundos. Estando con los amigos pienso que a casi todos se les ha apaciguado el sentido aventurero. Es decir, ese gusto por la aventura de la vida, la aventura de aprender, de sentirnos libre incluso cuando no lo estamos. Mi madre era una gran aventurera, de campo, donde yo nací. Ella era valiente y fuerte, trabajaba muy duro porque era pastora y siempre recuerdo cómo acababa cada noche exhausta pero feliz, muy feliz, pues le gustaba mucho lo que hacía. Aquel lugar lo recuerdo como un paraíso de colores, predominaba el verde, por supuesto, pero había una gran gama de otros en plantas, flores y pequeños seres vivos. Soy consciente de cómo he perdido aquí el instinto de la aventura, pero creo que no tanto como ellos. También es cierto que muchos de ellos no han conocido otro lugar, pienso mientras vuelvo a paso ligero a casa. Creo que nuestras raíces verdaderas están en lo más profundo de nuestro ser, yo ayudo a que crezcan en mi interior sabiendo que esas raíces pueden ser el árbol que yo quiera.
Mis raíces están ahora aquí, al lado de mi jefe, la persona que me cuida desde que me separaron de mi madre hace ya unos años. Él es bastante bueno conmigo, expresa su amor por mí en cada ocasión y siento que nuestra relación va más allá de la típica entre amo y perro. Si nuestra relación fuera un árbol tendría raíces fuertes y sanas porque nos queremos, nos respetamos y nos necesitamos. Este es mi motivo para quedarme, el motivo por el que voy atado pero me siento libre de estar a su lado.
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