martes, 26 de febrero de 2008

Ejercicio de Silvia Galván

Cuando Alicia regresó a la habitación después de estirar las piernas y tomar un café, ya más repuesta del cansancio que le produjo la noche pasada en un incómodo sillón, se encontró a un hombre con las piernas y los brazos sujetos con correas a la cama contigua a la de su padre. Daba unos gritos espeluznantes. A su lado se encontraba una mujer.

Era un hombre muy moreno: piel oscura, cabello azabache y barba abundante y desarreglada. Alicia no sólo pensó que estaba loco por sus alaridos; la cara, llena de moratones, era la de un demente. Ponía los ojos en blanco mientras se debatía con furia intentando soltarse de las ataduras que le tenían inmovilizado; cuando las pupilas volvían a su lugar, su negra mirada, incapaz de fijarse en un sitio determinado, deambulaba por el techo y las paredes con una expresión de terror que helaba la sangre a cualquiera.

La mujer resultó ser la esposa del supuesto enajenado. Durante una semana, Alicia y ella tuvieron oportunidad de conocerse y de llegar a cierta camaradería. No dejaron en ningún momento solos a los enfermos. Ambos tenían puesto la vía para el antibiótico y la alimentación y la sonda para la orina. Pasaban la noche en la habitación y, cuando despuntaba el día, se turnaban para acercarse a sus respectivas casas, desayunar, tomar un baño y cambiarse de ropa. Alicia tardaba poco en volver: vivía en la ciudad más cercana al hospital. La mujer, en cambio, se entretenía bastante: residía en un pueblo del sur.

La primera vez que Alicia se quedó sola, estuvo pendiente sobre todo de las sondas. Su padre, que había ingresado por una neumonía y padecía demencia senil, ya se la había intentado quitar un par de veces. La bolsa del otro enfermo comenzó a llenarse lentamente, pero no de un líquido transparente como el de su padre, sino de un líquido bermellón que le hizo pensar en alguna herida interior que no dejaba de sangrar. Alarmada, llamó rápidamente al timbre para que viniera algún facultativo. Al rato apareció una enfermera con cara de pocos amigos. Cuando le expuso su preocupación, la enfermera la miró despectivamente y le dijo con un tono que denotaba una absoluta falta de respeto por el paciente:

- Eso no es sangre, señora, eso es puro coñac. Todo el maldito coñac que ese desgraciado llevaba en el cuerpo.

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