Dicen que es el viento. Es probable. ¿Qué otra explicación puede haber?. Sí, seguro que es este viento constante, infatigable, lo que los vuelve locos. Siempre tuvieron las islas el índice más alto de suicidios del país. Lo supe en la mili, me lo dijo aquel sargento con dientes de caballo.
- ¿Qué, no harás tú como los otros isleños que he tenido? ¿pegarte un tiro en la primera noche de guardia? ¿te-lo-di-go-por-que (y aquí exageraba el acento de chulo capitalino) si lo estás pensando, te lo voy dando yo desde ya y así nos ahorramos los preliminares?
Pero ¿por qué se matan también cuándo salen de la isla?. Debe ser a causa del frío. Claro, es muy difícil acostumbrarse a este clima.
¿No crees que sea ésta la razón?. ¿De verdad piensas que es la genética?. Bueno, es cierto que también tenemos la más alta estadística de depresiones. Pero, ¿a quién no le deprime verse encerrado de por vida?. ¿Quién puede, no ya ser feliz, sino, simplemente estar tranquilo, sabiendo que está rodeado de mar por todos lados, que no verá otra cosa más que agua, mire hacia donde mire, y que será así un día y otro, y otro, hasta el final de los días, sin escapatoria posible?
¿Que por qué regresan entonces los que se van?. No lo sé. No creo que todos lo hagan. Yo, por ejemplo, nunca hubiera regresado. Y desde luego, no pienso volver a hacerlo después de lo que pasó este verano. Fueron cuatro meses terribles. Llegué a pensar que no sobreviviría. Que esta vez sí que me quedaría allí para siempre, y que se cumpliría lo que más temo: que me entierren bajo tierra. Esa es una de las razones por las que no quiero volver ni de visita. Lo hemos hablado muchas veces. ¿Recuerdas?. Tú siempre me dices que una incineradora no es negocio porque en la isla todo el mundo es muy tradicional y quieren que los entierren como dios manda. Pero ya sabes que a mí me da pavor solamente el hecho de pensarlo. No me pidas que te dé una razón lógica. No la tengo. Sólo sé que prefiero cualquier otra cosa: que me quemen, que me devoren los peces, que me caiga dentro de La Caldera y no encuentren nunca mi cadáver como le pasó a aquel francés ¿te acuerdas?. Sí, ya sé, a él lo encontraron, pero después de nueve años. No creo que después de nueve años se tomaran la molestia de enterrarlo. Lo pienso y se me eriza el cabello: kilos de tierra encima de uno. No, no, cualquier otra cosa, lo que sea, todo menos eso. Por eso quiero morir en cualquier otro sitio, en cualquier lugar donde pueda elegir donde voy a estar después de muerto.
¿Que qué pasó este verano?. No sé, fue pisar la isla y sentir lo de siempre, que algo me chupaba la energía. Me costaba caminar, hablar, respirar incluso. Pensé que me acostumbraría, como las otras veces, tras un periodo de más o menos dos semanas. Pero no fue así. Y esta vez, además, me ocurrió algo nuevo. Comencé a tener pesadillas. Sí, pesadillas. Ya sabes que yo nunca recuerdo los sueños. Y que los escasos sueños de los que he sido consciente siempre han sido divertidos; por eso me acuerdo, porque hasta me he despertado riéndome a carcajadas. En cambio, pesadillas, no he tenido ni en mi más tierna infancia. Y ahora me despertaba aterrado y tenía que salir corriendo de la habitación para vencer el miedo. Iba hacia la cocina. Bebía un vaso de agua y me encendía un cigarro para calmarme. Pero ya no podía conciliar el sueño. Me sentaba en el salón (no quería volver al dormitorio) e intentaba leer algo. Imposible, seguía demasiado alterado. Al final me tomaba un tranquilizante y al cabo de una hora parecía que iba a vencerme el sueño y volvía a la cama. Pero era cerrar los ojos y volver a tener otro sueño espantoso. Y me despertaba peor que la primera vez. Y ya ni siquiera intentaba volver a dormir. Luego pasaba el día agotado, sin ganas de nada, ni siquiera de acercarme hasta la playa para nadar un poco.
Y después de unos días, simplemente me asustaba la idea de que llegara la noche y tener que acostarme. Entonces intenté dilatar el día lo más posible. Como no era capaz de concentrarme con la lectura, comencé a quedarme despierto viendo la televisión hasta las tantas. Sí, ya sé que siempre he odiado la televisión. Y la sigo odiando, ahora más, si cabe. Pero ¿qué podía hacer? ¿pasear?. Sabes que las calles se llenan de cucarachas por la noche y que no las soporto. No, no pienso ir al psiquiatra porque le tenga fobia a las cucarachas. Me da lo mismo que sea cosa de mujeres. Nuestro amigo Javier grita cuando ve una araña y no te he oído nunca meterte con él de la forma en que lo haces conmigo.
Esta bien, no me enfado, pero no seas reiterativo. Yo te nombro las cucarachas y en el acto tu me mencionas al psiquiatra. No, no estoy en contra de los psiquiatras. No, tampoco de los psicólogos. Pero creo que tiene que haber una razón más importante que el miedo a las cucarachas para acudir a su consulta. Mi abuela, por ejemplo, le tenía pánico a las salamandras: cuando entraba una en su habitación le gritaba a mi tío – ¡La escopeta, date prisa, trae la escopeta! - dime tú si habrá animal más simpático que las salamandras y más beneficioso, sobre todo viviendo en el campo. Pero murió (mi abuela, quiero decir) con más de noventa años y te aseguro que nunca visitó ningún psiquiatra, entre otras cosas porque no lo había. De hecho, en la actualidad, por lo visto sólo cuentan con uno que viene cada quince días desde la isla de al lado, y que, dicen, está como una regadera.
¿Que siga con lo de los sueños?. Bueno, no hay casi nada más que contar, sólo que no cesaron hasta que no volé rumbo a tu lado. Empecé a tomar un tranquilizante antes de acostarme, pero ni por esas. Despertaba sobresaltado a las dos horas en punto después de la primera pesadilla, entonces tomaba otro para intentar dormir un poco más, pero volvía a despertarme al poco con la segunda que solía ser peor que la primera. Luego me quedaba despierto hasta la amanecida. Y pasaba el resto del día completamente atontado.
Después empezó lo de los suicidios en cadena. ¿Que soy un exagerado? ¿Que en todos los sitios se suicida gente? Puede ser, pero yo no me entero. En cambio, este verano, allí, caía uno cada quince días exactos. Sí, exactos, tengo apuntadas las fechas. ¿Quiéres verlas?. Primero se ahorcó en el patio de su casa un chico de mi pueblo. Veinte años. Me dio la noticia mi primo por teléfono. Ya sabes como se propagan aquí estas cosas. Era guapo, varonil, del tipo que a ti te gustan. Cuando fui a visitar a la familia vi su foto pegada en los árboles, en las farolas, en los muros... No sé, parecía que le estaban haciendo un homenaje.
Después fue una chica muy conocida de aquí, de la ciudad. Cuarenta años, dos niños. También se ahorcó. ¡Pero fíjate qué macabra!: esta vez fue en el cementerio. Me lo contó mi tía a primera hora de la mañana. Me explicó que fue la tarde anterior, que se subió a una escalera y colocó la cuerda en un árbol. No sé si la escalera la llevó en el coche (ya sabes que el cementerio queda bastante apartado) o ya estaba allí. La noticia me dejó un par de días con muy mal cuerpo.
Al tercero no lo conocía. Parece ser que subió al risco de la Concepción y saltó desde allí (emulando la forma de suicidio de los antiguos pobladores de la isla). El cuarto fue el que más me afectó. Eramos vecinos. Tenía mi edad. Estaba casado y tenía un hijo en plena adolescencia. Llegó a primera hora a su lugar de trabajo en la emisora local. Está en ese edificio alto colindante con Correos. Sí, son ocho plantas, y la radio está en la última. Pues, como te estaba diciendo, llegó, dio los buenos días, abrió el balcón, y se tiró de cabeza.
¿Que qué tiene que ver todo eso conmigo?. Pues que me dio por pensar que yo sería el próximo. Sí, ya sé que yo sería incapaz de ahorcarme y que ni siquiera soy capaz de saltar de un trampolín a la piscina. Pero, empecé a pensar, ¿y si me da una de estas noches por tomarme un frasco entero de pastillas?. ¿Que esas cosas no suceden así como así? ¿Que tiene que haber razones de peso?
No sé, sólo te cuento lo que sentí. Me empecé a obsesionar con que los suicidios eran una consecuencia lógica de vivir en la isla, y que si me quedaba mucho tiempo más ¿quién sabe si yo no podría convertirme en otra víctima del siroco isleño?.
Entonces empecé a fijarme en cuántos locos veía cuando salía a la calle. Y, no lo creerás, pero ví más locos que nunca en mi vida. Parecía que se habían reunido todos juntos en el mismo sitio. ¿Qué por ser un sitio pequeño se ven más?. ¿Qué aquí, al haber tanta gente, pasan desapercibidos?. Bueno, puede ser, pero, caramba, ¡qué cantidad de locos, retrasados y subnormales!.
¿Y qué me dices de los gordos?. No, no te hablo de gente rellenita. Te hablo de gorduras deformes, de gordos como los que veíamos en Estados Unidos. No, no estoy exagerando. Tú hace mucho que no has ido por la isla. Fíjate cómo será que incluso pregunté la razón de su existencia a varios amigos médicos. Oye, no te irás a poner ahora celoso ¿no?. Sí, hombre, estaba yo como para ligoteos. Compañeros de instituto, ya te lo he dicho. A varios les dio por estudiar medicina coincidiendo con aquella serie americana que emitieron cuando había escasez de médicos, ¿no te acuerdas?. En fín, que les pregunté y me dieron varias respuestas. La primera fue sobre la orografía. Ya sabes lo montañosa que es la isla y que las calles de la ciudad y de todos los pueblos están en unas cuestas espantosas. Antes, al no haber coches, la gente caminaba o iba a caballo (la menos). Ahora conducen para recorrer un kilómetro. Esta es la razón más importante, la falta de actividad física.
La otra es la alimentación. Ya sabes como han cambiado las costumbres alimenticias desde que yo era pequeño. ¿Te he contado que yo incluso llegué a conocer el trueque en mi pueblo?. Y si lo piensas, no hace tanto... No es que me conserve muy bien, es que tampoco tengo tantos años, tú eres bastante más viejo. De acuerdo, el gimnasio a diario hace mucho. No, sabes que la piel no la tengo estirada. Eso tú que lo necesitas. Los rubios ya se sabe que envejecen mal. Algo bueno tenemos que tener los morenos ¿no te parece?. Está bien, no empecemos, que siempre acabamos mal.... No te pongas mohín, que ya sabes cómo me excitan a mí esos pectorales que te gastas y esos pelitos rubios del pubis... ¿o son canas?.... Vale, vale, ya lo dejo.
Estábamos con lo de la alimentación. Pues eso, que antes se comía lo que daba la tierra, todo natural. Y ahora, con esa proliferación de supermercados (por cierto, todos extranjeros) y de productos basura que vienen de fuera, a los niños en vez de gofio para desayunar les dan esas porquerías que los ponen redondos. Si hasta en la playa los ves desde los dos años zampándose una bolsa entera de patatas en vez de comerse un plátano de tentempié como hacíamos antes. Yo, si me dejaran, mataría a esas madres creadoras de futuros monstruos. Y eso hablando de los niños. Ya no te digo de los adolescentes: ellas son peores. ¿Recuerdas la primera vez que viniste cómo te sorprendió no ver a una chica con mal tipo? Todas eran delgadas, esbeltas. Ahora no puedes mirarlas sin sentir repugnancia. Si por lo menos fueran tapaditas, pero no, llevan todos los michelines al aire, sin ningún pudor. Por suerte para nosotros, los muchachos tardan más en estropearse. Sí, ves algún gordo monstruoso de vez en cuando, pero la mayoría no empieza a echar esa tripa desorbitante y a desarrollar esas piernas elefantiásicas hasta cumplir por lo menos los dieciocho. Son menos gandules: los ves correr por la avenida marítima a primera hora de la mañana y a última de la tarde. Hombre, sí, de vez en cuando me sentaba a tomar una cerveza mientras leía tranquilamente el periódico. Casi es la única salida que hacía. Y no me iba a tapar los ojos. No creo que eso tenga que molestarte. Por cierto ¿sabes como llaman a la playa más cercana de la ciudad? “la playa de las focas”. Porque ahí van a pasear las gordas para intentar bajar de peso. Pero, ya me dirás tú, por mucho que paseen, si no dejan de comer.....
Bueno. No sé cómo hemos llegado hasta aquí. ¿Que he llegado yo solito?. ¡Qué quieres!. Llevo cuatro meses encerrado. Sin apenas hablar con nadie. Pues para eso vivimos juntos ¿no?. Para que me escuches de vez en cuando.
¿Que por qué no te llevé conmigo? Ya sabes que no fue por falta de ganas. Es verdad, no me atrevo a enfrentarme a mi familia. Soy un cobarde. No he conseguido que te acepten. Pero ¿recuerdas la última vez que te deshinché? No volviste a ser el mismo. Créeme, la humedad no te hubiera sentado bien. Has estado mejor aquí, el clima seco es más sano. Ya sabes que yo sólo quiero para ti lo mejor. Y, ahora, dejémonos de charlas y vamos a acostarnos, que me muero de sueño. ¿Sabes?: desde que duermo contigo no he vuelto a tener pesadillas.
viernes, 28 de marzo de 2008
martes, 18 de marzo de 2008
Dos definiciones para el profesor de creatividad
PARIHUELA.- Dícese de una sombrilla de mano hecha de paja y con forro ocasional de hule. Se utilizaba en la Guinea Ecuatorial en la época de la colonia. Parece ser que la denominación se debe a una familia sevillana que residía en el antiguo Fernando Póo, actual Malabo. Dice la leyenda popular que venían de pasar las vacaciones en Andalucía. Salieron del puerto de Cádiz, hicieron escala en Las Palmas de Gran Canaria y cuando arribaron al puerto africano, la madre le dijo a su hija: “niña, este parasol es pa tu abuela”, dándole una sombrilla al tiempo que señalaba a una anciana que esperaba, sentada en una silla portátil, a que subieran sus boys (nombre asignado por los blancos a los mucamos negros en la colonia) para transportarla a tierra. Como la niña era pequeña y aún no hablaba bien, pronunció parihuela en vez de pa tu abuela, y a los que la escucharon les hizo tanta gracia que a esa sombrilla típica que allí se usaba y que tanto valía para el sol como para la lluvia se la conoció desde entonces con ese nombre.
TABU.- Dícese de aquel que no lleva calzones. En el siglo XVII, en una aldea de un cantón suizo, los hombres, para protestar por la llegada masiva de italianos y franceses, decidieron unánimemente hacer una manifestación en la plaza a donde daba el ayuntamiento. Se vistieron con camisetas rojas ajustadas, dejando al aire las partes pudendas y llevando en los pies calcetines también rojos con el calzado típico de la zona (botas adecuadas para andar por esos lares montañosos). Parece ser que el párroco y sus piadosas feligresas montaron en cólera, y mientras ellos desfilaban pacíficos alrededor de la plaza, los persiguieron blandiendo escobas y lo que tuvieran a mano, a la vez que les gritaban tabú, tabú. Se cree que esta palabra era un insulto en un dialecto de la zona ya olvidado. Pero a partir de entonces se empleó para denominar el hecho de llevar el trasero al aire, aplicado a las personas de género masculino. A estas personas se las llama también tabulenses en algunos lugares.
TABU.- Dícese de aquel que no lleva calzones. En el siglo XVII, en una aldea de un cantón suizo, los hombres, para protestar por la llegada masiva de italianos y franceses, decidieron unánimemente hacer una manifestación en la plaza a donde daba el ayuntamiento. Se vistieron con camisetas rojas ajustadas, dejando al aire las partes pudendas y llevando en los pies calcetines también rojos con el calzado típico de la zona (botas adecuadas para andar por esos lares montañosos). Parece ser que el párroco y sus piadosas feligresas montaron en cólera, y mientras ellos desfilaban pacíficos alrededor de la plaza, los persiguieron blandiendo escobas y lo que tuvieran a mano, a la vez que les gritaban tabú, tabú. Se cree que esta palabra era un insulto en un dialecto de la zona ya olvidado. Pero a partir de entonces se empleó para denominar el hecho de llevar el trasero al aire, aplicado a las personas de género masculino. A estas personas se las llama también tabulenses en algunos lugares.
lunes, 17 de marzo de 2008
Nuria Ferrer
EVELINE:
Estuvo sentada al lado de la ventana, mirando a través del cristal la calle transitada de coches, autobuses, taxis… y en la acera demasiada gente desconocida entre ellos pero con un factor común que todos vivían el estrés de llegar a sus casas y descansar, pues tras un día agotador necesitaban conseguir la calma. Les parecía máquinas robotizadas que realizaban lo mismo día tras día. Al tener la ventana entreabierta olía la gasolina y el humo de los coches que pasaban sin cesar. Estaba cansada.
Entre tanta marea pudo distinguir a un hombre que vivía en el último edificio de la larga calle, se dirigía --como los demás-- a su casa donde hace ya tiempo, era una explanada donde jugaban con los demás niños del barrio y también con todos sus hermanos; fueron momentos muy felices que recuerda perfectamente, además su padre no era desagradable y su madre aún vivía. Había pasado mucho tiempo, ya su madre murió a causa de un cáncer que los médicos no detectaron a tiempo, y todos sus hermanos y ella habían crecido muchísimo, pero la gran diferencia que tenía con sus hermanos era que abandonaron el hogar para viajar a la capital y ahí buscar oportunidades donde aquí era imposible hallar, aunque estaba dispuesta hacerlo. Solo ella de toda su familia había visto desde muy de cerca el crecimiento progresivo de la pequeña ciudad. Donde solamente había casas familiares, se ha levantado enormes bloques de hormigón que la gran mayoría raspan el cielo (la suya es una de las supervivientes); en las afueras de lo que era su pueblo se han edificado amplios polígonos industriales, sustituyendo a la única fábrica que había, y las zonas donde jugaban los niños han sufrido dos modificaciones o se han hechos preciosos parques, o bien, se ha optado por la construcción de pisos o urbanizaciones, donde casi siempre se elige la segunda opción. Su pueblo tranquilo y bello se había convertido en una ruidosa, contaminante y estresante ciudad Tras tanto reflexionar ella también se iba a marchar: debía dar ese paso tan decisivo que habían realizado todos.
Miró la habitación y empezó a revisar con mucho detenimiento todos sus objetos personales y después los familiares, estos últimos eran muchos más antiguos, incluso algunos ya ni se fabrican. Lo más seguro que no volvería a ver esos objetos a los que va a añorar, a los que tantas veces les ha quitado el polvo y se conoce sin ninguna duda la posición de todos ellos. Sin embargo, no había sido capaz de averiguar el nombre del cura cuya antigua fotografía colgaba en su pared y que no se le ocurrió escanear para así averiguarlo en internet, estaba junto con la estampa coloreada de la bendita Margarita María Alacoque.
Estuvo sentada al lado de la ventana, mirando a través del cristal la calle transitada de coches, autobuses, taxis… y en la acera demasiada gente desconocida entre ellos pero con un factor común que todos vivían el estrés de llegar a sus casas y descansar, pues tras un día agotador necesitaban conseguir la calma. Les parecía máquinas robotizadas que realizaban lo mismo día tras día. Al tener la ventana entreabierta olía la gasolina y el humo de los coches que pasaban sin cesar. Estaba cansada.
Entre tanta marea pudo distinguir a un hombre que vivía en el último edificio de la larga calle, se dirigía --como los demás-- a su casa donde hace ya tiempo, era una explanada donde jugaban con los demás niños del barrio y también con todos sus hermanos; fueron momentos muy felices que recuerda perfectamente, además su padre no era desagradable y su madre aún vivía. Había pasado mucho tiempo, ya su madre murió a causa de un cáncer que los médicos no detectaron a tiempo, y todos sus hermanos y ella habían crecido muchísimo, pero la gran diferencia que tenía con sus hermanos era que abandonaron el hogar para viajar a la capital y ahí buscar oportunidades donde aquí era imposible hallar, aunque estaba dispuesta hacerlo. Solo ella de toda su familia había visto desde muy de cerca el crecimiento progresivo de la pequeña ciudad. Donde solamente había casas familiares, se ha levantado enormes bloques de hormigón que la gran mayoría raspan el cielo (la suya es una de las supervivientes); en las afueras de lo que era su pueblo se han edificado amplios polígonos industriales, sustituyendo a la única fábrica que había, y las zonas donde jugaban los niños han sufrido dos modificaciones o se han hechos preciosos parques, o bien, se ha optado por la construcción de pisos o urbanizaciones, donde casi siempre se elige la segunda opción. Su pueblo tranquilo y bello se había convertido en una ruidosa, contaminante y estresante ciudad Tras tanto reflexionar ella también se iba a marchar: debía dar ese paso tan decisivo que habían realizado todos.
Miró la habitación y empezó a revisar con mucho detenimiento todos sus objetos personales y después los familiares, estos últimos eran muchos más antiguos, incluso algunos ya ni se fabrican. Lo más seguro que no volvería a ver esos objetos a los que va a añorar, a los que tantas veces les ha quitado el polvo y se conoce sin ninguna duda la posición de todos ellos. Sin embargo, no había sido capaz de averiguar el nombre del cura cuya antigua fotografía colgaba en su pared y que no se le ocurrió escanear para así averiguarlo en internet, estaba junto con la estampa coloreada de la bendita Margarita María Alacoque.
miércoles, 12 de marzo de 2008
Andrea se despidió desde la puerta como todas las tardes a las cuatro en punto. Su madre veía la televisión y sin levantar la mirada, le recordó: “No olvides los chocolates”. Vivían en un edificio situado en la calle Luchana del castizo barrio de Chamberí. El inmueble, construido a principios de siglo, necesitaba a todas luces una rehabilitación integral: los balcones de hierro de la desconchada fachada parecían a punto de descolgarse; las escaleras de madera, corvadas y resbaladizas, que subían a los cinco pisos del inmueble, resultaban impracticables; el minúsculo ascensor, del tiempo de maría castaña, parecía dar sus últimos estertores cada vez que era utilizado. Por dentro, las viviendas no estaban mejor. Habían ido envejeciendo a la vez que sus inquilinos. Ni éstos ni aquellas se habían renovado. Permanecían anclados en un tiempo pretérito.
Salió de su casa, cruzó hacia la calle Carranza y subió caminando hasta llegar a Princesa. Era un día seco y soleado de invierno, sin viento; con un buen abrigo, daba gusto pasear por Madrid. En apariencia, nada distinguía a esa tarde del resto de las cientos de tardes laborables del año. Los mismos horarios, el mismo trabajo, la misma sensación de monotonía que la abrumaba desde hacía tanto tiempo. Pero algo en el rostro poco agraciado de Andrea denotaba un cambio. Las minúsculas aletas de su afilada nariz, terminada en una punta colorada dirigida a las alturas, se abrían y se cerraban hoy como aspirando un aire nuevo, renovador. Sus ojos miopes, pequeños y normalmente opacos, irradiaban detrás de las gafas una luz desconocida, traviesa. Se diría que incluso sonreían. En cambio, su boca, demasiado fina, sin apenas labios, no llegaba a curvarse: había perdido la costumbre.
Cuando llegó a la altura del Corte Inglés de Argüelles, entró, como todos los días, a comprar la caja de bombones de la Trapa que su madre devoraba de forma sistemática delante del televisor, mañana, tarde y parte de la noche. Esta vez no realizó la compra de forma rutinaria: como se lavaba los dientes después de cada comida, sin pensar, con la mente en blanco. Era una ocasión especial. Compró no una sino tres cajas distintas de chocolates. Mientras las escogía y esperaba su turno para pagar tuvo un pensamiento para su madre. La recordó no como era ahora: una enorme masa de carne amorfa y estática, con las rodillas hinchadas por la artrosis y unas piernas deformes y varicosas que ya no podían sostener su peso; sentada siempre en esa butaca moderna que desentonaba tanto con el resto de los muebles obsoletos de la casa; jugando con el mando a distancia del televisor y con los botones del sillón: uno le levantaba las piernas, otro la espalda, éste le masajeaba la parte superior del tronco, aquél la parte inferior y con el rojo, maravilla de las maravillas, vibraba el cuerpo entero: espectáculo bochornoso para el ojo ajeno, que veía como las fofas carnes desparramadas temblaban de una forma incontenible y espantosa; un buda feliz, con esa sonrisa de bobalicona satisfecha que ha cumplido ya sus objetivos en esta vida: enterró a un marido, según ella mediocre y aburrido, que no le dio penas ni alegrías, que se ganaba la vida como pianista acompañante y con el que se había casado, ya madurita, por la única razón de que la alternativa era quedarse soltera; educó a una hija, en su opinión demasiado dócil, con falta de espíritu, sosa y sin carisma como su padre, que gracias a la carrera de piano que terminó a trancas y barrancas, ahora la mantenía y se ocupaba de ella en su vejez.
No, la recordó como era antes: esbelta, elegante hasta con el salto de cama con el que se levantaba por las mañanas, ya con esa energía desbordante que le duraba todo el día. La recordó cuando cantaba mientras cocinaba o arreglaba la casa, con una voz de soprano a la que le faltaba quizás potencia, pero educada y con un timbre agradable, alternando arias de ópera, números de zarzuela y las sempiternas coplas de España. También cuando daba las clases de canto a sus alumnos en aquel enorme piano negro de pared, con las teclas amarillentas y los candelabros de bronce adheridos en los extremos. Esa misma reliquia que antes tocaban los padres y que ahora tocaba la hija.
Y por primera vez en los últimos años, Andrea se permitió ser benevolente. Pensó que se atenuaba ese desprecio que sentía por su madre y que, tal vez, no era sino un reflejo del que había empezado a sentir por ella misma.
Cuando salió del centro comercial, con un estado de incipiente animación inusual en ella, continuó caminando hasta llegar al Conservatorio de la calle Ferraz en donde impartía clases de Lenguaje Musical. No había una asignatura más desagradecida que esa, los niños la odiaban indefectiblemente. El aprendizaje del instrumento, aunque al principio entrañaba más dificultad, resultaba más agradecido. Andrea no tenía vocación para la enseñanza, se había sentido abocada a ella como única salida. Detestaba a sus alumnos, cada año más consentidos y malcriados. Aguantaba paciente las cinco horas diarias de clase y, cada noche, al terminar, mientras regresaba a su casa en el metro, un sentimiento de frustración que crecía de día en día se iba apoderando de ella y notaba cómo la amargura la iba carcomiendo por dentro.
Lo que le esperaba en el hogar tampoco era demasiado atractivo. Llegaba puntualmente a las diez y media. Su madre, que continuaba embobada delante del televisor, la saludaba distraída. Sacaba la basura; regaba las escasas plantas que tenían repartidas en macetas, en un estado comatoso permanente, y que no se decidía a tirar o a renovar; cenaba un sándwich y un vaso de leche, y a continuación, después de dar las buenas noches, siempre desde la puerta, se encerraba en su habitación, leía un rato y se quedaba dormida.
Pero ahora era distinto. Había conocido a Pedro. Le contrataron para sustituir al profesor de Historia de la Música. Era un gran concertista de piano, se había presentado varias veces a las oposiciones para profesor de instrumento y a pesar de hacer unos exámenes brillantes, nunca las había aprobado; no tenía contactos y además tenía un hándicap: era ciego, lo cual, si bien era un rasgo que objetivamente no tenía por que ir en su contra, sí era una excusa para que el tribunal beneficiara al recomendado de turno.
Un día, cuando se dirigía a dirección para hablar con el jefe de estudios, Andrea oyó en el aula donde se impartían las asignaturas teóricas interpretar a Brahms, su preferido entre los románticos, quizá por ese clasicismo que le iba tanto a su carácter. La puerta estaba abierta, en ese momento no había alumnos, entró y se sentó escuchar. Pedro tocaba los preludios. Aunque ya se habían presentado en el claustro de profesores y a ella le produjo una agradable impresión por su educación exquisita, su cara aniñada de suaves facciones, su olor a limpio y su ropa perfectamente planchada; éste fue realmente su primer encuentro.
Y el comienzo de una pasión que Andrea no creyó nunca experimentar. Por primera vez no le molestaba ser fea, Pedro no podía verla. Tampoco a él le importó, aparentemente, que ella fuera todavía virgen a sus treinta y dos años. Ni que fuera bastante mayor que él. Sus manos la recorrieron con la misma fuerza y con la misma dulzura con las que interpretaba los fortes y los pianos de las partituras. Conseguió transformar a la modosita profesora (sin sangre en las venas, como decía su madre) en la mujer más sensual del universo. Atacó su cuerpo con todos los matices aprendidos en tantos años de estudio, convirtiendo su piel en un instrumento del que sacó timbres insospechados, nunca antes descubiertos.
Se reunían por las mañanas en un apartamento que los padres de Pedro le habían regalo en el céntrico barrio de La Latina. Allí vivía, independiente, rodeado de un orden y de una limpieza que armonizaba con su persona.
Después de hacer el amor, él siempre, a petición de Andrea, interpretaba a Bach. Se sentaba desnudo en el piano mientras ella, tendida lánguidamente, escuchaba desde la cama. Andrea nunca pudo aprender las fugas a cuatro voces de memoria. Y tal vez era precisamente esa memoria prodigiosa de ciego, lo que le permitía a Pedro distinguir perfectamente las diferentes voces y resaltar los temas: cantándolos como si en vez de un piano, su instrumento fuera un violín o un violonchelo, según la tesitura. Esa era la gran dificultad que representaban las fugas, y fue precisamente por su interpretación, por lo que le concedieron una beca de cuatro años para hacer un doctorado en Holanda.
Le propuso a Andrea que le acompañara y ella aceptó. El problema era cómo decírselo a su madre, la absoluta falta de comunicación entre ellas no se lo ponía fácil. Sabía que la abandonaba, se sentía culpable. Pasaba las noches en vela pensando cómo dejarla lo mejor atendida posible. Visitó distintas residencias, pero no se decidió por ninguna. Sus abuelos maternos habían muerto en la misma casa donde ahora vivían, su madre les cuidó hasta el final. Ese recuerdo le hacía pensar que era una egoísta, que se estaba portando como una traidora. Al final, contrató a través de una agencia, a una emigrante colombiana recién llegada de su país, para que viviera con ella, le hiciera compañía y se ocupara de todo en su ausencia. Pero todos estos trámites los había hecho con total ignorancia por parte de su madre.
En ocasiones se planteaba si llegado el día, sería realmente capaz de dejarla, o si, por el contrario, actuaría como la Eveline de Joyce y daría marcha atrás. Andrea sabía que era cualquier cosa menos una aventurera; de hecho, le daban pánico los cambios. Pero no podía perder esta oportunidad. No tendría otra.
Calibraba los pros y los contras de su decisión. Aunque no conocía el idioma, el lenguaje de la música era universal. No tenía amigas a las que extrañar, hasta ahora había llevado una vida tan solitaria que, de no haber sido por Pedro, se hubiera convertido con el tiempo en una solterona maniática y amargada. También sabía que la pasión se acaba, pero entre ellos se estaba forjando algo más, algo espiritual que podía perdurar.
Esa noche, cuando llegó a casa, se acercó directamente a darle un beso a su madre. Le entregó una caja de bombones y guardó las otras dos en el aparador. Después de su cena habitual, se sentó enfrente del televisor y se interesó por el programa que estaba viendo. Esperó estoicamente media hora, en la que se afirmó su profundo odio por ese aparato al que culpabilizaba de la decadencia de su progenitora. Por eso siempre prefirió los libros. A continuación, después de un segundo beso que dejó extrañadísima a su madre, se fue a dormir. Tardó mucho en conciliar el sueño. Al día siguiente se presentaría la muchacha a primera hora de la mañana, al mediodía recogería las maletas, se reuniría con Pedro y juntos tomarían un taxi camino del aeropuerto.
Cuando se levantó, le extrañó no ver a su madre ya levantada, porque aunque se acostaba tarde solía madrugar, apenas dormía. Entró en su habitación y se acercó a la cama. Reposaba de lado, mirando a la pared. Cuando la volteó, se dio cuenta de que no respiraba. Había muerto durante la noche, plácidamente. Andrea volvió a sentir por su madre esa admiración ciega que le tenía cuando era pequeña. Le quedó profundamente agradecida, era el mejor regalo que le podía hacer. Para corresponderle, le cantó por primera la copla que, sin saberlo, estaba guardada en algún sitio de su memoria; la había aprendido sin darse cuenta, de tanto oírsela cuando era niña: “Mira mi brazo tatuado....” y ya se animó, fue a la sala, se sentó en el piano y acompañándose entonó “Ojos ve-e-er-des...” y, cada vez más excitada, siguió con “Francisco alegre y olé... Y ya no pudo parar: “La bien pagá”, “Mi jaca”, “Carmen la cigarrera”....., y continuó cantando en el funeral, y en el entierro, y en la clínica de reposo donde Pedro, antes de partir, la dejó internada por recomendación facultativa.
Salió de su casa, cruzó hacia la calle Carranza y subió caminando hasta llegar a Princesa. Era un día seco y soleado de invierno, sin viento; con un buen abrigo, daba gusto pasear por Madrid. En apariencia, nada distinguía a esa tarde del resto de las cientos de tardes laborables del año. Los mismos horarios, el mismo trabajo, la misma sensación de monotonía que la abrumaba desde hacía tanto tiempo. Pero algo en el rostro poco agraciado de Andrea denotaba un cambio. Las minúsculas aletas de su afilada nariz, terminada en una punta colorada dirigida a las alturas, se abrían y se cerraban hoy como aspirando un aire nuevo, renovador. Sus ojos miopes, pequeños y normalmente opacos, irradiaban detrás de las gafas una luz desconocida, traviesa. Se diría que incluso sonreían. En cambio, su boca, demasiado fina, sin apenas labios, no llegaba a curvarse: había perdido la costumbre.
Cuando llegó a la altura del Corte Inglés de Argüelles, entró, como todos los días, a comprar la caja de bombones de la Trapa que su madre devoraba de forma sistemática delante del televisor, mañana, tarde y parte de la noche. Esta vez no realizó la compra de forma rutinaria: como se lavaba los dientes después de cada comida, sin pensar, con la mente en blanco. Era una ocasión especial. Compró no una sino tres cajas distintas de chocolates. Mientras las escogía y esperaba su turno para pagar tuvo un pensamiento para su madre. La recordó no como era ahora: una enorme masa de carne amorfa y estática, con las rodillas hinchadas por la artrosis y unas piernas deformes y varicosas que ya no podían sostener su peso; sentada siempre en esa butaca moderna que desentonaba tanto con el resto de los muebles obsoletos de la casa; jugando con el mando a distancia del televisor y con los botones del sillón: uno le levantaba las piernas, otro la espalda, éste le masajeaba la parte superior del tronco, aquél la parte inferior y con el rojo, maravilla de las maravillas, vibraba el cuerpo entero: espectáculo bochornoso para el ojo ajeno, que veía como las fofas carnes desparramadas temblaban de una forma incontenible y espantosa; un buda feliz, con esa sonrisa de bobalicona satisfecha que ha cumplido ya sus objetivos en esta vida: enterró a un marido, según ella mediocre y aburrido, que no le dio penas ni alegrías, que se ganaba la vida como pianista acompañante y con el que se había casado, ya madurita, por la única razón de que la alternativa era quedarse soltera; educó a una hija, en su opinión demasiado dócil, con falta de espíritu, sosa y sin carisma como su padre, que gracias a la carrera de piano que terminó a trancas y barrancas, ahora la mantenía y se ocupaba de ella en su vejez.
No, la recordó como era antes: esbelta, elegante hasta con el salto de cama con el que se levantaba por las mañanas, ya con esa energía desbordante que le duraba todo el día. La recordó cuando cantaba mientras cocinaba o arreglaba la casa, con una voz de soprano a la que le faltaba quizás potencia, pero educada y con un timbre agradable, alternando arias de ópera, números de zarzuela y las sempiternas coplas de España. También cuando daba las clases de canto a sus alumnos en aquel enorme piano negro de pared, con las teclas amarillentas y los candelabros de bronce adheridos en los extremos. Esa misma reliquia que antes tocaban los padres y que ahora tocaba la hija.
Y por primera vez en los últimos años, Andrea se permitió ser benevolente. Pensó que se atenuaba ese desprecio que sentía por su madre y que, tal vez, no era sino un reflejo del que había empezado a sentir por ella misma.
Cuando salió del centro comercial, con un estado de incipiente animación inusual en ella, continuó caminando hasta llegar al Conservatorio de la calle Ferraz en donde impartía clases de Lenguaje Musical. No había una asignatura más desagradecida que esa, los niños la odiaban indefectiblemente. El aprendizaje del instrumento, aunque al principio entrañaba más dificultad, resultaba más agradecido. Andrea no tenía vocación para la enseñanza, se había sentido abocada a ella como única salida. Detestaba a sus alumnos, cada año más consentidos y malcriados. Aguantaba paciente las cinco horas diarias de clase y, cada noche, al terminar, mientras regresaba a su casa en el metro, un sentimiento de frustración que crecía de día en día se iba apoderando de ella y notaba cómo la amargura la iba carcomiendo por dentro.
Lo que le esperaba en el hogar tampoco era demasiado atractivo. Llegaba puntualmente a las diez y media. Su madre, que continuaba embobada delante del televisor, la saludaba distraída. Sacaba la basura; regaba las escasas plantas que tenían repartidas en macetas, en un estado comatoso permanente, y que no se decidía a tirar o a renovar; cenaba un sándwich y un vaso de leche, y a continuación, después de dar las buenas noches, siempre desde la puerta, se encerraba en su habitación, leía un rato y se quedaba dormida.
Pero ahora era distinto. Había conocido a Pedro. Le contrataron para sustituir al profesor de Historia de la Música. Era un gran concertista de piano, se había presentado varias veces a las oposiciones para profesor de instrumento y a pesar de hacer unos exámenes brillantes, nunca las había aprobado; no tenía contactos y además tenía un hándicap: era ciego, lo cual, si bien era un rasgo que objetivamente no tenía por que ir en su contra, sí era una excusa para que el tribunal beneficiara al recomendado de turno.
Un día, cuando se dirigía a dirección para hablar con el jefe de estudios, Andrea oyó en el aula donde se impartían las asignaturas teóricas interpretar a Brahms, su preferido entre los románticos, quizá por ese clasicismo que le iba tanto a su carácter. La puerta estaba abierta, en ese momento no había alumnos, entró y se sentó escuchar. Pedro tocaba los preludios. Aunque ya se habían presentado en el claustro de profesores y a ella le produjo una agradable impresión por su educación exquisita, su cara aniñada de suaves facciones, su olor a limpio y su ropa perfectamente planchada; éste fue realmente su primer encuentro.
Y el comienzo de una pasión que Andrea no creyó nunca experimentar. Por primera vez no le molestaba ser fea, Pedro no podía verla. Tampoco a él le importó, aparentemente, que ella fuera todavía virgen a sus treinta y dos años. Ni que fuera bastante mayor que él. Sus manos la recorrieron con la misma fuerza y con la misma dulzura con las que interpretaba los fortes y los pianos de las partituras. Conseguió transformar a la modosita profesora (sin sangre en las venas, como decía su madre) en la mujer más sensual del universo. Atacó su cuerpo con todos los matices aprendidos en tantos años de estudio, convirtiendo su piel en un instrumento del que sacó timbres insospechados, nunca antes descubiertos.
Se reunían por las mañanas en un apartamento que los padres de Pedro le habían regalo en el céntrico barrio de La Latina. Allí vivía, independiente, rodeado de un orden y de una limpieza que armonizaba con su persona.
Después de hacer el amor, él siempre, a petición de Andrea, interpretaba a Bach. Se sentaba desnudo en el piano mientras ella, tendida lánguidamente, escuchaba desde la cama. Andrea nunca pudo aprender las fugas a cuatro voces de memoria. Y tal vez era precisamente esa memoria prodigiosa de ciego, lo que le permitía a Pedro distinguir perfectamente las diferentes voces y resaltar los temas: cantándolos como si en vez de un piano, su instrumento fuera un violín o un violonchelo, según la tesitura. Esa era la gran dificultad que representaban las fugas, y fue precisamente por su interpretación, por lo que le concedieron una beca de cuatro años para hacer un doctorado en Holanda.
Le propuso a Andrea que le acompañara y ella aceptó. El problema era cómo decírselo a su madre, la absoluta falta de comunicación entre ellas no se lo ponía fácil. Sabía que la abandonaba, se sentía culpable. Pasaba las noches en vela pensando cómo dejarla lo mejor atendida posible. Visitó distintas residencias, pero no se decidió por ninguna. Sus abuelos maternos habían muerto en la misma casa donde ahora vivían, su madre les cuidó hasta el final. Ese recuerdo le hacía pensar que era una egoísta, que se estaba portando como una traidora. Al final, contrató a través de una agencia, a una emigrante colombiana recién llegada de su país, para que viviera con ella, le hiciera compañía y se ocupara de todo en su ausencia. Pero todos estos trámites los había hecho con total ignorancia por parte de su madre.
En ocasiones se planteaba si llegado el día, sería realmente capaz de dejarla, o si, por el contrario, actuaría como la Eveline de Joyce y daría marcha atrás. Andrea sabía que era cualquier cosa menos una aventurera; de hecho, le daban pánico los cambios. Pero no podía perder esta oportunidad. No tendría otra.
Calibraba los pros y los contras de su decisión. Aunque no conocía el idioma, el lenguaje de la música era universal. No tenía amigas a las que extrañar, hasta ahora había llevado una vida tan solitaria que, de no haber sido por Pedro, se hubiera convertido con el tiempo en una solterona maniática y amargada. También sabía que la pasión se acaba, pero entre ellos se estaba forjando algo más, algo espiritual que podía perdurar.
Esa noche, cuando llegó a casa, se acercó directamente a darle un beso a su madre. Le entregó una caja de bombones y guardó las otras dos en el aparador. Después de su cena habitual, se sentó enfrente del televisor y se interesó por el programa que estaba viendo. Esperó estoicamente media hora, en la que se afirmó su profundo odio por ese aparato al que culpabilizaba de la decadencia de su progenitora. Por eso siempre prefirió los libros. A continuación, después de un segundo beso que dejó extrañadísima a su madre, se fue a dormir. Tardó mucho en conciliar el sueño. Al día siguiente se presentaría la muchacha a primera hora de la mañana, al mediodía recogería las maletas, se reuniría con Pedro y juntos tomarían un taxi camino del aeropuerto.
Cuando se levantó, le extrañó no ver a su madre ya levantada, porque aunque se acostaba tarde solía madrugar, apenas dormía. Entró en su habitación y se acercó a la cama. Reposaba de lado, mirando a la pared. Cuando la volteó, se dio cuenta de que no respiraba. Había muerto durante la noche, plácidamente. Andrea volvió a sentir por su madre esa admiración ciega que le tenía cuando era pequeña. Le quedó profundamente agradecida, era el mejor regalo que le podía hacer. Para corresponderle, le cantó por primera la copla que, sin saberlo, estaba guardada en algún sitio de su memoria; la había aprendido sin darse cuenta, de tanto oírsela cuando era niña: “Mira mi brazo tatuado....” y ya se animó, fue a la sala, se sentó en el piano y acompañándose entonó “Ojos ve-e-er-des...” y, cada vez más excitada, siguió con “Francisco alegre y olé... Y ya no pudo parar: “La bien pagá”, “Mi jaca”, “Carmen la cigarrera”....., y continuó cantando en el funeral, y en el entierro, y en la clínica de reposo donde Pedro, antes de partir, la dejó internada por recomendación facultativa.
lunes, 3 de marzo de 2008
Había llegado con dos horas de adelanto. Desde una de las grandes ventanas observaba el despegue y el aterrizaje de los aviones. A su lado una familia despedía con gestos a una muchacha que subía a uno de los aviones. Juan en cambio estaba solo, nadie en su familia sabía que dentro de unas horas pasaría a otro continente. Fue a dar una vuelta para matar el tiempo. Entró en una de las tiendas del aeropuerto. Se entretuvo en la sección de ropa, cogió unas camisas y unas corbatas y las combinó. Le gustaba mirarse al espejo con cada modelo distinto. Fue a coger unos zapatos, se los probó y sonrió al espejo. Se preguntó si en aquel lugar le alcanzaría el dinero para comprarse la ropa que quisiera. Sus ahorros probablemente se acabarían a los tres meses y no sabía si conseguiría un trabajo fácilmente; a pesar de las múltiples clases que había recibido no manejaba el idioma, y sólo conocía a Paula. Se conocieron en la universidad hace un año y medio, ella hacía una maestría que había obtenido por mérito propio, después de unos duros años en los que estudiaba y trabajaba simultáneamente. Había comenzado a trabajar desde los dieciséis años. Le contaba anécdotas de fábricas, restaurantes, tiendas...se había relacionado con gente de distintas clases sociales, edades, lugares. Paula era más fuerte que él, le enseñaría cómo vivir por sí mismo.
Desde hace algunos años él y sus padres discutían con más frecuencia. Deseaba irse de casa apenas acabara la carrera. No soportaba su dependencia hacia ellos y se debía a sí mismo dar ese salto.
Juan dejó la ropa en su lugar y se acercó a la sección de bebidas. Frente a él aparecieron unos jóvenes que promocionaban diferentes marcas de vino. Probó unas ocho copas diferentes. Se quedó un poco mareado y revivió en un momento todas las veces que se emborrachó con sus amigos. Llegaba a su casa al amanecer o a veces despertaba en una casa distinta con una mujer distinta. Vio su sonrisa reflejada en una de las botellas de vino de la estantería. Tambaleándose un poco se acercó a los comestibles. El vino le había abierto el apetito. Se acercó a una mesa que ofrecía diversos fiambres, quesos y panes. Probó uno de cada bandeja y se sintió satisfecho. ¿Le gustaría la comida de aquel lugar? Tal vez tendría que aprender a cocinar. Recordó las innumerables fiestas que organizaban sus padres, donde todos los invitados quedaban encantados con los deliciosos platos. Junto con sus amigos llenaban sus provisiones de alimento y alcohol y salían enloquecidos a las discotecas. Eructó y dejó escapar una risa nerviosa. En aquel lugar tendría que trabajar, llegaría cansado los viernes y no tendría ganas de ir a ningún sitio. Además, ¿con quién? Y cuando no tuviera dinero no podría pedírselo a ella, y sus padres no estarían cerca.
Cuántos fines de semana tendría que pasarse encerrado en la casa...
Se oyó la primera llamada de su vuelo. Se acercó a la sección de discos. Se puso unos audífonos y escuchó unas canciones. La segunda llamada. Tal vez no era tan malo vivir con ellos. La tercera llamada. Juan llamó a su madre y le preguntó que había de comer.
María Pía Rondón Carlín
Desde hace algunos años él y sus padres discutían con más frecuencia. Deseaba irse de casa apenas acabara la carrera. No soportaba su dependencia hacia ellos y se debía a sí mismo dar ese salto.
Juan dejó la ropa en su lugar y se acercó a la sección de bebidas. Frente a él aparecieron unos jóvenes que promocionaban diferentes marcas de vino. Probó unas ocho copas diferentes. Se quedó un poco mareado y revivió en un momento todas las veces que se emborrachó con sus amigos. Llegaba a su casa al amanecer o a veces despertaba en una casa distinta con una mujer distinta. Vio su sonrisa reflejada en una de las botellas de vino de la estantería. Tambaleándose un poco se acercó a los comestibles. El vino le había abierto el apetito. Se acercó a una mesa que ofrecía diversos fiambres, quesos y panes. Probó uno de cada bandeja y se sintió satisfecho. ¿Le gustaría la comida de aquel lugar? Tal vez tendría que aprender a cocinar. Recordó las innumerables fiestas que organizaban sus padres, donde todos los invitados quedaban encantados con los deliciosos platos. Junto con sus amigos llenaban sus provisiones de alimento y alcohol y salían enloquecidos a las discotecas. Eructó y dejó escapar una risa nerviosa. En aquel lugar tendría que trabajar, llegaría cansado los viernes y no tendría ganas de ir a ningún sitio. Además, ¿con quién? Y cuando no tuviera dinero no podría pedírselo a ella, y sus padres no estarían cerca.
Cuántos fines de semana tendría que pasarse encerrado en la casa...
Se oyó la primera llamada de su vuelo. Se acercó a la sección de discos. Se puso unos audífonos y escuchó unas canciones. La segunda llamada. Tal vez no era tan malo vivir con ellos. La tercera llamada. Juan llamó a su madre y le preguntó que había de comer.
María Pía Rondón Carlín
sábado, 1 de marzo de 2008
Gente así
Unos gritos la evaden de sus pensamientos. En la acera de enfrente, una mujer es empujada fuera de un bar por un hombre que escapa corriendo, cruza por delante de María y sube por la calle. La mujer agredida se pone a perseguirle a buen ritmo. Inmóvil, presenciando el asalto e huida, ve como el hombre gira por la paralela por arriba. Decide correr recto para seguirles el rastro, gira la siguiente calle y a lo lejos ve al hombre viniendo hacia ella; la mujer, unos metros detrás, la grita que lo pare. Se lanza sobre él y lo inmoviliza. La resulta fácil, apesta a alcohol y no se resiste, casi no puede respirar. La mujer lo cachea, busca su móvil por sus bolsillos, no lo encuentra. Le pregunta que por qué corre si no ha robado su móvil. Él no contesta, permanece tranquilo. La mujer, confusa y acelerada, le deja marchar. Nunca estuvo segura de que fuera el ladrón, pero ¿por qué esa violenta reacción cuando se lo preguntó?. Estuvieron largo rato charlando, alternando cómplices risas y anécdotas insólitas, con hipótesis sociales y profundas reflexiones. Desmontando lo acontecido las dos se sentían orgullosas de su solidaridad ciudadana y además, en este caso, femenina. Después se despidieron para siempre. María observaba como Yolanda se alejaba, cuando ésta se giró y la gritó: gracias por ayudarme, ya no queda gente así.
- - - - - Microrelato Beatriz Gallego
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