domingo, 3 de febrero de 2008

El día amaneció con calima, ese polvo del desierto que siempre me afecta a la garganta. Permanecí mucho rato en la cama hasta que por fin me levanté, subí las persianas y me quedé mirando el mar: estaba en calma; anunciaban viento sur, pero todavía no había llegado.
Vivo en una casa que construyó mi abuelo en unas tierras heredadas; se encuentra en lo alto de una colina, desde donde se divisa toda la ciudad y una gran parte de este lado de la isla. En la finca que la rodea, se plantaron al fondo plataneras delimitadas con canteros geométricos y, más cerca de la vivienda, abundantes árboles frutales: limoneros, naranjos, aguacates, mangos, papayas.... En el jardín crecieron dos araucarias que hoy parecen alcanzar el cielo, varios tipos de palmeras y árboles ornamentales cargados de flores exóticas que, en otro tiempo, rivalizaban con los jacintos, las calas, los hibiscos y las hortensias que, primero mi abuela, y después mi madre, cuidaban con tanto mimo. A unos dos kilómetros hacia la costa, se encuentran dos calas solitarias en una zona agreste, perdidas entre acantilados. En los domingos estivales, los lugareños van a bañarse y a pasar el día; en invierno, todo el paraje queda desierto.
La casa se ha ido deteriorando en los últimos años, el salitre y la humedad lo carcomen todo; la madera de los bosques isleños no agradece la cercanía del mar. Las gavetas, las ventanas y las puertas hinchadas, parecen lamentarse con sus chirridos, del paso del tiempo y del abandono. Una pátina tenaz de polvo cubre hoy todos los rincones; mi lucha contra la suciedad acabó a la vez que finalizó mi batalla por la vida. Las habitaciones permanecen cerradas y, los grandes ventanales de la planta baja, no se abren la mayoría de los días, quedando así ,en sombra permanente, las arcas antiguas, los sillones y los muebles de madera oscura, que adquieren un aspecto fantasmal.
Llevaba unos días con una tristeza tal, que me impedía pensar siquiera en salir a la calle; no quería ver ni hablar con nadie; por suerte, no lo necesitaba, podía quedarme en casa tranquilamente, no me iban a echar de menos. Bajé a tomar un desayuno ligero y a continuación salí al jardín; hacía calor, no había brisa y los árboles permanecían estáticos. Después de deambular un poco, arrancar de forma mecánica algunas hojas secas de los geranios y mirar indiferente las montañas, volví a entrar en la casa. Pensé que era una suerte vivir tan aislada; sólo tenía que acercarme a la ciudad para comprar comida y, por el momento, la despensa estaba abastecida. Me acerqué al salón, abrí el piano y, después de unos instantes, lo volví a cerrar. Ni siquiera me apetecía la música; sólo quería silencio, no pensar, no sentir ......Decidí volver a acostarme, tomé la novela que estaba leyendo y leí, leí, hasta quedarme dormida de nuevo. Cuando desperté habían pasado ya varias horas y estaba entrada la tarde. El último sueño había sido una pesadilla horrorosa, como hacía mucho tiempo que no había tenido, quizás desde que era una niña; me quedé pensando en lo que podría significar ..... ¿Alguien cercano estaba sufriendo? ¿Algún ser querido estaba enfermo? ¿Tenía que ver esta tristeza de los últimos días con algún mal presentimiento?.
Pero, reflexioné, ¿tenía realmente algún ser cercano?, ¿me quedaba todavía algún ser querido?. Había querido a mis hermanos, sí, y también a mis sobrinos; pero lo que sentía ahora por ellos era una especie de desencanto, una desilusión sin nombre y un vago pesar. Hace muchos años, cuando todavía eran jóvenes, mis hermanos se fueron marchando uno a uno de la isla, se instalaron en Venezuela, allí se casaron y construyeron su vida. Mientras vivieron nuestros padres, solían regresar cada cinco años, en las fiestas lustrales. Les había ido bien, volvían como indianos ricos, cargados de regalos, de historias jugosas, de esposas caribeñas de cinturas cimbreantes y de niños risueños que alegraban nuestros días con sus juegos infantiles.
Sólo yo me quedé. Cuidando, primero, a los mayores: la abuela, que sobrevivió a su marido; las tías solteras; las viudas, que se instalaron en el hogar familiar para morir arropadas, como era la tradición; los padres; las criadas y los perros, que se iban sustituyendo. Durante años, vivía con la esperanza de viajar un día al otro lado del atlántico, de reunirme con los hermanos y los sobrinos, de comenzar una nueva vida. En cada reencuentro, recibía promesas que yo guardaba celosamente y me mantenían la ilusión. Finalmente, después del entierro de mamá, que fue la última en marcharse, parecieron olvidarse de mí; comenzaron a darme largas: aquí la situación no es buena, se acabaron los dólares del petróleo, hay que esperar tiempos mejores, el pasaje es muy caro, no debes perder tu jubilación... Y yo me quedé: cuidando la casa, al último perro de la estirpe, y a la última criada, que era casi tan vieja como ella. Hasta que, por último, también ellos murieron, y ya no quise más perros, ni más criadas. Y me quedé sola.
Mis hermanos no quisieron vender la casa. ¿Quién sabe – decían – si algún día tendremos que volver?. Tampoco resultaba fácil encontrar comprador, era demasiado terreno y no dejaban parcelar ni construir en esa zona. Al principio mandaban algún dinero, después dejaron de hacerlo. De la finca se ocupa ahora un medianero, que me da el 50% de la producción de plátanos y demás frutales. Yo voy subsistiendo con eso y con mi pensión de maestra. Las alhajas y la plata se la fueron llevando las sobrinas en los últimos viajes. Se las cedí gustosa; total, yo no iba a necesitarlas y para ellas, que estaban tan lejos, decían, eran sus únicos recuerdos de familia. En la actualidad me llaman dos veces al año: en Navidad y en mi cumpleaños, y aprovechan para contarme las novedades: Se casó Rosita, Miguel se echó novia y acabó la universidad, Pablito se fue para los Estados Unidos. Pero de volver no dicen nada, ni tampoco recibo una invitación para visitarles.
Me acerqué a la ventana, la abrí y miré al exterior; estaba anocheciendo. El sonido de los grillos tapaba el rumor del mar, o tal vez yo no podía oírlo. No me gustan esos insectos tan negros, no me fío de ellos, nunca sé que están diciendo: si se quejan con su canto o simplemente se divierten haciendo ruido. De repente me entró un miedo absurdo a la oscuridad; cerré la ventana y encendí todas las luces de la habitación. Pero fue peor, la negrura de la planta baja parecía subir para atraparme; no sé por qué, pero no me sentía con fuerzas para bajar la escalera. Tenía la espantosa sensación de que algo o alguien me esperaba abajo. Intenté calmarme, ser razonable, pero cuánto más lo intentaba, más angustiada me sentía. Me pareció oír ruidos en el jardín; me quedé escuchando..., ahora se oían en la casa..., sentí que alguien subía la escalera. Me armé de valor, salí al descansillo y allí estaban.
- No se asuste Doña, necesitamos que nos dé todo lo que tenga de valor, no queremos hacerle daño.
Eran dos chavales jóvenes, de unos veinte años, reconocí al de la izquierda.
- Tú eres el hijo de Tomás, el de la recova. Fuiste alumno mío en la escuela. ¿Cómo entraron? ¿Qué pretenden?
- Entramos por la puerta que da a la cocina, la tenía abierta, debería tener más cuidado. No es nada personal Doñita, usted siempre fue buena con nosotros, pero necesitamos su ayuda. Tenemos que dejar la isla; están detrás de nosotros; embarcamos esta noche, el barco sale a las doce, no tenemos dinero.
Se le veía alterado, hablaba a trompicones. El otro permanecía callado, y miraba nervioso, con temor, hacia los lados.
- En la casa no queda casi nada, pero de lo que hay, tomen lo que gusten. Entren, el dinero está en mi habitación, en el escritorio; debe haber dos mil pesetas. Y ahora, salgan y déjenme tranquila y acuérdense de cerrar bien la puerta del jardín cuando se vayan.
- Gracias, Doñita, nos acordaremos de usted. Disculpe, y que descanse.
Mientras les oía entrar y salir de las habitaciones, abriendo y cerrando cómodas y armarios, recordé una noche como aquella, cincuenta años atrás: Esa tarde habíamos celebrado mi cumpleaños, cumplía diecisiete; era la mayor de cuatro hermanos y la única mujer. Mi madre y mi abuela llevaban una semana preparando, junto con las tías, toda clase de dulces para la ocasión: mantecados, merengues, almendrados, compota de guayaba,,,,, Habían venido familiares y amigos. Las criadas habían encerado los suelos; la plata relucía y los jarrones estaban adornados con las mejores flores del jardín. Acabada la fiesta y habiéndose retirado los invitados, mis hermanos y yo subimos a nuestras habitaciones, el abuelo estaba en la biblioteca, que se encontraba en la parte alta. Mi padre se hallaba en su despacho, al otro lado del salón. Las mujeres terminaban de recoger los restos de la velada. De pronto, se oyeron carreras por el jardín, gritos, alboroto ...Los niños corrimos escaleras abajo, mi abuela lloraba, mi madre se llevaba las manos a la cabeza, se abrazaban las muchachas, rezaban las tías, mi padre, guardando serenidad, nos ordenaba: ¡No salgan, quédense dentro!. Se oyeron dos disparos. Todos enmudecimos y nos miramos consternados. Al poco, entraron tres guardias, preguntaron por mi abuelo; mi padre, con calma, subió a avisarle. Bajaron los dos; mi abuelo, solemne, se presentó ante los guardias y les dijo: Cuando gusten.
El abuelo de Tomás, el de la recova, padre de mi joven ladrón, era entonces el medianero de la finca. Los dos tiros fueron para él. Murió entre las plataneras que cuidaba. Llevaba allí escondido tres días con sus tres noches. Mi padre le llevaba comida. El y mi abuelo fueron arrestados y llevados a la cárcel, por masones y encubridores. Mi abuelo murió en ella; mi padre salió tres años después. Corría entonces el verano del 36 y empezaba el declive de mi familia, la emigración forzosa de los hermanos y el olvido.
Me quedé escuchando: los jóvenes bajaron la escalera, revolvieron en la planta baja y, finalmente, salieron por la puerta trasera. Cerré con llave la habitación, bajé las persianas y me metí en la cama temblando. Dejé sólo encendida la luz de la mesilla de noche, retomé la novela, y leí, leí, no sé durante cuánto tiempo, hasta que conseguí volver a quedarme dormida.

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