Observaba en aquel lugar pequeño pero muy luminoso a las personas de toda clase de edades: niños inquietos acompañados con sus padres, jóvenes cogidos de la mano muy enamorados, personas mayores con mucha prisa quizá muy atareados, y por último otras personas más mayores envejecidas en su rostro, en su cuerpo, en sus andares ayudados por un bastón, que aún así les costaba mucho recorrer la calle; también de toda clase de culturas y razas que si blancos, judíos, orientales, budistas, musulmanes, de raza negra…Lo único que hacía era observar, observar el modo en el que actuaban; lo que decían entre ellos (si se acercaban bastante), incluso muchos hablaban con el móvil, levantando bastante la voz, ella no conocía ese invento y pensaba que esas personas que lo hacían estaban locas; también las expresiones de los rostros cuando veían lo que llevaba puesto. Ella lo desconocía, pero desempeñaba un papel muy importante en aquel lugar, del que no podía salir, aunque a decir verdad ya había estado anteriormente en otros lugares similares y la función siempre era la misma.
Hace poco tiempo que le acompaña un apuesto joven y gracias a su presencia, le ha hecho experimentar muchas sensaciones, que jamás podrían sospechar, que ella llegaría a sentir, los seres que habitan en el otro lado, en el mundo exterior.
Todo empezó un día que resultó ser muy temprano al haber más personas en su espacio que en la calle y eso resultaba muy extraño. Todo el revuelo que montaron, fue por poner a un chico al lado suyo, le sentaron de una manera atractiva, con postura de seducción, y con la cabeza dirigida hacia ella, eso quería decir una cosa, que la observaría únicamente y espacialmente a ella día tras día, en aquel lugar, que ahora compartirían ellos dos, solo ellos dos. Podía sentir que la observaba únicamente a ella y que la sonrisa dibujada en la cara de ese hermoso chico, era dirigida para ella eternamente. Al pensar en todo eso, enrojeció rápidamente y su expresión fría y rígida que mostraba, cambio por completo y reflejaba la de una quinceañera que cree ciegamente que ha encontrado el amor verdadero, cuyo rostro desprende felicidad, ilusión, pasión…Esa expresión, que estaba cansada de ver, cuando eran épocas de rebajas y las colegialas acudían como masas muchas de ellas con sus novios. Pero en un segundo todas estas emociones y sensaciones cambiaron repentinamente al darse cuenta, que ellos no tenían la capacidad de hablar, de comunicarse lo que sentía el uno por el otro, de moverse. Ambos estaban condenados a desearse, de ansiar el hecho de tocarse el uno al otro para siempre, ni podían tan siquiera rozarse al estar lo suficientemente alejados para llegar hacerlo, ni muchos menos de expresar su amor besándose. Todas estas prohibiciones, que no podían alcanzar, les sumaba a ambos en una profunda depresión, estaban condenados a no cumplir sus satisfacciones del uno hacia el otro, de no responder a sus necesidades del amor, solo sabían que cada uno sentía lo mismo por el otro, era un amor correspondido pero no factible, y la química que desprendía ambos, era tan fuerte, que provocaba la atracción de las personas inexplicables para ellas hacia ese lugar, y fueron muy productivos los looks que llevaban puestos, para la tiendecita que se situaba en aquella esquina de una céntrica calle de Madrid. Los dependientes y el encargado de dicha tienda dejaron indefinidamente a esos maniquís en el escaparate, que se anhelaban mutuamente y envidiaban al ser humano por tener la suerte de poseer esas cualidades, que les hacían ser seres con demasiada suerte, aunque no lo sabían utilizar o porque nunca habían estado en la situación de esos jóvenes maniquís, desconocían lo que esa pareja estaba sufriendo, o bien porque las personas eran, son y serán seres insatisfactorios que cuando alcanzan la felicidad siempre quieren más y nunca se conforman con lo conseguido.
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