domingo, 10 de febrero de 2008

Después de esa noche, sólo volví a ver a mi padre vivo dos veces, y en ambas, apenas tuvimos algo que decirnos. La primera fue cuando cumplí quince años. Recibí una llamada suya el día anterior diciéndome que había vuelto y que quería verme. Quedé con él a la salida del colegio, a mi madre le dije que iría a comer a casa de una compañera. El saludo resultó artificial, forzado. El hizo amago de abrazarme, pero yo se lo impedí con un: ¿Hola, cómo estás?, tan frío, que le disuadí de cualquier manifestación de cariño Me llevó a almorzar a un restaurante que quedaba a las afueras de la ciudad. La situación era tensa. Yo le miraba con desconfianza, me mantenía altiva, como si no me importara gran cosa el reencuentro. Creo que quería trasmitirle todo el despecho que sentía por tantos años de abandono. Recibí sus regalos con una estudiada indiferencia y contestaba a sus preguntas casi con monosílabos. Por mi parte, no me interesé por su vida. Sabía que vivía en el extranjero, que se había vuelto a casar y que tenía otros hijos, pero no le pregunté nada. El tampoco me contó. Creo que pensó que yo le recibiría de otra forma, que le daría facilidades, y ante mi actitud retadora, le resultó difícil congraciarse conmigo, explicar su partida siete años atrás, e intentar justificarse.

La imagen que había tenido de mi padre en mis primeros años de infancia, era por entonces muy borrosa. A fuerza de querer olvidarlo, llegué a olvidar incluso hasta su rostro. En cambio, en los primeros tiempos, cuando su marcha era aún reciente, y su ausencia me dolía de una manera insufrible, no pensaba en otra cosa que en los momentos que había pasado con él. Recordaba su olor cuando me abrazaba, cuando me sentaba al atardecer en su rodillas y me cantaba canciones antiguas, siempre las mismas, que hablaban de amigos, de parrandas, de desamor. Su voz, cuando me recitaba aquel poema inacabable, del que sólo me quedó una estrofa, y que en vano intenté recuperar mucho tiempo después. Recordaba nuestros paseos por la playa, nuestros baños en el mar, cómo me sujetaba con cuidado hasta que aprendí a desenvolverme sola en ese medio. Recordaba sus saludos vespertinos: ¿Qué tal estás princesa? ¿Cómo te fue el día?. Recordaba su risa, su desbordante alegría. Nunca le había visto enojado. Hasta aquella noche.

Esa noche aceleró el fin de mi infancia.

Debía llevar ya varias horas durmiendo cuando me despertaron unas voces; intenté volver a dormir, pero un pude, las voces no cesaban. Asustada, con un miedo nuevo y desconocido, me levanté y atravesé el pasillo descalza, aún medio dormida, hacia la habitación de mis padres. La puerta estaba entreabierta, podía verles desde afuera; estaban levantados, discutían de forma acalorada; no me atreví a entrar, tal era mi desazón y mi sorpresa; permanecí quieta, en la penumbra, mientras un estremecimiento de espanto comenzaba a recorrerme el cuerpo. Nunca había visto a mis padres enfadados, no entendía lo que estaba pasando. Era la primera vez que presenciaba una escena semejante; hasta entonces, sin ser yo consciente de ello, había vivido en un ambiente de armonía, como tal vez pocos niños habían tenido el privilegio de disfrutar. Es cierto que en los últimos días les había encontrado distantes; mi padre llegaba tarde, cuando ya habíamos cenado, y mi madre estaba más seria de lo habitual, apenas le saludaba; a mí me mandaban antes a mi habitación y no hacíamos sobremesa. Pero yo sabía que mi padre subiría a verme cuando ya estuviera acostada. Yo le esperaba como siempre, sin dormirme, y sólo cuando él entraba en el cuarto, se sentaba en mi cama y, después de contarme alguna pequeña historia, me daba un beso de buenas noches, yo entraba en un sueño feliz.

Me quedé, pues, escuchando desconcertada en el vano de la puerta, incapaz de reaccionar, de moverme, de llamar su atención; quería hablar, pero no me salían las palabras. Ellos no parecían darse cuenta de mi presencia.

Mi madre estaba en camisón, con el rostro transfigurado, nunca antes la había visto en ese estado. Le reprochaba a mi padre algo sobre otra mujer, le mostraba una camisa, se la agitaba delante de la cara.
Mi padre, que aún estaba vestido a pesar de ser ya noche cerrada, intentaba calmarla: le decía que bajara la voz, trataba de acercarse a ella, pero mi madre le rechazaba con los brazos y con todo el cuerpo.

- ¡No me toques! – le decía – ¡Nunca volverás a tocarme!.

Yo pensaba que se había vuelto loca. Recordé algunas historias que me contaban las amigas, sobre personas que de repente perdían la razón, y tenían que encerrarlas para el resto de su vida. Ese pensamiento me aterrorizó. Empecé a tener mucho frío, temblaba de una forma incontenible, y sentí que un reguero tibio resbalaba entre mis piernas. La pelea, entre tanto, se había hecho más violenta.

- ¡No volverás a ver a tu hija! – gritaba mi madre - ¿Lo has oído? ¡No volverás a verla jamás!.
- Cállate, no sabes lo que dices, cállate – le gritaba a su vez mi padre, al que se le veía muy alterado.

Y en un momento dado, le vi levantar la mano como si fuera a golpearla. Mi madre se cubrió la cara y empezó a sollozar. Era un llanto desgarrador que a mí me helaba la sangre. Mi padre congeló el brazo en el aire.

Entonces fue cuando le llamé.

- Papá – mi voz salió casi inaudible - Papá – repetí más fuerte.

Mis padres se volvieron, y al verme, mi madre corrió desconsolada a abrazarme, mientras seguía llorando de manera incontrolada. Mi padre mi miró con una tristeza infinita, tenía los ojos húmedos y brillantes.

- Princesa – musitó con un hilo de voz, impotente – mi princesa.

Luego miró a mi madre; quiso decir algo, pero debió pensarlo mejor y se quedó callado. Salió de la habitación. Empezó a bajar la escalera. Yo quise soltarme y correr detrás de él, pero mi madre me sujetaba con fuerza. Al fin, conseguí librarme de sus brazos y alcancé a mi padre cuando éste abría la puerta de la calle.

- ¡Papá! – ahora era yo la que lloraba desesperadamente - ¿Dónde vas papá? ¿Dónde vas? ¡No te vayas! ¡Llévame contigo!.

El me estrechó entre sus brazos, me besó con una ternura indecible y, después de una última mirada, se marchó.

La segunda vez que nos vimos, yo estaba finalizando mis estudios de literatura francesa en La Sorbona. El se había trasladado a París desde Viena, donde residía, para dar una serie de conferencias sobre el resurgimiento de los grupos neonazis en Europa. Asistí a una de ellas en la Universidad; sentía un vivo interés por oírle hablar y ver, cómo se desenvolvía, fuera del ambiente que habíamos compartido juntos.

A esas alturas, yo ya no conocía a mi padre; por aquel entonces se había convertido para mí en un perfecto extraño. Salvo aquel almuerzo en la adolescencia, no habíamos vuelto a tener contacto, nunca mantuvimos correspondencia. Ignoro si él siguió mis pasos; yo, por mi parte, sabía que era un sociólogo reconocido, leía sus artículos y lo que de él decía la prensa; pero eso no me acercaba más a su persona.

El aula donde dictaba mi padre la conferencia estaba llena; yo me senté al final, donde no pudiera verme. Le esperé a la salida y, en esta ocasión, fue él el que me recibió con frialdad. Parecía azorado, daba la impresión de querer desembarazarse de mí lo antes posible. Quedamos para tomar un café al día siguiente, pero no apareció. Me envió una nota, explicándome que un compromiso ineludible de última hora, le había impedido asistir a nuestra cita; que por desgracia, tenía que regresar a Viena antes de lo previsto; y me pedía que le llamara por teléfono, si viajaba a esa ciudad en alguna ocasión.

Yo no hice nunca ninguna de las dos cosas. Hasta ayer.

Mientras desayunaba, leí en el diario que había muerto, y quise asistir a su entierro.

Llegué a tiempo al velatorio. Me presenté ante su familia, sin importarme si había oído o no hablar de mí. Entré a la sala donde estaba expuesto el féretro; me acerqué, y contemplé su cadáver.

Hoy le acompañé en su último viaje al cementerio, y me despedí, a la vez que de él, de una infancia que, definitivamente, no había dejado de ser un sueño.


Silvia Galván






- No voy a quedarme aquí ni un día mas. No voy a ser cómplice de esta barbarie. ¿Quieres que pierda mi dignidad? ¿Que no me respete a mí mismo?

- Es mi padre, sabes que no puedo dejarle, no puedo.

- Tendrás que elegir, o vienes conmigo o te quedas con él. Pero no me pidas que me quede y que permanezca impasible. Yo no puedo comulgar con sus ideas. No puedo traicionar mis creencias, mis principios.

- Qué creencias, qué principios. No tuviste tantos escrúpulos a la hora de casarte conmigo, y hasta ahora, que yo sepa, has vivido muy bien mirando para otro lado, ¿por qué no puedes seguir haciéndolo?. ¿Tanto te cuesta?. Dime, ¿tanto te cuesta?

- Y tú me lo preguntas? Cómo quieres que mire a la cara a nuestra hija después de ésto si me quedo aquí como si no pasara nada. Tienes que decidirte. El ya no te necesita, de hecho, no necesita a nadie, se basta él solito.

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