Relato Breve: “Veranos de Oscuridad”
Todos los veranos iba al pueblo de sus abuelos, esta vez no tenía por qué ser distinto, así que sobre las diez de la mañana del primer sábado de julio, ya estaban en la autopista con dirección a Guadalajara. A ella no le gustaba nada pasar todo el verano en esa inmensa, oscura y temida casa. Esa sensación que siente desde que tiene conciencia no se lo manifestó a nadie, ni tan si quiera a su madre. La casa se construyó mucho antes de la Guerra Civil y se ha visto notablemente deteriorada a lo largo de los años. La niña siente como alguien la vigila, la observa en cada rincón de esa casa.
Este año, ya cumplidos los diez años, había llegado el momento en que durmiera en una habitación independiente a la de sus abuelos. Cuando entró, sintió una fuerte asfixia que se fijó en sus pulmones y la dificultó la respiración tanto que solamente dio dos pasos y retrocedió para abandonarla. Ya pasadas las seis de la tarde antes de que se marcharan sus padres de vuelta a la civilización y la dejarán solamente con sus abuelos que cada vez se sentía más distantes a ellos, quiso intentar cambiar su suerte ya que sabía perfectamente que vendría un insomnio de tres meses. Pero la intentona, aunque fue convincente en un principio por parte de su madre, su padre la rechazó tangentemente, sin importarle lo más mínimo a cerca de sus sentimientos, sus miedos…, pero era normal en él.
La primera noche antes de meterse en la cama estaba muy nerviosa, el corazón parecía que le iba a estallar, sabía que era el blanco perfecto para el ser que siempre lo estaba espiando. Ya metida en la cama, sus abuelos la dieron dos besos y la desearon las buenas noches, su abuela la recordó que si sucedía algo o se encontraba mal nada más tenía que dar dos golpes a la pared y vendrían enseguida. Siempre le daba la impresión que su abuela hablaba con segundas, ya que hizo mucho énfasis en lo de si le sucedería algo. Cuando sus abuelos se durmieron, empezó a escuchar unos pasos continuos y pesados en el primer piso (donde nadie dormía) y se le sumó ruidos chirriantes que sin ninguna duda eran del cerrojo que cerraba la puerta que comunicaba con el piso de arriba, como si alguien quisiese salir desde dentro. Tembló en todas las partes de su cuerpo y rezaba sin parar. Era la habitación más cercana a esa puerta. Ya pasaban las cinco de la madrugada cuando sus hinchados ojos de no poder dormir cayeron por su espesor.
A la mañana siguiente con un gran sueño, sentía su cuerpo pesado al igual que sus ojeras y sus ojos. Sus abuelos la avisaron que se iban sobre las cuatro de la tarde a comprar a la ciudad, que volverían sobre las ocho y que no saliera bajo ningún concepto de la casa. Como se marcharían cuando había luz, no sentiría tanto miedo, aún así colocó todas las cosas que iba a utilizar para entretenerse en la sala de estar y no saldría a buscar nada. Además allí tendría la televisión que la pondría con un volumen bien alto. Justo cuando se fueron corrió a la sala de estar, cerró la puerta por dentro y encendió la televisión. No funcionaba. Comprobó si el enchufe estaba desconectado, para su sorpresa estaba cortado. ¡ZAS! escuchó un ruido del piso de arriba y después de forma continua pisadas y portazos. Se armó de valor y se dirigió delante de la puerta que abría las escaleras del piso de arriba, la abrió y encendió la luz temerosa con lo que se iba a encontrar, pero no había nadie. Ese piso era la parte más oscura de la casa, la más fría, la más tenebrosa (no conocía otro lugar que no le daba más miedo que ese). Aunque subía las escaleras con gran dificultad, se estaba sorprendiendo del valor que estaba mostrando. Al llegar al piso, se encontró en el suelo un cuadro de la Guerra Civil, que siempre había permanecido colgado en una habitación y que ahora estaba ahí roto. Le dio la vuelta para ver la foto. Algo raro notó al ser la fotografía muy antigua, estaba deteriorada. Enseguida se dio cuenta que había más personas que nunca antes había visto y sus cabezas no se encontraban sobre sus cuellos, sino que las sujetaban sus manos. Ante lo que veía, empezó a gritar desesperadamente, el pánico se apoderaba de ella:
- ¡No! ¡Dejarme en paz! ¡No, esto es una pesadilla!
- No tengas miedo de nosotros de los vivos sí, ellos te pueden hacer daño, nosotros no.- era una voz aguda con una respiración muy fuerte.
Fue la primera vez que la hablaron porque también fue la primera vez que ella se decidió a preguntar. Nunca había estado tan nerviosa. No controlaba ninguna parte de su cuerpo. Se cayó por las escaleras. Enseguida se levantó y corrió hacia la puerta de la calle. Se encontró que estaba cerrada con llave. Las voces agudas e irritantes eran más potentes y notaba como se acercaban a ella, en ese momento de desesperación escapó por la ventana y huyó, huyó, huyó y huyó. Nunca más se supo de ella, mi bisnieta, nunca más. Nadie sabe si está viva o si está muerta. Llegará el día que vague perdida y sola sin ningún rumbo fijo, sin ningún fin ni causa. Será un espíritu y cuando eso suceda y se dé cuenta por sí misma, vendrá para ser uno de nosotros, de su familia.
domingo, 13 de abril de 2008
lunes, 7 de abril de 2008
Retrato de un robo
Sí. Ese soy yo. Alto, con una postura desgarbada. Flaco, casi escuálido. Sonriente, dientes blancos y completos. Mirada alerta, atenta a cualquier movimiento. Pelo alborotado. Manos en los bolsillos (nunca supe qué hacer con ellas cuando me encuentro frente a una cámara). No sé muy bien en qué momento se tomó la foto, lo más probable es que mi mente estuviera en blanco.
Manolo nos entregó a Tomás y a mí su respectiva imagen. Luego tomó una foto de los tres y guardó la cámara.
- Qué pena, saliste cortado – me dijo - y ya no puedo tomar más, se acabó el rollo.
Empezamos a caminar lentamente. Cada paso parecía arrastrar bolas de hierro y cadenas. Era una tarde insoportable, no podía distinguir si las gotas de sudor que caían de mi frente eran producto de ese calor espantoso o eran gotas de mi estado incontenible de angustia, vergüenza, nerviosismo...Caminamos sin hablar, quién sabe cuánto tiempo, como temiendo que una sola palabra revelara un ligero temblor en los labios, evitando el desmoronamiento de esos sacos de arena atravesados en la garganta. Si es uno o varios sacos de arena, no lo sé, pero no quise sentirme solo en esta angustia y prefiero pensar que todos sentimos lo mismo. Dimos unas cuantas vueltas a la manzana antes de entrar en la casa. Se soltaron las cadenas, nuestros pasos fueron más ligeros, más decididos, rápidos, impacientes. Empezó a oscurecer. Nos detuvimos.
- ¿Estás seguro que no volverán esta noche?
- Ya te he dicho que no. ¿Cuántas veces tengo que repetirlo?
- Nunca te dejaré las llaves de mi casa. Con lo bien que se han portado contigo...
- Ahí viene el gordo con la camioneta.
Una camioneta azul se estacionó frente a la casa. A través de las ventanas negras sólo veía la figura de una gorra, unos lentes, una nariz alargada.
Miradas a todos lados. Vueltas a la llave. Tú primero, tú conoces la casa. Espera a que te avise y entran. Se abre otra puerta. Chasquidos de dedos. ¡No se queden ahí! Pasos largos, temblorosos.
- Sólo lo que tenga valor, no hace falta que se llenen las manos con porquerías – dijo Manolo mirando a Tomás, quien bajó la cabeza, asintiendo.
Era como estar en una cueva de diamantes, me veía reflejado en cada pared, mi figura iba variando a medida que avanzaba. Los cuadros empezaban a marearme, no me decidía por ninguno. Empecé sin más a quitarlos uno a uno, dando prioridad a los que tuviesen mejor marco, no soy un entendido en pintura así que empezaba a hartarme de esa mezcla de colores tan dispares.
- Esta casa es muy grande, no acabaremos de revisarlo todo. ¿Cómo hace tu jefe para vivir con todo esto alrededor?
- El viejo se ha dedicado a coleccionar toda su vida. Yo llegaba a trabajar muy temprano y él ya estaba encerrado en su estudio. Ahí pasaba horas y horas, entre estos objetos, todo de diferentes años, ¡hasta de siglos! Y pobre del que lo molestara...hasta su hija Laura esperaba calladita hasta que bajaba a comer. Yo no sé por qué tanto valor a tanto cachibache, lo único que sé es que esto mañana se vende como pan caliente. Y deja de preguntar tanto, que lo que necesito son brazos.
Miré cómo Tomás bajaba la mirada y seguía revolviendo cajones, armarios, guardándolo todo en el bolso grande que traía. Me entristecía ver cómo se dejaba maltratar por Manolo. Pero Tomás lo admiraba tanto, desde la enfermedad de su padre Manolo siempre se había encargado de él. Era incapaz de mirar fuera de su órbita. Mientras pensaba en todo esto, tropecé con una mesa que estaba detrás. El ruido que se oyó se multiplicó en mi cabeza. Dejé de parpadear un instante, alerta a cualquier movimiento como era mi costumbre. Me di vuelta y empecé a levantar uno a uno los retratos que se habían caído. Una mujer con un bebe en brazos. Una niña soplando las velas de una torta. La misma niña en la playa, echada sobre una toalla. Un hombre y una mujer bailando. Una ceremonia de graduación. Una chica vestida de fiesta, con un vestido rojo que me dejó quieto unos instantes.
Laura bajaba del árbol cogiéndose de la escalerita de madera que le había construido. Me esperaba con una sonrisa, se iba poniendo más colorada a medida que me acercaba. Yo le apretaba la mano fuerte, siempre estaría contigo Laurita, vamos a caminar y me lo cuentas todo. Mirada tras mirada, yo iba escuchando todo lo que me decías, tus risas, tus suspiros, tu llanto. Querías otra vida, y yo quería la tuya Laurita. Espera unos años más, me decías temblando, ya sabes como es mi viejo, no lo puedo dejar así. Y me dejaste a mí, en unos minutos, esperando años por ti. Un día volviste, te habías graduado no sé de qué, habías conocido medio mundo y yo sólo había dado la vuelta a la esquina, me abrazaste muy fuerte, te quedarías conmigo, y yo me decía desde el fondo que me quedaría contigo, pero te solté y te dejé esperando con lágrimas .Dejé que tomaras el primer avión y quise ver en el cielo cómo se desvanecía tu recuerdo, pero te cogiste a mí apretándome fuerte, y ni siquiera en el momento que supe del accidente, te solté definitivamente.
Saqué la foto que me acababan de tomar, la puse junto a la de Laurita y su vestido, un día hubiésemos podido estar bailando toda la noche, en cualquier lugar. Me vi tan bien al lado de tu retrato Laurita...
- Anda a avisar al gordo que esté listo, creo que con esto es suficiente. – dijo Manolo, atando varios sacos llenos de reliquias.
Tomás salió corriendo a la ventana, le hizo una señal al gordo para que abriera la camioneta. Volvió sonriente, satisfecho de haber cumplido su labor.
Ellos salieron cargando los sacos, volvieron por los demás. Había empezado a llover. Las calles estaban empapadas y las gotas dolían en la espalda. Tomás resbaló, tropezó con Manolo, los sacos salieron por la ventana, el ruido de los cristales levantó a los vecinos de la casa de al lado. Apenas tuvieron tiempo para levantarse y escapar. Vi cómo un par de hombres los cogían bruscamente. Alguien llamó a la policía. Un hombre me pegó y me empujó contra la pared. Oí una voz de mujer que le decía que me dejase. Unos brazos me separaron y me protegieron de los golpes. Alguien dijo que yo era de la familia, o que viví en esa casa, no estoy seguro. Vi mi foto al lado de tu retrato Laurita.
María Pía Rondón Carlín
Manolo nos entregó a Tomás y a mí su respectiva imagen. Luego tomó una foto de los tres y guardó la cámara.
- Qué pena, saliste cortado – me dijo - y ya no puedo tomar más, se acabó el rollo.
Empezamos a caminar lentamente. Cada paso parecía arrastrar bolas de hierro y cadenas. Era una tarde insoportable, no podía distinguir si las gotas de sudor que caían de mi frente eran producto de ese calor espantoso o eran gotas de mi estado incontenible de angustia, vergüenza, nerviosismo...Caminamos sin hablar, quién sabe cuánto tiempo, como temiendo que una sola palabra revelara un ligero temblor en los labios, evitando el desmoronamiento de esos sacos de arena atravesados en la garganta. Si es uno o varios sacos de arena, no lo sé, pero no quise sentirme solo en esta angustia y prefiero pensar que todos sentimos lo mismo. Dimos unas cuantas vueltas a la manzana antes de entrar en la casa. Se soltaron las cadenas, nuestros pasos fueron más ligeros, más decididos, rápidos, impacientes. Empezó a oscurecer. Nos detuvimos.
- ¿Estás seguro que no volverán esta noche?
- Ya te he dicho que no. ¿Cuántas veces tengo que repetirlo?
- Nunca te dejaré las llaves de mi casa. Con lo bien que se han portado contigo...
- Ahí viene el gordo con la camioneta.
Una camioneta azul se estacionó frente a la casa. A través de las ventanas negras sólo veía la figura de una gorra, unos lentes, una nariz alargada.
Miradas a todos lados. Vueltas a la llave. Tú primero, tú conoces la casa. Espera a que te avise y entran. Se abre otra puerta. Chasquidos de dedos. ¡No se queden ahí! Pasos largos, temblorosos.
- Sólo lo que tenga valor, no hace falta que se llenen las manos con porquerías – dijo Manolo mirando a Tomás, quien bajó la cabeza, asintiendo.
Era como estar en una cueva de diamantes, me veía reflejado en cada pared, mi figura iba variando a medida que avanzaba. Los cuadros empezaban a marearme, no me decidía por ninguno. Empecé sin más a quitarlos uno a uno, dando prioridad a los que tuviesen mejor marco, no soy un entendido en pintura así que empezaba a hartarme de esa mezcla de colores tan dispares.
- Esta casa es muy grande, no acabaremos de revisarlo todo. ¿Cómo hace tu jefe para vivir con todo esto alrededor?
- El viejo se ha dedicado a coleccionar toda su vida. Yo llegaba a trabajar muy temprano y él ya estaba encerrado en su estudio. Ahí pasaba horas y horas, entre estos objetos, todo de diferentes años, ¡hasta de siglos! Y pobre del que lo molestara...hasta su hija Laura esperaba calladita hasta que bajaba a comer. Yo no sé por qué tanto valor a tanto cachibache, lo único que sé es que esto mañana se vende como pan caliente. Y deja de preguntar tanto, que lo que necesito son brazos.
Miré cómo Tomás bajaba la mirada y seguía revolviendo cajones, armarios, guardándolo todo en el bolso grande que traía. Me entristecía ver cómo se dejaba maltratar por Manolo. Pero Tomás lo admiraba tanto, desde la enfermedad de su padre Manolo siempre se había encargado de él. Era incapaz de mirar fuera de su órbita. Mientras pensaba en todo esto, tropecé con una mesa que estaba detrás. El ruido que se oyó se multiplicó en mi cabeza. Dejé de parpadear un instante, alerta a cualquier movimiento como era mi costumbre. Me di vuelta y empecé a levantar uno a uno los retratos que se habían caído. Una mujer con un bebe en brazos. Una niña soplando las velas de una torta. La misma niña en la playa, echada sobre una toalla. Un hombre y una mujer bailando. Una ceremonia de graduación. Una chica vestida de fiesta, con un vestido rojo que me dejó quieto unos instantes.
Laura bajaba del árbol cogiéndose de la escalerita de madera que le había construido. Me esperaba con una sonrisa, se iba poniendo más colorada a medida que me acercaba. Yo le apretaba la mano fuerte, siempre estaría contigo Laurita, vamos a caminar y me lo cuentas todo. Mirada tras mirada, yo iba escuchando todo lo que me decías, tus risas, tus suspiros, tu llanto. Querías otra vida, y yo quería la tuya Laurita. Espera unos años más, me decías temblando, ya sabes como es mi viejo, no lo puedo dejar así. Y me dejaste a mí, en unos minutos, esperando años por ti. Un día volviste, te habías graduado no sé de qué, habías conocido medio mundo y yo sólo había dado la vuelta a la esquina, me abrazaste muy fuerte, te quedarías conmigo, y yo me decía desde el fondo que me quedaría contigo, pero te solté y te dejé esperando con lágrimas .Dejé que tomaras el primer avión y quise ver en el cielo cómo se desvanecía tu recuerdo, pero te cogiste a mí apretándome fuerte, y ni siquiera en el momento que supe del accidente, te solté definitivamente.
Saqué la foto que me acababan de tomar, la puse junto a la de Laurita y su vestido, un día hubiésemos podido estar bailando toda la noche, en cualquier lugar. Me vi tan bien al lado de tu retrato Laurita...
- Anda a avisar al gordo que esté listo, creo que con esto es suficiente. – dijo Manolo, atando varios sacos llenos de reliquias.
Tomás salió corriendo a la ventana, le hizo una señal al gordo para que abriera la camioneta. Volvió sonriente, satisfecho de haber cumplido su labor.
Ellos salieron cargando los sacos, volvieron por los demás. Había empezado a llover. Las calles estaban empapadas y las gotas dolían en la espalda. Tomás resbaló, tropezó con Manolo, los sacos salieron por la ventana, el ruido de los cristales levantó a los vecinos de la casa de al lado. Apenas tuvieron tiempo para levantarse y escapar. Vi cómo un par de hombres los cogían bruscamente. Alguien llamó a la policía. Un hombre me pegó y me empujó contra la pared. Oí una voz de mujer que le decía que me dejase. Unos brazos me separaron y me protegieron de los golpes. Alguien dijo que yo era de la familia, o que viví en esa casa, no estoy seguro. Vi mi foto al lado de tu retrato Laurita.
María Pía Rondón Carlín
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