A medida que pasaban los días, Muñoz iba acostumbrándose a ese estrecho y solitario espacio reservado para los que incumplen las reglas del recinto. Poco a poco se habituaba a esa oscuridad, al aire impregnado de polvo y suciedad. Sabía que era un nuevo día cuando alguien abría la pesada puerta de hierro y le dejaba en el suelo una jarra de agua. Cuando eso sucedía, los rayos de luz que recibía le producían un dolor intenso en el rostro y al mismo tiempo le recordaba que estaba vivo. Cuando la puerta se cerraba, hacía una marca con una piedra en una de las paredes para no perder la noción del tiempo. Muy cerca de él, oía una respiración acelerada y fatigada, sabía que era probable que el profesor sufriera de un ataque de ansiedad. Cuando presentía un ataque cantaba canciones para distraerlo y calmarlo. Muchos eran valses y yaravíes de antaño que llenaban su mente de recuerdos instantáneos, animándole y entristeciéndole a la vez. En lugar de estar en esa celda, Muñoz pensaba que el profesor seguramente estaría impartiendo una de sus largas conferencias sobre los derechos de las comunidades indígenas de la ceja de selva. Los estudiantes lo escucharían sorprendidos y temerosos de un mundo tan lejano a ellos, el único vínculo en común era pertenecer a un mismo territorio geográfico. Muñoz sonreía al imaginar esos rostros ávidos de interés por compartir realidades tan diferentes. A veces, cuando el profesor terminaba de contarle algún tema de las conferencias, su semblante se tornaba pálido y el cuerpo le empezaba a temblar. Muñoz rezaba para que se le pasara rápido, sabía que en ese momento estaría recordando el terrible día en que los guardias irrumpieron en el aula, los gritos desenfrenados de los estudiantes aterrorizados contra las paredes, el profesor saliendo a golpes y empujones, acusándole de terrorista y llenándole de insultos. Cuando al fin se tranquilizaba, Muñoz bebía largos sorbos de agua para frenar su nerviosismo. Se quedaba dormido durante muchas horas o a veces hasta el día siguiente, hasta que los pocos rayos de luz penetraban su cara demacrada. En esos momentos Muñoz imaginaba a su esposa corriendo las cortinas, despertándole muy temprano para salir a dar largas caminatas por el campo. Unas manos dejaban la jarra de agua en el suelo y la oscuridad invadía nuevamente el espacio. Cuando volvía a sentir la respiración acelerada del profesor, Muñoz recitaba poesías, las mismas que el profesor pedía a sus alumnos. Las conocía perfectamente, tantas veces había oído aquellos versos en ese minúsculo y desolador espacio que habían quedado grabados en su mente. El profesor esbozaba una leve sonrisa y se tranquilizaba.
Los días iban pasando entre esas canciones, conferencias y poesías. La mitad de la pared contaba con cuarenta pequeñas marcas. Los siguientes rayos de luz estuvieron presentes por más tiempo.
Profesor Muñoz, ya puede volver a su pabellón – le dijo un guardia.
María Pía Rondón Carlín
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