Sí. Ese soy yo. Alto, con una postura desgarbada. Flaco, casi escuálido. Sonriente, dientes blancos y completos. Mirada alerta, atenta a cualquier movimiento. Pelo alborotado. Manos en los bolsillos (nunca supe qué hacer con ellas cuando me encuentro frente a una cámara). No sé muy bien en qué momento se tomó la foto, lo más probable es que mi mente estuviera en blanco.
Manolo nos entregó a Tomás y a mí su respectiva imagen. Luego tomó una foto de los tres y guardó la cámara.
- Qué pena, saliste cortado – me dijo - y ya no puedo tomar más, se acabó el rollo.
Empezamos a caminar lentamente. Cada paso parecía arrastrar bolas de hierro y cadenas. Era una tarde insoportable, no podía distinguir si las gotas de sudor que caían de mi frente eran producto de ese calor espantoso o eran gotas de mi estado incontenible de angustia, vergüenza, nerviosismo...Caminamos sin hablar, quién sabe cuánto tiempo, como temiendo que una sola palabra revelara un ligero temblor en los labios, evitando el desmoronamiento de esos sacos de arena atravesados en la garganta. Si es uno o varios sacos de arena, no lo sé, pero no quise sentirme solo en esta angustia y prefiero pensar que todos sentimos lo mismo. Dimos unas cuantas vueltas a la manzana antes de entrar en la casa. Se soltaron las cadenas, nuestros pasos fueron más ligeros, más decididos, rápidos, impacientes. Empezó a oscurecer. Nos detuvimos.
- ¿Estás seguro que no volverán esta noche?
- Ya te he dicho que no. ¿Cuántas veces tengo que repetirlo?
- Nunca te dejaré las llaves de mi casa. Con lo bien que se han portado contigo...
- Ahí viene el gordo con la camioneta.
Una camioneta azul se estacionó frente a la casa. A través de las ventanas negras sólo veía la figura de una gorra, unos lentes, una nariz alargada.
Miradas a todos lados. Vueltas a la llave. Tú primero, tú conoces la casa. Espera a que te avise y entran. Se abre otra puerta. Chasquidos de dedos. ¡No se queden ahí! Pasos largos, temblorosos.
- Sólo lo que tenga valor, no hace falta que se llenen las manos con porquerías – dijo Manolo mirando a Tomás, quien bajó la cabeza, asintiendo.
Era como estar en una cueva de diamantes, me veía reflejado en cada pared, mi figura iba variando a medida que avanzaba. Los cuadros empezaban a marearme, no me decidía por ninguno. Empecé sin más a quitarlos uno a uno, dando prioridad a los que tuviesen mejor marco, no soy un entendido en pintura así que empezaba a hartarme de esa mezcla de colores tan dispares.
- Esta casa es muy grande, no acabaremos de revisarlo todo. ¿Cómo hace tu jefe para vivir con todo esto alrededor?
- El viejo se ha dedicado a coleccionar toda su vida. Yo llegaba a trabajar muy temprano y él ya estaba encerrado en su estudio. Ahí pasaba horas y horas, entre estos objetos, todo de diferentes años, ¡hasta de siglos! Y pobre del que lo molestara...hasta su hija Laura esperaba calladita hasta que bajaba a comer. Yo no sé por qué tanto valor a tanto cachibache, lo único que sé es que esto mañana se vende como pan caliente. Y deja de preguntar tanto, que lo que necesito son brazos.
Miré cómo Tomás bajaba la mirada y seguía revolviendo cajones, armarios, guardándolo todo en el bolso grande que traía. Me entristecía ver cómo se dejaba maltratar por Manolo. Pero Tomás lo admiraba tanto, desde la enfermedad de su padre Manolo siempre se había encargado de él. Era incapaz de mirar fuera de su órbita. Mientras pensaba en todo esto, tropecé con una mesa que estaba detrás. El ruido que se oyó se multiplicó en mi cabeza. Dejé de parpadear un instante, alerta a cualquier movimiento como era mi costumbre. Me di vuelta y empecé a levantar uno a uno los retratos que se habían caído. Una mujer con un bebe en brazos. Una niña soplando las velas de una torta. La misma niña en la playa, echada sobre una toalla. Un hombre y una mujer bailando. Una ceremonia de graduación. Una chica vestida de fiesta, con un vestido rojo que me dejó quieto unos instantes.
Laura bajaba del árbol cogiéndose de la escalerita de madera que le había construido. Me esperaba con una sonrisa, se iba poniendo más colorada a medida que me acercaba. Yo le apretaba la mano fuerte, siempre estaría contigo Laurita, vamos a caminar y me lo cuentas todo. Mirada tras mirada, yo iba escuchando todo lo que me decías, tus risas, tus suspiros, tu llanto. Querías otra vida, y yo quería la tuya Laurita. Espera unos años más, me decías temblando, ya sabes como es mi viejo, no lo puedo dejar así. Y me dejaste a mí, en unos minutos, esperando años por ti. Un día volviste, te habías graduado no sé de qué, habías conocido medio mundo y yo sólo había dado la vuelta a la esquina, me abrazaste muy fuerte, te quedarías conmigo, y yo me decía desde el fondo que me quedaría contigo, pero te solté y te dejé esperando con lágrimas .Dejé que tomaras el primer avión y quise ver en el cielo cómo se desvanecía tu recuerdo, pero te cogiste a mí apretándome fuerte, y ni siquiera en el momento que supe del accidente, te solté definitivamente.
Saqué la foto que me acababan de tomar, la puse junto a la de Laurita y su vestido, un día hubiésemos podido estar bailando toda la noche, en cualquier lugar. Me vi tan bien al lado de tu retrato Laurita...
- Anda a avisar al gordo que esté listo, creo que con esto es suficiente. – dijo Manolo, atando varios sacos llenos de reliquias.
Tomás salió corriendo a la ventana, le hizo una señal al gordo para que abriera la camioneta. Volvió sonriente, satisfecho de haber cumplido su labor.
Ellos salieron cargando los sacos, volvieron por los demás. Había empezado a llover. Las calles estaban empapadas y las gotas dolían en la espalda. Tomás resbaló, tropezó con Manolo, los sacos salieron por la ventana, el ruido de los cristales levantó a los vecinos de la casa de al lado. Apenas tuvieron tiempo para levantarse y escapar. Vi cómo un par de hombres los cogían bruscamente. Alguien llamó a la policía. Un hombre me pegó y me empujó contra la pared. Oí una voz de mujer que le decía que me dejase. Unos brazos me separaron y me protegieron de los golpes. Alguien dijo que yo era de la familia, o que viví en esa casa, no estoy seguro. Vi mi foto al lado de tu retrato Laurita.
María Pía Rondón Carlín
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario