EVELINE:
Estuvo sentada al lado de la ventana, mirando a través del cristal la calle transitada de coches, autobuses, taxis… y en la acera demasiada gente desconocida entre ellos pero con un factor común que todos vivían el estrés de llegar a sus casas y descansar, pues tras un día agotador necesitaban conseguir la calma. Les parecía máquinas robotizadas que realizaban lo mismo día tras día. Al tener la ventana entreabierta olía la gasolina y el humo de los coches que pasaban sin cesar. Estaba cansada.
Entre tanta marea pudo distinguir a un hombre que vivía en el último edificio de la larga calle, se dirigía --como los demás-- a su casa donde hace ya tiempo, era una explanada donde jugaban con los demás niños del barrio y también con todos sus hermanos; fueron momentos muy felices que recuerda perfectamente, además su padre no era desagradable y su madre aún vivía. Había pasado mucho tiempo, ya su madre murió a causa de un cáncer que los médicos no detectaron a tiempo, y todos sus hermanos y ella habían crecido muchísimo, pero la gran diferencia que tenía con sus hermanos era que abandonaron el hogar para viajar a la capital y ahí buscar oportunidades donde aquí era imposible hallar, aunque estaba dispuesta hacerlo. Solo ella de toda su familia había visto desde muy de cerca el crecimiento progresivo de la pequeña ciudad. Donde solamente había casas familiares, se ha levantado enormes bloques de hormigón que la gran mayoría raspan el cielo (la suya es una de las supervivientes); en las afueras de lo que era su pueblo se han edificado amplios polígonos industriales, sustituyendo a la única fábrica que había, y las zonas donde jugaban los niños han sufrido dos modificaciones o se han hechos preciosos parques, o bien, se ha optado por la construcción de pisos o urbanizaciones, donde casi siempre se elige la segunda opción. Su pueblo tranquilo y bello se había convertido en una ruidosa, contaminante y estresante ciudad Tras tanto reflexionar ella también se iba a marchar: debía dar ese paso tan decisivo que habían realizado todos.
Miró la habitación y empezó a revisar con mucho detenimiento todos sus objetos personales y después los familiares, estos últimos eran muchos más antiguos, incluso algunos ya ni se fabrican. Lo más seguro que no volvería a ver esos objetos a los que va a añorar, a los que tantas veces les ha quitado el polvo y se conoce sin ninguna duda la posición de todos ellos. Sin embargo, no había sido capaz de averiguar el nombre del cura cuya antigua fotografía colgaba en su pared y que no se le ocurrió escanear para así averiguarlo en internet, estaba junto con la estampa coloreada de la bendita Margarita María Alacoque.
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