Había llegado con dos horas de adelanto. Desde una de las grandes ventanas observaba el despegue y el aterrizaje de los aviones. A su lado una familia despedía con gestos a una muchacha que subía a uno de los aviones. Juan en cambio estaba solo, nadie en su familia sabía que dentro de unas horas pasaría a otro continente. Fue a dar una vuelta para matar el tiempo. Entró en una de las tiendas del aeropuerto. Se entretuvo en la sección de ropa, cogió unas camisas y unas corbatas y las combinó. Le gustaba mirarse al espejo con cada modelo distinto. Fue a coger unos zapatos, se los probó y sonrió al espejo. Se preguntó si en aquel lugar le alcanzaría el dinero para comprarse la ropa que quisiera. Sus ahorros probablemente se acabarían a los tres meses y no sabía si conseguiría un trabajo fácilmente; a pesar de las múltiples clases que había recibido no manejaba el idioma, y sólo conocía a Paula. Se conocieron en la universidad hace un año y medio, ella hacía una maestría que había obtenido por mérito propio, después de unos duros años en los que estudiaba y trabajaba simultáneamente. Había comenzado a trabajar desde los dieciséis años. Le contaba anécdotas de fábricas, restaurantes, tiendas...se había relacionado con gente de distintas clases sociales, edades, lugares. Paula era más fuerte que él, le enseñaría cómo vivir por sí mismo.
Desde hace algunos años él y sus padres discutían con más frecuencia. Deseaba irse de casa apenas acabara la carrera. No soportaba su dependencia hacia ellos y se debía a sí mismo dar ese salto.
Juan dejó la ropa en su lugar y se acercó a la sección de bebidas. Frente a él aparecieron unos jóvenes que promocionaban diferentes marcas de vino. Probó unas ocho copas diferentes. Se quedó un poco mareado y revivió en un momento todas las veces que se emborrachó con sus amigos. Llegaba a su casa al amanecer o a veces despertaba en una casa distinta con una mujer distinta. Vio su sonrisa reflejada en una de las botellas de vino de la estantería. Tambaleándose un poco se acercó a los comestibles. El vino le había abierto el apetito. Se acercó a una mesa que ofrecía diversos fiambres, quesos y panes. Probó uno de cada bandeja y se sintió satisfecho. ¿Le gustaría la comida de aquel lugar? Tal vez tendría que aprender a cocinar. Recordó las innumerables fiestas que organizaban sus padres, donde todos los invitados quedaban encantados con los deliciosos platos. Junto con sus amigos llenaban sus provisiones de alimento y alcohol y salían enloquecidos a las discotecas. Eructó y dejó escapar una risa nerviosa. En aquel lugar tendría que trabajar, llegaría cansado los viernes y no tendría ganas de ir a ningún sitio. Además, ¿con quién? Y cuando no tuviera dinero no podría pedírselo a ella, y sus padres no estarían cerca.
Cuántos fines de semana tendría que pasarse encerrado en la casa...
Se oyó la primera llamada de su vuelo. Se acercó a la sección de discos. Se puso unos audífonos y escuchó unas canciones. La segunda llamada. Tal vez no era tan malo vivir con ellos. La tercera llamada. Juan llamó a su madre y le preguntó que había de comer.
María Pía Rondón Carlín
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