viernes, 28 de marzo de 2008

En el límite - Silvia Galván

Dicen que es el viento. Es probable. ¿Qué otra explicación puede haber?. Sí, seguro que es este viento constante, infatigable, lo que los vuelve locos. Siempre tuvieron las islas el índice más alto de suicidios del país. Lo supe en la mili, me lo dijo aquel sargento con dientes de caballo.

- ¿Qué, no harás tú como los otros isleños que he tenido? ¿pegarte un tiro en la primera noche de guardia? ¿te-lo-di-go-por-que (y aquí exageraba el acento de chulo capitalino) si lo estás pensando, te lo voy dando yo desde ya y así nos ahorramos los preliminares?

Pero ¿por qué se matan también cuándo salen de la isla?. Debe ser a causa del frío. Claro, es muy difícil acostumbrarse a este clima.
¿No crees que sea ésta la razón?. ¿De verdad piensas que es la genética?. Bueno, es cierto que también tenemos la más alta estadística de depresiones. Pero, ¿a quién no le deprime verse encerrado de por vida?. ¿Quién puede, no ya ser feliz, sino, simplemente estar tranquilo, sabiendo que está rodeado de mar por todos lados, que no verá otra cosa más que agua, mire hacia donde mire, y que será así un día y otro, y otro, hasta el final de los días, sin escapatoria posible?
¿Que por qué regresan entonces los que se van?. No lo sé. No creo que todos lo hagan. Yo, por ejemplo, nunca hubiera regresado. Y desde luego, no pienso volver a hacerlo después de lo que pasó este verano. Fueron cuatro meses terribles. Llegué a pensar que no sobreviviría. Que esta vez sí que me quedaría allí para siempre, y que se cumpliría lo que más temo: que me entierren bajo tierra. Esa es una de las razones por las que no quiero volver ni de visita. Lo hemos hablado muchas veces. ¿Recuerdas?. Tú siempre me dices que una incineradora no es negocio porque en la isla todo el mundo es muy tradicional y quieren que los entierren como dios manda. Pero ya sabes que a mí me da pavor solamente el hecho de pensarlo. No me pidas que te dé una razón lógica. No la tengo. Sólo sé que prefiero cualquier otra cosa: que me quemen, que me devoren los peces, que me caiga dentro de La Caldera y no encuentren nunca mi cadáver como le pasó a aquel francés ¿te acuerdas?. Sí, ya sé, a él lo encontraron, pero después de nueve años. No creo que después de nueve años se tomaran la molestia de enterrarlo. Lo pienso y se me eriza el cabello: kilos de tierra encima de uno. No, no, cualquier otra cosa, lo que sea, todo menos eso. Por eso quiero morir en cualquier otro sitio, en cualquier lugar donde pueda elegir donde voy a estar después de muerto.
¿Que qué pasó este verano?. No sé, fue pisar la isla y sentir lo de siempre, que algo me chupaba la energía. Me costaba caminar, hablar, respirar incluso. Pensé que me acostumbraría, como las otras veces, tras un periodo de más o menos dos semanas. Pero no fue así. Y esta vez, además, me ocurrió algo nuevo. Comencé a tener pesadillas. Sí, pesadillas. Ya sabes que yo nunca recuerdo los sueños. Y que los escasos sueños de los que he sido consciente siempre han sido divertidos; por eso me acuerdo, porque hasta me he despertado riéndome a carcajadas. En cambio, pesadillas, no he tenido ni en mi más tierna infancia. Y ahora me despertaba aterrado y tenía que salir corriendo de la habitación para vencer el miedo. Iba hacia la cocina. Bebía un vaso de agua y me encendía un cigarro para calmarme. Pero ya no podía conciliar el sueño. Me sentaba en el salón (no quería volver al dormitorio) e intentaba leer algo. Imposible, seguía demasiado alterado. Al final me tomaba un tranquilizante y al cabo de una hora parecía que iba a vencerme el sueño y volvía a la cama. Pero era cerrar los ojos y volver a tener otro sueño espantoso. Y me despertaba peor que la primera vez. Y ya ni siquiera intentaba volver a dormir. Luego pasaba el día agotado, sin ganas de nada, ni siquiera de acercarme hasta la playa para nadar un poco.
Y después de unos días, simplemente me asustaba la idea de que llegara la noche y tener que acostarme. Entonces intenté dilatar el día lo más posible. Como no era capaz de concentrarme con la lectura, comencé a quedarme despierto viendo la televisión hasta las tantas. Sí, ya sé que siempre he odiado la televisión. Y la sigo odiando, ahora más, si cabe. Pero ¿qué podía hacer? ¿pasear?. Sabes que las calles se llenan de cucarachas por la noche y que no las soporto. No, no pienso ir al psiquiatra porque le tenga fobia a las cucarachas. Me da lo mismo que sea cosa de mujeres. Nuestro amigo Javier grita cuando ve una araña y no te he oído nunca meterte con él de la forma en que lo haces conmigo.
Esta bien, no me enfado, pero no seas reiterativo. Yo te nombro las cucarachas y en el acto tu me mencionas al psiquiatra. No, no estoy en contra de los psiquiatras. No, tampoco de los psicólogos. Pero creo que tiene que haber una razón más importante que el miedo a las cucarachas para acudir a su consulta. Mi abuela, por ejemplo, le tenía pánico a las salamandras: cuando entraba una en su habitación le gritaba a mi tío – ¡La escopeta, date prisa, trae la escopeta! - dime tú si habrá animal más simpático que las salamandras y más beneficioso, sobre todo viviendo en el campo. Pero murió (mi abuela, quiero decir) con más de noventa años y te aseguro que nunca visitó ningún psiquiatra, entre otras cosas porque no lo había. De hecho, en la actualidad, por lo visto sólo cuentan con uno que viene cada quince días desde la isla de al lado, y que, dicen, está como una regadera.
¿Que siga con lo de los sueños?. Bueno, no hay casi nada más que contar, sólo que no cesaron hasta que no volé rumbo a tu lado. Empecé a tomar un tranquilizante antes de acostarme, pero ni por esas. Despertaba sobresaltado a las dos horas en punto después de la primera pesadilla, entonces tomaba otro para intentar dormir un poco más, pero volvía a despertarme al poco con la segunda que solía ser peor que la primera. Luego me quedaba despierto hasta la amanecida. Y pasaba el resto del día completamente atontado.
Después empezó lo de los suicidios en cadena. ¿Que soy un exagerado? ¿Que en todos los sitios se suicida gente? Puede ser, pero yo no me entero. En cambio, este verano, allí, caía uno cada quince días exactos. Sí, exactos, tengo apuntadas las fechas. ¿Quiéres verlas?. Primero se ahorcó en el patio de su casa un chico de mi pueblo. Veinte años. Me dio la noticia mi primo por teléfono. Ya sabes como se propagan aquí estas cosas. Era guapo, varonil, del tipo que a ti te gustan. Cuando fui a visitar a la familia vi su foto pegada en los árboles, en las farolas, en los muros... No sé, parecía que le estaban haciendo un homenaje.
Después fue una chica muy conocida de aquí, de la ciudad. Cuarenta años, dos niños. También se ahorcó. ¡Pero fíjate qué macabra!: esta vez fue en el cementerio. Me lo contó mi tía a primera hora de la mañana. Me explicó que fue la tarde anterior, que se subió a una escalera y colocó la cuerda en un árbol. No sé si la escalera la llevó en el coche (ya sabes que el cementerio queda bastante apartado) o ya estaba allí. La noticia me dejó un par de días con muy mal cuerpo.
Al tercero no lo conocía. Parece ser que subió al risco de la Concepción y saltó desde allí (emulando la forma de suicidio de los antiguos pobladores de la isla). El cuarto fue el que más me afectó. Eramos vecinos. Tenía mi edad. Estaba casado y tenía un hijo en plena adolescencia. Llegó a primera hora a su lugar de trabajo en la emisora local. Está en ese edificio alto colindante con Correos. Sí, son ocho plantas, y la radio está en la última. Pues, como te estaba diciendo, llegó, dio los buenos días, abrió el balcón, y se tiró de cabeza.
¿Que qué tiene que ver todo eso conmigo?. Pues que me dio por pensar que yo sería el próximo. Sí, ya sé que yo sería incapaz de ahorcarme y que ni siquiera soy capaz de saltar de un trampolín a la piscina. Pero, empecé a pensar, ¿y si me da una de estas noches por tomarme un frasco entero de pastillas?. ¿Que esas cosas no suceden así como así? ¿Que tiene que haber razones de peso?
No sé, sólo te cuento lo que sentí. Me empecé a obsesionar con que los suicidios eran una consecuencia lógica de vivir en la isla, y que si me quedaba mucho tiempo más ¿quién sabe si yo no podría convertirme en otra víctima del siroco isleño?.
Entonces empecé a fijarme en cuántos locos veía cuando salía a la calle. Y, no lo creerás, pero ví más locos que nunca en mi vida. Parecía que se habían reunido todos juntos en el mismo sitio. ¿Qué por ser un sitio pequeño se ven más?. ¿Qué aquí, al haber tanta gente, pasan desapercibidos?. Bueno, puede ser, pero, caramba, ¡qué cantidad de locos, retrasados y subnormales!.
¿Y qué me dices de los gordos?. No, no te hablo de gente rellenita. Te hablo de gorduras deformes, de gordos como los que veíamos en Estados Unidos. No, no estoy exagerando. Tú hace mucho que no has ido por la isla. Fíjate cómo será que incluso pregunté la razón de su existencia a varios amigos médicos. Oye, no te irás a poner ahora celoso ¿no?. Sí, hombre, estaba yo como para ligoteos. Compañeros de instituto, ya te lo he dicho. A varios les dio por estudiar medicina coincidiendo con aquella serie americana que emitieron cuando había escasez de médicos, ¿no te acuerdas?. En fín, que les pregunté y me dieron varias respuestas. La primera fue sobre la orografía. Ya sabes lo montañosa que es la isla y que las calles de la ciudad y de todos los pueblos están en unas cuestas espantosas. Antes, al no haber coches, la gente caminaba o iba a caballo (la menos). Ahora conducen para recorrer un kilómetro. Esta es la razón más importante, la falta de actividad física.
La otra es la alimentación. Ya sabes como han cambiado las costumbres alimenticias desde que yo era pequeño. ¿Te he contado que yo incluso llegué a conocer el trueque en mi pueblo?. Y si lo piensas, no hace tanto... No es que me conserve muy bien, es que tampoco tengo tantos años, tú eres bastante más viejo. De acuerdo, el gimnasio a diario hace mucho. No, sabes que la piel no la tengo estirada. Eso tú que lo necesitas. Los rubios ya se sabe que envejecen mal. Algo bueno tenemos que tener los morenos ¿no te parece?. Está bien, no empecemos, que siempre acabamos mal.... No te pongas mohín, que ya sabes cómo me excitan a mí esos pectorales que te gastas y esos pelitos rubios del pubis... ¿o son canas?.... Vale, vale, ya lo dejo.
Estábamos con lo de la alimentación. Pues eso, que antes se comía lo que daba la tierra, todo natural. Y ahora, con esa proliferación de supermercados (por cierto, todos extranjeros) y de productos basura que vienen de fuera, a los niños en vez de gofio para desayunar les dan esas porquerías que los ponen redondos. Si hasta en la playa los ves desde los dos años zampándose una bolsa entera de patatas en vez de comerse un plátano de tentempié como hacíamos antes. Yo, si me dejaran, mataría a esas madres creadoras de futuros monstruos. Y eso hablando de los niños. Ya no te digo de los adolescentes: ellas son peores. ¿Recuerdas la primera vez que viniste cómo te sorprendió no ver a una chica con mal tipo? Todas eran delgadas, esbeltas. Ahora no puedes mirarlas sin sentir repugnancia. Si por lo menos fueran tapaditas, pero no, llevan todos los michelines al aire, sin ningún pudor. Por suerte para nosotros, los muchachos tardan más en estropearse. Sí, ves algún gordo monstruoso de vez en cuando, pero la mayoría no empieza a echar esa tripa desorbitante y a desarrollar esas piernas elefantiásicas hasta cumplir por lo menos los dieciocho. Son menos gandules: los ves correr por la avenida marítima a primera hora de la mañana y a última de la tarde. Hombre, sí, de vez en cuando me sentaba a tomar una cerveza mientras leía tranquilamente el periódico. Casi es la única salida que hacía. Y no me iba a tapar los ojos. No creo que eso tenga que molestarte. Por cierto ¿sabes como llaman a la playa más cercana de la ciudad? “la playa de las focas”. Porque ahí van a pasear las gordas para intentar bajar de peso. Pero, ya me dirás tú, por mucho que paseen, si no dejan de comer.....
Bueno. No sé cómo hemos llegado hasta aquí. ¿Que he llegado yo solito?. ¡Qué quieres!. Llevo cuatro meses encerrado. Sin apenas hablar con nadie. Pues para eso vivimos juntos ¿no?. Para que me escuches de vez en cuando.
¿Que por qué no te llevé conmigo? Ya sabes que no fue por falta de ganas. Es verdad, no me atrevo a enfrentarme a mi familia. Soy un cobarde. No he conseguido que te acepten. Pero ¿recuerdas la última vez que te deshinché? No volviste a ser el mismo. Créeme, la humedad no te hubiera sentado bien. Has estado mejor aquí, el clima seco es más sano. Ya sabes que yo sólo quiero para ti lo mejor. Y, ahora, dejémonos de charlas y vamos a acostarnos, que me muero de sueño. ¿Sabes?: desde que duermo contigo no he vuelto a tener pesadillas.

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