miércoles, 12 de marzo de 2008

Andrea se despidió desde la puerta como todas las tardes a las cuatro en punto. Su madre veía la televisión y sin levantar la mirada, le recordó: “No olvides los chocolates”. Vivían en un edificio situado en la calle Luchana del castizo barrio de Chamberí. El inmueble, construido a principios de siglo, necesitaba a todas luces una rehabilitación integral: los balcones de hierro de la desconchada fachada parecían a punto de descolgarse; las escaleras de madera, corvadas y resbaladizas, que subían a los cinco pisos del inmueble, resultaban impracticables; el minúsculo ascensor, del tiempo de maría castaña, parecía dar sus últimos estertores cada vez que era utilizado. Por dentro, las viviendas no estaban mejor. Habían ido envejeciendo a la vez que sus inquilinos. Ni éstos ni aquellas se habían renovado. Permanecían anclados en un tiempo pretérito.

Salió de su casa, cruzó hacia la calle Carranza y subió caminando hasta llegar a Princesa. Era un día seco y soleado de invierno, sin viento; con un buen abrigo, daba gusto pasear por Madrid. En apariencia, nada distinguía a esa tarde del resto de las cientos de tardes laborables del año. Los mismos horarios, el mismo trabajo, la misma sensación de monotonía que la abrumaba desde hacía tanto tiempo. Pero algo en el rostro poco agraciado de Andrea denotaba un cambio. Las minúsculas aletas de su afilada nariz, terminada en una punta colorada dirigida a las alturas, se abrían y se cerraban hoy como aspirando un aire nuevo, renovador. Sus ojos miopes, pequeños y normalmente opacos, irradiaban detrás de las gafas una luz desconocida, traviesa. Se diría que incluso sonreían. En cambio, su boca, demasiado fina, sin apenas labios, no llegaba a curvarse: había perdido la costumbre.

Cuando llegó a la altura del Corte Inglés de Argüelles, entró, como todos los días, a comprar la caja de bombones de la Trapa que su madre devoraba de forma sistemática delante del televisor, mañana, tarde y parte de la noche. Esta vez no realizó la compra de forma rutinaria: como se lavaba los dientes después de cada comida, sin pensar, con la mente en blanco. Era una ocasión especial. Compró no una sino tres cajas distintas de chocolates. Mientras las escogía y esperaba su turno para pagar tuvo un pensamiento para su madre. La recordó no como era ahora: una enorme masa de carne amorfa y estática, con las rodillas hinchadas por la artrosis y unas piernas deformes y varicosas que ya no podían sostener su peso; sentada siempre en esa butaca moderna que desentonaba tanto con el resto de los muebles obsoletos de la casa; jugando con el mando a distancia del televisor y con los botones del sillón: uno le levantaba las piernas, otro la espalda, éste le masajeaba la parte superior del tronco, aquél la parte inferior y con el rojo, maravilla de las maravillas, vibraba el cuerpo entero: espectáculo bochornoso para el ojo ajeno, que veía como las fofas carnes desparramadas temblaban de una forma incontenible y espantosa; un buda feliz, con esa sonrisa de bobalicona satisfecha que ha cumplido ya sus objetivos en esta vida: enterró a un marido, según ella mediocre y aburrido, que no le dio penas ni alegrías, que se ganaba la vida como pianista acompañante y con el que se había casado, ya madurita, por la única razón de que la alternativa era quedarse soltera; educó a una hija, en su opinión demasiado dócil, con falta de espíritu, sosa y sin carisma como su padre, que gracias a la carrera de piano que terminó a trancas y barrancas, ahora la mantenía y se ocupaba de ella en su vejez.

No, la recordó como era antes: esbelta, elegante hasta con el salto de cama con el que se levantaba por las mañanas, ya con esa energía desbordante que le duraba todo el día. La recordó cuando cantaba mientras cocinaba o arreglaba la casa, con una voz de soprano a la que le faltaba quizás potencia, pero educada y con un timbre agradable, alternando arias de ópera, números de zarzuela y las sempiternas coplas de España. También cuando daba las clases de canto a sus alumnos en aquel enorme piano negro de pared, con las teclas amarillentas y los candelabros de bronce adheridos en los extremos. Esa misma reliquia que antes tocaban los padres y que ahora tocaba la hija.

Y por primera vez en los últimos años, Andrea se permitió ser benevolente. Pensó que se atenuaba ese desprecio que sentía por su madre y que, tal vez, no era sino un reflejo del que había empezado a sentir por ella misma.

Cuando salió del centro comercial, con un estado de incipiente animación inusual en ella, continuó caminando hasta llegar al Conservatorio de la calle Ferraz en donde impartía clases de Lenguaje Musical. No había una asignatura más desagradecida que esa, los niños la odiaban indefectiblemente. El aprendizaje del instrumento, aunque al principio entrañaba más dificultad, resultaba más agradecido. Andrea no tenía vocación para la enseñanza, se había sentido abocada a ella como única salida. Detestaba a sus alumnos, cada año más consentidos y malcriados. Aguantaba paciente las cinco horas diarias de clase y, cada noche, al terminar, mientras regresaba a su casa en el metro, un sentimiento de frustración que crecía de día en día se iba apoderando de ella y notaba cómo la amargura la iba carcomiendo por dentro.

Lo que le esperaba en el hogar tampoco era demasiado atractivo. Llegaba puntualmente a las diez y media. Su madre, que continuaba embobada delante del televisor, la saludaba distraída. Sacaba la basura; regaba las escasas plantas que tenían repartidas en macetas, en un estado comatoso permanente, y que no se decidía a tirar o a renovar; cenaba un sándwich y un vaso de leche, y a continuación, después de dar las buenas noches, siempre desde la puerta, se encerraba en su habitación, leía un rato y se quedaba dormida.

Pero ahora era distinto. Había conocido a Pedro. Le contrataron para sustituir al profesor de Historia de la Música. Era un gran concertista de piano, se había presentado varias veces a las oposiciones para profesor de instrumento y a pesar de hacer unos exámenes brillantes, nunca las había aprobado; no tenía contactos y además tenía un hándicap: era ciego, lo cual, si bien era un rasgo que objetivamente no tenía por que ir en su contra, sí era una excusa para que el tribunal beneficiara al recomendado de turno.

Un día, cuando se dirigía a dirección para hablar con el jefe de estudios, Andrea oyó en el aula donde se impartían las asignaturas teóricas interpretar a Brahms, su preferido entre los románticos, quizá por ese clasicismo que le iba tanto a su carácter. La puerta estaba abierta, en ese momento no había alumnos, entró y se sentó escuchar. Pedro tocaba los preludios. Aunque ya se habían presentado en el claustro de profesores y a ella le produjo una agradable impresión por su educación exquisita, su cara aniñada de suaves facciones, su olor a limpio y su ropa perfectamente planchada; éste fue realmente su primer encuentro.

Y el comienzo de una pasión que Andrea no creyó nunca experimentar. Por primera vez no le molestaba ser fea, Pedro no podía verla. Tampoco a él le importó, aparentemente, que ella fuera todavía virgen a sus treinta y dos años. Ni que fuera bastante mayor que él. Sus manos la recorrieron con la misma fuerza y con la misma dulzura con las que interpretaba los fortes y los pianos de las partituras. Conseguió transformar a la modosita profesora (sin sangre en las venas, como decía su madre) en la mujer más sensual del universo. Atacó su cuerpo con todos los matices aprendidos en tantos años de estudio, convirtiendo su piel en un instrumento del que sacó timbres insospechados, nunca antes descubiertos.

Se reunían por las mañanas en un apartamento que los padres de Pedro le habían regalo en el céntrico barrio de La Latina. Allí vivía, independiente, rodeado de un orden y de una limpieza que armonizaba con su persona.

Después de hacer el amor, él siempre, a petición de Andrea, interpretaba a Bach. Se sentaba desnudo en el piano mientras ella, tendida lánguidamente, escuchaba desde la cama. Andrea nunca pudo aprender las fugas a cuatro voces de memoria. Y tal vez era precisamente esa memoria prodigiosa de ciego, lo que le permitía a Pedro distinguir perfectamente las diferentes voces y resaltar los temas: cantándolos como si en vez de un piano, su instrumento fuera un violín o un violonchelo, según la tesitura. Esa era la gran dificultad que representaban las fugas, y fue precisamente por su interpretación, por lo que le concedieron una beca de cuatro años para hacer un doctorado en Holanda.

Le propuso a Andrea que le acompañara y ella aceptó. El problema era cómo decírselo a su madre, la absoluta falta de comunicación entre ellas no se lo ponía fácil. Sabía que la abandonaba, se sentía culpable. Pasaba las noches en vela pensando cómo dejarla lo mejor atendida posible. Visitó distintas residencias, pero no se decidió por ninguna. Sus abuelos maternos habían muerto en la misma casa donde ahora vivían, su madre les cuidó hasta el final. Ese recuerdo le hacía pensar que era una egoísta, que se estaba portando como una traidora. Al final, contrató a través de una agencia, a una emigrante colombiana recién llegada de su país, para que viviera con ella, le hiciera compañía y se ocupara de todo en su ausencia. Pero todos estos trámites los había hecho con total ignorancia por parte de su madre.

En ocasiones se planteaba si llegado el día, sería realmente capaz de dejarla, o si, por el contrario, actuaría como la Eveline de Joyce y daría marcha atrás. Andrea sabía que era cualquier cosa menos una aventurera; de hecho, le daban pánico los cambios. Pero no podía perder esta oportunidad. No tendría otra.

Calibraba los pros y los contras de su decisión. Aunque no conocía el idioma, el lenguaje de la música era universal. No tenía amigas a las que extrañar, hasta ahora había llevado una vida tan solitaria que, de no haber sido por Pedro, se hubiera convertido con el tiempo en una solterona maniática y amargada. También sabía que la pasión se acaba, pero entre ellos se estaba forjando algo más, algo espiritual que podía perdurar.

Esa noche, cuando llegó a casa, se acercó directamente a darle un beso a su madre. Le entregó una caja de bombones y guardó las otras dos en el aparador. Después de su cena habitual, se sentó enfrente del televisor y se interesó por el programa que estaba viendo. Esperó estoicamente media hora, en la que se afirmó su profundo odio por ese aparato al que culpabilizaba de la decadencia de su progenitora. Por eso siempre prefirió los libros. A continuación, después de un segundo beso que dejó extrañadísima a su madre, se fue a dormir. Tardó mucho en conciliar el sueño. Al día siguiente se presentaría la muchacha a primera hora de la mañana, al mediodía recogería las maletas, se reuniría con Pedro y juntos tomarían un taxi camino del aeropuerto.

Cuando se levantó, le extrañó no ver a su madre ya levantada, porque aunque se acostaba tarde solía madrugar, apenas dormía. Entró en su habitación y se acercó a la cama. Reposaba de lado, mirando a la pared. Cuando la volteó, se dio cuenta de que no respiraba. Había muerto durante la noche, plácidamente. Andrea volvió a sentir por su madre esa admiración ciega que le tenía cuando era pequeña. Le quedó profundamente agradecida, era el mejor regalo que le podía hacer. Para corresponderle, le cantó por primera la copla que, sin saberlo, estaba guardada en algún sitio de su memoria; la había aprendido sin darse cuenta, de tanto oírsela cuando era niña: “Mira mi brazo tatuado....” y ya se animó, fue a la sala, se sentó en el piano y acompañándose entonó “Ojos ve-e-er-des...” y, cada vez más excitada, siguió con “Francisco alegre y olé... Y ya no pudo parar: “La bien pagá”, “Mi jaca”, “Carmen la cigarrera”....., y continuó cantando en el funeral, y en el entierro, y en la clínica de reposo donde Pedro, antes de partir, la dejó internada por recomendación facultativa.

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